Dasha Lincor es la joven y exitosa heredera de un imperio canadiense, una mujer que usa el trabajo para construir un muro contra el dolor de un pasado trágico. Su única luz son los gemelos, Kiara y Kael, de quienes asume la tutela tras la muerte inesperada de su mejor amiga y madre de los niños. Pero la estabilidad de Dasha es atacada: una batalla legal por la custodia, liderada por una abuela implacable, amenaza con arrebatarle a los niños, forzándola a buscar desesperadamente la imagen de "familia" que el tribunal exige
Azrael Smirnova, el millonario ruso y temido lider de una organización criminal, ve en la desesperación de Dasha su oportunidad. Dasha acepta el pacto de conveniencia, sin sospechar que su esposo no solo es un hombre peligroso, sino que el nexo de Azrael con su pasado es un secreto tan oscuro que podría costarle su " nueva familia"
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CAPITULO 15
AZRAEL
Bajo el vidrio y, sin quitarme los lentes, detallo una vez más cada facción de su rostro. Es hermosa, sin duda la mujer más hermosa que he visto. Me quito los lentes y no paso por alto el rubor que le enciende las mejillas cuando nuestros ojos se encuentran. Entreabre los labios y ese pequeño e insignificante gesto en ella me enciende un deseo muy, pero muy oscuro.
No dice nada y yo menos; simplemente espero a que uno de los guardias que me sigue se baje de la otra camioneta y le abra la puerta del copiloto.
—Ven —le digo, y sin más sube al asiento del copiloto—. ¿Qué ocurre?
—Eh... Yo... Es solo que el auto no quiere encender, pero ya había solucionado el problema —empieza a hablar con la voz entrecortada mientras sus ojos están fijos en mis labios; lo noto.
—¿A dónde ibas? —pregunto poniendo el auto en marcha fuera del estacionamiento.
—Por los niños al colegio —dice—. Tristán me iba a prestar su auto y...
—Dame la dirección, te llevo yo —la corto. Su expresión se vuelve de sorpresa; sin embargo, no dice nada.
—No... No es necesario, Azrael —empieza a decir sacudiendo la cabeza.
—Pedí la DIRECCIÓN, Dasha, dame la dirección —detengo el auto en la salida de la empresa esperando por lo que he pedido.
Suelta un largo suspiro y me da la dirección. La pongo en el GPS y no tardo en ponerme en marcha hacia dicho sitio.
—Eres un hombre bastante difícil de persuadir —suelta intentando ocultar la sonrisa que se le asoma en los labios.
—Gracias a eso he llegado a donde estoy, y llegaré siempre a donde quiero.
Mi sincera respuesta le hace apartar la cara y sonreír abiertamente.
—Entonces es una muy buena cualidad suya —dice volviéndose a girar hacia mí.
—Exacto.
Mantengo la vista al frente hasta que llegamos al lugar que me ha indicado. La seguridad se aparca algo distante, pero lo suficientemente cerca por cualquier cosa.
Me bajo del auto y le abro la puerta a Dasha. Nuestras caras quedan cerca y puedo ver en el iris de sus ojos mi propio reflejo.
—Gracias, Azrael —dice cuando la ayudo a bajar.
No digo nada, solo me dispongo a observarla irse a la entrada de la estructura de donde salen personas con lo que supongo son sus hijos. Un montón de críos corren a los brazos de sus padres; la vista me causa jaqueca. No me gustan los niños para nada, y menos cuando son ruidosos como estos que salen llorando y haciendo rabietas.
Los hombres no lloran, digo para mis adentros al ver al mocoso que empieza a llorar cuando la madre le quita la paleta que se le ha caído al suelo.
El móvil vibra en mi bolsillo y lo ignoro al ver el nombre de Igor; de su boca jamás he escuchado algo interesante y no creo que pase ahora.
...
Recibo un mensaje de Vladimir con la información que le pedí esta mañana al salir de la oficina de Dasha. Abro el documento que me ha enviado; el nombre de Damián Adams aparece en el encabezado y, justo cuando empiezo a leer, siento algo impactar contra mi pierna y debo agarrarme de la camioneta para no perder el equilibrio.
—Pero qué cara...
