Lady Evelyn Ashbourne murió a los setenta y seis años después de vivir una existencia marcada por las infidelidades de su esposo, la soledad y un amor que nunca recibió. Sin embargo, el destino le concedió una segunda oportunidad: despertó nuevamente a los dieciocho años, conservando todos los recuerdos de su vida anterior.
Esta vez, Evelyn no volverá a cometer los mismos errores. En lugar de elegir al encantador vizconde que destruyó su felicidad, aceptará casarse con Adrian de Blackthorne, el temido duque al que rechazó en su primera vida.
Frío, intimidante y despiadado con sus enemigos, Adrian esconde heridas y secretos que nadie se atreve a descubrir. Su matrimonio comenzará como un acuerdo entre dos familias, pero la convivencia despertará sentimientos que ninguno de los dos estaba preparado para enfrentar.
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La propuesta del monstruo.
Evelyn Ashbourne había descubierto dos cosas aquella mañana.
La primera era que regresar de la muerte no le había devuelto la paciencia.
La segunda, que el duque de Blackthorne era considerablemente más peligroso de cerca que en sus recuerdos.
No porque fuera cruel con ella. Todavía no había hecho nada que pudiera considerarse una ofensa. El problema era aquella mirada gris, capaz de hacer que cualquier persona olvidara lo que estaba diciendo, y la costumbre que tenía de permanecer en silencio hasta que los demás comenzaban a sentirse incómodos.
En su primera vida, Evelyn había confundido aquel silencio con desprecio.
Ahora empezaba a sospechar que Adrian simplemente disfrutaba observando cómo las personas se delataban solas.
Y aquello, por alguna razón, le resultaba fascinante.
—Mi señora, lleva diez minutos mirando la misma taza.
Evelyn parpadeó.
Margaret estaba sentada frente a ella en el pequeño salón de su dormitorio, con una cesta de ropa sobre las rodillas y una expresión de profunda preocupación.
—¿Diez minutos?
—Once, si contamos el tiempo que lleva suspirando.
—No estaba suspirando.
—Por supuesto que no, mi señora.
La doncella bajó la cabeza para ocultar una sonrisa.
Evelyn dejó la taza sobre la mesa.
—Margaret, ¿crees que soy una mujer extraña?
—Creo que está comportándose de una manera muy extraña.
—Eso no es exactamente lo que te pregunté.
—Entonces tendré que responder que sí, mi señora.
Evelyn soltó una carcajada.
Le gustaba aquella muchacha. Siempre le había gustado, incluso cuando, en su primera vida, había pasado años demasiado ocupada intentando complacer a Lucien como para detenerse a escuchar las pequeñas historias que Margaret le contaba al final de cada jornada.
Había perdido demasiadas cosas por prestar atención a las equivocadas.
Esta vez sería diferente.
—Dime, Margaret, ¿alguna vez has estado enamorada?
La doncella casi dejó caer la cesta.
—¡Mi señora!
—¿Qué tiene de escandaloso mi pregunta?
—¡No debería preguntarme esas cosas!
—¿Por qué? ¿Acaso el amor está reservado exclusivamente para las damas nobles?
—No, pero…
—Entonces puedes responder.
Margaret se mordió el labio inferior, mirando hacia la puerta como si esperara que alguien apareciera para rescatarla.
—Hay un mozo en las caballerizas —confesó finalmente—. Thomas. Es muy amable conmigo.
Evelyn sonrió.
Thomas.
Recordaba aquel nombre. En su primera vida, Margaret se había casado con él y habían tenido tres hijos. La pareja había vivido en una pequeña casa cerca de los jardines de la residencia Ashbourne.
Pero eso había ocurrido años después.
—¿Y él sabe que te gusta?
—¡No! ¡Por supuesto que no!
—Entonces será mejor que descubras si es tan amable como parece antes de pasar los próximos cincuenta años preguntándote qué habría ocurrido si le hubieras hablado.
Margaret frunció el ceño.
—Habla como una anciana, mi señora.
El comentario la golpeó con una precisión inesperada.
Evelyn se quedó inmóvil.
La doncella palideció.
—¡No quise decir que usted fuera vieja! ¡Quise decir que habla como… como alguien muy sabia!
Evelyn rompió a reír.
Esta vez, la risa fue tan genuina que tuvo que llevarse una mano al pecho.
—Tranquila, Margaret. No me has ofendido.
