Durante dos años, Gael Luján fue el esposo invisible de Adrián Ferrer, un poderoso alfa de clase S. Como beta, su única función parecía ser ayudarlo durante el rut. Pero todo cambió cuando Gael se diferenció tardíamente como omega, recibió una marca completa y quedó embarazado.
Por primera vez, creyó que podía tener una familia de verdad.
Se equivocó.
Tres días después de dar a luz, mientras su hijo luchaba por sobrevivir, Gael recibió los documentos de divorcio. Adrián ya había decidido su futuro por él: quedarse con el bebé y expulsarlo de sus vidas.
Meses después, Gael regresa decidido a recuperar a Neno y a no volver a entregar el corazón. Sin embargo, una marca completa no desaparece con una firma. Sus cuerpos aún se reconocen, sus feromonas continúan buscándose y Adrián descubre demasiado tarde que aquel omega al que desechó era la única persona a la que realmente quería.
Ahora el alfa está dispuesto a utilizar la convivencia, el vínculo con su hijo y hasta sus propios instintos para recuperarlo.
Pero Gael ya no es el hombre obediente que abandonó.
Entre celos, deseo, heridas todavía abiertas y un lazo biológico imposible de ignorar, ambos tendrán que descubrir si algunas marcas pueden convertirse en amor… o si solo sirven para recordar quién fue el primero en hacer daño.
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Capítulo 6
Capítulo 6
Oír a Adrián llamarlo esposo lo dejó aturdido. Gael nunca se había permitido pensar demasiado en ese título, pero escucharlo de sus labios le agitó el corazón.
Se mordió con fuerza para detener sus ilusiones. Adrián seguramente lo había dicho sin pensar. Lo importante era superar el resto del rut sin más problemas.
Creyó que Adrián no podía verlo desde atrás, pero un pulgar le rozó el labio.
—Mejor muerde otra cosa —murmuró junto a su oído.
Los betas no tenían un aroma propio, pero el cuerpo de Gael resultaba sorprendentemente compatible con el suyo. A Adrián le gustaba sujetarlo desde atrás y morderle la nuca mientras liberaba feromonas. Como Gael no tenía glándula, ni siquiera el abeto blanco de un alfa clase S permanecía mucho tiempo sobre su piel. Adrián insistía hasta cubrirlo por completo con su olor.
Esa noche, la primera mordida le dolió más de lo normal. Gael dejó escapar un quejido y los dientes se hundieron todavía más.
Su cuerpo apenas se recuperaba de la fiebre. Los brazos le temblaron contra la almohada.
—¿Podemos cambiar de posición? Me duele mucho la cintura…
Un alfa en rut necesitaba seguridad. Adrián no tenía un omega con quien hacer nido y la ansiedad seguía atrapada dentro de él. Acarició sin darse cuenta la nuca de Gael.
—Di mi nombre.
Solo tenía permiso de hacerlo en momentos como ese. El resto del tiempo debía llamarlo señor Ferrer.
Las lágrimas aparecieron de todos modos. Gael no entendía por qué querer a alguien tenía que doler tanto, pero aquellas horas le permitían fingir que Adrián también lo amaba.
Por lo menos entonces parecían una pareja de verdad.
—Adrián… En serio me duele la cintura.
La voz baja de Gael calmó algo dentro de él.
Tal vez porque seguía enfermo, esa vez Adrián fue más cuidadoso. Le cambió la postura, moderó el ritmo y le secó las lágrimas. El calor y la comezón de la nuca bajaron por la espalda de Gael hasta dejarlo aturdido.
En medio de la niebla recibió un beso leve sobre la piel. La presión extraña en la nuca se intensificó.
No supo a qué hora terminaron. Estaba tan agotado que no podía mover un dedo. Permaneció con los ojos cerrados, hundido en la almohada, mientras Adrián le tocaba la frente.
—Volvió la fiebre.
Gael ya no lo oyó. Dormía mal, inquieto por la sensación de haber olvidado algo. Sabía que aquella no era su cama y que no debía quedarse, pero el cansancio lo arrastró de nuevo.
Las feromonas de Adrián, en cambio, por fin estaban en calma. Miró la hora: las tres treinta y siete de la madrugada.
Gael todavía olía a abeto blanco. Adrián lo llevó al baño, lo limpió y, antes de sacarlo del dormitorio, vaciló.
Faltaban pocas horas para el amanecer. Además, su piel conservaba un rastro dulce.
Una excepción abría la puerta a muchas más.
Gael volvió a la cama de Adrián. Este lo observó un momento en la oscuridad y cerró los ojos.
Gael no durmió mucho. Despertó porque algo pesado le dificultaba respirar.
Le dolía la cabeza. El cuarto estaba oscuro y tardó unos segundos en reconocerlo. Era demasiado amplio; no era su habitación.
El brazo sobre su cintura se tensó y lo atrajo hacia atrás. Gael se quedó rígido.
Adrián habló con la voz ronca del sueño, sin abrir los ojos.
—¿Qué hora es?
El calor subió de golpe al rostro de Gael. Había pasado la noche dentro de sus brazos.
