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Nadie Lloró Por Ella.

Nadie Lloró Por Ella.

Status: Terminada
Genre:Policial / Escena del crimen / Casos sin resolver / Completas
Popularitas:2.1k
Nilai: 5
nombre de autor: SugarBloom

Hay secretos que deberían permanecer enterrados. Y verdades que pueden destruirte.

Cuando un crimen sacude la tranquilidad de un pueblo donde todos parecen conocerse, una joven queda atrapada en un juego de mentiras, sospechas y traiciones. Cada pista conduce a una nueva pregunta, cada sospechoso oculta algo y cada respuesta parece alejarla aún más de la verdad.

En medio del caos, un enigmático chico despertará su curiosidad… aunque confiar en él podría ser su peor error.

Todos tienen un motivo. Todos guardan un secreto. Pero alguien ha conseguido mantenerse un paso por delante de los demás, escondiéndose a plena vista.

Y cuando la verdad salga a la luz, desearás no haber sospechado de la persona equivocada.

Novela 100% mía, acepto correcciones🤞

NovelToon tiene autorización de SugarBloom para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

13. La hermana que no recuerdo.

—Tu hermana gemela.

Las palabras de Mateo quedaron suspendidas en el aire.

No sé cuánto tiempo permanecí mirando la fotografía. Tal vez fueron unos segundos. Tal vez varios minutos. El tiempo había empezado a comportarse de una manera extraña desde que bajé al sótano de la mansión Valdés: los recuerdos aparecían sin permiso, las personas decían cosas imposibles y cada respuesta abría una herida nueva.

Pero aquello…

Aquello era diferente.

Había una segunda niña en la fotografía.

Una niña con mi cara.

Mi pelo.

Mis ojos.

Una niña que llevaba el mismo vestido que yo, que estaba de pie junto a mi madre y que tenía un nombre que jamás había escuchado en mi vida.

Alma Montenegro.

Mi hermana gemela.

—No —murmuré.

Volví a mirar la fotografía, buscando algún detalle que me permitiera demostrar que era falsa. Una diferencia en los rostros. Una sombra extraña. Alguna señal de que alguien había manipulado la imagen.

No encontré nada.

Las dos niñas eran idénticas.

Y mi madre estaba en el medio, sosteniendo una mano de cada una.

—No puede ser —repetí.

Mara se acercó lentamente.

—Abril…

—No.

Levanté la mano para detenerla.

No quería escuchar su voz. No quería que me mirara con lástima. No quería que nadie intentara explicarme cómo podía haber vivido dieciséis años sin saber que tenía una hermana.

Porque, si Alma había existido, significaba que alguien había decidido borrarla de mi vida.

Y si alguien había conseguido hacer eso, ¿qué más me habían quitado?

Me acerqué a la puerta.

—Mateo, abrí.

—No puedo.

—¡Abrí la puerta!

—Abril, tenés que escucharme.

—¡Llevo toda la noche escuchando a todo el mundo! ¡Ahora te toca a vos!

Del otro lado se oyó un golpe, seguido de un ruido metálico.

—No tengo la llave —dijo—. Alguien me encerró acá.

Miré a Gael.

Él observaba la fotografía con el rostro tenso.

—¿Vos sabías que tenía una hermana? —le pregunté.

No respondió enseguida.

Y esa pausa fue suficiente para que sintiera una punzada de rabia.

—Gael.

—No sabía que se llamaba Alma.

—No te pregunté cómo se llamaba.

Se pasó una mano por el cabello.

—Había escuchado rumores. Cuando éramos chicos, algunas personas hablaban de otra nena que vivía con ustedes. Pero tu madre siempre decía que eras hija única.

—¿Y nunca te pareció extraño?

—Éramos chicos, Abril.

—Vos tenías quince años cuando Mara desapareció. No eras un bebé.

Gael bajó la mirada.

—Lo sé.

Me aparté de él.

Estaba cansada de encontrar excusas en boca de personas que habían tenido diez años para contarme la verdad.

Mara recogió la hoja que yo había dejado sobre la caja.

—La nota no dice que Alma desapareció —observó—. Dice que una de las dos no volvió a casa.

—¿Y qué diferencia hay?

—Que alguien quería dejar constancia de que una de ustedes salió de la mansión aquella noche.

Miré de nuevo la fotografía.