Si supieras cuántas veces he deseado volver a tener tu edad y preocuparme por algo tan sencillo como un muchacho de las caballerizas.
Un golpe en la puerta interrumpió la conversación.
—Lady Evelyn —anunció el mayordomo desde el otro lado—. El conde solicita su presencia en el despacho. Ha llegado una carta de la residencia Blackthorne.
La sonrisa de Evelyn desapareció.
Una carta.
Tan pronto.
—Dile a mi padre que bajaré enseguida.
Margaret dejó la cesta a un lado y se apresuró a ayudarla a levantarse.
—¿Cree que es del duque?
Evelyn contempló su reflejo en el espejo.
—Estoy segura.
Y, por primera vez desde que había despertado en aquella segunda vida, sintió verdadero nerviosismo.
Porque una cosa era aceptar la posibilidad de casarse con Adrian.
Otra muy distinta era descubrir qué clase de esposo tenía intención de ser.
El despacho del conde Ashbourne olía a cuero, madera pulida y tabaco.
Lord William Ashbourne estaba de pie junto a su escritorio, con una carta abierta entre los dedos. A su lado, Lady Catherine observaba a su marido con una expresión que Evelyn conocía demasiado bien.
Su padre estaba preocupado.
—Evelyn, ven aquí —ordenó el conde.
Ella se acercó.
—¿Ha ocurrido algo?
William le entregó la carta.
El sello negro de la casa Blackthorne destacaba sobre la cera roja.
Evelyn reconoció el emblema: un cuervo con las alas extendidas sobre una torre.
Rompió el sello y desplegó el papel.
La caligrafía era firme, elegante y sin adornos innecesarios.
Al conde William Ashbourne.
Tras nuestra conversación de esta mañana, deseo formalizar mi intención de contraer matrimonio con Lady Evelyn Ashbourne.
Propongo que el compromiso se anuncie dentro de siete días y que la ceremonia tenga lugar antes de finalizar el próximo mes, siempre que ambas familias estén de acuerdo con las condiciones del contrato.
Mi abogado enviará los documentos correspondientes. Solicito, además, que Lady Evelyn visite mi residencia antes de la boda para conocer las dependencias que estarán a su disposición y familiarizarse con las obligaciones de su futura posición.
No considero necesario prolongar una negociación cuyo propósito ha quedado suficientemente claro.
Adrian de Blackthorne.
Evelyn leyó la última línea dos veces.
Después, una tercera.
—Es muy directo —comentó Catherine.
—El duque siempre ha sido un hombre directo —respondió William—. No me sorprende.
Evelyn dobló cuidadosamente la carta.
—Acepto.
Su padre la miró.
—¿No deseas pensarlo un poco más?
—Ya lo he pensado.
—Hija, no estamos hablando de una visita al jardín. Estamos hablando de tu matrimonio con uno de los hombres más poderosos del reino.
—Lo sé, padre.
—Blackthorne no es un lugar sencillo. Su residencia se encuentra en el norte, donde los inviernos son terribles y los caminos pueden quedar bloqueados durante semanas. El duque tiene responsabilidades militares, disputas fronterizas y enemigos que no dudarían en utilizarte para perjudicarlo.
Evelyn sostuvo la mirada de su padre.
—¿Y qué alternativa tenemos?
William apretó los labios.
—Podríamos esperar otra propuesta.
—¿De quién? ¿De algún noble dispuesto a adquirir nuestras tierras a cambio de unas cuantas promesas? ¿De un hombre que quiera casarse conmigo para mejorar su posición en la corte?
Su padre no respondió.
Evelyn suavizó la voz.
—No estoy aceptando por desesperación, padre. Estoy aceptando porque considero que es una buena decisión.
No era toda la verdad.
Pero tampoco era una mentira.
Adrian podía ofrecerle algo que su primer esposo jamás le había dado: la posibilidad de construir un hogar sobre acuerdos claros, en lugar de promesas vacías.
Si el duque cumplía su palabra, ella cumpliría la suya.
Y si no lo hacía…
Bueno, esta vez Evelyn sabía que podía sobrevivir sin el amor de un hombre.
—Hay otra cuestión —dijo William, dejando la carta sobre el escritorio—. El duque ha solicitado que su abogado incluya una cláusula sobre tu patrimonio personal.
Evelyn levantó la cabeza.
—¿Qué clase de cláusula?
