Para la alta sociedad de Mayfair, Lady Lysandra Ashford lo tiene todo: belleza, fortuna y un compromiso idílico con el codiciado Lord Lucian Prescott. Sin embargo, la ilusión se quiebra la noche en que descubre que su prometido solo buscaba ganar una apuesta de club y acceder a la riqueza de su padre. Con el corazón endurecido por la traición, Lysandra rompe el compromiso y jura no volver a entregarse a las redes del amor romántico.
Obligada a regresar a los salones de baile para limpiar el nombre de su familia, su camino se cruza con el de Lord Gideon Ravenscroft, el nuevo e inmensamente rico Duque del Norte. A pesar de su imponente presencia física y su estatus inalcanzable, Gideon oculta un defecto catastrófico: una incapacidad total para desenvolverse en la hipocresía social de la capital. Lo que comienza como un pacto de conveniencia —donde ella le enseña a navegar por las garras de la aristocracia a cambio de mostrarse juntos— pronto despierta una atracción incontrolable.
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Lecciones bajo la lluvia
Tres días después, cumpliendo con la primera parte de su acuerdo, Lysandra organizó un encuentro en un entorno controlado: los tranquilos y vastos Jardines Botánicos Reales de la ciudad, un lugar poco concurrido a primeras horas de la mañana.
Caminaban a pasos pausados por un sendero flanqueado por invernaderos de cristal y flores exóticas. El aire estaba fresco y el cielo amenazaba con una suave llovizna, lo que garantizaba que no habría espectadores molestos.
—Regla número uno, Gideon —comenzó Lysandra, usando su nombre de pila por primera vez a petición de él para simplificar el trato—. Cuando una dama se le acerque en un salón y le hable del clima, no está buscando datos numéricos sobre la precipitación pluvial. Está buscando un pretexto para iniciar una conversación ligera.
Gideon la miraba fijamente, escuchándola con la misma atención concentrada que le dedicaría a un manual de estrategia.
—Pero si el clima es el tema de conversación, dar datos precisos es la respuesta más eficiente —argumentó él de manera impecable—. Decir que 'hace un bonito día' es una redundancia obvia si ambos estamos viendo el sol.
Lysandra no pudo evitar sonreír ante la abrumadora lógica del hombre.
—La alta sociedad no busca eficiencia, Gideon; busca entretenimiento y coquetería —explicó ella, deteniéndose frente a un arbusto de rosas blancas—. Si no le interesa la dama, simplemente debe decir algo breve pero educado, como: 'En efecto, el día es agradable, pero me temo que debo reunirme con el anfitrión', e inclinarse con elegancia antes de retirarse. Eso la dejará como un caballero ocupado, no como un lord excéntrico.
Gideon asintió despacio, memorizando la frase en su mente como si la registrara en un cuaderno de notas.
—¿Y qué debo hacer si la persona que se me acerca es alguien deshonesto... como su ex prometido? —preguntó él de pronto, mirándola con una intensidad que hizo que a Lysandra le diera un vuelco el corazón.
Lysandra miró las flores por un segundo antes de responder.
—A ellos se les responde con la indiferencia más absoluta. La atención es la moneda que buscan los manipuladores; si se la niega, los deja en la quiebra.
Gideon reflexionó sobre las palabras de Lysandra. Luego, de forma inesperada, dio un paso hacia ella, acortando la distancia entre ambos. Sin el miedo social que lo paralizaba en los salones abarrotados, su presencia resultaba imponente, protectora y extrañamente reconfortante.
—Usted es notablemente sabia, Lysandra —dijo él con una sinceridad tan pura que no dejó espacio para la vanidad—. En el norte, los hombres dicen lo que piensan y las mujeres no pierden el tiempo con juegos. Cuando llegué aquí, pensé que todos estaban locos. Pero hablar con usted... es sencillo. Es la primera vez desde que llegué a la capital que no siento ganas de salir huyendo.
Un cálido rubor subió por el cuello de Lysandra, pero esta vez no era de vergüenza ni de rabia. Era una emoción dulce y desconocida que comenzaba a florecer en su pecho. Miró las facciones marcadas de Gideon, la honestidad desarmante de sus ojos grises y la fuerza tranquila que transmitía.
Se dio cuenta de que, en su intento por enseñarle a él a sobrevivir a la sociedad, era ella quien estaba aprendiendo a volver a confiar en un hombre. Y por primera vez en meses, el futuro no se veía como una batalla, sino como una aventura que deseaba recorrer a su lado.