Rebelde, inteligente y apasionada. Emma de la Rivera nunca ha permitido que nadie controle su destino. Pero cuando Damián Thorne se cruza en su camino, el choque de dos voluntades inquebrantables se vuelve inevitable. Él está acostumbrado a dominarlo todo; ella, a no doblegarse ante nadie. ¿Podrá Damián domar el espíritu de Emma, o terminará cayendo en su propia trampa?
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Capítulo VI El chantaje
Una vez terminado el almuerzo y para evitar que su padre la siguiera reprendiendo, Emma agarró sus cosas de la universidad y se dispuso a salir de aquella casa tormentosa, pero en el camino se encontró de frente con samantha quien sabía bien lo que había hecho con Rodrigo.
—Eres una patética perdedora y estoy segura de que en lo arruinarás todo en el bufet de Damián —, susurró tan bajo que solo Emma escuchó.
—Déjame en paz, Samantha. Soy la menos interesada en ir a ese bufet, ahora sí me disculpas tengo clases que atender.
Emma intentó abrirse paso y seguir su camino, pero los celos de Samantha no se lo permitieron.
—No sabes cuánto disfruté ver tu cara de rápida cuando me viste del brazo de Rodrigo, fue un espectáculo épico —, dijo Samantha sabiendo que eso le abría una herida a su hermana.
—Quédate con esa basura que no vale ni un centavo, son tal para cual. Igual ya tengo a alguien que si es un verdadero hombre y no se fijaría en alguien como tú.
Tras decir esas palabras Emma finalmente pudo salir de la casa de su padre llevando consigo el peso de una familia que no la quiere. Camino apresuradamente varios metros alejándose de la mansión De la Rivera, sintiendo que el pecho le ardía por las lágrimas que llevaba conteniendo desde que llegó en la mañana. Las palabras de Samantha habían sido como veneno puro sobre una herida abierta, pero no iba a darles el gusto de verla destruida. Nadie tendría ese gusto.
A unas tres cuadras de su casa, resguardada bajo la sombra de un árbol, se encontraba la parada del autobús. Como su padre le tenía prohibido usar los autos de la familia y le administraba el dinero con estricto control para mantenerla sumisa, Emma no tenía más opción que trasladarse a la universidad en transporte público. Acomodó la tira de su bolso sobre el hombro, ajustó sus libros contra el pecho y se dispuso a esperar.
A pocos metros de allí, la imponente camioneta blindada de Damián Thorne salía lentamente del complejo residencial. Damián viajaba en el asiento trasero revisando un contrato en su tableta, cuando el auto se detuvo en el semáforo. Al levantar la mirada por la ventana ahumada, sus ojos oscuros se fijaron en la figura solitaria que esperaba en la acera.
Era Emma.
Damián frunció el ceño, desconcertado. Le parecía una escena ridícula e inverosímil. ¿Qué hacía la "princesa mimada" de Guillermo de la Rivera, la hija a la que su padre acababa de llamar su más grande tesoro, parada en una acera mugrienta esperando un autobús público?
“Seguramente es otra de sus actuaciones para dar lástima o hacerse la humilde”, pensó Damián con desprecio, negándose a creer que hubiera algo genuino en ella. Sin embargo, impulsado por la curiosidad y el deseo de seguir acorralándola, le hizo una seña a su chofer.
La enorme camioneta negra se detuvo suavemente justo frente a la parada. La ventanilla trasera bajó con un zumbido eléctrico, dejando al descubierto el rostro frío y esculpido de Damián.
—Sube, te llevo —ordenó él sin rodeos, con una voz profunda que hizo que los demás peatones en la parada voltearan a mirar.
Emma dio un paso atrás por el impacto. Verlo allí, tan imponente y seguro dentro de su vehículo de lujo, le aceleró el pulso.
—No, gracias. Estoy esperando el transporte para ir a la universidad —respondió Emma con frialdad, intentando mantener la distancia y la barbilla en alto.
Damián arqueó una ceja, divertido por su resistencia.
—No estoy acostumbrado a pedir las cosas dos veces, señorita De la Rivera. Entra al auto.
—Le dije que no —insistió Emma, apretando sus libros contra el pecho—. Puedo moverme por mis propios medios. No necesito nada de usted.
Damián dejó escapar una sonrisa gélida, inclinándose ligeramente hacia la ventanilla. Sus ojos brillaron con una amenaza implícita.
—¿Estás segura de que quieres jugar a la orgullosa conmigo? —murmuró en un tono lo suficientemente bajo para que solo ella lo escuchara—. Sería una lástima que tuviera que llamar a tu adorado padre para explicarle por qué su hija menor pasó la noche en mi penthouse vistiendo solo mi camisa... Me pregunto cómo reaccionaría ante semejante escándalo.
A Emma se le fue el aire de los pulmones. El rostro se le puso pálido de inmediato. El recuerdo del golpe violento que su padre le había dado esa misma mañana le cruzó la mente como una descarga eléctrica. Si Guillermo se enteraba de lo que pasó en el departamento de Damián, no solo la mataría a golpes, sino que le quitaría el acceso a la universidad y cualquier oportunidad de buscar a su madre.
El miedo le oprimió la garganta. Damián notó el cambio drástico en su rostro: el pánico real que inundó sus ojos grises. Aunque le pareció extraño que una amenaza tan simple la aterrorizara a ese nivel, lo atribuyó al miedo malcriado de perder su reputación de "niña buena".
Sin decir una sola palabra más, sometida por el chantaje, Emma caminó hacia la portezuela, la abrió y subió al vehículo.
El interior de la camioneta olía a cuero costoso y al perfume de Damián.
Emma se pegó a la puerta del lado opuesto, poniendo la mayor distancia posible entre ellos.
Damián ordenó al chofer ponerse en marcha y luego giró la cabeza para observarla. Emma mantenía la mirada fija en la ventana, con la mandíbula apretada y una lágrima traicionera amenazando con escapársele. La cacería apenas comenzaba, y Emma acababa de entender que con Damián Thorne no había escapatoria.