—Quiere que tus bienes heredados permanezcan bajo tu administración. No pasarán automáticamente a su control después del matrimonio.
Por primera vez, Evelyn no supo qué decir.
En aquella época, las mujeres nobles solían perder buena parte del control legal sobre sus propiedades al casarse. Era una práctica habitual, y muchas familias la consideraban un precio aceptable por una alianza ventajosa.
Adrian estaba proponiendo lo contrario.
—¿Por qué haría eso? —preguntó Catherine.
William se encogió de hombros.
—No lo sé. Quizá considere que una esposa con patrimonio propio tiene mayor independencia. O quizá sencillamente no desea encargarse de administrar las propiedades de su mujer.
Evelyn bajó los ojos hacia la carta.
No debía sacar conclusiones precipitadas.
Un gesto generoso no convertía a un hombre en un buen esposo. Lo había aprendido de la peor manera.
Sin embargo, no pudo evitar preguntarse qué otras cosas desconocía sobre el duque de Blackthorne.
—Acepto sus condiciones —declaró.
Su padre la observó durante varios segundos.
Finalmente, asintió.
—Entonces responderemos que estamos de acuerdo.
Evelyn sonrió.
Su segunda vida acababa de dar un paso irreversible.
En menos de un mes, sería la esposa del hombre al que toda la corte llamaba monstruo.
Y no podía esperar a descubrir por qué.
La noticia del compromiso se extendió por la capital antes del anochecer.
Para la aristocracia de Eldoria, aquello era un acontecimiento extraordinario.
El duque de Blackthorne, que había rechazado a tres candidatas propuestas por la Corona y llevaba años evitando cualquier compromiso matrimonial, acababa de elegir a una joven de una familia noble cuya fortuna estaba prácticamente agotada.
Y lo más sorprendente era que Lady Evelyn Ashbourne había aceptado.
—¿Es verdad que el duque amenazó a su familia?
—Dicen que ella lloró cuando recibió la propuesta.
—He oído que Blackthorne necesita una esposa para asegurar la sucesión de su título.
—¿Y qué mujer en su sano juicio aceptaría vivir en aquel castillo?
Los rumores se multiplicaron durante los días siguientes.
Evelyn escuchó algunos durante una visita a su modista y otros mientras acompañaba a su madre a una reunión benéfica.
No le sorprendieron.
En su primera vida, la sociedad había hablado de ella durante años, aunque casi nunca para decir algo que mereciera la pena escuchar.
La diferencia era que ahora ya no sentía la necesidad de defenderse.
—Lady Evelyn, querida.
La voz pertenecía a Lady Beatrice Langford, una condesa conocida por su habilidad para convertir cualquier conversación en un interrogatorio disfrazado de cortesía.
Evelyn estaba sentada junto a una ventana del salón de té cuando la mujer se acercó acompañada de dos damas.
—Debo felicitarla por su compromiso —continuó Beatrice—. Aunque confieso que su elección me ha sorprendido.
—¿Por qué, milady?
—Bueno… el duque de Blackthorne tiene una reputación bastante particular.
—La reputación no siempre refleja la realidad.
La condesa sonrió.
—Qué respuesta tan generosa. Aunque supongo que todavía no conoce bien a su futuro esposo.
—Es cierto.
—Entonces, ¿cómo puede estar segura de haber tomado la decisión correcta?
Evelyn dejó la taza sobre el platillo.
—No puedo estar segura de todo lo que ocurrirá en mi matrimonio. Pero sí estoy segura de que prefiero conocer a un hombre por sus actos antes que condenarlo por los rumores que circulan sobre él.
Una de las jóvenes que acompañaban a Beatrice bajó la mirada para ocultar una sonrisa.
La condesa, en cambio, endureció ligeramente los labios.
—Tiene una confianza admirable para alguien tan joven.
—Y usted tiene una curiosidad admirable para alguien que asegura estar preocupada por mí.
El silencio fue inmediato.
Evelyn lamentó la frase apenas la pronunció.
No porque se arrepintiera de defenderse, sino porque había olvidado que, en la corte, las palabras tenían una vida mucho más larga que las intenciones.
Beatrice se levantó.
—Le deseo mucha suerte, Lady Evelyn. La necesitará.
—Gracias. Le deseo lo mismo.
La condesa se marchó con sus acompañantes.
Evelyn volvió a mirar por la ventana.