Mi madre sostenía las manos de ambas niñas. Las dos sonreían, pero había algo extraño en la expresión de Alma. No parecía mirar a la cámara, sino a alguien que estaba fuera del encuadre.

Como si esperara una señal.

—¿Quién sacó esta foto? —pregunté.

Mara negó con la cabeza.

—No lo sé.

—¿Y por qué estaba en una caja con mi nombre?

—Porque alguien quería que la encontraras.

Solté una risa amarga.

—Qué sorpresa.

Mateo golpeó la puerta.

—¡Abril! ¿Me escuchás?

Me acerqué de nuevo.

—Sí.

—Tenés que salir de ahí. Ahora.

—Primero vas a explicarme quién era Alma.

Se hizo un silencio.

Después, Mateo dijo algo que me heló la sangre.

—No era solamente tu hermana.

Cerré los ojos.

—¿Qué significa eso?

—Significa que ella también estuvo en la mansión esa noche.

—Eso ya lo sé.

—No, Abril. No entendés. Alma no estaba con ustedes por casualidad. Ella fue quien nos llevó hasta allí.

Me quedé inmóvil.

—¿A quiénes?

—A vos y a mí.

Mateo consiguió abrir la puerta unos minutos después.

No supe cómo lo hizo. Solo escuché un chasquido, seguido de un empujón, y de pronto apareció frente a nosotros.

Tenía el pelo revuelto, la ropa cubierta de polvo y una pequeña herida en la frente. Su rostro estaba pálido, pero sus ojos se clavaron inmediatamente en la fotografía que yo sostenía.

Cuando vio la imagen, se detuvo.

—La encontraste.

No fue una pregunta.

—¿Cuánto tiempo hace que sabés esto? —le pregunté.

Mateo miró a Gael, luego a Mara y finalmente volvió a mirarme.

—Desde hace unos meses.

Sentí que el estómago se me encogía.

—¿Unos meses?

—Abril…

—¿Hace meses que sabés que tengo una hermana gemela y no se te ocurrió decírmelo?

—No sabía si era verdad.

—¡Entonces podrías habérmelo contado para que lo averiguáramos juntos!

Mateo apretó los labios.

Por primera vez desde que lo conocía, no intentó defenderse.

—Tenés razón.

Aquella respuesta me enfureció todavía más.

—¡Dejá de decirme eso!

Mi voz rebotó contra las paredes del depósito.

Mara retrocedió un paso. Gael se quedó junto a la puerta, sin intervenir.

Mateo respiró hondo.

—Encontré la fotografía en las cosas de mi padre. Había otras imágenes, documentos y una carta que nunca pude terminar de leer. Al principio pensé que se trataba de una confusión. Después empecé a recibir mensajes.

—¿Qué mensajes?

—Que no te dijera nada. Que dejara de investigar. Que, si te acordabas de Alma, ibas a recordar también lo que pasó aquella noche.

—¿Y decidiste que era mejor ocultármelo?

—Decidí que no quería que te pasara nada.

Lo miré con incredulidad.

—¿Sabés qué es lo peor, Mateo? Que siempre usás la misma excusa. Todos dicen que me mintieron para protegerme. Todos aseguran que tenían buenas intenciones. Pero ninguno se pregunta qué me hicieron al quitarme la posibilidad de saber la verdad.

Mateo bajó la cabeza.

—Lo sé.

—No. No lo sabés.

Le mostré la fotografía.

—¿Quién es Alma?

Él la observó durante unos segundos.

—Tu hermana.

—Eso ya lo escuché.

—Era la persona que mejor te conocía. Incluso mejor que yo.

Sentí una presión en el pecho.

—¿Qué querés decir?

Mateo se acercó un poco.

—Cuando éramos chicos, ustedes hacían todo juntas. Tenían un lenguaje propio, juegos que nadie más entendía y una costumbre de intercambiarse la ropa para confundir a los adultos. Tu madre se enojaba porque nunca sabía cuál de las dos estaba hablando.

Intenté imaginarlo.

Dos niñas idénticas corriendo por una casa. Dos voces que se mezclaban. Dos pares de zapatos junto a una puerta.

Pero mi mente no me ofreció ningún recuerdo.

Solo oscuridad.

—¿Dónde está? —pregunté.

Mateo apretó la mandíbula.

—No lo sé.

—¿Está viva?

No contestó.

Me acerqué a él.

