Alegra Vega creía que el peor peligro de trabajar para Alejandro Montero era su carácter frío y autoritario. Hasta que entró en su estudio secreto y encontró decenas de pinturas de ella: arrodillada, vendada y completamente entregada.
Él la sorprendió con el cuaderno abierto.
—Cierra la puerta.
Alegra obedeció.
Lo que comienza con pintura sobre la piel pronto se convierte en órdenes, seda, palmadas, placer contenido y noches en las que su jefe deja de fingir que no desea poseerla. Pero el verdadero escándalo llegará cuando la tensión abandone el estudio y termine sobre el escritorio del hombre más poderoso de la empresa.
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Capítulo 24
# Capítulo 24: Café intacto
El viernes, Alegra dejó el café a las 8:15.
A las 8:45, el café seguía ahí. Intacto. Frío. El vapor se había disipado como una promesa rota.
A las 9:30, lo tiró y preparó otro. Lo dejó en el mismo lugar: esquina derecha del escritorio, taza de cerámica negra sin logotipo, sin azúcar, como siempre.
A las 10:15, el segundo café también estaba frío.
No lo tiró. Lo dejó ahí como un testigo mudo, como una prueba de algo que había cambiado entre la noche anterior y esta mañana, como un objeto que antes era un ritual y ahora era una acusación.
Alejandro estaba en su oficina. Podía verlo a través del cristal: sentado en su escritorio, con la pantalla encendida, con el bolígrafo en la mano, con la postura exacta de siempre. Pero no la miraba. No había mirado en su dirección ni una sola vez desde que llegó a las 7:50 —veinte minutos antes que ella, lo cual era inusual; normalmente llegaban casi al mismo tiempo—. Ni una vez. Ni siquiera la mirada lateral, la que ella había aprendido a detectar como un cambio imperceptible en la inclinación de su cabeza.
Nada.
Era como si el cristal entre ellos se hubiera vuelto opaco de un día para otro. Como si alguien hubiera corrido una cortina que no existía pero que pesaba más que todas las cortinas del mundo.
Sabías que iba a pasar esto, se dijo Alegra, mirando la pantalla de su computadora sin ver nada. Sabías que ver lo que viste iba a tener consecuencias. Sabías que un hombre que cierra cuadernos con llave no iba a reaccionar bien cuando alguien los abriera.
Pero no pensaste que dolería así.
Era un dolor lento y sordo, distinto de la bofetada a los trece, de la voz de su madre diciendo "egoísta" o de las puertas cerradas con violencia. Dolía como una muela: nunca bastante para obligarla a actuar, siempre lo suficiente para no dejarla pensar.
Era el dolor de la ausencia. De que alguien que te miraba haya dejado de hacerlo.
El sábado fue peor.
No porque pasara algo. Sino porque no pasó nada. Alegra se quedó en su departamento de Iztapalapa, con las cortinas cerradas y una película en la computadora que no estaba viendo, comiendo galletas Marías directamente de la bolsa y mirando el techo como si el techo tuviera respuestas.
Sacó el papel del cajón de su buró. El primero. El de los hoyuelos. Los trazos rápidos, casi abstractos, que había encontrado en la basura del estudio semanas atrás. Lo puso sobre la cama.
Luego cerró los ojos y trató de reconstruir las imágenes del cuaderno.
Las mujeres arrodilladas. La seda. Los ojos vendados. Las caderas que eran sus caderas. Los hoyuelos que eran sus hoyuelos. La ternura imposible de cada trazo, como si la sumisión fuera un acto de devoción y no de sometimiento.
¿Qué es lo que quieres, Alejandro? ¿Qué es lo que necesitas? ¿Y por qué no puedo dejar de pensar en ello?
Se levantó. Se duchó. Se lavó el pelo con el champú de fresa que él le había dicho que no cambiara. Se miró al espejo.
