En los pasillos del Instituto Amanecer, Alexandra es una estudiante dulce, amable con todos y que prefiere la tranquilidad de un buen libro y pasar desapercibida. Por su parte, Santiago es el carismático capitán del equipo de natación, el chico popular de hombros anchos y sonrisa fácil que siempre está rodeado de ruido y amigos. En la vida real, apenas cruzan miradas y sus mundos parecen completamente opuestos.
Pero al caer la noche, todo cambia.
Cuando las pantallas se encienden y se sumergen en el vasto universo de fantasía de su MMORPG favorito, se transforman por completo: ella es Lady Sol, una guerrera feroz, terca e implacable que defiende el frente de batalla con armadura brillante; y él es Sombra22, un mercenario cínico, astuto y bromista que prefiere las sombras y disfruta al máximo sacarla de quicio. Sin saberlo, son el dúo más explosivo y divertido del servidor, compartiendo horas de risas, peleas virtuales y una química innegable a través del chat de voz.
Mientras la ten
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Capítulo 17: Desenlaces y Revelaciones
El eco del viaje todavía resonaba en el ambiente, dejando esa extraña sensación de que las cosas ya no volverían a ser exactamente iguales. Después de aquella travesía, Santiago y Oswaldo se habían integrado de manera natural a nuestro grupo cercano de amigos. Compartíamos risas, bromas y momentos que parecían sacados de una novela juvenil. Sin embargo, en mi interior, una duda punzante no me dejaba en paz.
Estábamos sentadas en una banca cerca de la fuente del parque cuando Vanessa, con esa mirada perspicaz que parecía leer mis pensamientos más profundos, se inclinó hacia mí y me soltó la pregunta que rondaba mi cabeza desde hacía días:
—Oye, dime la verdad... ¿ya estás segura de que Santiago es sombra22?
Bajé la vista por un segundo, jugando nerviosa con el borde de mi suéter antes de responderle:
—No estoy segura, Vane... Necesito pruebas concretas. No puedo simplemente pararme frente a él, mirarlo a los ojos y decirle de la nada: "Tú eres sombra22". ¿Y si me equivoqué? ¿Y si después lo niega todo y quedo como una tonta inventando cosas? Sería una escena súper incómoda.
Vanessa suspiró, dándome la razón con un gesto comprensivo mientras acomodaba su cabello.
—Tienes toda la razón —reconoció con suavidad—. No te precipites. Lo mejor es que primero busques una prueba irrefutable, algo que no deje espacio a dudas. Ya habrá un momento en el que se delate solo.
Asentí con la cabeza, sintiendo que su consejo me daba un poco de calma. Hoy teníamos una reunión planeada con todo el grupo en la plaza principal. Con la esperanza de que Santiago pudiera asistir a pesar del poco tiempo, le había enviado un mensaje temprano al privado preguntándole si nos alcanzaría. Su respuesta no tardó en llegar, pero me dejó con las ganas: me dijo que no podía asistir porque el entrenador del instituto le había pedido reunirse con él de urgencia. El motivo era serio: debían discutir quién sería el próximo capitán del equipo cuando él se retirara al graduarse.
—Ni modo —murmuré para mí misma guardando el teléfono—. Cosas de capitanes.
Pero la tarde avanzaba rápido y ya estábamos todas las chicas reunidas en la plaza, riendo y poniéndonos al día con nuestras ocurrencias habituales. El bullicio de nuestras risas se vio interrumpido cuando Oswaldo apareció de la nada... y no venía solo. De su mano caminaba una niña encantadora, de ojos vivaces y una sonrisa contagiosa.
Oswaldo carraspeó un poco, nervioso ante las miradas curiosas de mis amigas, y se apresuró a hacer las presentaciones:
—Chicas, ella es Carolina, mi hermana pequeña —nos dijo con una sonrisa de medio lado—. Tiene diez años.
La pequeña Carolina no tardó ni dos minutos en romper el hielo. Con una ternura infinita y una energía desbordante, se acercó directamente hacia mí, se ancló a mi lado y prácticamente se pasó el resto de la tarde pegada a mí.
—Hola —me saludó con total confianza, estirando los deditos de su mano—. Me falta tan solo un año para cumplir los once y por fin entrar al instituto, ¡igual que ustedes!
No pude evitar soltar una carcajada ante su franqueza y su entusiasmo. Las demás chicas también se sumaron a la risa, contagiadas por el carisma de la niña. Era sumamente risueña, de esas personas que logran alegrarte el día con solo mirarte. Conversamos sobre sus expectativas del colegio, sobre sus materias favoritas y sobre cómo se imaginaba la secundaria, un mundo que para ella todavía lucía gigante y misterioso.
