Sofía Nieto reservó una habitación de hotel para entregarle su primera vez al novio con quien llevaba dos años.
Pero, en la oscuridad, terminó abrazando al hombre equivocado.
A la mañana siguiente despertó desnuda junto a Damián Godoy: un magnate diez años mayor que ella, dueño de un imperio empresarial y conocido en toda Ciudad Aurora como el Verdugo. Frío, dominante y peligrosamente poderoso, Damián estaba acostumbrado a conseguir todo lo que deseaba.
Y desde aquella noche, empezó a desearla a ella.
Sofía quiso olvidarlo y volver con su novio. Sin embargo, descubrió que él la había traicionado y acababa de casarse con la mujer que provocó el error del hotel. Como si eso no bastara, un accidente dejó a su padre al borde de la muerte y a su familia con una deuda de medio millón de pesos.
Damián pagó la deuda.
Pero no pensaba dejarla desaparecer después.
—Me debes medio millón, nena. Y pienso cobrarlo.
Sofía entra así en el mundo del hombre más temido de la ciudad: su empresa, su casa y una relación que debía terminar en cuanto la deuda quedara saldada.
Para Damián, ella solo sería un antojo pasajero.
Hasta que comenzó a ponerse celoso de cualquier hombre que la mirara.
Hasta que fue incapaz de dormir sin tenerla entre sus brazos.
Hasta que estuvo dispuesto a enfrentar a su familia, a sus enemigos y al mundo entero con tal de protegerla.
Pero Sofía no quiere cambiar una deuda por una jaula. Mientras lucha por construir una carrera, comprar su propia casa y dejar de vivir para los demás, deberá descubrir si Damián realmente la ama… o si solo desea poseerla.
Él creyó que terminaría cansándose de ella.
No sabía que aquella muchacha que entró por error en su cama acabaría convirtiéndose en su única debilidad.
En su antojo.
En su adicción más dulce.
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Capítulo 1
Capítulo 1: La noche equivocada
La culpa la tuvieron mis amigas.
Fue en la cena de despedida de la generación, un mes después de salir de la Universidad Central, cuando todas ya andaban medio borrachas de cerveza tibia y de nostalgia. Alguien sacó el tema —siempre hay alguien que saca el tema— y de pronto las siete estaban encima de mí.
—A ver, Sofi, no te hagas. Dos años con Kevin, ¿y nada de nada?
—¿Nada de nada de nada?
—Un beso —confesé, roja hasta las orejas—. Bueno, varios. Pero nada más.
El escándalo fue de estadio. Que en qué siglo vivía, que las mujeres decentes no se andan guardando como en telenovela de antes, que si me descuidaba otra me lo iba a bajar, que años después iba a estar casada con un feo arrepintiéndome del guapo que no me atreví a tocar.
Y yo, que soy de convencer fácil cuando me hablan bonito, pasé de la vergüenza a la duda, y de la duda a una idea.
El mes siguiente Kevin cumplía años. Yo nunca sabía qué regalarle: tenía la maña de no necesitar nada. Esa noche, entre risas ajenas, se me ocurrió el regalo perfecto.
Me iba a regalar yo.
Solo de pensarlo el corazón se me subía a la garganta. Pero cuando a mí se me mete una idea, se me mete completa.
Así que el día de su cumpleaños, después de un mes entero juntando valor, reservé sola una habitación de hotel, le mandé el número por WhatsApp con un "Kevin, ven en la noche, te tengo una sorpresa", y me metí a bañar. Me tallé de la cabeza a los pies, me sequé el pelo, salí abrazada a la toalla… y, antes de arrepentirme, la solté. Me metí bajo las sábanas, desnuda, hecha un ovillo, con el pudor peleándose contra las ganas.
Nerviosa. Emocionada. Muerta de miedo.
Apagué la luz porque a oscuras me daba menos vergüenza. Y esperé.
Esperé tanto que el sueño me fue ganando. El cuarto estaba negro, apenas un hilo de luna colándose por la cortina. En algún punto oí la puerta.
Me tensé entera. Me hice bolita bajo las sábanas.
Una silueta alta cruzó la penumbra hacia la cama. Kevin. Cerré los ojos con fuerza, entre la ilusión y la pena, esperando que dijera algo, que prendiera la luz, que me descubriera.
No dijo nada.
Se dejó caer en el colchón con un cansancio de plomo. Su mano rozó las sábanas, buscando acomodo… y se detuvo. Sobre mi cintura.