Tienes veinticuatro años. Creciste en una casa donde el amor era una transacción. Te fuiste a los dieciocho. Trabajas para un hombre que te pinta de noche como un loco y que hoy no te miró ni una sola vez. Y lo que sientes no es asco ni miedo. Es algo peor.
Es ganas de entender.
El lunes, el café de las 8:15 volvió a quedarse intacto.
El martes también.
El miércoles, Alegra dejó de preparar café.
No por rencor. No por orgullo. Sino porque dejar un café que nadie se iba a tomar era como escribir una carta que nadie iba a leer: un gesto que pierde sentido cuando el destinatario se niega a recibirlo.
Alejandro notó la ausencia. Ella lo supo porque a las 8:20 del miércoles, la mirada que no existía desde el jueves anterior volvió —fugaz, de reojo, un pestañeo de atención a través del cristal que duró menos de un segundo—. Miró la esquina de su escritorio. La esquina vacía donde debería estar la taza negra.
Luego volvió a su pantalla.
Ah, pensó Alegra. Así que sí notas cuando no estoy.
El jueves, Héctor apareció.
Apareció como aparecía siempre: sin avisar, con una bolsa de papel manchada de grasa en la mano y una sonrisa que era mitad ángel y mitad diablito de posada.
—Traje tamales —anunció, dejando la bolsa sobre el escritorio de Alegra—. De rajas con queso. Del puesto de la señora de la esquina de Insurgentes, la que tiene bigote y te mira feo si no le compras dos.
—Gracias, Héctor.
—Están calientes. —Se sentó en la esquina del escritorio. La estudió—. Tú no.
—¿Qué?
—Tú no estás caliente. Estás como apagada. Llevas toda la semana así. ¿Qué pasó?
—Nada.
—Alegra.
—De verdad, Héctor. Estoy bien.
—Estás bien como está bien alguien que lleva cuatro días sin dejarle café al jefe. Y no me digas que no me fijé, porque me fijo en todo. Es un don y una maldición.
Alegra lo miró. Héctor la miraba de vuelta con esos ojos que eran lo opuesto exacto de los de Alejandro: cálidos, abiertos, incapaces de esconder nada.
—No puedo contarte —dijo ella.
—¿Es grave?
—No. Es... complicado.
—¿Complicado como "me van a despedir" o complicado como "hice algo que no debería"?
—Complicado como "vi algo que no debería."
Héctor dejó de sonreír. La sonrisa se fue de su cara como quien cierra un libro.
—¿Algo malo?
—No lo sé.
—¿Algo ilegal?
—No. Nada ilegal.
—¿Algo que te haga daño?
—No. Nada que me haga daño.
Héctor la miró un momento largo. Luego asintió. No preguntó más. Porque Héctor Quiroga tenía un don que ningún manual de amistad podía enseñar: sabía cuándo presionar y cuándo soltar. Y este era un momento de soltar.
—Come un tamal —dijo—. Los tamales arreglan todo. Si no arreglan las cosas, por lo menos arreglan el hambre, y una cosa menos es una cosa menos.
Alegra comió dos tamales. De rajas con queso. Calientes. Con una salsa verde que Héctor había traído en un vasito de plástico y que tenía el picor exacto para hacerte olvidar, por un momento, que el hombre detrás del cristal no te miraba desde hacía una semana.
Esa tarde, Héctor fue a ver a Alejandro.
Alegra no oyó la conversación. La puerta de cristal estaba cerrada y el vidrio era grueso. Pero vio los gestos: Héctor de pie frente al escritorio, con las manos en los bolsillos, hablando con una seriedad que no le era habitual. Alejandro sentado, inmóvil, con la mandíbula apretada. Un intercambio de frases cortas. Nada de sonrisas. Nada de bromas.
En un momento, Héctor señaló hacia afuera —hacia ella, hacia el escritorio de Alegra— con un movimiento de la barbilla. Alejandro dijo algo. Una frase corta. Héctor dijo algo más. Alejandro se levantó. Se acercó al ventanal. Le dio la espalda a Héctor.