Entrecerró los ojos para leer el reloj.
—Las siete veinte.
Adrián ya lo miraba. El débil aroma dulce de la noche había desaparecido y también se desvanecía el abeto blanco.
No había dormido suficiente, pero sus feromonas estaban estables. Había recuperado la frialdad habitual.
Gael esperó un comentario hiriente. En cambio, Adrián preguntó por su salud.
—Esa fiebre no es normal.
Se levantó y activó el sistema de la habitación. Las cortinas se abrieron; la luz obligó a Gael a cerrar los ojos.
—El doctor Beltrán volverá hoy. No salgas durante unos días. Descansa.
Adrián se parecía otra vez al hombre con quien había negociado el matrimonio: distante, educado y arrogante.
Gael no se atrevió a permanecer acostado. Sentía que ocupaba un lugar que no le correspondía.
—Tal vez fue porque no dormí bien. —La voz se le quebró en una tos seca—. No hace falta molestar al médico.
Adrián lo ignoró. Nadie cambiaba una decisión suya.
—Siempre te levantas a esta hora. ¿Entras tan temprano al trabajo?
Gael se quedó inmóvil. Adrián nunca había mencionado la pastelería. Él procuraba entrar y salir cuando el alfa no estaba en casa, consciente de que desaprobaba aquel empleo.
—Sí, pero hoy descanso. No voy a salir.
A Adrián no le importaba demasiado lo que hiciera, pero sus horarios daban la impresión de que no podía mantener ni a un beta que comía poco.
La pijama enorme hacía que Gael se viera todavía más delgado. Estaba descalzo junto a la cama, pálido e incómodo.
—Te daré una tarjeta adicional. Renuncia.
Gael abrió los ojos, sorprendido. Adrián ya se marchaba cuando consiguió detenerlo.
—Señor Ferrer, espere. No hace falta. Mi sueldo alcanza para…
—¿Para qué? ¿Para remendar tu pijama?
No había desprecio en su rostro, pero su arrogancia natural convertía cualquier frase en una burla.
Gael bajó la mirada. No podía discutirlo. Después de darle dinero a Bruno, casi nunca le quedaba nada.
Adrián sabía adónde iba a parar su sueldo y estaba harto de los Luján.
—Solo tú podrás usar la tarjeta. Deja ese empleo o busca otro con un horario razonable. No quiero recordarte todos los días cuál es tu verdadera obligación.
La impotencia llenó a Gael.
—Entiendo.
Adrián entró al baño. Gael revisó las sábanas, arregló la cama y recogió su abrigo. Dudaba si salir de inmediato.
Adrián tardó poco. Regresó con el cabello húmedo y una gota de agua recorriéndole la línea de la mandíbula.
Gael lo miró un segundo de más. Adrián tenía la posición, el rostro y la capacidad que se esperaban de un alfa clase S.
Bajó la vista.
—Señor Ferrer, me retiro.
Todavía pensaba con dificultad y necesitaba dormir.
—¿Sabes hacer un nudo de corbata? —preguntó Adrián.
Gael negó con la cabeza.
—No.
—Ven.
Adrián sacó una corbata azul oscuro y la extendió sobre la palma.
Gael se acercó sin saber por qué. Se detuvo frente a él y mantuvo los ojos en el cuello de su camisa.
Adrián tomó sus manos.
—Pasa este extremo por aquí. Luego por este lado y sube el nudo.
Su voz era paciente. Gael deseó que el rubor no fuera demasiado evidente. No entendía por qué seguía enamorándose con tanta facilidad.
Las pestañas de Adrián parecían muy largas de cerca. Gael lo miró varias veces a escondidas hasta que él soltó sus manos.
—Listo.
Sus ojos se encontraron. Las mejillas y las orejas de Gael enrojecieron de inmediato.
—¿Aprendiste?
No había memorizado nada, pero fingió serenidad.
—Sí.
Adrián se puso el saco y eligió unos gemelos del mismo tono. La tarjeta y aquel breve gesto amable eran, para él, compensación suficiente por el trato que le había dado durante el rut.
Gael bajó abrazado a su abrigo, todavía confundido. Solo después de cerrar la puerta de su cuarto comprendió que había dormido en la habitación de Adrián.
Miró la pijama que le quedaba grande.
¿Por qué lo despreciaba unos días y al siguiente parecía tratarlo bien?
El cuerpo seguía agotado, pero su mente estaba demasiado despierta. Revisó el celular. Además de Tomás, Mariano le había escrito.
Tomás ya estaba comprando equipo para su cafetería y quizá renunciaría antes de lo previsto. Al recordar la orden de Adrián, Gael dudó antes de responder.
Mariano, por su parte, exigía que volviera cuanto antes porque se acumulaban los pedidos.
Gael escribió a Tomás:
—¿En qué zona piensas abrir la cafetería?
Se quedó sentado frente a la pared blanca, apretando el teléfono.
Quizá el mayordomo tenía razón. Tal vez debía prestar más atención a Adrián. Y, como él había dicho, trabajar por sí mismo, no para mantener a los Luján.