NovelToon NovelToon
Amor De Guerra

Amor De Guerra

Status: Terminada
Genre:Amor-odio / Amor eterno / Romance / Completas
Popularitas:1.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Lelixi

Un amor apasionado nacido en medio de la guerra entre dos paises. La princesa Melany se enamora apasionada mente del tirano que juro odiar, por que nada es como parece

NovelToon tiene autorización de Lelixi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 23: El Peso de la Culpabilidad y el Consejo de Melany

​Emanuel pasó las siguientes cuarenta y ocho horas recluido en su despacho. No comió ni durmió. La furia inicial había sido sustituida por un vacío amargo y una tormenta mental devastadora.

​Cada vez que cerraba los ojos, no veía a una "abominación". Veía los ojos avellana de Víctor llenos de lágrimas, recordando cómo el muchacho había temblado bajo su agarre. Y lo que más aterraba a Emanuel era que, aun sabiendo la verdad, la sensación de calor en su pecho cuando lo sostuvo en brazos no desaparecía. La fascinación no había sido por el vestido de seda azul; había sido por la persona.

​Abrumado y necesitado de desahogo, Emanuel acudió a las estancias privadas de la emperatriz Melany. Durante los días anteriores, emocionado como un colegial, le había confesado a la reina que había encontrado a la "dama de su vida".

​Melany lo recibió en su salón de té. Al ver el rostro pálido, despeinado y las ojeras profundas del canciller, la reina se preocupó de inmediato.

​—Emanuel... ¿qué ha ocurrido? —preguntó Melany sirviendo una copa de vino—. Llevas dos días sin aparecer por las reuniones de estado. ¿Encontraste a tu misteriosa dama?

​Emanuel se sentó pesadamente en un sillón de terciopelo, escondiendo el rostro entre sus manos.

​—No era una dama, Melany —susurró con la voz rota—. Era un engaño. La criatura que vi... la persona que sostuve en mis brazos... es un muchacho. Un escriba de la biblioteca llamado Víctor.

​Melany entreabrió los labios con sorpresa, pero no mostró rechazo. Se mantuvo en silencio, escuchando atentamente.

​Emanuel, ahogado en la culpa, le relató todo: la escena del vestuario, el descubrimiento y la crueldad atroz con la que había tratado a Víctor, llamándolo "asqueroso" y expulsándolo con desprecio.

​—Le dije cosas horribles, Melany —confesó Emanuel, con la voz temblando de arrepentimiento—. Usé palabras destructivas... lo humillé hasta destruirlo. Y todo porque sentí terror. Terror de darme cuenta de que lo que sentí en ese pasillo no fue una ilusión por un vestido... sino por él.

​Melany se levantó de su asiento, caminó hacia el canciller y posó una mano suave en su hombro.

​—Emanuel —dijo la reina con tono firme pero lleno de sabiduría maternal—, has pasado toda tu vida sirviendo a la lógica, a las leyes y al deber militar. Crees que el amor es algo que se puede clasificar en carpetas y decretos. Pero el corazón no entiende de títulos, de normas ni de géneros. El corazón responde a un alma.

​—¿Qué debo hacer? —preguntó él, alzando la vista con desesperación—. Siento que destruí a alguien inocente.

​—Debes buscarlo —ordenó Melany con dulzura—. Quítate la túnica de canciller, olvídate del orgullo y ve a pedirle perdón. Aclara las cosas con él antes de que las heridas que le causaste sean irreparables.

​

​Buscar a Víctor no fue tarea fácil. El joven escriba había renunciado a su puesto en la Gran Biblioteca al día siguiente del incidente y abandonado el palacio imperial.

​Emanuel invirtió tres días enteros recorriendo los barrios bajos y las villas de artesanos de la capital de Solaria. Ya no vestía sus capas de seda ni llevaba la guardia; caminaba solo, impulsado por una urgencia que no le dejaba pegar ojo.

​Finalmente, al atardecer del tercer día, en una modesta casa de carpinteros en las afueras de la ciudad, Emanuel encontró a Víctor.

​El muchacho estaba sentado en un banco de madera bajo un viejo manzano, barnizando unas tablas. Lucía visiblemente más delgado, con grandes sombras oscuras bajo los ojos y una tristeza infinita grabada en el rostro.

​Al escuchar los pasos sobre la hierba, Víctor alzó la vista. Al reconocer a Emanuel, se puso de pie de golpe, dejando caer el pincel al suelo. Su primer instinto fue retroceder con miedo.

​—Canciller... —murmuró Víctor con la voz apagada—. Si ha venido a encarcelarme o a expulsarme de la ciudad... no es necesario. Ya no volveré al palacio.

​Emanuel detuvo sus pasos a dos metros de él. La altivez del canciller había desaparecido por completo.

​—No he venido a encarcelarte, Víctor —dijo Emanuel en voz baja, dando un paso cauteloso hacia adelante—. He venido a pedirte perdón.

​Víctor parpadeó, incrédulo.

​—Fui un cobarde y un miserable —continuó Emanuel, apretando los puños con frustración hacia sí mismo—. Te dije palabras crueles e imperdonables porque me dominó el pánico. Pánico al darme cuenta de que la belleza y la emoción que me dejaron sin aliento en aquel pasillo no venían de un vestido de seda... sino de ti. Tu rostro, tus ojos... eran reales. Y yo destruí tu dignidad para ocultar mi propia confusión.

​Víctor escuchaba en silencio, sintiendo cómo sus lágrimas volvían a traicionarlo, pero esta vez no de rabia, sino de una conmoción profunda.

​—No sé qué significa esto para mí, Víctor —admitió Emanuel francamente—. Jamás he mirado a un hombre de esta manera. Estoy confundido y aterrorizado. Pero no puedo vivir con la culpa de haberte destrozado la vida, ni tampoco puedo sacarte de mi mente.

​Víctor contempló al hombre al que había amado en secreto durante años. Comprendía la batalla interna de Emanuel: el peso de ser el canciller del imperio, la crianza militar y el impacto de descubrir un deseo completamente inesperado.

​Víctor respiró hondo y tomó una decisión valiente.

​—Le propongo un trato, canciller —dijo Víctor, manteniendo la mirada fija en él—. Concédame una semana. Siete días. Saldremos juntos, nos conoceremos sin disfraces, sin títulos y sin prejuicios. Durante esa semana, usted intentará descubrir qué es lo que siente realmente.

​Emanuel frunció el ceño con curiosidad.

​—¿Y qué ocurrirá al final de esa semana?

​—En el séptimo día —respondió Víctor con la voz temblorosa por la emoción—, usted me dará un beso. Un solo beso como hombres. Si al hacerlo no siente nada, si siente asco o indiferencia... le juro que desapareceré de su vida para siempre. No me volverá a ver jamás. Pero al menos... me quedaré con el recuerdo de haber tenido una oportunidad con el hombre que he amado durante años.

​Emanuel sintió que el pulso se le aceleraba. La propuesta era un reto audaz y lleno de peligro emocional, pero la idea de perder a Víctor para siempre le resultó intolerable.

​—Acepto el trato, Víctor —sentenció Emanuel.

​

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play