Héctor salió de la oficina. Caminó hasta el escritorio de Alegra. Se detuvo.
—¿Qué le dijiste? —preguntó ella.
—Le pregunté qué le hizo a la niña.
—¿Y qué dijo?
—Dijo "nada."
—¿Y tú?
—Le dije "exactamente. Ese es tu problema."
Héctor la miró. Luego miró hacia la oficina de cristal, donde Alejandro seguía de espaldas, mirando las luces de Santa Fe como si la ciudad tuviera respuestas que las personas no tenían.
—Sea lo que sea que viste, hermana —dijo Héctor, en voz baja—, no dejes que te aleje. Ese hombre ha alejado a todo el mundo toda su vida. No necesita a una persona más que se vaya. Necesita a alguien que se quede.
—¿Y si lo que vi da miedo?
—¿Te dio miedo a ti?
—No.
—Entonces no da miedo. Lo que da miedo es lo que se siente, no lo que se ve.
Se fue. Los tamales se quedaron. El consejo también.
A las nueve de la noche, cuando la oficina estaba vacía y el guardia de seguridad hacía su ronda con la paciencia de un hombre que cobra por hora, Alegra hizo algo.
No lo pensó. No lo planeó. No consultó con Lía ni con Héctor ni con la parte racional de su cerebro que le decía que estaba cometiendo un error.
Sacó una hoja de la impresora. Un bolígrafo negro del cajón de su escritorio. Y escribió.
No una carta. No una explicación. No una disculpa.
Una nota. Cinco líneas. Con la letra redonda y un poco inclinada que había tenido desde la secundaria:
"No soy quien tú crees que soy. Pero tampoco eres quien crees que eres. Lo que vi en ese cuaderno no es una enfermedad. Es un idioma que no has encontrado quién hable.
Píntame otra vez y te lo demuestro."
Dobló la nota en cuatro. Caminó hasta la puerta del estudio. Empujó.
Cerrada con llave.
Volvió a cerrar con llave. Después de una semana dejándola abierta.
Se arrodilló. Deslizó la nota por debajo de la puerta. La vio desaparecer al otro lado como un barco de papel en un río.
Se levantó. Se puso el abrigo. Tomó el elevador.
En el estacionamiento, Don Felipe la esperaba con la puerta abierta. La misma puerta abierta de todas las noches. La misma sonrisa discreta. La misma pregunta amable:
—¿Todo bien, señorita Vega?
—Todo bien, Don Felipe.
No todo está bien. Acabo de deslizar una nota debajo de la puerta de un hombre que me pinta arrodillada y atada con seda. Una nota que dice "píntame otra vez y te lo demuestro." Una nota que es una invitación a algo que no tiene nombre en ningún manual de recursos humanos.
Pero estoy bien. Porque por primera vez en mi vida, estoy eligiendo entrar en lugar de salir.
El auto arrancó. La Ciudad de México la tragó con sus luces y su ruido y su olor a gasolina y a tacos y a vida.
Y en el piso dieciocho, cuando Alejandro Montero llegó a su estudio a las diez de la noche y abrió la puerta con llave y encendió la luz, una nota blanca doblada en cuatro lo esperaba en el suelo.
La recogió. La desdobló. La leyó.
La leyó una vez. Dos. Tres.
Píntame otra vez y te lo demuestro.
Se sentó en la silla del estudio. La nota en una mano. El pincel en la otra. La llave en el bolsillo.
No pintó esa noche. No pudo. Porque por primera vez en doce años, alguien había visto lo que era y no había huido. Y eso era más aterrador que cualquier cuaderno cerrado con llave.
Pero la nota olía a champú de fresa. Y eso era lo más parecido a la esperanza que Alejandro Montero había sentido en mucho tiempo.