Ella es una policía que trabaja en una cárcel. Después de morir, ella reencarna en una joven maga quien en sueños ve como muere, así que despierta decidida a cambiar su destino y a cobrar venganza.
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Regalo 2
La cena continuó entre sonrisas y pequeñas provocaciones.
Circe había intentado varias veces averiguar qué era aquel misterioso regalo, pero Adrian se había negado a darle siquiera una pista.
Finalmente, cuando terminaron de cenar, el duque tomó una copa y se la ofreció.
—Para usted.
Circe la recibió con una sonrisa.
—¿Y ahora sí puedo saber qué me está ocultando?
Adrian tomó la carpeta que había dejado junto a él y la puso sobre la mesa.
Circe la miró con curiosidad.
—¿Qué es?
—Ábrala.
Ella dejó la copa a un lado y tomó los documentos.
Al principio no entendió.
Después comenzó a leer.
Registros de deudas.
Deudas de juego.
Compromisos financieros.
Cantidades enormes.
Circe pasó una página.
Después otra.
Y otra.
Hasta encontrar el documento que hizo que sus ojos se abrieran.
La transferencia de aquellas deudas.
Ahora estaban bajo control de los Vanderbilt.
Circe se quedó completamente quieta.
[¿Qué...?]
Siguió leyendo.
Había todo lo necesario para poner a Lord Root en una situación financiera desesperada.
No era simplemente información.
Era poder.
Mucho poder.
Levantó lentamente la mirada.
—¿Cómo supiste?
Adrian no respondió inmediatamente.
La observó con seriedad.
—En la boda.
Circe guardó silencio.
—Cuando viste a Lord Root.. cambiaste.
Ella bajó la mirada.
—Solo fueron unos segundos.
—Fueron suficientes.
Circe levantó los ojos nuevamente.
Adrian continuó..
—He pasado muchos años observando a las personas. Sé reconocer una expresión de miedo.
Circe apretó ligeramente los dedos sobre los documentos.
—Así que decidiste investigar.
—Sí.
—¿Solo por mis expresiones?
—Todo lo tuyo es importante
Adrian le explicó que había revisado los negocios de Lord Root, sus deudas y sus antecedentes.
Después le habló de la declaración del antiguo sirviente.
De la mujer extranjera.
Del cabello azul claro.
Del embarazo.
De la hija abandonada.
Y finalmente de las fechas.
—La edad coincidía.. También el lugar donde encontraron a la niña y la descripción de su madre.
Circe permaneció en silencio.
Él no necesitó decir el resto.
Ambos sabían lo que significaba.
Circe tragó saliva.
—Entonces lo sabes.
Adrian asintió.
—Creo que sí.
Ella bajó nuevamente la mirada hacia la carpeta.
Durante unos segundos no pudo hablar.
Había pasado tanto tiempo pensando que tendría que hacerlo todo sola.
Que tendría que reunir información durante años.
Que tendría que fortalecerse.
Que tendría que encontrar la manera de destruir a los Root sin que nadie pudiera detenerla.
Había pensado que necesitaría acercarse a ellos poco a poco.
Utilizar sus negocios.
Encontrar sus debilidades.
Y quizás pasar años construyendo su venganza.
Pero había subestimado algo.
El poder de Vanderbilt.
Y, quizás todavía más, el interés que Adrian tenía por ella.
—Pensé que me costaría mucho más
admitió en voz baja.
Adrian la miró.
—¿Qué cosa?
—Conseguir algo así.
Circe pasó los dedos por los documentos.
—Pensé que tendría que trabajar durante años para conseguir información suficiente.
Sonrió débilmente.
—Había subestimado su poder.
Adrian se levantó.
Caminó hasta colocarse frente a ella.
—Y quizás me ha subestimado a mí.
Circe levantó la mirada.
Adrian se inclinó ligeramente.
—No quiero que haga nada que no quiera hacer.
Ella permaneció inmóvil.
—Pero tampoco voy a impedirle buscar justicia.
Circe sintió un nudo en la garganta.
—¿Justicia?
Adrian sostuvo su mirada.
—O venganza.
Ella soltó una pequeña risa.
—No sé si lo mío puede llamarse justicia.
—No me importa cómo lo llame.
Adrian tomó suavemente la carpeta y la cerró.
—Esto es suyo.
Circe lo miró sorprendida.
—¿Mío?
—Sí.
Entonces Adrian se acercó un poco más.
—Yo puedo ser su daga.
Circe abrió ligeramente los ojos.
—¿Qué?
—Si necesita que algo se mueva, puedo hacerlo.
Su voz era tranquila.
Segura.
—Si necesita información, la conseguiré.
—Adrian...
—Si necesita que alguien pierda su poder, puedo ayudarla.
Circe lo observaba sin poder apartar la mirada.
Él sonrió ligeramente.
—Pero usted puede usar la daga como quiera.
El silencio se apoderó del comedor.
Circe miró nuevamente la carpeta.
Después a Adrian.
Y algo dentro de ella se quebró.
No de dolor.
De emoción.
Porque nadie había hecho algo así por ella.
En su vida anterior había aprendido a depender únicamente de sí misma.
En aquella vida, la antigua Circe había tenido al templo.
A Roun.
A Megara.
Pero incluso entonces había pensado que tendría que protegerse sola.
Y ahora...
Un hombre poderoso acababa de decirle que podía utilizar su poder para ayudarla.
Sin pedirle nada a cambio.
Circe sintió que sus ojos se humedecían.
Rápidamente desvió la mirada.
—No debería hacerme regalos tan grandes.
Adrian sonrió.
—¿Por qué?
—Porque podría acostumbrarme.
Él levantó suavemente su rostro para que lo mirara.
—Ese era precisamente el objetivo.
Circe soltó una pequeña risa entre lágrimas.
—Eres terrible.
—Lo sé.
Ella miró nuevamente los documentos.
Lord Root.
Sus deudas.
Su poder.
Todo aquello estaba ahora al alcance de sus manos.
Pero esta vez no estaba sola.
Circe respiró profundamente.
Y sonrió.
Una sonrisa diferente.
No era la sonrisa peligrosa que había utilizado al pensar en su venganza.
Era una sonrisa sincera.
[Realmente hizo esto por mí.]
Miró a Adrian.
—Gracias.
Él acarició suavemente su rostro.
—No tienes que agradecerme.
Circe cerró los ojos durante un instante.
Y por primera vez desde que había despertado en aquel mundo, comprendió algo que jamás había imaginado:
Quizás no necesitaba hacer absolutamente todo sola.
Podía ser fuerte por sí misma.
Podía construir su propio poder.
Podía vengarse de Lord Root con sus propias manos.
Pero ahora tenía a alguien dispuesto a colocarse a su lado.
No delante de ella.
No encima de ella.
A su lado.
Y eso, para Circe, significaba mucho más que cualquier documento.
Mucho más que cualquier deuda.
Mucho más que cualquier fortuna.
[Quizás encontré algo que no sabía que estaba buscando.]
Levantó la mirada hacia Adrian.
Y sonrió.
—Entonces, duque Vanderbilt...
—¿Sí?
Circe tomó nuevamente la carpeta.
Sus ojos brillaron con una determinación renovada.
—Creo que ya tengo una daga.