Bajo la vista para ver qué ha sido. Lo mismo del primer día ocurre ahora cuando los ojos verdes de la niña que no habla me miran mientras las mejillas se le ahuecan con la sonrisa que tiene.
—¡Oh, Dios santo! Pensé que te habías ido —dice Dasha apareciendo detrás, agitada, con ambos morrales encima y al niño tomado de la mano—. Y tú, Kiara, sabes que no puedes hacer eso.
Intenta reprender a la niña, que no le hace el mínimo caso, ya que sigue con los ojos fijos en mí esperando no sé qué.
—Hola, amigo —suelta el niño extendiendo su mano hacia mí, a lo que Dasha mira confundida—. ¿Quieres saber cómo me fue hoy? Hice un gol —dice con emoción.
Dasha me mira con pena; sin embargo, no me incomoda tal cosa, como cosa rara, claro está.
—Kael, Azrael es un hombre ocupado que se ha tomado la molestia y amablemente me ha traído a buscarlos porque mi auto se averió —comienza a explicarle ella—. Así que no lo atosigues, por favor.
—Oh, lo siento, amigo —dice el niño con disgusto—. Solo estaba emocionado.
Dasha lo mira con compasión y le alborota el cabello.
—Tranquilo, Kael. Cuando lleguemos a casa hablaremos de ello todo lo que quieras, ¿vale? —le dice, y el niño asiente, no con entusiasmo, pero intenta sonreír.
—Puedes contármelo cuando estés en el auto —le digo. Dasha me mira y entrecierra los ojos, pero no dice nada.
—Eres un gran amigo —suelta Kael otra vez con el mismo entusiasmo de hace un rato.
Me doy a la tarea, junto a Dasha, de despegar a la niña de mi pierna, quien no deja de sonreír me. Dasha le pone el cinturón mientras yo guardo las mochilas. Nunca pensé hacer algo como esto; sin embargo, heme aquí, haciéndolo con alguien a quien apenas conozco y con niños cuando jamás me han agradado.
Le abro la puerta a Dasha; sin embargo, no se sube, la vuelve a cerrar y se gira hacia mí.
—No tienes que hacer nada de esto, Azrael —me dice—. No te sientas comprometido, ¿vale? Yo hablaré con él cuando llegue a casa, es que... —las palabras parecen atascársele en la garganta—. Nunca han tenido una figura masculina en su vida y quizás eso sea justo lo que los está llevando a este comportamiento, pero...
—Ya déjalo, Dasha, no tienes que darme explicación de nada. Y no, no es molestia lo que quiera decirme. Así que sube al auto, que los llevaré a casa.
—Pero...
—Ya hablaremos.
No dice nada, sube al auto y permanece en silencio durante el camino. El niño empieza a contarme cada una de las cosas que hizo en el colegio y, por muy raro que suene, le presto toda mi atención a la vez que conduzco; no me incomoda y mucho menos me aburre.
—¿Tú sabes jugar al fútbol? —pregunta con los ojos bien abiertos cuando llegamos frente a la casa de Dasha.
—Sé hacer de todo —no miento—. Tú también puedes, solo debes aprender cómo.
—Es decir, ¿que puedo ser lo que yo quiera?
—Exactamente.
Los ayudo a bajar del auto mientras Dasha baja las mochilas que le entrega a cada uno.
Kiara me mira con ojos entrecerrados mientras se mete las manos en el bolsillo y saca una flor algo estropeada.
—Oh, qué bella —dice Dasha—. ¿Es para mí? —pregunta y la niña sacude la cabeza—. ¿Para tu hermano? —vuelve a negar—. ¿Es para tu mamá? —le pregunta Dasha con las manos en la cintura y la pequeña sigue negando—. ¿Entonces?
Por primera vez me quedo inmóvil cuando la niña extiende la mano en mi dirección entregándome la flor, la cual tomo sin saber qué coño hacer ni qué decir, y menos cuando envuelve sus brazos en mi pierna.
—Oh, qué pequeña tan, tan...
—Irrespetuosa —hablan a nuestra espalda.
Ambos giramos en dirección hacia la recién llegada. La mujer que aparece va envuelta en un traje rojo elegante y bastante ostentoso para esta hora.
—¿Cómo permites que esa niña se comporte de esa forma? —pregunta clavando los ojos en Dasha, quien en cuestión de nada se pone rígida y se planta frente a los niños, los cuales se quedan mirando con el entrecejo arrugado hacia la recién llegada.
