Ella murió a manos de su propia hermana. Pero el destino le dio una segunda oportunidad: despertó en el cuerpo de una mujer inteligente, carismática y casada con el hombre más poderoso y deseado. El mismo hombre por el que siempre había sentido admiración.
Todo parece un sueño hecho realidad. Hasta que descubre que el "amor del pasado" de su esposo no es otra que su asesina.
Ahora, atrapada en un matrimonio que cree una farsa, solo quiere una cosa: el divorcio y la libertad para vengarse. Pero su esposo, frío e implacable con el mundo, se convierte en un muro de fuego cuando ella pronuncia la palabra "Divorcio".
Él no piensa soltarla. Ella no piensa quedarse.
Y entre la venganza, los secretos y un deseo que ninguno de los dos puede controlar, comienza una guerra de poder donde el amor se disfraza de odio... y la verdad podría ser el arma más peligrosa de todas.
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Capítulo 15: La Celebración
Alessandra llegó a casa con el mejor humor del mundo. Dios, haberle dicho todo aquello a Fernanda había sido lo más refrescante que pudo haber hecho en toda su vida.
Bajó del auto con una sonrisa que no podía ocultar. La casa estaba en un silencio acogedor, solo interrumpido por el leve sonido de la música que venía de algún lugar. Clara la recibió en la entrada con su sonrisa habitual.
—Buenas noches, señora. Su esposo ya llegó y la espera en el comedor.
—¿Ah, sí? —preguntó, levantando una ceja con curiosidad—. ¿Y para qué?
—No quiero arruinar la sorpresa —respondió Clara, con un guiño cómplice—. Mejor pase y vea.
Alessandra entró al comedor y se detuvo en seco.
Sobre la mesa, una serie de platillos exquisitos estaban dispuestos con una elegancia que parecía sacada de un restaurante de lujo. Langosta, camarones, pescado en salsa de mariscos, una ensalada fresca, y al fondo, una selección de postres que harían babear a cualquiera. Uff, tiempo que no probaba algo así.
Y allí, sentado en la cabecera de la mesa, estaba Dante. Con su traje oscuro, el cabello ligeramente despeinado, y una expresión seria que se suavizó apenas cuando ella entró.
—¿Esto es para nosotros? —preguntó, señalando la mesa con la mano.
—Sí —respondió él, con su voz grave—. Siéntate. Está todo listo.
Ella no necesitó que se lo repitieran. Se acercó a él y le dio un beso en el rostro, toda emocionada, sin prestar atención a las empleadas que trataban de no reírse disimuladamente mientras salían del comedor.
—Gracias —dijo, sentándose—. Esto es... increíble.
—No es para tanto —respondió él, con esa modestia que siempre lo acompañaba.
—Claro que es para tanto. ¿Has visto esto? Langosta, camarones, postres... —señaló cada plato con la cuchara—. Estoy a punto de llorar de la emoción.
Dante la miró con una ligera curva en los labios que casi podría llamarse sonrisa.
—Come antes de que se enfríe.
Y ella comió. Dios, cómo comió. No había probado mariscos desde que despertó en este cuerpo, y cada bocado era un recordatorio de lo mucho que le gustaban al igual que a Alessandra al parecer. Camarones, langosta, pescado... todo estaba perfecto. Masticaba con entusiasmo, cerraba los ojos con placer, y de vez en cuando soltaba algún comentario entre bocado y bocado.
—Esto está delicioso.
—Mmm, esto sí que es vida.
Él la miraba con paciencia, sin prisas, comiendo con la misma calma con la que hacía todo. Parecía disfrutar viéndola disfrutar.
—Me alegra que te guste —dijo, y su voz sonó más suave de lo habitual.
Cuando terminaron de cenar, y después de que Alessandra se hubiera servido un segundo plato de postre porque "no podía dejar que eso se desperdiciara", Dante la miró con una expresión que ella no supo interpretar.
—Tengo algo para ti —dijo.
—¿Algo para mí?
—Sí. Te lo dejé en la habitación.
Alessandra arqueó una ceja, divertida.
—¿Me estás conquistando, Dante Moretti?
Él no respondió. Solo la miró con esos ojos miel que parecían saber más de lo que decían.
—Sube —dijo—. Verás.
Alessandra sonrió de medio lado y, con ese tono tan descarado que la caracterizaba, preguntó:
—¿Acaso estás tratando de seducirme con regalos? Porque si es así, te digo que está funcionando.
Dante no dijo nada. Pero sus ojos brillaron con algo que ella no supo descifrar.
Alessandra subió las escaleras con paso ligero, sintiendo la curiosidad quemándole por dentro. Entró a la habitación matrimonial y allí, sobre la cama, encontró una caja negra de terciopelo. Grande, elegante, con un lazo plateado que la envolvía.
La abrió con cuidado.
