Durante tres años, Ximena Salazar esperó a un esposo que huyó al extranjero con su amante la misma semana de la boda. Cuando Fernando regresa a Monteverde con esa mujer embarazada del brazo, Ximena deja de esperar.
Le devuelve el apellido, recupera todo lo que entregó a la familia Ayala y decide seguir adelante con el único hombre que nunca le ha pedido explicaciones: Adrián, el desconocido irresistible al que ha mantenido en secreto durante tres años.
Solo hay un problema.
Adrián no es pobre, ni indefenso, ni el amante discreto que ella creía tener bajo control. Es el heredero de los Bramonte, el magnate más temido de la Capital y un hombre capaz de poner de rodillas a una familia entera con una sola llamada.
Mientras su exmarido intenta recuperarla, una falsa heredera roba su nombre y la alta sociedad se empeña en destruirla, Ximena tendrá que revelar los secretos que lleva años ocultando. Porque ella tampoco es una mujer cualquiera.
Él podría darle un imperio.
Pero Ximena ya sabe construir el suyo.
Y Adrián solo quiere una cosa a cambio: que la mujer que lo “mantuvo” deje de tratarlo como un capricho y lo elija para siempre.
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Capítulo 5
Cap 5: El heredero de la Capital
No habían pasado ni diez minutos cuando la última mesa, junto a la cocina, dejó de estar sola.
—¿Tú eres Ximena, verdad? ¿La del perfume? —Una muchacha de vestido esmeralda se sentó a su lado sin pedir permiso—. Soy Regina, hija del gobernador. Oye, ¿me pasas tu WhatsApp? Necesito esa fórmula. Mi mamá no duerme y ya probamos de todo.
—El mío también, el mío también —dijo otra, abriéndose paso.
En un momento tenía a media docena de señoritas del círculo alrededor, todas encantadoras de golpe, todas con el teléfono en la mano. Ximena, divertida, les fue dando su número y prometiendo frasquitos a diestra y siniestra. No le costaba nada. La generosidad, bien administrada, era la mejor de las inversiones.
—Están todas muy amables de repente —comentó, con una sonrisa ladeada.
—Ay, es que… —Regina bajó la voz, cómplice—. Vamos a ser sinceras. Le caes bien a doña Consuelo. Y quien le cae bien a doña Consuelo… —Suspiró, y las demás suspiraron con ella—. Tú no lo has visto, ¿verdad? A Adrián Bramonte.
—No.
—Entonces no sabes de lo que hablamos. —Regina se abanicó con la mano—. Yo lo vi una vez, de lejos, dos segundos. Dos segundos, Ximena. Y ya no pude ver a ningún otro hombre igual. Ninguna de nosotras puede. —Las demás asintieron, embobadas—. El que le pone los ojos encima a ese hombre, ya no admira a nadie más en su vida.
—Y ni se te ocurra coquetearle —añadió, bajando todavía más la voz—. La última que lo intentó en serio fue la hija de un senador. Preciosa, de buena familia. Le mandó flores, le mandó recados, se le atravesó en tres galas seguidas. ¿Sabes qué hizo él? Nada. Ni la volteó a ver. La muchacha acabó yéndose a estudiar fuera del país, del puro ridículo. —Suspiró—. Con ese hombre no se juega. O te mira, o no existes para él. Y nunca ha mirado a nadie.
Ximena escuchó con media sonrisa y no dijo lo que pensaba: que a ella, tres años atrás, un desconocido de belleza imposible la había mirado una noche entera, sin apartar los ojos, desde el rincón de un antro.
Desde la mesa de al lado, doña Leticia escuchaba con los labios apretados. Ella entendía la jugada mejor que su hija: las muchachas rondaban a Ximena no por el perfume, sino por el atajo. Caerle bien a la favorita de la abuela era acercarse a la abuela; y acercarse a la abuela era la única puerta hacia el nieto. Cualquiera de esas niñas soñaba con convertirse, algún día, en la señora de los Bramonte.