—Mateo, necesito que me digas si mi hermana está viva.

Sus ojos se llenaron de una tristeza que nunca le había visto.

—La última vez que la vi, estaba viva.

El suelo pareció inclinarse bajo mis pies.

—¿La última vez que la viste?

Mateo cerró los ojos.

—Sí.

—¿Cuándo?

—El diecisiete de octubre.

La fecha volvió a aparecer en mi cabeza como una puerta que se cerraba.

El diecisiete de octubre.

La desaparición de Mara.

La noche en que yo había estado en la mansión.

La fotografía de las dos niñas.

Y ahora Mateo afirmaba que había visto a Alma aquella misma noche.

—Contame qué pasó —le pedí.

Mateo miró a Mara.

Ella asintió lentamente.

Entonces él comenzó a hablar.

—Alma vino a buscarme a casa esa tarde. Me dijo que necesitaba que la ayudara con algo. No quería que tu madre se enterara, así que me pidió que saliera por la ventana de mi habitación y la encontrara detrás de la vieja estación.

—¿Por qué vos?

—Porque confiaba en mí.

La frase me dolió de una forma absurda.

Mi hermana, una persona de la que no tenía recuerdos, había confiado en Mateo. Había tenido una vida, amistades y secretos.

Y yo ni siquiera sabía cómo sonaba su voz.

—¿Qué quería? —pregunté.

—Me dijo que Mara estaba en peligro.

Mara levantó la cabeza.

—¿Yo?

Mateo asintió.

—Alma había encontrado unos documentos en la mansión. Creía que alguien estaba utilizando a Mara para ocultar algo que había pasado muchos años antes. No entendí a qué se refería. Pensé que quería que la acompañara para hablar con ella.

—¿Y Abril? —preguntó Gael.

Mateo me miró.

—Alma dijo que Abril tenía que ir con nosotros.

Sentí un escalofrío.

—¿Por qué?

—Porque, según ella, vos eras la única que podía reconocer a la persona que estaba detrás de todo.

El silencio se apoderó del depósito.

Mara se llevó una mano al pecho.

Gael apartó la mirada.

Y yo sentí que una parte de mi infancia acababa de abrirse, revelando un vacío enorme en el centro.

—¿Qué persona? —pregunté.

Mateo negó con la cabeza.

—No me lo dijo.

—¿Y qué pasó cuando llegamos?

—Al principio, nada. Encontramos a Mara en la casa. Estaba asustada y discutía con alguien en el piso de arriba. Alma me pidió que te llevara a una habitación y que esperara con vos.

—¿A mí?

—Sí. Te habías puesto nerviosa y no querías entrar.

Recordé la grabación.

La voz de una niña.

No quiero volver a entrar.

La mujer respondiendo que no tendría que hacerlo.

Me llevé una mano a la frente.

—¿Qué habitación?

—Una pequeña, al final del pasillo. Había una cama y una caja de madera.

La misma habitación de mis recuerdos.

—¿Y Alma?

Mateo tragó saliva.

—Me dijo que iba a buscar algo y que volvería enseguida.

—¿Volvió?

Él no respondió.

No necesitaba hacerlo.

—¿Qué hiciste? —pregunté.

—Esperé.

—¿Cuánto?

—No lo sé. Escuché una discusión. Después un golpe. Vos empezaste a llorar y me pediste que te sacara de ahí.

—¿Y me sacaste?

—Sí.

—¿Adónde me llevaste?

Mateo me miró directamente a los ojos.

—A casa.

Negué con la cabeza.

—No. Mara dice que desaparecí durante tres días.

—Porque no llegamos a casa esa noche.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué?

—Cuando salimos de la habitación, la mansión estaba vacía. Te llevé por el jardín trasero, pero no encontramos el camino de regreso. Había alguien esperándonos cerca del río.

—¿Quién?

Mateo cerró los ojos.

—Una mujer.

Pensé en el colgante de la estrella.

En la figura reflejada en la ventana de la fotografía.

En la mujer que había sacado a Gael de la casa.

—¿La mujer de la estrella?

Mateo asintió.

—Nos dijo que teníamos que ir con ella. Que tu madre estaba buscándote y que Alma también estaba a salvo.

—¿Le creíste?

—Era la única persona que parecía saber qué estaba pasando.

—¿Y dónde me llevó?

Mateo tardó en contestar.

