Anna es la definición de pragmatismo. Aceptó casarse con un extraño hace tres años solo para cumplir el deseo de su abuela, bajo la condición de que cada uno viviera su vida por separado. Para ella, David es solo un nombre en un acta de matrimonio y una transferencia mensual. David, por su parte, es un titán de los negocios, un hombre cuya posesividad solo es superada por su hermetismo; para él, Anna es un "trámite" lejano que vive en otra ciudad... o eso creía.
Todo cambia en una noche de copas y luces de neón. En una exclusiva discoteca, dos desconocidos se atraen magnéticamente. Anna, decidida a dejar de ser la "esposa de papel", se entrega por primera vez a un extraño de ojos gélidos y manos posesivas. David queda obsesionado con la mujer que desapareció al amanecer
El enredo estalla cuando David decide que esa "desconocida" debe ser suya, sin saber que ya lo es legalmente
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capitulo 16
El comedor de la mansión Bianchi estaba sumergido en una penumbra elegante, rota solo por la luz de los candelabros de plata que proyectaban sombras alargadas sobre el tapiz. La cena transcurría en un silencio gélido, un duelo de voluntades donde el único sonido era el roce metálico de los cubiertos contra la porcelana. Anna tomaba su sopa de crema de espárragos con una parsimonia irritante, manteniendo la vista fija en su plato como si estuviera descifrando un código financiero.
Frente a ella, David apenas fingía comer. Su mirada gris estaba clavada en el cuello de Anna, justo donde la seda de su blusa color marfil se encontraba con su piel. La tensión del encuentro en la escalera todavía vibraba en el aire, una estática que hacía que el vello de los brazos de Anna se erizara a pesar de su máscara de indiferencia.
—¿Algún progreso en tu búsqueda de "la mujer del fuego", David? —preguntó Anna, rompiendo el silencio con una voz desprovista de emoción, sin levantar la mirada—. Pareces... distraído. Casi diría que tu legendaria eficiencia está sufriendo por una obsesión romántica.
David apretó los labios, dejando la copa de vino sobre la mesa con un golpe seco.
—Mi eficiencia está intacta, Anna. Lo que sufro es una falta de tolerancia ante la hipocresía. Pero no te preocupes, mis asuntos personales no interferirán con nuestro "contrato".
Anna dejó la cuchara y, por primera vez en la noche, lo miró a los ojos. Había un brillo travieso, casi cruel, en su mirada verde.
—Me alegra oírlo. Sería una lástima que una fantasía nocturna arruinara tres años de impecable gestión.
En ese momento, el teléfono personal de David, colocado sobre el mantel al alcance de su mano, vibró. La pantalla se iluminó en la oscuridad del comedor. David no solía recibir mensajes a estas horas, y mucho menos en su línea privada.
Anna observó de reojo. Bajo la mesa, su mano izquierda sostenía su propio teléfono, oculto por la caída del mantel. Con un movimiento de pulgar, había enviado un mensaje desde una cuenta encriptada al número que David le había entregado en la discoteca, un trozo de papel que ella había guardado como un arma de reserva.
David tomó el dispositivo. Sus ojos se abrieron de par en par al leer la notificación. El cambio en su fisionomía fue brutal: la rigidez de sus hombros desapareció, reemplazada por una intensidad depredadora. Sus pupilas se dilataron y una chispa de vida, de deseo puro, encendió su mirada gris.
Mensaje: "¿Todavía guardas la perla, extraño? ¿O ya la devolviste al inventario de tus posesiones perdidas?"
Anna continuó tomando su sopa con una calma aterradora, disfrutando del impacto sísmico que acababa de provocar. Observó cómo David pasaba la lengua por sus labios secos, un gesto de una sensualidad cruda que delataba su agitación interna. Él estaba allí, a dos metros de ella, pero su mente acababa de viajar a la suite de la discoteca.
—Parece una noticia importante —comentó Anna, su voz destilando una falsa curiosidad—. ¿Alguna crisis en el mercado asiático?
David no respondió de inmediato. Sus dedos volaron sobre la pantalla, escribiendo con una urgencia que rozaba la desesperación.
—Algo así —respondió él, su voz ahora cargada de un barítono profundo, casi vibrante—. Una variable que pensaba perdida acaba de reaparecer en el sistema.
Respuesta de David: "La tengo conmigo. Nunca sale de mi bolsillo. ¿Dónde estás? No juegues conmigo, no sabes lo que le hago a quienes intentan escapar de mí."
El teléfono de Anna vibró suavemente contra su muslo. Sintió una descarga de adrenalina que le recorrió el vientre. Ver a David así —vulnerable, encendido por una sombra mientras despreciaba la realidad frente a él— le otorgaba un poder embriagador. Era una estratega jugando con el corazón del rey.
—Te ves... iluminado, David —insistió ella, apoyando la barbilla en su mano, observándolo con una sonrisa mínima y gélida—. Casi pareces un hombre enamorado. O quizás simplemente un hombre que ha recuperado su juguete favorito.
David levantó la vista del teléfono, clavándola en ella. Por un segundo, la sospecha cruzó sus ojos, pero la imagen de Anna, tan analítica, tan "esposa de papel", borró cualquier conexión lógica. Ella era el hielo; la mujer del mensaje era el incendio. No podían ser la misma.
—No es un juguete, Anna —dijo David, su tono volviéndose posesivo, casi protector—. Es alguien que entiende el lenguaje del deseo, no solo el de los contratos. Alguien que no necesita una máscara para sentirse viva.
—Qué fascinante —replicó ella, su tono cargado de un sarcasmo sutil que solo ella podía disfrutar—. Espero que esa mujer sea real y no solo un error en tu algoritmo de búsqueda. Sería una lástima que te obsesionaras con un fantasma.
David se puso de pie, su silla chirriando contra el mármol. Ignoró el resto de la cena. El mensaje había actuado como un combustible.
—Disculpa, Anna. Tengo asuntos urgentes que atender. Que termines tu sopa con total... eficiencia.
Salió del comedor con paso rápido, ya escribiendo de nuevo. Anna se quedó sola, rodeada por el silencio de la mansión. Dejó caer su teléfono sobre la mesa y soltó una carcajada silenciosa, una que contenía tanto triunfo como amargura.
Había ganado el juego, pero el precio era ver cómo el hombre que compartía su apellido solo era capaz de desearla cuando ella no era ella misma. Bajo la luz de las velas, Anna Bianchi se dio cuenta de que había creado un triángulo amoroso con dos personas. El fantasma de la noche estaba ganando la batalla por el corazón de David, mientras la esposa real seguía siendo invisible.
Sintió una punzada de celos hacia su propio alter ego. La sensualidad del juego era adictiva, pero el vacío que dejaba la indiferencia de David hacia la mujer de carne y hueso que tenía enfrente empezaba a doler más que cualquier contrato roto. La guerra de máscaras acababa de subir de nivel, y Anna no estaba segura de si, al final, quedaría algo de ella misma cuando todas las luces se apagaran.