En su primera vida, habría pasado el resto de la tarde preocupada por aquella conversación, temiendo que las palabras de Beatrice llegaran a oídos de Lucien o perjudicaran la posición de su familia.
Ahora solo sintió cansancio.
No había regresado al pasado para agradar a todas las personas que encontraba.
Había regresado para vivir.
Y, si la aristocracia de Eldoria encontraba aquello ofensivo, tendría que aprender a soportarlo.
Tres días después, llegó la invitación de Adrian.
No era una carta extensa ni especialmente amable.
El duque solicitaba la presencia de Evelyn en Blackthorne al día siguiente, acompañada por sus padres y dos miembros de su séquito. Deseaba que conociera la residencia antes de formalizar públicamente el compromiso.
Su madre insistió en que debía llevar el vestido más elegante de su guardarropa.
Su padre ordenó preparar los carruajes antes del amanecer.
Y Margaret pasó la noche anterior a la visita hablando sin parar sobre los rumores que había escuchado entre los sirvientes.
—Dicen que el castillo tiene una torre cerrada desde hace veinte años.
—Los castillos suelen tener muchas habitaciones cerradas, Margaret.
—También dicen que el duque nunca permite que nadie entre en su biblioteca privada.
—Es su biblioteca. Tiene derecho a decidir quién entra.
—Y que una dama que intentó seducirlo terminó abandonando la corte llorando.
Evelyn se detuvo mientras se abrochaba un pendiente.
—¿Quién te ha contado eso?
—La señora de la cocina, mi señora. Su prima trabaja para una familia que tiene conocidos en la capital.
—Una fuente extraordinariamente fiable.
Margaret frunció el ceño.
—Se está burlando de mí.
—Un poco.
Evelyn sonrió y tomó los guantes que descansaban sobre la mesa.
Había pensado mucho en aquella visita.
Recordaba el castillo de Blackthorne tal como lo había visto desde la distancia durante una excursión en su primera vida. Una construcción de piedra oscura levantada sobre una colina, con torres altas y murallas que parecían desafiar al propio cielo.
Nunca había entrado.
Nunca había conocido el lugar donde habría podido pasar el resto de su vida.
Y ahora iba a descubrirlo.
—Margaret, ¿crees que el duque es tan terrible como dicen?
La doncella meditó antes de responder.
—No lo sé, mi señora. Pero creo que un hombre capaz de asustar a toda la corte debe de tener alguna razón para hacerlo.
Evelyn se volvió hacia ella.
—¿Y si esa razón no es buena?
Margaret se encogió de hombros.
—Entonces usted tendrá que descubrirlo antes de casarse.
Evelyn soltó una carcajada.
—Empiezo a sospechar que eres mucho más inteligente de lo que aparentas.
—Y yo empiezo a sospechar que mi señora está verdaderamente decidida a casarse con el duque.
—Así es.
—¿Puedo hacerle una pregunta indiscreta?
—Siempre las haces.
Margaret sonrió.
—¿Le parece guapo?
Evelyn se quedó inmóvil.
Recordó los ojos grises, la mandíbula firme y aquella voz grave que parecía vibrar en el aire incluso después de que Adrian abandonara una habitación.
Recordó también la forma en que la había observado cuando ella habló de respeto.
No había sido una mirada amable.
Había sido una mirada interesada.
Y, aunque no estaba dispuesta a admitirlo en voz alta, había encontrado aquella atención mucho más inquietante que cualquier rumor sobre su crueldad.
—Es… aceptable —respondió.
Margaret abrió la boca.
—¡Aceptable!
—¿Qué tiene de malo?
—¡Mi señora, el hombre parece una estatua tallada por los dioses!
Evelyn se echó a reír.
—Entonces espero que los dioses hayan tenido la consideración de darle un carácter soportable.
—Eso todavía está por verse.
Evelyn volvió a mirarse en el espejo.
Su vestido de viaje era de un azul profundo, con bordados plateados en las mangas. Llevaba el cabello recogido y una pequeña joya heredada de su abuela adornaba su cuello.
No quería impresionar al duque.
Quería presentarse ante él como una mujer que no tenía nada que demostrar.
Pero, mientras el carruaje comenzaba a prepararse en el patio, Evelyn descubrió que estaba sonriendo.
Y aquello la asustó más de lo que estaba dispuesta a reconocer.
Porque el hombre al que había elegido no era una simple solución a los errores de su primera vida.
