Isolde de Valenne nunca quiso una corona. Pero cuando una tragedia destruye a su familia, se convierte en la única heredera de un reino que se niega a ser gobernado por una mujer. Su única oportunidad de conservar el trono es casarse con Kael de Draven, un rey temido por sus enemigos, conocido por su carácter implacable y acostumbrado a que todos obedezcan sus órdenes. El matrimonio será un acuerdo político. Sin amor, sin promesas y sin expectativas. Ella no piensa someterse a un hombre que cree poder gobernarlo todo. Él no está dispuesto a permitir que su esposa desafíe su autoridad. Entre discusiones, miradas desafiantes y celos que ninguno querrá reconocer, ambos descubrirán que compartir una corona es mucho más sencillo que aprender a compartir el corazón. Pero mientras sus sentimientos amenazan con destruir las barreras que los separan, una conspiración comienza a revelar secretos capaces de enfrentar a sus reinos y convertir su matrimonio en el principio de una guerra. Porque Isolde puede aceptar una corona junto a su enemigo. Lo que jamás aceptará es convertirse en su posesión.
NovelToon tiene autorización de maleramram para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Una visita inesperada
Isolde llevaba casi una hora intentando leer el mismo documento.
No porque fuera complicado, sino porque cada vez que llegaba al final de una página, recordaba las palabras de Lucien.
La boda debe celebrarse antes de que Isolde descubra la segunda orden.
Ella no sabía que alguien había pronunciado aquellas palabras a kilómetros de distancia, pero empezaba a sospechar que su compromiso con Kael estaba relacionado con algo más que una alianza política.
¿Y si alguien necesitaba que se casara cuanto antes?
¿Y si alguien temía lo que podría descubrir después?
Isolde se quitó los anteojos de lectura y se frotó el puente de la nariz.
—Voy a terminar volviéndome loca.
—Eso sería bastante inconveniente para tus planes de gobernar dos reinos.
La voz de Kael la hizo levantar la cabeza.
El rey estaba apoyado contra el marco de la puerta, con una expresión divertida y dos tazas en las manos.
—¿No te enseñaron a llamar antes de entrar?
—Llamé.
—No te escuché.
—Estabas discutiendo con un documento.
Isolde le lanzó una mirada asesina.
Kael entró y dejó una taza frente a ella.
—Té. Rowan dice que llevas horas sin comer.
—Rowan habla demasiado.
—Y tú tienes la costumbre de olvidarte de que eres humana cuando algo te preocupa.
Ella tomó la taza, más por necesidad que por agradecimiento.
—No sabía que te interesaba tanto mi alimentación.
—No me interesa perder a mi futura esposa por agotamiento antes de la boda. Sería un escándalo diplomático.
—Qué romántico.
—Estoy haciendo un esfuerzo.
Isolde soltó una pequeña carcajada antes de poder evitarlo.
Kael sonrió.
Durante unos segundos, la biblioteca pareció menos fría.
Hasta que él señaló los documentos.
—¿Has encontrado algo?
La sonrisa de Isolde desapareció.
—No. Pero hay algo que me inquieta. Mi padre investigaba un movimiento militar antes de morir y ahora alguien quiere impedir que descubra por qué.
—¿Crees que la alianza entre nuestros reinos tiene relación con eso?
—No lo sé. Y no quiero casarme sin entender qué está ocurriendo.
Kael dejó su taza sobre la mesa.
—Entonces averiguaremos la verdad antes de la boda.
Isolde lo miró con atención.
—¿Y si la verdad afecta a Draven?
—La enfrentaremos.
—¿Incluso si implica a alguien de tu consejo?
Kael tardó un instante en responder.
—Incluso entonces.
Ella quiso creerle.
Lo peor era que empezaba a hacerlo.
La mañana siguiente, una visita inesperada alteró los planes de ambos.
Un mensajero llegó al castillo con el emblema de Draven y una carta sellada para Kael.
El rey la leyó en presencia de Rowan. Su expresión se volvió más fría con cada línea.
—¿Malas noticias? —preguntó Isolde, que acababa de entrar.
Kael dobló la carta.
—Mi madre ha recibido una advertencia.
—¿De quién?
—De un remitente desconocido. Le aconsejan que regrese a sus aposentos privados y que deje de hacer preguntas sobre los archivos militares.
Isolde se quedó quieta.
—¿Tu madre estaba investigando lo mismo?
—No exactamente. Estaba revisando unos registros antiguos por petición mía.
—Entonces la conspiración no está limitada a Valenne.
Kael asintió.
Por primera vez, la posibilidad de que ambas cortes estuvieran involucradas dejó de parecer una sospecha lejana.
—Tengo que regresar a Draven —dijo él—. Al menos por unos días.
Isolde sintió una punzada de decepción que no quiso reconocer.
—Por supuesto. Tu reino te necesita.
—No he dicho que vaya a marcharme solo.
