Para el mundo financiero, Damian Valmont es un magnate intocable que compra voluntades sin pronunciar una sola amenaza en voz alta. Para el bajo mundo europeo, es la cabeza de un consorcio letal donde nadie sobrevive a un error.
Valeria Taylor llegó a su empresa huyendo de un pasado idéntico en Estados Unidos, con una sola regla innegociable: no volver a arrodillarse ante ningún monstruo con traje.
Ella es la única que se niega a firmar sus órdenes ilegales. Él es incapaz de intimidarla. Entre balances manipulados, secretos de familia y una atracción corrosiva que ninguno de los dos puede frenar, el juego de poder se convierte en una guerra íntima donde rendirse no es una opción.
Y cuando la sangre y la verdad salgan a flote, la única salida será una fuga que Damian jamás perdonará.
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Capítulo 10: El expreso de medianoche
El chirrido metálico de las ruedas sobre las vías nevadas marcaba un ritmo constante, casi hipnótico, en el corazón de los Alpes suizos.
El convoy privado de Damian Valmont no figuraba en las pantallas de la estación central de Ginebra. Había partido desde una vía muerta en las instalaciones industriales de Meyrin a las doce en punto: una locomotora negra y tres vagones diseñados a medida, con cristales reforzados con policarbonato antibalas, revestimiento de caoba pulida en los interiores y un blindaje acústico que convertía el temporal de nieve exterior en un susurro lejano.
Kassian y cuatro hombres armados ocupaban el vagón delantero de seguridad. En el coche central, un salón privado equipado con sofás de cuero marrón tabaco, una mesa de reuniones y una chimenea eléctrica de llama tenue, solo estaban ellos dos.
Valeria dejó su taza de té sobre la mesa baja y alzó la mirada de los balances de los Moretti. Llevaba una camisa de satén color marfil con los dos botones superiores desabrochados por el calor de la calefacción y los pantalones oscuros de la tarde. Tenía las piernas cruzadas con elegancia y el cabello suelto, cayendo en ondas desordenadas sobre los hombros.
Al otro lado del vagón, Damian servía dos copas de vino tinto frente a un mueble bar empotrado. Se había quitado la chaqueta del traje y el chaleco; solo vestía los pantalones de paño y la camisa blanca con las mangas recogidas sobre los antebrazos. La venda en su mano derecha era más fina que la de Zúrich, apenas una tira elástica que protegía los puntos de sutura cicatrizados.
—Un tren privado para cruzar a Milán —dijo Valeria, rompiendo el silencio con su habitual tono mordaz—. ¿Miedo a las turbulencias aéreas, señor Valmont, o es que los radares de la aviación civil italiana hacen demasiadas preguntas sobre los pasajeros de sus helicópteros?
Damian se giró sosteniendo una copa en cada mano. Sus ojos ámbar brillaron en la penumbra del vagón con esa lentitud depredadora que nunca parecía descansar. Avanzó hacia ella con pasos fluidos, absorbiendo con naturalidad los balanceos suaves del tren en las curvas del túnel de Simplon.
—Un helicóptero en una tormenta alpina es un blanco ruidoso y predecible —dijo él, deteniéndose frente a su asiento y ofreciéndole una de las copas—. Un tren con matrícula diplomática cruza la frontera bajo tierra sin detenerse en puestos de control. En logística, señorita Taylor, la discreción siempre le gana a la velocidad.
Valeria tomó la copa por el tallo de cristal, cuidando que sus dedos no rozaran la piel de él. Damian notó la evasión deliberada y una sombra de burla curvó la comisura de sus labios.
—Cumplí con su exigencia —añadió él, señalando con la cabeza una bandeja de plata sobre el aparador lateral donde descansaban pequeñas porciones de carnes curadas, quesos alpinos añejos y pan rústico recién horneado—. Comida decente. Nada de raciones secas de hangar.
—Un punto a su favor —concedió ella, dando un sorbo al vino. El líquido era denso, aterciopelado, con un toque a cerezas negras y especias que le dejó un calor agradable en la garganta—. Barolo del noventa y seis. Veo que al menos sabe gastar el dinero que le saca a sus socios.
