Con el alma rota y dos hijos que proteger, Catalina reconstruyó su vida desde cero… sin él.
Rubén lo dejó todo por una mentira. Pero cuando la ilusión se desvaneció, comprendió que lo que abandonó era lo único real. Regresa arrepentido, dispuesto a recuperar lo que perdió.
Sin embargo, Catalina ya no espera por nadie. Encontró la fuerza, la paz y la vida que él le negó.
¿Podrá su arrepentimiento borrar años de abandono? ¿O será demasiado tarde para volver a su lado?
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Capítulo 16 — El hombre que dejó de llamar
Catalina
Al principio, Rubén llamaba todos los días.
Preguntaba por Mateo.
Preguntaba por Gabriel.
A veces incluso preguntaba cómo estaba yo.
Yo sabía que aquellas preguntas no significaban que quisiera regresar. Pero al menos me daban la tranquilidad de saber que nuestros hijos seguían ocupando un lugar en su corazón.
Después comenzó a llamar menos.
Primero dejó pasar un día.
Luego dos.
Después una semana.
Y sin darme cuenta, aquella llamada que antes esperaba con cierta ansiedad dejó de llegar.
Una tarde estaba preparando la cena cuando Mateo entró corriendo a la cocina.
—Mamá.
—¿Sí, mi amor?
—¿Papá va a llamar hoy?
Dejé de cortar las verduras.
Miré a mi hijo.
—No lo sé.
Mateo bajó la cabeza.
—Hace muchos días que no llama.
Sentí una presión en el pecho.
—Tal vez está ocupado.
—¿Más ocupado que antes?
No supe qué decir.
Mateo tenía apenas unos años, pero comenzaba a comprender cosas que yo hubiera querido mantener lejos de su corazón.
Me acerqué y lo abracé.
—No importa cuánto tarde papá en llamar. Tú siempre vas a saber que eres amado.
—Pero yo quiero hablar con él.
—Lo sé.
Tomé mi teléfono.
Durante unos segundos pensé en llamarlo.
Mis dedos estuvieron a punto de marcar su número.
Pero me detuve.
No quería volver a perseguir a Rubén.
No quería ser yo quien le recordara que tenía dos hijos.
Guardé el teléfono.
—Si quieres hablar con papá, podemos intentarlo mañana.
Mateo asintió.
Pero aquella noche lo vi dormir abrazado a su almohada.
Y me pregunté cuánto tiempo más tendría que explicarle a mi hijo la ausencia de su padre.
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Rubén
Mi teléfono estaba sobre la mesa.
Tenía varias llamadas perdidas.
Una era de mi trabajo.
Otra de un cliente.
Y una de un número que conocía perfectamente.
Catalina.
Me quedé mirando la pantalla.
Podía devolverle la llamada.
Solo tenía que presionar un botón.
Pero no lo hice.
—¿Quién era? —preguntó Valeria desde el sofá.
—Nadie importante.
La frase salió de mi boca antes de que pudiera pensarla.
Valeria levantó la mirada.
—¿Catalina?
—Sí.
—¿Qué quería?
—Seguramente algo de los niños.
Valeria suspiró.
—Rubén, ya te dije que no quiero que nuestra relación gire alrededor de tu pasado.
—Son mis hijos.
—Lo sé.
—Entonces no entiendo cuál es el problema.
Valeria se levantó.
—El problema es que cada vez que Catalina llama, tú cambias.
Me quedé callado.
—Te vuelves distante. Te quedas pensando. Y después quieres salir corriendo a verlos.
—Porque son mis hijos.
—Y yo soy tu pareja.
Otra vez aquella discusión.
Otra vez las mismas palabras.
Me pasé una mano por el rostro.
—Estoy cansado.
—Yo también.
Valeria tomó su bolso.
—Voy a salir.
—¿A dónde?
—A cualquier lugar donde no tenga que sentir que estoy compitiendo con una mujer que ni siquiera está aquí.
La puerta se cerró.
Y entonces me quedé solo.
Miré nuevamente el teléfono.
El nombre de Catalina seguía allí.
Esta vez fui yo quien quiso llamarla.
Pero tampoco lo hice.
¿Por qué?
No lo sabía.
Tal vez tenía miedo de escuchar su voz.
Tal vez tenía miedo de que me preguntara por qué había dejado de llamar.
O quizá tenía miedo de escuchar algo mucho peor:
Que ya no me necesitaba.
