Durante ocho años, Manuela lo dio todo por Caio, el hombre que manda en el Morro del Faro. Cuando él le pone el divorcio enfrente, ella no ruega. Firma.
Lo que Caio no sabe es lo que ella se lleva consigo, ni lo que deja atrás.
Cinco años después, Manuela regresa. Ya no es la mujer callada de la casa del morro, sino la gestora de Golondrina, una empresa que viene a construir donde otros solo supieron remover. Trae un nombre respetado, un equipo que confía en ella y una sola razón para volver al lugar donde más le dolió quedarse.
Del otro lado de la calle, una niña de cinco años tararea una melodía que Manuela conoce demasiado bien.
Caio descubre, tarde, todo lo que no quiso ver. Ahora quiere repararlo, y ella ya no está obligada a perdonarlo. Entre la lealtad de un morro entero, los enemigos que se mueven en silencio y un pasado que no termina de cerrarse, los dos tendrán que decidir qué se puede reconstruir y qué es mejor dejar donde está.
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Capítulo 7 — La cadena en la basura
...CAIO...
Bianca está tirada en mi sofá, jugando con el celular, las piernas echadas sobre el brazo del sillón como si la casa fuera suya.
—Amor, ¿viste que tu mamá está estresada? —dice, sin despegar los ojos de la pantalla.
—Por culpa de esa mujer. Resuelve ya ese divorcio, anda. Mientras ella siga ahí adentro, doña Vera no se tranquiliza, yo no me tranquilizo, nadie se tranquiliza.
—Va encaminado.
—"Encaminado" desde hace semanas. —Por fin me mira, hace un puchero—. No me digas que te da lástima.
Lástima. Casi me río.
—No.
Gilmar aparece en la puerta con unos papeles para firmar. Baja la voz, como quien cree que me está ayudando.
—Patrón, perdone que se lo diga, pero… no se ablande con esa mujer. Se le metió en la vida armando aquella noche. La mujer que arma una vez, arma otra.
—Firma ya y sácala de aquí.
Firmo los papeles sin responder.
Todo el mundo tiene una opinión sobre Manuela. Todo el mundo sabe lo que tengo que hacer con mi propia vida. Y, en el fondo, todos están diciendo lo mismo que yo ya decidí hace tiempo.
Entonces, ¿por qué se me hace tan difícil?
Paso el día como paso todos. Resuelvo.
Por la mañana, el hijo de doña Cleide se metió en un lío allá abajo y mandé a los muchachos a sacarlo de ahí antes de que se volviera caso de policía. Por la tarde, una obra de la distribuidora se atoró en un papel de la alcaldía y hice tres llamadas y la destrabé.
Antes de que oscurezca, subo a ver a don Val a su cuarto.
El viejo está más chico cada día en la cama, pero la mirada sigue viva.
—La muchacha de Jorge —dice, arrastrando las palabras, sin ningún contexto. Así llama a Manuela, "la muchacha de Jorge", desde siempre—. Cuida bien a esa criatura, Caio.
La sangre es la sangre.
—Usted descanse —esquivo.
Soy el Dueño del Morro del Faro. En un día resuelvo un lío, una obra, un viejo terco, media docena de vidas ajenas.
Lo único que no logro resolver es el ruido que quedó dentro de la casa desde que Manuela dejó de hacer ruido.
Por la noche, solo en el cuarto, abro el cajón para sacar el cargador y tropiezo con algo que había olvidado que existía.
Una cadena.
De plata sin valor, con un dije medio torcido, hecho a mano, se nota. Manuela me la regaló hace unos dos años, en un cumpleaños mío.
Recuerdo el día. Llegó con el paquetito chueco, las manos temblando, y dijo que había ahorrado unos meses para comprar la plata y que había hecho el dije ella misma. Un faro.
Bobo, mal terminado, un farito de plata torcida.