Era un desconocido.
Uno que empezaba a despertar su curiosidad.
Y la curiosidad, como Adrian le había advertido, podía ser un hábito peligroso.
El castillo de Blackthorne apareció entre la niebla poco antes del mediodía.
Evelyn contuvo el aliento.
Era incluso más imponente de lo que recordaba.
Sus murallas de piedra gris se alzaban sobre una colina rodeada de bosques. Varias torres se recortaban contra el cielo, y las banderas negras con el emblema del cuervo ondeaban bajo el viento del norte.
El camino de acceso atravesaba un puente de piedra que cruzaba un barranco profundo. A ambos lados, soldados con uniformes oscuros vigilaban la entrada.
No era un castillo diseñado para impresionar a los visitantes.
Era una fortaleza construida para resistir un asedio.
Cuando el carruaje atravesó las puertas, Evelyn vio a los sirvientes alineados en el patio principal.
Y, en lo alto de la escalinata, aguardaba Adrian de Blackthorne.
Vestía de negro, como siempre, con una capa oscura sujeta por un broche de plata. El viento movía algunos mechones de su cabello y su expresión era tan severa que el cochero pareció apresurarse a abrir la puerta.
Evelyn descendió con ayuda de un lacayo.
El duque bajó los escalones.
Primero saludó al conde y a la condesa. Después, se volvió hacia ella.
—Lady Evelyn. Espero que el viaje haya sido cómodo.
—Mucho, Su Gracia. Gracias por recibirnos.
Adrian le ofreció el brazo.
Ella lo aceptó.
El contacto fue breve, apenas la presión de su mano enguantada sobre la manga del duque.
Sin embargo, Evelyn sintió la firmeza de aquel brazo y tomó conciencia de lo cerca que caminaban.
Adrian olía a cuero, a aire frío y a una fragancia discreta que no logró identificar.
—¿Qué le parece mi residencia? —preguntó.
Evelyn contempló las torres.
—Es hermosa.
—La mayoría de mis invitados la describen como intimidante.
—La mayoría de sus invitados probablemente intenta impresionarlo.
Adrian volvió el rostro hacia ella.
—¿Y usted no?
—No tengo motivos para hacerlo.
Una pausa.
—¿Nunca teme ofenderme?
Evelyn lo miró.
—Por supuesto que temo ofenderlo. Sería absurdo no temer las consecuencias de ofender al hombre más poderoso de una habitación.
Adrian soltó una risa breve e inesperada.
No fue una carcajada. Apenas un sonido bajo, casi incrédulo.
Pero Evelyn lo oyó.
Y el duque pareció darse cuenta de que había reído, porque su expresión volvió a endurecerse de inmediato.
—Entonces es más prudente de lo que aparenta.
—Y usted es más humano de lo que dicen los rumores.
Adrian se detuvo frente a la puerta principal.
Durante un instante, la observó con una expresión imposible de interpretar.
—Tenga cuidado, Lady Evelyn.
Ella levantó el mentón.
—¿Con qué, Su Gracia?
El duque se inclinó ligeramente hacia ella. Su voz descendió hasta convertirse en un murmullo que solo Evelyn pudo escuchar.
—Con la costumbre de descubrir cosas que los demás prefieren mantener ocultas.
Sus ojos grises se encontraron con los de ella.
Evelyn sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el viento.
Y comprendió, mientras Adrian abría la puerta y la invitaba a entrar en su hogar, que aquella segunda vida no sería tan sencilla como había imaginado.
Porque el monstruo de Blackthorne no parecía dispuesto a permitir que ella lo conociera sin luchar.
Y Evelyn, por primera vez en muchos años, tenía ganas de aceptar el desafío.
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Que abra pasado???
Quede en suspenso.
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Oooooooo por Diosssssssssssssssssss.
Esto está buenísimo cada capítulo es excelente.
En 1 momento si imagine que el otro Adrián era su hermano gemelo.
Me super encanta todos esos secretos que pico a poco van saliendo a la luz.
Oooooooo cielos.
En esa casa aparecen y desaparecen los muertos como si de vivos se tratara y en los momentos más oportunos.
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Me encanta la Historia
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🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣
Me volví masoquista.
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Oooooooo, vaya, hasta a mi me picó la super curiosidad por saber que ahy detrás se esa puerta.
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Me encanta Margaret,.
😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