Dentro, un vestido. Negro con gotas de diamante un lazo blanco que contrastaba todo el vestido, con un diseño que combinaba elegancia y modernidad. A su lado, un estuche con unos aretes de plata y un brazalete que combinaban perfectamente.
Alessandra sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.
—Es perfecto —murmuró, pasando los dedos por la tela suave del vestido.
—¿Te gusta?
La voz de Dante la sobresaltó. Estaba apoyado en el marco de la puerta, con los brazos cruzados y esa expresión seria que ya empezaba a conocer.
—¿Si me gusta? —repitió ella, girándose para mirarlo—. Dante, esto es... es hermoso. ¿Por qué hiciste esto?
Él dio un paso adelante, luego otro, hasta quedar frente a ella.
—Es para el evento —dijo—. La celebración del compromiso de los Fernández. Quiero que te veas hermosa.
Alessandra parpadeó.
—¿Y elegiste esto tú solo?
—Sí.
—¿Sin ayuda de nadie?
—Sí.
Ella lo miró, sintiendo que algo en su pecho se movía. No sabía qué era. No sabía si era bueno o malo. Pero estaba allí.
—Gracias —dijo, con una voz más suave de lo que pretendía—. De verdad.
Dante asintió y se giró para salir.
—Descansa —dijo, sin mirar atrás—. Mañana será un día largo.
Alessandra se quedó mirando el vestido, los aretes, el brazalete. Y mientras sus dedos acariciaban la tela, no pudo evitar sonreír.
—Vaya —murmuró—. Este hombre sí que sabe cómo hacer las cosas.
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Pasaron los días. Alessandra seguía tomando el control de su empresa, cada vez más segura. Cada reunión, cada contrato, cada decisión la hacía sentir más fuerte. Pero también dedicaba tiempo a investigar a su familia. A los Fernández. A su padre. A esa hija ilegítima que nadie mencionaba.
Hasta que llegó el sábado.
Esa tarde, Alessandra estaba en la habitación terminando de arreglarse. Su cabello rojizo caía en ondas perfectas sobre sus hombros. El vestido Negro que Dante le había regalado le quedaba como un guante, ajustándose a sus curvas con una elegancia que la hacía sentir poderosa. Los aretes de plata y el brazalete complementaban el conjunto.
Se veía radiante.
Sexy.
Cuando estuvo lista, bajó las escaleras y encontró a Dante esperándola en el vestíbulo. Él llevaba un traje negro impecable, una camisa blanca y una corbata oscura. Su mirada se detuvo en ella un momento más de lo necesario. Sus ojos miel recorrieron su figura de arriba abajo, lentamente, como si estuviera memorizando cada detalle.
—¿Lista? —preguntó, con la voz más grave de lo habitual.
—Lista —respondió ella, con una sonrisa.
Ambos se subieron al auto. El chofer arrancó y el vehículo se deslizó por las calles de la ciudad.
El lugar donde se celebraba el evento era enorme. Un salón de fiestas de esos que solo los millonarios pueden pagar, con techos altos, candelabros de cristal que proyectaban destellos dorados por todas partes, y una pista de baile que brillaba bajo las luces. Había muchas personas de la alta sociedad, todas con copas en las manos, todas sonriendo, todas fingiendo interés en los demás. El murmullo de las conversaciones se mezclaba con la música de una orquesta en vivo.
El auto de Dante se estacionó frente a la entrada. Los paparazzi estaban allí, como siempre, capturando cada movimiento de los invitados. Dante salió primero y rodeó el auto para abrir la puerta de Alessandra. Extendió su mano y ella la tomó, sintiendo la calidez de sus dedos mientras salía del vehículo.
Los flashes comenzaron a dispararse, cegadores, insistentes. Alessandra sonrió con confianza, posando brevemente antes de que Dante la guiara hacia la entrada. Su mano se posó en la curva de su espalda, firme, posesiva, como si estuviera marcando territorio. Ella sintió el peso de su palma a través de la tela del vestido y un escalofrío recorrió su columna.
Detrás de ellos, la señora Moretti llegaba en otro auto, acompañada de un guardaespaldas de la familia.
Cuando entraron, la celebración ya había comenzado. Las luces del salón brillaban intensamente, y la orquesta tocaba un vals suave. El señor Fernández estaba en el centro del salón, con una copa en la mano y una sonrisa.
—Señoras y señores —comenzó a hablar, su voz amplificada por el micrófono—. Quiero agradecerles a todos por estar aquí. Hoy celebramos el compromiso de mi hija Fernanda con Alexander Santander. Una unión que, estoy seguro, traerá felicidad a ambas familias.
Alessandra observó desde la distancia. Fernanda estaba a su lado, sosteniendo el brazo de Alejandro con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Llevaba un vestido blanco impresionante, con un escote que dejaba poco a la imaginación, como si supiera que todas las miradas debían estar sobre ella. Alexander, por su parte, sonreía con esa seguridad de quien sabe que está en el centro de atención.