—¿Qué haces en mi casa? —pregunta Dasha.
—No te hagas la idiota, Dasha —cierro los puños a mi costado cuando escucho cómo le habla—. Te lo dije antes: nos veríamos la cara para resolver el asunto pendiente con lo de Siena, así que eso hago.
La tipa da un par de pasos hacia nosotros y le tiende una carpeta a Dasha. Esta la toma y en seguida la abre mirando el contenido; el rostro de Dasha pasa a ponerse pálido y fúrico a la vez.
—¿Es en serio, Elena? —pregunta con claro disgusto—. ¿De verdad iniciarás un proceso para reclamar algo sobre lo que decidiste perder derecho?
—Te dije que no te saldrías con la tuya, Dasha. Ella era mi hija y no era nada tuyo —espeta la otra con clara indiferencia—. Así que me voy, pero nos vemos en unas semanas, Dasha. Disfruta los pocos días que te quedan con ellos.
Sin decir ni una palabra más, se da la vuelta y se va. Dasha no dice nada, permanece inmóvil y lo único que hace es sacar el móvil.
—¿Puedes... puedes venir por los niños, por favor? —pregunta con la voz entrecortada—. Solo serán dos horas como mucho.
Corta la llamada y guarda el móvil antes de volverse a los niños, que la miran con angustia.
—¿Quién era esa señora fea, tía Dasha? —pregunta Kael.
—Luego hablaremos de eso, precioso —le dice pasándole los dedos por el cabello—. Por ahora vamos a entrar en casa; se cambiarán, que viene por ustedes Tristán para llevarlos a comer un helado y al parque. ¿Les gusta la idea? —pregunta intentando fingir entusiasmo, cosa que no se le da para nada bien.
Ambos niños comienzan a dar brincos sacudiendo sus brazos.
Dasha se las arregla para llevar a los dos niños medio cargados hacia dentro de la casa, y yo voy detrás de ellos. Me detengo en la puerta, saco el móvil y le mando un mensaje a Vladimir con el nuevo encargo.
No tardan ni 20 minutos cuando el timbre suena y Dasha abre la puerta, dejando ver al empleado de la empresa.
—Venga, hermosa, ¿qué pasa? —le pregunta angustiado.
—Esa mujer apareció —dice ella con angustia—. Me ha demandado para que le entregue a los niños. Tengo miedo, Tristán; sé que no se quedará tranquila hasta lograrlo.
—¡Oh, Dios santo! ¿Has hablado ya con tu abogado?
—No, no; no he hecho nada aún. Estoy nerviosa, ansiosa y muy preocupada —dice ella con agite mientras se da la vuelta y se posa frente a la imagen de la mujer que ocupa una de las paredes del recibidor—. No quiero que me los quiten, no podría soportarlo...
—Hey, hey, escúchame, cariño: nadie te los va a quitar. Tú eres lo que esos niños necesitan y cualquier juez sensato lo notará enseguida. Tú no te preocupes, iré por los niños y en el camino le dejaré un mensaje a Parker; él seguro sabrá qué hacer de inmediato... ¿Te parece?
—Sí, sí, por favor, Tris. Gracias...
El chico se da la vuelta, me mira y, con un asentimiento de cabeza, sigue hacia el pasillo que da a las escaleras. Poco después aparece con ambos niños ya cambiados.
—Venga, niños, despídanse de su tía Dasha —les dice a los pequeños, quienes corren hacia Dasha. Ella se agacha a su altura y estos se le cuelgan del cuello.
—Adiós, mis pequeños, nos vemos en un rato. Pórtense bien y diviértanse mucho, ¿sí? —los pequeños asienten con una sonrisa.
Ella vuelve a abrazarlos como si eso los mantuviera con ella para siempre.
Ambos la sueltan y, sin que ella diga nada más, se dirigen hacia mí. Medio me pongo a su altura y Kael es el primero en acercarse; extiende su mano hacia mí y, después de tomarla, creo que ya es suficiente cuando de pronto siento cómo se vuelca sobre mí dándome un abrazo, seguido de Kiara, quien no duda en plantar una vez más sus labios sobre mi mejilla.
—Adiós, niños —es lo único que digo.