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Mi exesposa de pueblo es una heredera millonaria

Mi exesposa de pueblo es una heredera millonaria

Status: En proceso
Genre:Venganza / Mujer poderosa / Traiciones y engaños / Juego de roles / Amante arrepentido
Popularitas:221
Nilai: 5
nombre de autor: Irin_Kokh

Para Alejandro Montenegro, su esposa no era más que una chica de pueblo. Nunca imaginó todo lo que ella había dejado atrás por amor.
Durante tres años, ella ocultó su identidad y lo dio todo por él. El día de su cumpleaños, recibió su recompensa: un acuerdo de divorcio. Alejandro quería casarse con la mujer que nunca había olvidado.
Ella se marchó sin aceptar un solo peso.
Pero aquella esposa a la que todos despreciaban era Valeria Duarte, heredera de una de las familias más poderosas del país.
Lejos de los Montenegro, Valeria recupera su nombre, su fortuna y una vida en la que ya no necesita pedir permiso. Mientras sus talentos y secretos salen a la luz, quienes antes la humillaban descubren que se metieron con la mujer equivocada.
Ahora Alejandro quiere recuperarla.
Pero Valeria ya aprendió a vivir sin él. Y esta vez, será él quien tenga que soportar el rechazo.

NovelToon tiene autorización de Irin_Kokh para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 4

Capítulo 4

¡Llegó la nueva jefa!

Cinco días después, Alejandro terminó la reunión de la mañana y llamó a su secretario, Andrés Molina.

Desde la ventana de su oficina contemplaba Santa Aurelia. Su figura, recortada contra el cristal, imponía incluso de espaldas.

—¿Qué averiguaste sobre Clara?

—Lo siento, señor. Nada nuevo.

Andrés se secó el sudor, nervioso.

—No volvió a la residencia de cuidados donde trabajaba. También fui a San Marcos, el pueblo que figuraba en sus documentos. La dirección es falsa. No hay ninguna familia Blanco allí.

—¿Falsa?

Alejandro se volvió de golpe.

—Sí. Pregunté en la comisaría y tampoco encontraron ningún registro de ella.

Después de tres años, a Andrés todavía le costaba dejar de tratar a Clara como la esposa de su jefe.

Alejandro sintió un zumbido en la cabeza.

¿Con quién demonios se había casado? ¿Con una espía?

—Esa noche se fue con Mateo Duarte. ¿Tampoco averiguaste nada por ese lado?

—Para serle sincero, si el señor Duarte quiere esconder a una mujer, no creo que podamos encontrarla…

Alejandro endureció la mirada al oírlo.

—Siempre se da aires de hombre intachable. ¿Y resulta que anda robándole la mujer a otro?

—Bueno… técnicamente usted ya había decidido dejarla. Quizá solo la recogió…

Alejandro le lanzó una mirada tan feroz que Andrés se atragantó y tuvo que toser.

La escena de aquella noche seguía grabada en su memoria: Mateo abrazando a Clara, protegiéndola, mirándola con un cariño imposible de disimular.

A Alejandro le oprimió el pecho.

¿Desde cuándo su esposa, tan callada y aburrida, tenía el poder de conquistar a Mateo Duarte? En los círculos de la élite, aquel hombre tenía fama de monje: nadie le conocía romances ni interés por las mujeres.

Recordó la voz de Clara.

«Alejandro, ¿no podemos… seguir casados?»

«Porque… te amo.»

—Mentirosa.

Entrecerró los ojos, cada vez más irritado. Cuanto más pensaba en ella, más rabia sentía. Y cuanto más rabia sentía, menos podía dejar de pensar.

El teléfono vibró sobre el escritorio.

Era Emilia. Contestó enseguida.

—¿Qué pasa?

—Estoy en el vestíbulo del grupo, cariño. ¿Bajas a buscarme? Te traje unos pastelitos que preparé yo misma. Quería que fueras el primero en probarlos.

Hablaba con una dulzura tan exagerada que Andrés sintió escalofríos.

Alejandro frunció el ceño.

—¿Estás aquí, en el edificio?

—Sí. ¿No quieres verme?

—Claro que sí. Andrés irá por ti.

Al colgar, su expresión se volvió más seria.

Los trámites del divorcio seguían pendientes y no había anunciado la separación. Que Emilia apareciera así en la empresa iba a provocar rumores.

A él no le importaba demasiado. El problema era…

El teléfono volvió a vibrar.

Leyó el nombre en la pantalla y se le tensó el pecho.

—Abuelo.

—¡Desgraciado! ¿Todo lo que te digo te entra por un oído y te sale por el otro?

La voz de Antonio Montenegro resonó con fuerza.