—A una casa que estaba cerca del río. Pasamos allí la noche. A la mañana siguiente, vos no recordabas cómo habías llegado.

Me costó respirar.

—¿Y los otros dos días?

—La mujer me dijo que tenía que volver a mi casa. Que ella se ocuparía de llevarte con tu madre. Me hizo prometer que no le contaría a nadie lo que habíamos visto.

—¿Y vos te fuiste?

Mateo asintió, con lágrimas en los ojos.

—Tenía nueve años, Abril. No sabía qué hacer.

Me aparté de él.

Durante años había confiado en Mateo como si fuera la única persona que nunca podría lastimarme. Habíamos compartido cumpleaños, tardes interminables, secretos insignificantes y conversaciones que se alargaban hasta la madrugada.

Pero él había sido parte de aquella noche.

Había visto a mi hermana por última vez.

Y había guardado silencio.

—¿Qué pasó con Alma? —pregunté.

Mateo negó con la cabeza.

—No lo sé.

—¿La buscaste?

—Sí.

—¿Durante cuánto tiempo?

—Durante años.

—¿Y nunca encontraste nada?

Mateo sacó algo del bolsillo de su campera.

Era un papel doblado en cuatro partes, amarillento y desgastado en los bordes.

—Encontré esto.

Me lo entregó.

Lo abrí lentamente.

Era una hoja arrancada de un cuaderno. Tenía una fecha escrita en la parte superior.

20 DE OCTUBRE.

Debajo había una frase, escrita con letra infantil.

MATEO, SI ALGUNA VEZ ABRIL PREGUNTA POR MÍ, DECILE QUE NO FUI YO LA QUE SE QUEDÓ EN LA CASA.

Sentí que el papel temblaba entre mis dedos.

—¿Quién escribió esto?

Mateo me miró.

—Alma.

La frase no tenía sentido.

La leí una vez. Después otra. Después una tercera, esperando que las palabras cambiaran de lugar y me ofrecieran una explicación distinta.

No fui yo la que se quedó en la casa.

—¿Qué significa? —pregunté.

Mateo negó con la cabeza.

—No lo sé.

—¡Pero la letra es de ella!

—Sí.

—¿Cuándo la encontraste?

—Hace tres meses.

—¿Y por qué no me la mostraste?

Mateo apretó los puños.

—Porque estaba en un sobre que llegó a mi casa. No tenía remitente. Adentro también había una fotografía.

Sacó otra imagen.

Esta vez no la tomó de mis manos ni intentó ocultarla.

Me la mostró directamente.

La fotografía estaba borrosa, como si hubiera sido tomada desde lejos. Se veía una casa pequeña cerca del río. En la entrada había una niña de espaldas, con el pelo rojizo y una campera demasiado grande.

En el reverso, alguien había escrito:

20 DE OCTUBRE. UNA DE ELLAS VOLVIÓ. LA OTRA NUNCA SALIÓ.

Sentí un mareo.

—¿Dónde está esa casa?

Mateo miró a Mara.

—Es la casa donde encontramos a Inés.

Mara se quedó completamente quieta.

—¿Qué?

—La misma casa cerca del río. La que visitamos hace unos días.

Recordé nuestra visita a Inés Valdés. Su mirada cansada. Sus respuestas incompletas. La manera en que había dicho que otra niña estuvo presente aquella noche.

Y la advertencia de que no debía preguntarle a esa niña qué había visto.

—Inés sabía lo de Alma —murmuré.

Mara no respondió.

—Vos también lo sabías, ¿verdad?

Ella bajó los ojos.

—Sabía que había dos niñas. No sabía que eran gemelas.

—¿Cómo es posible?

Mara se sentó lentamente.

—Porque la noche que desaparecí, una de ellas estaba conmigo. La otra estaba en la habitación.

Me quedé sin aliento.

—¿Cuál de las dos?

Mara me miró.

—No lo recuerdo.

—¿Cómo que no lo recordás?

—¡Porque no pude verles la cara! Estaba oscuro. Las dos llevaban ropa parecida. Cuando escuché el golpe, una salió corriendo por el pasillo y la otra se quedó atrás.

Se llevó una mano a la frente.

—Durante años pensé que eras vos la que había salido. Después encontré una fotografía y empecé a sospechar que tal vez había sido Alma.

—¿Qué fotografía?