Mientras tanto, noté un detalle extraño. Oswaldo estaba muy apartado del grupo. A diferencia de su habitual actitud relajada y bromista, se paseaba de un lado a otro cerca de la banca, con la mirada fija en la pantalla de su teléfono celular y los dedos tecleando con desesperación.
Intrigada y sintiendo un poquito de curiosidad, me acerqué a él con cautela.
—Oswaldo, ¿todo bien? Te noto muy distraído desde hace rato —le pregunté con suavidad—. ¿Pasa algo malo?
Él levantó la vista de golpe, sobresaltado, y guardó el teléfono en el bolsillo de su chaqueta con demasiada rapidez.
—¿Malo? No, no, para nada —respondió intentando sonar de lo más natural, aunque su tono nervioso lo delataba—. Lo que pasa es que estoy súper pendiente de si la reunión de Santiago con el entrenador termina rápido. Le he escrito para ver si al fin se no une, pero... no me ha contestado nada todavía.
Me encogí de hombros con empatía, imaginando el panorama.
—Ah, ya veo. No te preocupes tanto, seguro que esa reunión se ha tardado más de la cuenta por lo delicado del tema de la capitanía. Dale su espacio.
Él asintió con una mueca, resignado, y volvió a perderse en sus pensamientos. Volví con las chicas, donde Carolina seguía jugando con un llavero que llevaba en mi bolso. Al cabo de unos minutos, la niña levantó la mirada, me estudió con curiosidad genuina y soltó una pregunta que me dejó completamente helada:
—Oye... una pregunta, ¿tú eres la novia de Santiago?
Mis ojos se abrieron como platos. Sentí cómo el calor subía de golpe por mi cuello hasta mis mejillas, tiñéndolas de un rojo intenso.
—¿Qué? ¡No, no! —exclamé agitando las manos, nerviosa y con el corazón latiendo a mil por hora—. ¿Por qué dices eso, Carolina? ¿De dónde sacaste semejante idea?
Ella se encogió de hombros con total inocencia, jugando con el borde de su suéter.
—Bueno... es que mi hermano mayor siempre dice que Santiago se la pasa discutiendo y peleando en los videojuegos con su novia —respondió la niña con total naturalidad, como si estuviera contando el clima—. Y como te ve tanto a ti y siempre están hablando... pues pensé que eras tú.
En mi mente, las piezas del rompecabezas empezaron a chocar violentamente de una forma que desafiaba toda lógica. Mis pensamientos corrían a toda velocidad:
Entonces... ¿Santiago tiene novia?
Pero si él siempre dice que...
Espera, ¿discutiendo en los juegos?
No había terminado de procesar toda la avalancha de información que acababa de soltar la niña, cuando una sombra conocida apareció de la nada detrás de mí.
Era Oswaldo. Su rostro estaba pálido, descompuesto por el pánico absoluto. En cuanto escuchó lo último que dijo su hermana, se abalanzó hacia nosotras con los ojos abiertos de par en par.
—¡Espera, no! ¡No es lo que parece! —exclamó con desesperación, agitando los brazos e intentando desviar la atención a toda prisa.
Pero ya era demasiado tarde. La pequeña Carolina, lejos de intimidarse por el tono de su hermano, lo interrumpió sin ningún remordimiento, decidida a defender su punto con la inocencia propia de su edad:
—Ay, Oswaldo, no digas tonterías. Si tú siempre dices que Santiago se la pasa peleando con su novia, y que siempre la llama de una forma bien rara... ¡cómo es que le dice!... Ah, sí: la guerrerita.
Guerrerita.
La palabra resonó en mis oídos como un eco ensordecedor, congelando el tiempo a mi alrededor.
La guerrerita. Así, exactamente así, es como me llama sombra22 cada vez que jugamos juntos y cada vez que discutimos por alguna estrategia en el chat de voz. Después de tanto tiempo de dudas, de teorías locas, de noches enteras intentando adivinar quién se ocultaba detrás de esa pantalla y de buscar señales donde parecía no haber nada... esta era la última pista que me faltaba para confirmar, sin una sola sombra de duda, que él sí era sombra22. Santiago era él. Todo este tiempo lo había tenido enfrente.
Con el corazón latiéndome en la garganta y una mezcla de sorpresa y adrenalina recorriendo cada rincón de mi cuerpo, giré lentamente la cabeza hacia la avenida principal que bordeaba el parque.
Y allí, a la distancia, caminando con paso firme y despreocupado mientras se quitaba la chaqueta del instituto, lo vi aparecer.
Era él.
Era ahora o nunca.