—Yo también podría —murmuró Susana, con los ojos encendidos—. Si él me conociera…
—Ni lo pienses. —Doña Leticia la sujetó de la muñeca por debajo de la mesa, seca—. Los Bramonte no juegan en tu liga. Compórtate.
Ximena las oía a medias. Su mente se había ido, sin querer, tres años atrás.
La noche en que Fernando se subió al avión con Lili, Noa —su mejor amiga, la única persona en el mundo con la que se desahogaba— la había arrastrado casi a rastras a un antro: el Caballo Negro. "Vas a beber, te vas a reír y vas a olvidar a ese pendejo aunque sea por una noche, Xime, palabra de comadre." Ximena bebió. Bebió de más. Y de esa noche borrosa solo quedaban retazos: música, luces, y un muchacho de una belleza que no parecía real, sentado a su lado, dejándose mirar.
A la mañana siguiente despertó con él dormido junto a ella y con una idea absurda instalada en la cabeza. Deslumbrada, con la resaca y el corazón hecho trizas por Fernando, hizo lo único que se le ocurrió para sentir que ella mandaba en algo: sacó la chequera.
—De ahora en adelante yo te mantengo —le había dicho, medio en broma, medio en serio—. Vives en mi casa, no preguntas nada, y vienes cuando yo te llame.
Y él —vaya sorpresa— aceptó.
No se rió de la propuesta ni la recibió como una limosna. Se quedó viéndola con una calma extraña, como si llevara mucho tiempo esperando justo esa frase, y contestó una sola cosa: "Está bien. Pero la casa la escojo yo." Escogió Villaverde, la más apartada, la más escondida de todas, en las afueras de Monteverde. A ella, entonces, le pareció un capricho de niño consentido.
Desde entonces, Villaverde. Un cheque cada mes. Él solo de noche, nunca de día. Y ella jamás, ni una vez en tres años, le preguntó cómo se apellidaba ni de dónde había salido. Le convenía no saber. Un capricho sin nombre no compromete a nada.
—…¿verdad, Ximena?
—¿Mmm? —Volvió a la mesa, a las señoritas—. Perdón, me distraje.
Regina no alcanzó a repetir la pregunta.
Porque en ese instante el murmullo del salón se apagó, como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo.
Por el pasillo central avanzaba un hombre.
Era alto y vestía un negro impecable. La piel muy blanca, casi de mármol, y los labios de un rojo oscuro acentuaban el aire de frío que hacía que la gente se apartara sin darse cuenta. Avanzaba sin sonreír ni mirar a nadie, dueño del suelo que pisaba.
Las señoritas contuvieron el aliento a coro.
—Es él —susurró Regina, con la voz temblona—. Es Adrián.
Ximena levantó la vista.
Y la sangre se le fue de la cara.
Reconocía aquel rostro, aquella estatura y la línea de esos hombros. Dios, lo conocía de memoria: lo había tenido entre los brazos esa misma madrugada.
Pero no podía ser. El hombre que ella mantenía en Villaverde era cálido, juguetón, canalla; ronroneaba, hacía berrinches, se dejaba querer. Este era hielo puro. Un témpano con cara de ángel. Dos hombres imposibles de reconciliar en uno solo.
Adrián pasó junto a la última mesa sin aminorar el paso, sin girar la cabeza, sin concederle a Ximena ni una décima de segundo de su atención.
Ella se quedó de piedra, con el vaso a medio camino de los labios, el corazón golpeándole las costillas.
Se obligó a beber, nada más para darles algo que hacer a las manos. El agua le supo a metal. En la mesa de honor, el hombre de mármol se sentó, cruzó una pierna sobre la otra y contestó con un monosílabo a un funcionario que se deshacía en atenciones, sin concederle a nadie más que el perfil. Ninguna de las señoritas embobadas a su alrededor sabía que ese perfil de hielo, esa misma madrugada, se había acurrucado contra el hombro de Ximena pidiéndole cinco minutos más.
"¿Es él?", pensó, y sintió un escalofrío. "No. No puede ser. Es imposible."