"Porque tú eres de aquí, del Faro", dijo, toda apenada. "Pensé que combinaba."
Yo agradecí a medias y lo dejé en el cajón ese mismo día. Nunca me lo puse. En esa época yo creía que aceptar un regalo suyo era darle cuerda.
Me quedo con eso en la mano más tiempo del que debería.
Luego hago lo que debí haber hecho hace dos años: lo tiro a la basura.
Listo. Una cosa menos que la ata a mí.
Vuelvo a la cama. Apago la luz.
Y me quedo mirando la oscuridad.
No sé cuánto tiempo pasa hasta que me levanto, cruzo el cuarto y miro dentro del bote de basura. La cadena está ahí, encima de un papel arrugado, brillando apenas con la luz que entra de la calle.
No la recojo. Pero tampoco logro dejar de mirarla.
Qué rabia. Qué rabia por una baratija de plata. Qué rabia conmigo, por estar aquí, de madrugada, mirando una basura por culpa de una mujer que voy a sacar de mi vida en unas semanas.
Entonces pienso en su cara en el almuerzo. En cómo le contestó a mi madre. Tranquila.
Recta. Sin mirarme ni una vez, como si yo ya no estuviera en la sala.
En ocho años, Manuela nunca dejó de mirarme. Era lo único que tenía en la vida, mirarme. Y de pronto dejó, y yo —que nunca me importó— descubro que extraño algo que ni sabía que usaba.
Cierro el cajón con fuerza. Dejo la cadena en la basura. Me voy a dormir con rabia.
No duermo.
Por la mañana, todavía con los ojos rojos, estoy en la oficina del galpón cuando entra Gilmar corriendo. Y Gilmar no corre. Gilmar camina despacio incluso cuando la cosa está fea.
—Patrón.
—¿Qué pasó?
—Es… es sobre la criatura.
Traga saliva.
—Doña Manuela se sintió mal en la van ayer, después del almuerzo. La llevaron al hospital. Tuvo una hemorragia, jefe.
—Han estado tratando de comunicarse con usted desde entonces.
—Entró para que le hicieran el parto de urgencia. Prematuro.
No recuerdo haberme levantado.
Solo recuerdo la llave del carro ya en mi mano, a Gilmar diciendo algo a mis espaldas que no escucho, y a mi propio corazón latiendo de una manera que no reconozco.
Es demasiado pronto. Todavía anda por las veintisiete semanas; oí ese número en casa y no le puse atención. Ahora trato de recordar si hay UCI para un bebé tan pequeño en el hospital adonde las llevaron.
El celular vibra en el asiento. Es Bianca: "Amor, ¿¿desapareces así?? ¿Cenamos hoy?"
Dejo caer el celular en el asiento de al lado, sin responder, y busco en el tráfico la entrada del hospital. Gilmar necesita saber adónde mandar los documentos de Manuela.
Paso por el edificio de mármol de ella sin siquiera voltear la cara. Sigo hacia abajo, al pie del morro, al hospital de siempre, el público, el de gente como nosotros, no el particular y elegante del otro lado de la ciudad. Porque fue ahí donde la llevaron.
Y, de repente, es ahí adonde necesito ir.
En el camino me sorprendo pensando en una cosa idiota. En la cadena. En el farito de plata torcido que Manuela hizo con su propia mano y que anoche tiré a la basura.
Si esa criatura no aguanta, pienso, con una opresión en el pecho que no debería sentir, lo único que queda de ella en el mundo está dentro de mi bote de basura, debajo de un papel arrugado.
Piso más a fondo el acelerador.
Y yo, que pasé semanas diciéndole a todo el mundo que esa criatura era un problema por resolver, bajo la cuesta volando, saltándome semáforos, con una sola frase martillándome la cabeza, una frase que no tiene ningún sentido para un hombre que iba a separarse:
Aguanta. Aguanta ahí. Las dos.
Ni yo sé cuándo se volvió "las dos".