—¡Te advertí que, mientras estuvieras casado con Clara, no quería que siguieras viendo a esa mujer! No solo rompiste tu palabra: ahora la traes a la empresa. Si quieres hacer el ridículo, hazlo. ¡Pero no humilles a tu esposa! ¡Ven aquí ahora mismo!

* * *

La tensión en la sala de reuniones era insoportable.

Antonio se sentó con ayuda de su secretario y de Esteban, apoyándose en el bastón. Tenía el rostro oscuro de rabia.

Alejandro permanecía de pie frente a ellos.

Emilia había tenido que quedarse afuera. Antonio no estaba dispuesto a recibir a una mujer que, según él, pretendía ocupar el lugar de la esposa de su nieto.

—¡Habla! ¿Qué está pasando con esa mujer?

Golpeó el suelo con el bastón.

—Papá, por favor, cálmate —pidió Esteban, acariciándole la espalda antes de mirar a Alejandro con reproche.

—Abuelo, los tres años se cumplieron —respondió Alejandro con voz ronca—. Me prometiste que, después de ese plazo, yo podría decidir si seguía casado con Clara o me divorciaba.

Antonio palideció.

Durante tres años, la compañía y los cuidados de Clara habían alegrado sus días. Más de mil jornadas habían pasado sin que se diera cuenta de que el plazo estaba por terminar.

—He decidido poner fin a este matrimonio y estar con la mujer que amo. Tú aceptaste esas condiciones —continuó Alejandro—. Clara ya firmó el acuerdo. Solo tenemos que fijar una fecha para terminar los trámites.

—¡¿Qué?! ¡¿Ya se separaron?!

Antonio se levantó bruscamente. La vista se le nubló y estuvo a punto de caer.

Alejandro se acercó a sostenerlo, pero su abuelo lo apartó con rabia.

—¡Papá, el divorcio todavía no es definitivo! Solo firmaron el acuerdo —se apresuró a decir Esteban—. Ya tuviste un derrame. No puedes alterarte así.

—¡Qué desgracia! No estoy contento con la mujer que elegiste tú, ¿y ahora tampoco puedo tener una nieta política que me quiera? ¡¿Por qué?!

Alejandro se quedó inmóvil, sin saber qué hacer con las manos. Esteban también recibió su parte del reproche.

—¡Quiero a Clara! ¡Ve a buscarla! Sin ella no puedo dormir ni comer tranquilo. No quiero a ninguna otra. ¡Quiero que Clara siga siendo parte de esta familia!

Con los años, Antonio se había vuelto cada vez más terco. En ese momento parecía un niño al que acababan de quitarle lo que más quería.

—¡Llámala, Alejandro! Dile que venga a ver a tu abuelo.

Alejandro mantuvo la voz firme.

—Abuelo, no sirve de nada. Aunque le pida que venga a acompañarte, nuestro matrimonio terminó. No vamos a volver.

Pensaba que era mejor ser claro. Darle falsas esperanzas solo prolongaría el dolor. Con el tiempo, su abuelo acabaría acostumbrándose.

Antonio soltó un grito. Empezó a temblar y cayó hacia atrás.

Esteban y Alejandro se lanzaron a ayudarlo. Uno pidió un médico por teléfono mientras el otro buscaba los medicamentos.

Sin otra opción, Alejandro llamó a Clara.

Una voz automática respondió:

«El número que marcó no existe.»

No solo había desaparecido. También había dado de baja el teléfono.

—¡Maldita sea!

Alejandro apretó los puños, con los ojos enrojecidos de rabia.

* * *

En la entrada del Hotel KS World, los directivos esperaban a su nueva jefa.

—Dicen que la nueva gerente general es una mujer joven.

—Pues no me lo creo. Ya pasaron cuatro gerentes y ninguno pudo levantar este hotel. Unos pidieron el traslado y otros renunciaron. ¿Ahora resulta que una jovencita va a salvarlo? Por favor.

—Escuché que es hija del señor Duarte…

—Con tantas mujeres en su vida, quizá sea una hija que apenas reconoce. Si fuera su favorita, no la mandaría a arreglar este desastre.

Varios se rieron por lo bajo.

—¡Ahí viene! ¡Llegó la nueva jefa!

Un Rolls-Royce de lujo se detuvo frente a la entrada, seguido por varios Maybach.

La matrícula terminada en 9999 bastó para que todos callaran.

Se abrió la puerta. Lo primero que vieron fueron unos tacones negros de suela roja.

Después apareció Valeria: cabello oscuro, figura elegante y una mirada firme que obligó a más de uno a bajar los ojos.

—Buenos días.

Sonrió.

—Soy su nueva gerente general. Y, por cierto, mi padre siempre me reconoció como su hija. Lamento decepcionarlos.

Los que habían estado murmurando se quedaron helados.

Unos minutos antes, dentro del auto, Valeria había abierto su computadora y accedido sin permiso a las dos cámaras de seguridad de la entrada del hotel.

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