Lady Eleanor lo dio todo por amor y recibió a cambio una taza de té envenenado, la humillación pública y una ejecución silenciosa ordenada por el hombre al que juró amar: el príncipe heredero y su propio prometido. Pero la muerte no fue el final, sino el despertar de una furia milenaria.
Reencarnada en su propio cuerpo justo antes del baile de compromiso que selló su perdición, Eleanor decide cambiar las reglas del juego. Ya no será la damisela sumisa; abrazará la oscuridad que corre por sus venas, desatando la magia arcana de las brujas de sangre y firmando un pacto prohibido con un dragón milenario que duerme bajo las catacumbas del imperio. Entre pasiones peligrosas, un dark romance tan adictivo como letal y una venganza meticulosamente planeada, Eleanor está lista para destruir a todos los que la traicionaron... comenzando por el hombre que creyó que podía romperla dos veces.
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Capítulo 10
El contacto de la mano de Aleixandre Bondhe no fue una caricia; fue un cataclismo.
En el instante exacto en que mis dedos enguantados se cerraron sobre el cuero endurecido de su guantelete de guerra, una corriente ardiente, mezcla de escarcha milenaria y fuego subterráneo, trepó por mi brazo como una enredadera viva de púas invisibles. La marca de las brujas en mi muñeca izquierda vibró con un latido tan sonoro que creí que el hueso se rompería en mil astillas. El aire del Salón del Trono se comprimió hasta volverse casi irrespirable, y el resplandor de mi magia negra chocó contra el aura azulada del archiduque, provocando una onda expansiva que barrió la alfombra roja, arrojando copas, candelabros y restos de porcelana contra las paredes como metralla viva.
—¡Atrápenlos! ¡Mátenla a ella y desarmen a ese perro del norte! —chilló Aedric desde la cima de las escalinatas, su voz completamente quebrada por una mezcla de cobardía y odio histérico.
El príncipe se sostenía del brazo de uno de los ancianos consejeros, con los ojos desorbitados y la boca manchada de saliva espumosa. La corona imperial que tanto anhelaba lucir parecía una burla grotesca sobre su frente sudorosa. Ya no era el galán intocable de la corte; era una fiera acorralada que contemplaba cómo la presa que creía tener bajo su bota se alzaba con fauces más grandes que las suyas.
—¡Guardia de la Luz! ¡Inquisición imperial! —rugió el emperador Charles IV, golpeando el cetro de oro contra el estrado con tanta violencia que la gema tallada se astilló—. ¡Cierren los portones de hierro! ¡Que ningún traidor cruce las murallas de la capital con vida! ¡El juicio del Fuego Negro es una abominación ante el dios sol!
Alrededor del salón, más de cincuenta caballeros con armaduras completas de plata reluciente y capas doradas desenfundaron sus espadas al unísono. El chirrido metálico fue ensordecedor. Se formó una barrera de lanzas y escudos pesados entre nosotros y la inmensa puerta doble que conducía al patio exterior. Sus rostros estaban pálidos bajo las viseras de acero, pero el deber ciego hacia la corona los obligaba a cerrar el cerco.
Miré a Aleixandre. No tenía ni una sola gota de sudor en la frente. Su postura era relajada, casi insolente, como si en lugar de encontrarse en medio de una emboscada mortal en el corazón del imperio más poderoso del continente estuviera decidiendo qué copa de vino degustar en su biblioteca personal.
—Parece que tus antiguos anfitriones son pésimos perdedores, Eleanor —murmuró él, sin molestarse en modular la voz para ocultar su mofa.
Sus ojos carmesí destellaron con un brillo dorado en el centro de las pupilas, un reflejo inconfundible de la bestia primordial que dormitaba bajo su carne mortal.
—Son cobardes, mi señor —respondí, sintiendo el calor de mi sangre hervir con una euforia salvaje que jamás experimenté en mi existencia anterior—. Y los cobardes solo saben ladrar cuando están protegidos por el número de sus perros.
—Una deducción impecable —dijo él, y en su mirada vi una chispa de admiración pura, una fascinación peligrosa que me provocó un cosquilleo en el estómago—. Veamos si sus armaduras de juguete pueden soportar el invierno verdadero.
Aleixandre no desenvainó su espada. Simplemente dio un pisotón seco contra el suelo de mármol con su bota reforzada con hierro.
El impacto no fue físico: fue arcano.
Una grieta recta, tan profunda que parecía abrir las entrañas mismas del abismo, se propagó a la velocidad del rayo desde la punta de su pie hacia las filas de la guardia imperial. Del fondo de la hendidura brotaron columnas de hielo negro, filosas como cuchillas de guillotina, acompañadas por un viento glacial que congeló las lágrimas en los ojos de los nobles que huían despavoridos. Los tres primeros caballeros que intentaron cargar contra nosotros salieron despedidos por el aire, sus escudos partidos por la mitad y sus armaduras cubiertas de una escarcha tan densa que apenas podían mover los dedos.
El caos que se desató en la sala fue absoluto. Los alaridos de las damas ahogaban los toques de corneta de los oficiales; mi padre, el duque Gerald, permanecía de rodillas tapándose los oídos mientras maldecía mi nombre en susurros temblorosos, y mi prima Lyra lloraba desquiciada entre las faldas del séquito real, sabiendo que su sueño de ser la dueña indiscutible del imperio acababa de convertirse en una pesadilla de cenizas.
En medio del tumulto, un chillido desgarrador atrajo mi atención.
—¡Mi lady! ¡Mi lady Eleanor!
Giré la cabeza. Dos soldados de la milicia privada de mi padre habían agarrado a Clara por los brazos, arrastrándola hacia una de las salidas de servicio. La muchacha pataleaba con desesperación, sus zapatos perdiéndose entre el lodo y los escombros que caían del techo abovedado.
—¡Gerald Fiargod ordenó que ningún sirviente de la rama principal salga con vida para testificar! —gritó uno de los guardias, desenvainando una daga corta con la intención evidente de degollar a mi doncella para silenciarla.
La furia me subió por la garganta como bilis amarga. En mi vida pasada, permití que mataran a Clara por mi debilidad, por mi cobardía de no querer ensuciar mi vestido blanco con sangre para mantener la paz con una familia que me odiaba.
*Nunca más.*
—¡Clara! —grité.
Impresionante comienzo.
Arriba las villanas!