Noah tenía todo: 24 años, Milán, su regreso a la pasarela. Hasta que su hermana Lila murió mientras él se probaba un abrigo. Dejó todo botado, recayó y lo echaron de Europa.
Sin nada, vuelve al sur, a la casa chueca de su abuela cerca de Traiguén. Al lado vive Tomás, 32, agricultor, callado, conservador. Lo odia a primera vista.
Tres meses es el trato. Tomás le enseña a trabajar la tierra. Noah le enseña a no tenerle miedo a sentir.
Entre gallinas metidas, un tractor chocado, un invernadero saboteado y un desfile en un granero, se enamoran lento. Con barro en las manos y miedo de volver a caer.
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Capítulo 8: Pan amasado
La señora Marta llegaba a las once. No once y cinco. Once. Ni un minuto más. Como si tuviera un reloj metido en la canasta.
Yo la esperaba en el corredor. No solo por hambre. Aunque tenía hambre siempre ahora. La esperaba porque era lo único del día que pasaba a una hora fija. Todo lo demás acá pasaba cuando quería. La luz, la lluvia, las gallinas.
Ese día chispeaba. Esa lluvia finita del sur que no moja pero te deja la ropa húmeda igual y te hace oler a perro mojado. Yo andaba con la chaqueta de mi abuelo que me quedaba grande y me picaba un poco en el cuello. Y con las botas de Sofía que ya eran mías porque me dijo quédatelas, te ves menos ridículo.
Once y un minuto. Grito desde el camino.
¡Paaaaan!
Salí. Caminé rápido por el barro. Aprendí a caminar sin caerme. Pones el pie de lado, no derecho. Como patinando.
La señora Marta venía con su canasta tapada con un plástico y una capa amarilla de pescador. Tenía la cara colorada por el frío.
¡Hijito! Me dijo. Te ves mejor. Menos modelo, más persona.
Gracias, creo, le dije.
¿Cuántos hoy?
Cuatro, como siempre.
Me pasó los panes. Calientes. Quemaban un poco las manos a pesar del plástico. Olían a manteca y a leña. Esa vez sí tenía sencillo porque Tomás me había cambiado el billete de diez mil en la feria. Me dio puras monedas de cien que sonaban en el bolsillo.
Toma, le dije. Dos mil.
Son dos mil, dijo contando. Te faltan cuatro huevos.
¿Cómo cuatro huevos?
El otro día te anoté. Te anoté cuatro huevos. La docena que te dio el Tomás ahora es mía. Me los traes después.
Me reí. Era una mafia.
¿Cómo sabe que me dio huevos?
Acá todos saben todo, hijito. Sé que te dio huevos, sé que no sabes prender el calefón, sé que subes al cerrito a hablar por teléfono y que hablas solo cuando bajas. Acá no hay secreto.
Me quedé callado. Tenía razón. En Milán nadie sabía nada de nadie. Todos solos en departamentos caros. Acá todos sabían todo y nadie estaba solo aunque quisiera estarlo.
¿Y qué más sabe? Pregunté por lesear.
Sé que te gusta el Tomás, dijo. Así. Sin bajar la voz. Como si dijera te gusta el pan con ají.
Casi se me cayeron los panes. Se me fue lo rojo a la cara al tiro. La sentí caliente.
¿Qué? Dije. Como tonto.
No te hagas el leso. Lo miras como miraba yo a mi marido cuando era joven. Con hambre pero con miedo.
Señora Marta...
No te preocupes, no le digo a nadie. Pero dile. Porque el Tomás es como esa estufa vieja que tienes. Cuesta prenderlo pero después no se apaga más.
Y se fue. Con su capa amarilla. Gritando paaaaan para la casa que queda a un kilómetro. Me dejó ahí parado en la llovizna con cuatro panes quemándome las manos y la cara roja como tomate.
¿Tanto se me notaba? Llevaba ocho días acá. Ocho días durmiendo mal, comiendo huevo con cáscara, aprendiendo a sacar maleza. Y ya se me notaba que me gustaba el vecino.
Entré. Puse los panes en la mesa de mi abuela. La mesa coja que se mueve. Me senté. Los miré. En Milán si te gustaba alguien había protocolo. Like a tres fotos viejas, esperar, tomar algo caro que no te gusta, acostarte, ghosting. Acá no había protocolo. Había barro.
Esa tarde fui igual al invernadero aunque Tomás me había dicho que si llueve no fuera. Fui porque quería devolver los huevos y porque quería verlo. Esa es la verdad.
Estaba trasplantando lechugas. Con gorro de lana. Con las manos llenas de tierra negra.
¿No te dije que no vinieras si llueve? Dijo sin mirarme.
Quería devolverte algo, dije. Y le pasé la bandeja con cuatro huevos. Me dijo la Marta que son de ella ahora.
Se rió. Tercera vez que se reía y ya me sabía de memoria cómo se le arrugaban los ojos.
Esa señora es mafiosa, dijo.
Me dijo que le debo cuatro más.
Te va a dejar sin nada con intereses en pan.
Nos reímos los dos. Agachados. Con las rodillas en el barro. Olor a tierra mojada y a tomate aunque no había tomate todavía, era el olor del plástico caliente.
¿Te puedo preguntar algo? Dije.
Pregunta, dijo.
¿Por qué nadie acá habla de que eres gay? Todos saben pero nadie dice nada. Como secreto que todos saben.
Se quedó callado. Siguió con una lechuga. La puso con cuidado, como si fuera de vidrio.
Porque si hablas te echan, dijo al final. A mí me echaron. Mi papá me dijo si vas a ser así no vuelvas. Y no volví. Entonces la gente no habla por miedo. No por respeto. Por miedo.
Me dolió en el pecho. No por mí. Por él. Yo viví en Milán donde ser gay era casi requisito para moda. Había banderas en todos lados. Y él acá donde ser gay era susurro que te deja sin familia.
¿Te arrepientes? Pregunté. De quedarte.
Me miró. Tenía barro en la mejilla. Un manchón café.
No, dijo. Me gusta mi tierra. No tengo por qué irme porque ellos no saben querer. Que se vayan ellos.
Me quedé mirándolo. Gorro, barro en mejilla, manos grandes.
Tienes barro, le dije.
¿Dónde?
Acá.
Y le limpié la mejilla con el pulgar. Sin pensar. Como si lo hubiera hecho mil veces. Mi pulgar quedó café. Su mejilla quedó limpia pero colorada por el frío.
Nos quedamos cerca. Muy cerca. Se escuchaba la lluvia en el plástico y una gotera que caía en un balde. Ploc ploc.
Noah, dijo bajito. Mi nombre sonó raro. Como si lo probara.
¿Sí?
Si me vas a limpiar, límpiame bien.
Y se rió. Yo me reí. Dos tontos agachados en barro con huevos en bandeja y panes que se enfriaban en mi casa.
Esa noche comí pan con huevo revuelto. Esta vez no quemado. Le puse aceite antes como me enseñó. Y pensé en lo que dijo la Marta. Cuesta prenderlo pero después no se apaga más.
Y pensé que yo quería ser eso. Una estufa que no se apaga más.