Damian no se sentó en el sofá opuesto. En lugar de eso, rodeó la mesa y tomó asiento en el mismo sillón corrido donde estaba ella, apenas a un palmo de distancia. La inclinación del cojín hizo que el cuerpo de Valeria se tensara de inmediato, consciente de la calidez que emanaba de su figura.
—Usted no come mucho, Valeria —observó él, apoyando un brazo en el respaldo de cuero detrás de los hombros de ella, invadiendo el espacio con una naturalidad calculada—. Ni bebe más de una copa. Y cada vez que entramos a un espacio nuevo, su primer movimiento es calcular las salidas y colocarse de espaldas a una pared ciega.
Valeria sostuvo su mirada sin pestañear, manteniendo la copa a la altura del pecho como un escudo diminuto.
—Costumbres de alguien que prefiere ver venir los problemas de frente.
—No son costumbres de una civil ordinaria —replicó Damian, bajando la voz hasta que el tono se volvió íntimo, casi un susurro sobre el rumor del tren—. Un contador mira los números; un civil en peligro busca una puerta para correr. Usted... usted mira las manos de los hombres, mide el peso de sus pasos y calcula trayectorias de disparo mientras corrige erratas en una factura de aduana.
—¿Sigue obsesionado con mi currículum, Valmont? —preguntó ella, enarcando una ceja con ironía—. Creí que con salvarle la vida había ganado el derecho a un poco de privacidad.
—Me obsesionan las cosas que no puedo predecir —dijo él, inclinándose apenas un milímetro hacia ella—. Y desde el primer día que pisó mi sala de juntas, no ha hecho otra cosa que dinamitar mis predicciones.
El vagón tomó una curva pronunciada al descender por la vertiente sur de los Alpes. El convoy dio una sacudida seca, balanceando los cuerpos.
Por un instante involuntario, el hombro de Valeria chocó contra el pecho de Damian y el vino de su copa estuvo a punto de derramarse. La mano izquierda de él —rápida, fuerte y precisa— se disparó hacia adelante, sujetándola firmemente por la cintura para estabilizarla contra su cuerpo.
El contacto fue instantáneo y devastador.
La palma de Damian quemó a través del satén marfil de la camisa de Valeria, presionándola con una firmeza que no admitía resistencia. Los rostros de ambos quedaron suspendidos a menos de cinco centímetros: ella podía sentir el calor rítmico de su respiración contra sus labios, el aroma a tabaco, vino y cedro que la envolvía como una trampa sedosa, y el pulso despiadado que latía en la mandíbula del magnate.
Valeria no bajó los ojos. Sus pupilas castañas, dilatadas por la penumbra y una oleada súbita de adrenalina, se clavaron en el ámbar incandescente de los de él. Su mano libre se apoyó en el pecho de Damian para mantener la distancia, pero sus dedos sintieron bajo la tela de la camisa el latido duro y acelerado de su corazón contra las costillas.
Ninguno de los dos se apartó.
El tren seguía cortando la nieve en la oscuridad exterior, pero dentro del vagón el tiempo parecía haberse congelado sobre una plancha de acero al rojo vivo.
—Suéltame, Damian —susurró ella. Su voz no tembló, pero el timbre se había vuelto más grave, cargado de una vibración que traicionaba el fuego que le corría por las venas.
—Podría soltarte —respondió él, sin aflojar un solo milímetro la presión de sus dedos sobre su cintura, atrayéndola casi de forma imperceptible hacia su regazo—. Pero los dos sabemos que en este momento no quieres que lo haga.
—No te confundas conmigo —advirtió ella, apretando la mano contra su esternón, sintiendo los músculos tensos de su pecho bajo la palma—. No soy una de las amantes descartables que subes a tus coches cama para pasar la noche antes de una reunión en Milán.
Damian dejó escapar una risa seca, rota, que rozó la piel de la boca de ella.
—Ninguna de esas mujeres habría tenido el valor de hundirme una navaja en la carne para salvarme la vida, Valeria. Ninguna me habría mirado a los ojos como si fuera un hombre común y corriente al que puede quebrar con una sola frase bien dicha.
