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Cinco años después, el magnate me quiere de vuelta

Cinco años después, el magnate me quiere de vuelta

Status: Terminada
Genre:CEO / Arrogante / Maltrato Emocional / Embarazo no planeado / Malentendidos / Dejar escapar al amor / Enfermizo / Completas
Popularitas:181.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Galaxy

Durante cinco años, Valentina lo dio todo por callar: un matrimonio que la humilló, una pierna que quedó coja, una hija sorda que crió sola… y un secreto que le partía el alma. Porque la pequeña Dulce no era hija de su despreciable exmarido. Era hija de Maximiliano Argüello, el magnate que la abandonó creyendo que ella lo había traicionado.

Cuando él regresa —más rico, más frío, más cruel—, le escupe las palabras que ella jamás olvidará:

—Esos ojos, cúratelos. Y a esa niña, déjasela a tu amante. No vaya a estorbarte para casarte con otro rico.

Valentina aprieta los dientes y sonríe. Que la desprecie. Que no sepa nada. Es mejor así.

Pero el destino es cruel con los secretos. Una prueba de ADN, un rumor envenenado, una enfermedad que ella esconde de todos… y de pronto el hombre que la trató como basura está de rodillas, con su hija en brazos, suplicando:

—Perdóname, Valentina. No sabía… No sabía nada. ¡No te mueras, por favor!

¿Y la verdad sobre su madre? ¿Sobre quién destruyó de verdad a las dos familias? Esa apenas empieza a salir a la luz… y hará temblar a toda la dinastía Argüello.

Demasiado tarde, magnate. Esta vez, la que decide soy yo.

NovelToon tiene autorización de Galaxy para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 23

Capítulo 23: "Llámame señor"

Valentina no contestó esa noche. Pero tampoco se fue al pueblo.

Se quedó, se dijo a sí misma, por el Estudio, que había que echar a andar; por Dulce, que era feliz en esa casa con jardín; por mil razones prácticas que no incluían, de ningún modo, la forma en que ese hombre la había abrazado bajo el letrero con su nombre. De ningún modo.

Maximiliano, que olfateó la duda como un tiburón la sangre, hizo lo que mejor sabía hacer: cambiar las reglas a su favor. Una mañana apareció en la cocina con una hoja de papel y una cara sospechosamente seria.

—El contrato viejo queda anulado. —Y, ante los ojos atónitos de Valentina, rompió en pedazos el papel del "amante", aquel de la firma y la huella, y tiró los trozos al bote—. Ese fue una bajeza. Tenías razón. Lo cancelo.

Valentina apenas alcanzó a sentir el alivio cuando él sacó la otra hoja.

—Este es el nuevo. —La deslizó sobre la mesa, impasible—. Ya que insistes en que no me debes nada sentimental, hagámoslo práctico. Vives en mi casa, comes de mi cocina. Algo tendrás que aportar. Así que: cien días de ama de llaves. Mandil incluido. Y, mientras dure el horario laboral, me dices "señor".

Valentina leyó el papel, que en efecto, con todo el rigor de un documento legal redactado por abogados carísimos, estipulaba que la señora Rivas haría de "ama de llaves" por cien días, y que se dirigiría al "patrón" como "señor". Levantó la vista, entre la incredulidad y las ganas de reírse.

—¿Está usted jugando a la telenovela, señor Argüello?

—Es un contrato serio. —No se le movió un músculo, pero los ojos le brillaban—. ¿Lo firmas o te busco otra ama de llaves? Hay muchas. Ninguna cocina como tú, pero bueno.

Era ridículo. Era una excusa transparente, infantil, de magnate aburrido que no sabía pedir compañía de otra forma. Y, justamente por transparente, por inofensiva, por lo lejos que estaba de la humillación del contrato anterior, Valentina —que llevaba semanas blindándose contra las flores caras y los gestos grandes— se desarmó ante esta tontería pequeña. Tomó la pluma.

—Cien días. Con mandil. —Firmó, mordiéndose la risa—. Pero le advierto una cosa, "señor": las amas de llaves de verdad regañan. Si deja los calcetines tirados, lo correteo con la escoba. Va incluido en el contrato.

—Aceptado —dijo Maximiliano, y por poco, por muy poco, sonrió de verdad.

Y entonces empezó la comedia más absurda y más tierna de toda la casa.

Porque el magnate que dirigía un imperio descubrió que su "ama de llaves" lo regañaba en serio. Dejó la toalla en el piso del baño: encontró la toalla doblada sobre su escritorio con una nota que decía "el cesto es ese mueble con tapa, señor". Llegó tarde a cenar sin avisar: le sirvieron la comida fría a propósito, con una sonrisa angelical. Quiso comer de pie en la cocina, picando del sartén: lo correteó con la cuchara de palo hasta sentarlo a la mesa como gente decente. Y Maximiliano Argüello, que en una sala de juntas hacía temblar a hombres del doble de su edad, obedecía, entre gruñidos, con una mansedumbre que habría escandalizado a sus socios. Dulce era la árbitra oficial de los pleitos, y casi siempre fallaba a favor de su mamá, "porque mami siempre tiene la razón, ¿verdad, mami?".

Los días siguientes fueron, sin que ninguno lo admitiera, los más felices que habían tenido en años.

Valentina cocinaba. Y cada platillo era una confesión sin palabras: hacía el mole que a él le gustaba desde joven, los chiles en nogada en su temporada, el arroz justo como su abuela paterna lo hacía y que él creía olvidado. Maximiliano comía en silencio, y un día, con la boca llena y la guardia baja, soltó:

—Te acuerdas de todo. Hasta del arroz de mi abuela.