El señor Fernández bendijo a los comprometidos, y los aplausos comenzaron. Un estruendo de palmas que llenó el salón.
Alessandra aplaudió. Lentamente. Suavemente. Con una media sonrisa que solo ella sabía interpretar. Sus dedos rozaron la copa de champán que sostenía, y por un momento, sintió que la burbujeante ironía de la situación le subía por la garganta.
Luego, la multitud comenzó a moverse. La gente se acercaba a felicitar a la pareja, a intercambiar saludos, a fingir interés en conversaciones vacías. Las risas resonaban huecas, los abrazos eran fríos, las sonrisas no llegaban a los ojos.
Dante y Alessandra se acercaron a la fila de invitados. Dante, a su lado, se notaba tenso. Su mandíbula estaba apretada, sus hombros rígidos. Alessandra lo sintió antes de verlo. No era su imaginación. Algo le pasaba.
Sus dedos, que descansaban sobre la espalda de ella, se tensaron ligeramente. Su respiración se volvió más profunda. Sus ojos se fijaron en un punto lejano, evitando el frente de la fila.
Cuando llegaron frente a Fernanda y Alexander, la tensión se hizo más palpable. El aire alrededor de ellos parecía espesarse. Fernanda sonrió, pero su mirada se desvió hacia Dante con una intensidad que Alessandra sintió como una puñalada. La miró como si el resto del mundo no existiera. Como si solo él estuviera allí.
—Señor Moretti —dijo Fernanda, y su voz era un susurro que pretendía ser casual pero que vibraba con algo más profundo—. Qué sorpresa verlo.
—Señorita Fernanda —respondió él, y su voz era fría, medida. Un bloque de hielo—. Felicidades.
—Gracias —dijo ella, sin apartar la mirada—. Me alegra que haya venido. Pensé que quizás... no querría.
Dante no respondió. Solo asintió brevemente, con un movimiento tan mínimo que casi pasó desapercibido. Alessandra notó cómo evitaba cruzar mirada con ella. Como si no pudiera soportar verla. Como si mirarla fuera un dolor que no estaba dispuesto a enfrentar.
Fernanda, por su parte, parecía decepcionada. Sus ojos se clavaron en Dante un momento más, como si esperara algo que no llegó. Algo que él no estaba dispuesto a darle. Luego, se giró hacia Alessandra con una sonrisa que era más una mueca.
—Alessandra —dijo, y su tono era dulce, demasiado dulce, como el veneno disfrazado de caramelo—. Qué vestido tan hermoso. ¿Dónde lo compraste? Es que no recuerdo haberlo visto en las tiendas de la ciudad.
Las palabras parecían un cumplido, pero Alessandra sintió el filo oculto detrás de ellas. Era una trampa. Una provocación.
Alessandra sostuvo su mirada sin inmutarse, con la copa en la mano y una sonrisa que no revelaba nada. Dio un pequeño sorbo a su champán, saboreando el momento.
—Me lo regaló mi esposo —respondió, con una voz tan dulce como la de Fernanda, pero con un toque de veneno propio—. Él sabe lo que me gusta. Tiene buen ojo para los detalles. ¿No te parece?
Las palabras cayeron como una piedra en un estanque. Fernanda parpadeó, y por un segundo, su sonrisa se resquebrajó. Su mirada se desvió hacia Dante, como si buscara una reacción. Pero él seguía con la misma expresión de piedra, sin mirarla.
—Qué detalle —dijo Fernanda, forzando la sonrisa de nuevo—. Mi prometido también tiene detalles conmigo. ¿Verdad, amor?
Alexander, que había estado observando la interacción con una sonrisa, asintió.
—Claro, cariño. Siempre.
Alessandra sintió el brazo de Dante tensarse bajo su mano. Era casi imperceptible, pero ella lo sintió. Y aunque no sabía por qué, ese pequeño gesto le generó un nudo en el estómago. Una sensación incómoda que no podía nombrar.
—Bueno —dijo, rompiendo el momento con una ligereza que no sentía—. Disfruten la velada. Nosotros iremos a saludar a otros invitados.
Se giró, enlazando su brazo con el de Dante con una naturalidad que no sentía, y lo guió lejos de allí. Caminaron entre la multitud, entre risas y conversaciones vacías, hasta que estuvieron lo suficientemente lejos.
—¿Todo bien? —preguntó, en voz baja, sin mirarlo.
—Sí —respondió él—. Todo bien.
Pero Alessandra no estaba convencida. Algo en la forma en que Fernanda lo había mirado, en la forma en que Dante había evitado su mirada... no cuadraba.
No sabía qué era. No sabía si había algo entre ellos. Pero la incomodidad se quedó con ella, instalada en su pecho como una piedra.

DANTE MORETTI
será que ése viejo sabe que Fernanda mato a Ana y por eso no quiso investigaciónes.!!?? 😱
Alessandra mal interpretó todo o no puede que el todavía sienta algo por la zorra esa