Sentí que el cuerpo entero se le ponía en alerta.
—————
Después supe lo que pasaba del otro lado de esa oscuridad.
El hombre que entró no era Kevin. Era Damián Godoy, dueño de Grupo Godoy, y esa —según la tarjeta que le habían dado en recepción— era su habitación. Venía de una cena, muerto de cansancio, y no prendió la luz porque odiaba la luz y porque pensaba dormir cinco minutos antes de bañarse. Extendió la mano en su propia cama y encontró, en lugar de sábanas frías, una piel tibia, suave, viva.
Una mujer. Desnuda.
No era ningún ingenuo. Un hombre como él no llega a donde llegó siendo confiado. Se quedó quieto, en guardia, calculando. Pero la palma no se le quería despegar de esa cintura. Y la luna, o el cansancio, o vaya uno a saber qué, le aflojaron por una vez la desconfianza.
—————
Yo, del otro lado, empezaba a impacientarme. Este Kevin, tan tímido siempre. Sabe que estoy aquí y ni se mueve.
Me acordé de mis amigas. A veces una tiene que dar el primer paso.
Junté todo el valor que me quedaba y lo abracé. Me pegué a él, a ese pecho ancho y firme, con el corazón latiéndome contra sus costillas.
Él se puso rígido un segundo. Y luego dejó de estarlo.
Lo que vino fue como una ola. Una mano me tomó la barbilla en la oscuridad y me besó, y no fue un beso tímido de los que yo conocía: fue un beso hondo, hambriento, que me dejó sin aire y sin ideas. Me asusté y me derretí al mismo tiempo. Kevin nunca me había besado así. Pensé, tontamente, orgullosa: le encantó la sorpresa.
Mantuve los ojos cerrados todo el tiempo. Cerrados por pena, cerrados porque a oscuras y a ciegas me atrevía a lo que despierta jamás. Dolió —era mi primera vez— y aun así me mordí los labios y lo seguí, torpe y valiente, aferrada a él como quien se aferra a una idea antes de que se le escape.
Solo una vez, cuando alcancé a susurrar que no, que despacio, entreabrí los párpados. Pero sus hombros anchos tapaban la poca luna que había, y lo único que vi fue un torso firme, cubierto de sudor, subiendo y bajando sobre mí en la penumbra. Volví a cerrar los ojos y me dejé llevar por algo que no tenía nombre.
Aquella noche fue larguísima. Terminé rendida, dormida sin querer, con un brazo pesado y posesivo rodeándome la cintura.
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Desperté con el cuarto lleno de luz.
Giré la cabeza sobre la almohada, todavía tibia de sueño, y vi al hombre que dormía a mi lado.
No era Kevin.
El grito me salió del alma. Alto, agudo, de película de terror. Me tapé la boca con las dos manos y me tragué el resto, pero el corazón se me había ido a la garganta, porque esa cara no me era del todo desconocida. La había visto de lejos, en fotos, en el noticiero: era Damián Godoy. El de Grupo Godoy. Al que en toda Ciudad Aurora le decían, con la voz bajita, el Verdugo. Del que corría el rumor de que había mandado matar. Del que la gente se apartaba en los pasillos.
Me arrastré hacia atrás en la cama, con las lágrimas temblándome en los ojos. No puede ser. No, no, no. Yo le preparé una sorpresa a mi novio. ¿Cómo terminó siendo esto?
¿Dónde estaba Kevin?
Él ni siquiera se sobresaltó con mi grito. Nada más frunció el ceño, molesto de que le cortaran el sueño. Sus pestañas —larguísimas, ahora que lo tenía a un palmo— temblaron, y abrió los ojos despacio, con una pereza de gato satisfecho, hasta clavarlos justo en los míos, que nadaban en lágrimas.
Se quedó de lado, sin moverse, mirándome como se mira una presa que cayó sola en la trampa. Con la luz del día me repasó entera, sin prisa, y algo se le prendió detrás de esos ojos negros. Vi cómo, muy adentro, tomaba una decisión sobre mí, tan tranquilo como quien decide qué va a desayunar.
Yo temblaba. Él sonrió de medio lado.
Tan tierna, tan asustada. Alcancé a leérselo en la cara, aunque todavía no supiera que aquel gesto iba a cambiarme la vida entera.
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No tenía la menor idea de en la cama de quién había amanecido.
Ni de que ese hombre, mirándome con esa calma de dueño, acababa de decidir para sus adentros: me la quedo. Un rato. Hasta cansarme de ella.