Sus dedos en la cintura de ella se deslizaron hacia arriba, trazando la curva de sus costillas con una lentitud que le cortó el aliento a Valeria. Su pulgar rozó el costado de su pecho por encima de la tela, un contacto eléctrico que envió una sacudida directa a la base de su vientre.
—No eres como ellas —continuó él, y en su mirada ya no quedaba rastro de la frialdad corporativa; era pura hambre, un deseo oscuro y posesivo que amenazaba con devorar todo a su paso—. Eres un veneno mucho más letal que el que me metieron en Zúrich. Y no tengo la menor intención de buscar un antídoto.
Valeria respiró hondo, luchando contra la marea de calor que le nublaba el juicio. Quería empujarlo, quería insultarlo y recuperar el control que siempre había sido su armadura; pero la boca de Damian estaba tan cerca, tan abierta al peligro de un roce, que la tentación de quemarse entera se volvió casi insoportable.
—Si cruzas esta línea, Valmont —dijo ella, con los labios rozando casi los suyos al hablar—, no hay vuelta atrás. No vas a poder darme órdenes en una reunión sin recordar esto. Y yo no sé obedecer a nadie.
Damian bajó la mirada hacia los labios de ella, fascinado por la furia y la pasión contenida que vibraban en sus palabras.
—No quiero que me obedezcas, Valeria —susurró él, y su mano libre subió para atraparle la nuca con dedos firmes, enredándose en su cabello oscuro con una fuerza controlada—. Quiero que intentes destruirme. Y quiero ver si eres capaz de sobrevivir al intento.
Antes de que ella pudiera responder con una última réplica, los labios de Damian se estrellaron contra los suyos con una violencia contenida que le arrebató el aire de los pulmones.
El beso no fue suave ni cortés. Fue un choque salvaje de voluntades: la boca de él exigiendo una rendición total con una intensidad abrasadora, devorándola con el hambre acumulada de meses de miradas prohibidas en pasillos de cristal y salas de juntas. Valeria soltó un jadeo ahogado contra su boca que Damian aprovechó de inmediato para profundizar el beso, saboreando el vino, la furia y la dulzura rebelde de su boca con una posesión implacable.
En lugar de someterse, Valeria respondió con el mismo fuego. Clavó los dedos en la nuca de él, enredándose en su pelo oscuro, y le devolvió el beso con una ferocidad que lo hizo gemir en lo profundo de la garganta. Se mordieron los labios, disputándose el aire y el dominio en un combate cuerpo a cuerpo donde cada roce era una rendición y una conquista al mismo tiempo.
Damian la atrajo por completo contra su cuerpo, subiéndola a su regazo con un movimiento fluido. La copa de vino cayó sobre la alfombra oscura, olvidada, mientras las manos de él recorrían la seda de su espalda, buscando la piel viva, encendiendo cada terminación nerviosa de su cuerpo como pólvora en un polvorín cerrado.
En ese instante, una vibración corta y repetida cortó la penumbra.
El teléfono satelital en el bolsillo de la chaqueta de Damian comenzó a emitir un tono de alerta intermitente. Tres pitidos secos: la frecuencia de emergencia de Kassian.
Damian rompió el beso con una lentitud agónica, manteniendo la frente apoyada contra la de Valeria. Ambos tenían la respiración rota, los labios hinchados y los ojos encendidos por una vorágine de deseo que amenazaba con hacer estallar el vagón entero.
—Kassian... más vale que sea una invasión militar —gruñó Damian sin soltar a Valeria de su cintura, sacando el dispositivo con la mano izquierda y activando el altavoz.
La voz áspera del jefe de seguridad sonó de inmediato, tensa y desprovista de cortesía:
—Señor. Tenemos un problema en la estación de carga de Domodossola. Los Moretti no están esperando en Milán. Pusieron un bloqueo en el cambio de agujas antes del túnel fronterizo. Tienen seis vehículos cruzados en las vías y armas automáticas a la vista.
Valeria se apartó un centímetro de Damian, la adrenalina reemplazando de golpe el calor de la piel. Sus ojos castaños volvieron a ser dos bloques de hielo afilado.
—Qué sorpresa —dijo ella con la respiración aún agitada, ajustándose la camisa de satén con dedos firmes—. Parece que su socio italiano decidió que no quería esperar a la reunión del jueves.