Ella frunció el ceño.
—Kael, no voy a abandonar Valenne mientras mi familia siga rodeada de secretos.
—No te lo estoy pidiendo. Rowan puede quedarse contigo y yo regresaré con una escolta reducida.
—¿Y si alguien intenta aprovechar tu ausencia para atacarme?
—Por eso quiero que permanezcas en el castillo y que no salgas sin una guardia.
Isolde dejó la taza sobre la mesa con más fuerza de la necesaria.
—Ahí está otra vez.
—¿Qué cosa?
—Esa costumbre tuya de convertir una sugerencia en una orden.
Kael cerró los ojos un instante.
—Estoy intentando evitar que te ocurra algo.
—Y yo estoy intentando que comprendas que no necesito permiso para moverme por mi propio reino.
Se miraron en silencio.
Finalmente, Kael exhaló.
—Tienes razón. No voy a decidir por ti.
Isolde parpadeó, sorprendida por la facilidad con la que había cedido.
—¿Así de sencillo?
—No confundas aceptar que tienes razón con disfrutarlo.
Ella sonrió apenas.
—Jamás me atrevería.
Kael se acercó a la mesa.
—Solo te pido que tengas cuidado. No porque seas mi futura esposa, sino porque eres una de las pocas personas en esta corte que no me miente a la cara.
—Todavía no me conoces lo suficiente para afirmarlo.
—Entonces tendré que seguir conociéndote.
La manera en que pronunció aquellas palabras hizo que Isolde apartara la mirada.
No quería pensar en lo mucho que le gustaba tenerlo cerca.
No cuando su vida estaba convirtiéndose en un laberinto de traiciones.
Aquella tarde, Isolde decidió visitar el invernadero.
Era uno de los pocos lugares del castillo que conservaba intactos sus recuerdos de infancia. Su madre solía llevarla allí cuando necesitaba escapar de las obligaciones reales, y sus hermanos se escondían entre las plantas para asustarla.
Se detuvo junto a un rosal blanco.
Al tocar una de sus flores, sintió que los recuerdos regresaban con una fuerza inesperada.
—Ojalá estuvieran aquí —susurró.
Sus dedos buscaron el colgante de plata.
—Alteza.
Isolde se volvió.
Mara estaba en la entrada, acompañada por una criada que la princesa no reconoció.
—¿Qué ocurre?
—Esta mujer asegura que tiene información sobre su padre.
La desconocida hizo una reverencia.
Era joven, quizá unos veinticinco años, y llevaba el uniforme de las sirvientas del ala antigua.
—Perdone que la moleste, alteza. Mi nombre es Elin. Trabajé para el secretario personal del rey Aldric.
Isolde se acercó inmediatamente.
—¿Conocías a mi padre?
—Sí, alteza. Y hay algo que debí contarle hace mucho tiempo.
—Habla.
Elin miró hacia la puerta del invernadero, inquieta.
—La noche anterior a su muerte, el rey recibió una visita. Un hombre que no figuraba en el registro de invitados.
Isolde sintió que el corazón comenzaba a acelerarse.
—¿Quién era?
—No pude verle el rostro. Pero escuché una parte de la conversación.
—¿Qué escuchaste?
La criada tragó saliva.
—El rey dijo que, si aquella orden llegaba a ejecutarse, morirían personas inocentes. Después le pidió al hombre que abandonara el reino.
Isolde apretó el colgante.
—¿Y el hombre?
Elin bajó la voz.
—Le respondió que ya era demasiado tarde.
Un escalofrío recorrió la espalda de Isolde.
—¿Por qué has esperado tanto para contármelo?
Los ojos de la criada se llenaron de lágrimas.
—Porque al día siguiente de la muerte del rey, alguien dejó una nota bajo mi puerta. Decía que yo sería la siguiente si hablaba.
Isolde se quedó sin palabras.
Durante años, alguien había estado silenciando a quienes podían conocer la verdad.
Y ahora aquella mujer había decidido arriesgar su vida para hablar.
—No volverás a estar sola —prometió Isolde—. Te protegeré mientras averiguamos quién hizo esto.
Elin inclinó la cabeza, aliviada.
Pero antes de que pudiera decir algo más, un guardia irrumpió en el invernadero.
—¡Alteza!
Isolde se volvió.
—¿Qué sucede?
El hombre respiraba con dificultad.
—El rey Kael acaba de recibir otro mensaje. Han encontrado a un hombre muerto en el camino hacia Draven.
—¿Y qué tiene que ver con nosotros?
El guardia vaciló.
—Llevaba una carta dirigida a usted, alteza.
Isolde sintió que el frío le recorría el cuerpo.
—¿Qué dice la carta?
El guardia sacó un sobre ensangrentado.
En el exterior, escrito con tinta oscura, había una única frase:
...«Deje de buscar a los asesinos de su familia o descubrirá que todavía le queda alguien a quien perder»....