—Usted también. —Valentina no levantó la vista del sartén, para que él no le viera la cara—. Del caldo. De la tinga. Del cilantro sin picar. —Una pausa—. Parece que los dos nos acordamos de cosas que jurábamos haber olvidado, señor.

El "señor" salió distinto esa vez. Sin burla. Casi suave. Maximiliano se levantó, se acercó por detrás, despacio, y le quitó de las manos la cuchara con la que ella revolvía, sin necesidad ninguna, solo por tocarle los dedos. Se quedó ahí, su pecho casi contra la espalda de ella, su aliento en la nuca, los dos respirando el mismo vapor del sartén.

—Si te pido que te quedes —dijo él, muy bajo, junto a su oído—, no como ama de llaves, no como contrato, sino de verdad… ¿qué me contestarías?

Valentina cerró los ojos. La respuesta verdadera le subía por la garganta, peligrosa, y detrás de la respuesta verdadera venía la otra verdad, la del secreto, la que lo cambiaría todo. Abrió la boca. La cocina, el vapor, los cinco años, el "de verdad" colgando en el aire.

Pero entonces entró Dulce corriendo, y el momento se rompió en mil pedazos buenos.

—¡Señor Max! ¡Mami! ¡Miren lo que dibujé en el Colegio!

Traía una hoja apretada contra el pecho, orgullosísima. Hoy la maestra les había pedido dibujar "un día especial con la familia".

La extendió sobre la mesa.

Era un día de campo. Un sol enorme con rayos, pasto verde, un mantel de cuadros. Y tres figuras tomadas de la mano. Una mamá de pelo café —"esa eres tú, mami"—. Una niña chiquita en medio, con un globo —"esa soy yo"—. Y, del otro lado, un hombre alto.

Pero esta vez el hombre no era una mancha negra sin cara, como en el dibujo de hacía meses.

Esta vez tenía cara. Tenía el pelo oscuro peinado hacia atrás, una camisa, los hombros anchos. Tenía, sin lugar a dudas, los rasgos del hombre que estaba parado en esa cocina. Y debajo, con su letra grande y temblorosa de niña de cinco años, Dulce había escrito: "MI PAPÁ, MI MAMÁ Y YO". Y lo había firmado, muy formal: "Dulce".

—Ya le puse cara —explicó la niña, feliz, sin entender por qué los dos adultos se habían quedado tan callados—. ¿Verdad que se parece, señor Max? La maestra dijo que dibujara a mi papá. Y yo lo dibujé a usted. Porque usted es el que más se parece a un papá de todos los que conozco.

Valentina sintió que el piso se abría. Estiró la mano para tomar el dibujo, para guardarlo, para hacer algo.

Pero Maximiliano ya lo tenía en las manos.

Y no decía nada. Miraba el dibujo —el pelo oscuro, los hombros, la cara que era su cara— con una quietud absoluta, terrible, mientras algo en su cabeza, esa sospecha que llevaba semanas creciendo desde la pérgola, encontraba por fin, en el trazo torpe de una niña, una forma que ya no podía seguir ignorando.

—Está… muy bonito, niña —dijo al fin, con una voz que no era la suya—. ¿Puedo quedármelo?

—Es para usted —contestó Dulce, encantada—. Yo se lo regalo.

Maximiliano dobló el dibujo con un cuidado que no le ponía ni a sus contratos de millones, y se lo guardó en el bolsillo del pecho, junto al corazón, en el mismo bolsillo donde guardaba lo otro. Valentina lo vio hacerlo y supo, con un escalofrío, que la cuenta regresiva acababa de empezar.

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Elisa Betancurt
🤣🤣🤣🤣🤣
Zaira
no se que orgullo pues fue ella la que lo dejó cuando el cayo en crisis h se caso con otro ahora que espera.
Elisa Betancurt
😭😭😭😭😭
JZulay
ay... de malas !!! 🙊
Yanira Mendoza
Otra cosa que no me queda clara fue que paso en el Lago ☺️
Yanira Mendoza
No entendí si tienen 20 años separados y cuando concibieron a la niña. Misterioooo
Grimanesa Mucha Urbano
no mi gusta mujeres débiles y tontas que se dejan manipular odio ese personaje
Marisol Ayala Gonzalez
que horror,tan.estipida esta mujer.
di la verdad de una y ya....
Claudia Oroná
Ese hombre vale oro y la quiere bien,no como el otro idiota y estupido que odia y le quita a su hija y hace sufrir a la niña por unos celos estupidoss Es tan poco hombre Maximiliano!!!!!!
Lala González
la maestra de piano es ella, no? aquí como que se revuelven mucho
Claudia Oroná
y ella que estúpida o acaso no lo conoce a ese Bruno?
Blanca Ramos
muy buena
Norma Libran
me gustó muchos
Jacinta Gomez
que bonita hija que habla con su madre en todo momento
Jacinta Gomez
al fin llego la felicidad
meidi aguiar
amiga te felicito excelente historia aunque me hizo llorar mucho espero disfrutar de muchas más de tus historias
Jacinta Gomez
es muy triste la historia
Jacinta Gomez
espero que no salga resultados negativos
Jacinta Gomez
hojala que pronto se descubra verdad
Jacinta Gomez
el egoísmo reina en esta historia y no hay nada sentimiento ms
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