Mara miró hacia la caja de madera.

—La que todavía no encontraste.

Antes de que pudiera preguntarle a qué se refería, Gael se acercó a la puerta del depósito.

—Tenemos que irnos.

—¿Por qué? —pregunté.

Él señaló el teléfono que yo había dejado sobre la mesa.

La pantalla se había encendido.

Había llegado un nuevo mensaje del número desconocido.

NO BUSQUES A ALMA EN LA MANSIÓN.

Debajo apareció otro.

BUSCALA EN TU CASA.

Se me heló la sangre.

Mi casa.

El lugar donde había crecido.

Donde mi madre había guardado fotografías y recuerdos de mi infancia.

Donde el hombre del anillo había aparecido para preguntarme si había encontrado una imagen.

Y donde, según mi madre, había una caja que no debía abrir.

Me volví hacia Mateo.

—¿Qué más había en las cosas de tu padre?

Él frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque necesito saber si encontraste algo sobre la casa.

Mateo tardó en responder.

—Había un plano.

—¿De qué?

—De tu casa.

Sentí que la habitación se inclinaba.

—¿Qué?

—Un plano viejo, con las habitaciones, las ventanas y las puertas. Había una parte marcada con tinta roja.

—¿Qué parte?

Mateo me sostuvo la mirada.

—El dormitorio de tu madre.

Recordé la frase que Elena había pronunciado al otro lado de la puerta.

Si encontrás una caja de madera, no la abras.

Y después, su voz interrumpida.

No dejes que Mateo…

No había terminado la frase.

No me había dicho que no dejara que Mateo abriera la caja.

Me había dicho que no dejara que Mateo llegara a algo.

A alguien.

—Tenemos que volver a mi casa —dije.

—Abril, es exactamente lo que quiere quien te está mandando estos mensajes —advirtió Gael.

—Tal vez.

—Podría ser una trampa.

—Todo lo que hicimos esta noche fue una trampa.

Me guardé la fotografía y el papel en el bolsillo.

—Pero si Alma estuvo en mi casa después del veinte de octubre, necesito averiguar por qué.

Mara se levantó con dificultad.

—Voy con vos.

—No.

Ella se detuvo.

—Abril…

—No te conozco, Mara. No realmente. No sé por qué desapareciste ni por qué dejaste que todos creyeran que estabas muerta. No sé qué ocurrió con mi hermana y tampoco sé si puedo confiar en vos.

Sus ojos se llenaron de tristeza.

—Lo entiendo.

—Pero hay algo que sí sé. Si Alma dejó una pista, voy a encontrarla.

Mara asintió lentamente.

—Entonces no vayas sola.

Miré a Mateo.

Después a Gael.

No sabía si alguno de los dos merecía mi confianza, pero tampoco podía enfrentarme a todo aquello sin ayuda.

—Vamos los tres —decidí.

Gael abrió la puerta del depósito.

Antes de salir, miré una última vez la fotografía de las gemelas.

Dos niñas idénticas.

Una madre que sostenía sus manos.

Y una frase que alguien había escrito para que yo la encontrara diez años después.

Una de ellas nunca volvió a casa.

Hasta aquella noche había creído que la persona que me faltaba era Mara.

Ahora sabía que había otra ausencia.

Una que llevaba mi mismo apellido.

Mi misma cara.

Y quizá mis mismos recuerdos.

Llegamos a mi casa poco después de la una de la madrugada.

Las calles de Santa Aurelia estaban desiertas. Una niebla fina cubría las veredas y las luces de las farolas se reflejaban en el pavimento húmedo.

Ninguno habló durante el trayecto.

Mateo caminaba a mi derecha. Gael iba unos pasos delante, revisando las esquinas y las entradas de las casas.

Yo llevaba la fotografía apretada dentro del bolsillo.

No podía dejar de pensar en Alma.

¿Habría tenido mis mismas pesadillas?

¿Habría olvidado también su infancia?

¿Estaría en algún lugar, preguntándose por qué su familia había dejado de buscarla?

O quizá…

Quizá estaba mucho más cerca de lo que yo imaginaba.

Llegamos a la puerta de mi casa.

La luz del comedor estaba encendida.

Me detuve.

—Mi madre está adentro —murmuré.

Gael miró las ventanas.

—¿Estás segura?

Asentí.

Reconocía aquella luz. Mi madre solía dejarla encendida cuando esperaba que yo regresara tarde.