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Catalina
Los días siguieron pasando.
Rubén no llamó.
Mateo dejó de preguntar todos los días.
Eso debería haberme tranquilizado.
Pero me dolió más.
Porque entendí que mi hijo estaba aprendiendo a vivir sin esperar a su padre.
Una tarde, mientras ayudaba a Mateo con una tarea, él dibujó a nuestra familia.
Me quedé observando el papel.
Aparecíamos él, Gabriel y yo.
Tres personas.
—¿Y papá? —pregunté suavemente.
Mateo tomó el lápiz.
—No lo voy a dibujar.
Sentí que algo se rompía dentro de mí.
—¿Por qué?
—Porque él ya no vive aquí.
No supe qué responder.
Mateo continuó coloreando.
—Además, mamá, tú dijiste que tenemos que seguir adelante.
Cerré los ojos.
Mi propio hijo estaba repitiendo mis palabras.
Pero yo sabía que seguir adelante no significaba dejar de sentir dolor.
Esa noche, después de acostar a los niños, me senté en el sofá.
Miré una fotografía antigua.
Rubén aparecía abrazándome.
Mateo era apenas un bebé.
Todos sonreíamos.
Recordé aquella época.
Nunca imaginé que algún día esa fotografía sería solo un recuerdo.
Guardé la foto en una caja.
Ya no quería tenerla frente a mis ojos todos los días.
No porque hubiera dejado de querer aquella parte de mi vida.
Sino porque necesitaba dejar de vivir dentro de ella.
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Rubén
Habían pasado casi dos semanas.
Dos semanas sin llamar.
Dos semanas sin escuchar la voz de Mateo.
Dos semanas sin sostener a Gabriel.
Y aun así, seguía diciéndome que estaba ocupado.
Que tenía trabajo.
Que tenía responsabilidades.
Que pronto iría a verlos.
Pero la verdad era otra.
Me estaba acostumbrando a mi propia ausencia.
Y eso me asustaba.
Aquella tarde recibí una llamada.
Era mi madre.
—Rubén, ¿cuándo vas a visitar a tus hijos?
Me quedé en silencio.
—Mamá, he estado ocupado.
—Eso no es una respuesta.
—Estoy tratando de organizar mi vida.
—Tus hijos no necesitan que organices tu vida. Necesitan que seas su padre.
Sentí un nudo en la garganta.
—Lo sé.
—Entonces demuéstralo.
La llamada terminó.
Me quedé sentado durante varios minutos.
Mi madre tenía razón.
Había dejado de llamar.
Había dejado de visitar.
Había dejado que los días pasaran.
Y mientras yo intentaba construir una nueva vida, mis hijos estaban aprendiendo a vivir sin mí.
Tomé las llaves.
Por primera vez en mucho tiempo, decidí ir a verlos sin avisar.
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Catalina
Escuché que alguien tocaba la puerta.
Pensé que sería un vecino.
Abrí.
Y me quedé completamente inmóvil.
Rubén estaba frente a mí.
No llevaba flores.
No llevaba regalos.
Solo tenía una expresión seria y cansada.
—Hola —dijo.
No respondí inmediatamente.
—¿Qué haces aquí?
Bajó la mirada.
—Quería ver a los niños.
Miré detrás de él.
No había nadie.
—¿Después de casi dos semanas sin llamar?
Rubén tragó saliva.
—Sé que estuvo mal.
—No tienes que explicármelo a mí.
—Catalina…
—Explícaselo a Mateo.
Su rostro cambió.
—¿Dónde está?
—En su habitación.
Rubén entró.
Yo me quedé en la puerta.
Unos segundos después escuché la voz de Mateo.
—¿Papá?
—Hola, campeón.
Hubo silencio.
Después escuché algo que me partió el alma.
—Pensé que ya no ibas a venir.
Rubén no respondió.
Yo cerré los ojos.
Aquella frase había hecho lo que ninguna discusión pudo conseguir.
Había obligado a Rubén a enfrentarse a las consecuencias de su ausencia.
Y mientras él abrazaba a su hijo, comprendí que aquella visita no iba a ser como las anteriores.
Porque algo había cambiado.
Mateo ya no corría hacia su padre como antes.
Ahora lo miraba con dudas.
Como si necesitara comprobar si esta vez Rubén realmente se quedaría.
Y yo sabía que, después de aquella noche, nada volvería a ser igual.
🙊a hora cual será el misterio