Pero aquella noche no había vuelto a casa.

Había bajado a la mansión Valdés.

Había encontrado a Mara.

Y había descubierto que tenía una hermana gemela.

Me acerqué a la puerta y giré el picaporte.

Estaba abierta.

Entré despacio.

El comedor parecía exactamente igual que siempre. La mesa, las sillas, el reloj de pared y las fotografías familiares que mi madre había colocado sobre una repisa.

Sin embargo, había algo distinto.

Una de las fotografías estaba boca abajo.

Me acerqué.

Era una imagen mía de pequeña, tomada en el jardín. Llevaba un vestido amarillo y sostenía un globo rojo.

La levanté.

En el reverso había una fecha.

20 DE OCTUBRE.

Debajo, escrito con tinta negra, alguien había añadido:

NO ERA ABRIL.

Sentí que el corazón me golpeaba con fuerza.

—Mateo…

Él se acercó y observó la fotografía.

Su rostro perdió el color.

—No puede ser.

—¿Qué pasa?

No contestó.

Miré la imagen una vez más.

El globo rojo.

El vestido amarillo.

Mi cabello recogido en dos trenzas.

Y, en el borde de la fotografía, apenas visible detrás de un árbol, había otra niña.

Una niña idéntica a mí.

Pero no estaba sonriendo.

Estaba mirando directamente a la cámara.

Y en su mano sostenía una pequeña estrella plateada.

Entonces escuchamos un ruido en el piso de arriba.

Un paso.

Después otro.

Gael levantó la cabeza.

—¿Hay alguien más en la casa?

Negué lentamente.

—Mi madre debería estar en la mansión.

Mateo me tomó del brazo.

—Abril, salgamos de acá.

Pero yo ya estaba mirando las escaleras.

En el último escalón había una pequeña caja de madera.

La misma que aparecía en mis recuerdos.

La misma que mi madre me había advertido que no abriera.

Y sobre la tapa, escrita con una letra que reconocí inmediatamente, había una frase.

PARA ABRIL, DE ALMA.

Me acerqué.

Mateo intentó detenerme, pero esta vez no lo permití.

Abrí la caja.

Adentro había una pulsera de cuentas rojas, una llave pequeña y una hoja doblada.

La reconocí antes de tocarla.

Era la letra de mi madre.

La desplegué lentamente.

Solo había una frase.

SI ESTÁS LEYENDO ESTO, SIGNIFICA QUE LA QUE VOLVIÓ NO ERA MI HIJA.

Me quedé inmóvil.

Sentí que Gael se acercaba a mi lado. Mateo dejó de respirar durante un instante.

Volví a leer la frase.

Una vez.

Dos.

Tres.

Después levanté la mirada hacia el espejo que había al final del pasillo.

Mi reflejo me devolvió unos ojos verdes, el cabello rojizo y el rostro que había visto toda mi vida.

Pero, por primera vez, no pude estar segura de que aquel rostro me perteneciera.

Porque si mi madre había escrito la verdad…

Si la niña que regresó el veinte de octubre no era Abril…

Entonces, ¿quién había vivido mi vida durante los últimos diez años?

Y, sobre todo…

¿Dónde estaba la verdadera Abril Montenegro?

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Anonimus✨
Una obra de arte, me llaman más la atención los policiales desde el libro, quiero más novelas tuyas autor porfa termina de completar las demás novelas que tienes☺️☺️☺️☺️
Fénix.
Bravo🙌
Fénix.
No puede ser!! hubo algunos capitulos en los que me perdí pero me atrapó completamente 👏👏 bravo quiero más novelas tuyas🤭👏
Anonimus✨
Ostraaas! pero que pasada ella tiene algo que ver con la muerte de la chica??/Shame//Shame//Shame//Shame/
Anonimus✨
Se conocían? no puede ser!!!!/Shy/
Anonimus✨
Uuuuh no mames wey!!
Anonimus✨
Que genial el prólogo! la me imagino el resto de la historia
Fénix.
uffff que intrigante quiero más /Whimper//Whimper//Whimper/
Fénix.
Interesante historia, es mi primera vez leyendo una novela policial jaja le veo potencial, espero más caps😊😊😊
🌸SugarBloom🌸: Entonces espero que te guste mucho esta novela ☺️☺️
total 1 replies
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