El jefe mafioso más temido de España, Damon Burgos, conocido como el Padrino, gobierna con puño de hierro y sin piedad. Christine, una brillante cirujana, carga con un odio profundo hacia él: fueron los hombres de su banda quienes acorralaron a su madre hasta llevarla al suicidio. Damon la ha observado durante meses, deseándola con una intensidad que lo consume, y exige que ella le dé el heredero que su imperio necesita. Christine se niega, y para escapar de su destino, acepta casarse con un hombre que cree que la protegerá. Pero Damon no permite que nadie le quite lo que es suyo. Irrumpe en la boda, la lleva a su fortaleza y la encierra. Cuando un enemigo de Damon la droga para atacarlo a través de ella, él pierde el control y hará cualquier cosa, destruir ciudades, matar ejércitos, con tal de salvarla. Y entre el odio y el peligro, arde un deseo que ninguno de los dos puede apagar.
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Capítulo 7 — Una Tregua Temporal
El invernadero se había convertido en el espacio más sagrado de la fortaleza. Allí, entre el aroma a tierra húmeda y flores exóticas, el peso del pasado se había aligerado, y con él, la tensión que siempre había llenado cada rincón de la casa. Esa tarde, tras las confesiones que lo cambiaron todo, Damon y Christine permanecieron allí largo rato, sin prisa, sin guardias, sin el miedo que antes había marcado cada encuentro. Por primera vez, no eran el Padrino y su prisionera. Eran dos personas que compartían un recuerdo, una pérdida, y un comienzo que ninguno de los dos se atrevía aún a llamar esperanza.
—¿Quieres cenar conmigo? —le preguntó él, su voz suave, casi insegura, como si temiera que ella rechazara la invitación—. No hay guardias, no hay reglas. Solo nosotros dos. Quiero saber quién eres más allá del odio y del miedo.
Christine dudó un instante, mirándolo a los ojos, buscando en ellos cualquier rastro de mentira o de exigencia. Pero no encontró nada más que sinceridad. Y algo en su interior, ese algo que ya no quería negar, le dijo que aceptara.
—De acuerdo —respondió, y por primera vez en mucho tiempo, su sonrisa fue genuina, sin rencor, sin máscaras—. Cenaremos juntos. Pero solo por hoy. Una tregua.
—Una tregua —repitió él, asintiendo con una media sonrisa que le transformó el rostro, haciéndolo parecer más joven, menos pesado—. Por hoy, no hay cadenas, no hay exigencias. Solo dos personas compartiendo una mesa.
Esa noche, el comedor principal se sintió diferente. La larga mesa de caoba estaba puesta solo para dos, con velas que arrojaban luces cálidas sobre los manteles de lino blanco y la porcelana fina. No hubo sirvientes presentes; Damon mismo sirvió el vino, con una destreza que hablaba de años de costumbre, pero que hizo con una sencillez que la sorprendió. Se sentaron uno frente al otro, y al principio el silencio fue tenso, torpe, como dos extraños que están aprendiendo a conocerse. Pero poco a poco, las palabras empezaron a fluir.
—¿Por qué medicina? —preguntó él, cortando el silencio mientras levantaba su copa hacia ella—. ¿Qué te llevó a querer curar a los demás?
Christine tomó un sorbo de vino, pensando antes de responder.
—Por mi madre. La vi cuidar a todos, incluso cuando ella misma estaba herida. Me enseñó que aliviar el dolor es la forma más noble de estar en el mundo. Quería ser como ella. Ayudar, sanar, devolver la esperanza. —Lo miró a los ojos, con una franqueza que no había usado antes—. Y tú, Damon. ¿Por qué todo esto? ¿Por qué el imperio, el poder, el miedo? ¿Realmente lo elegiste, o te lo impusieron?
Él guardó silencio unos instantes, mirando el líquido rojo de su copa como si en él viera toda su historia.
—Me lo impusieron —reconoció, sin levantar la vista—. Mi padre murió cuando yo era muy joven. No me dejó herencia, solo deudas, enemigos y el peso de un apellido que otros querían destruir. Si no me hacía fuerte, si no me hacía temer, me habrían matado. Y no solo a mí. También a las pocas personas que me importaban. Construí todo esto para sobrevivir. Y luego… un día me di cuenta de que ya no sabía cómo parar. El poder me consumió poco a poco, hasta que olvidé quién era antes de ser el Padrino. Hasta que llegaste tú.
—¿Yo? —preguntó ella, sorprendida.
—Tú me recuerdas quién soy —dijo él, levantando la vista, y sus ojos oscuros estaban llenos de una emoción pura, sin armaduras—. Me recuerdas que hay algo más que violencia y miedo. Que hay bondad, luz, cosas que yo creí perdidas para siempre. Y por eso te necesito, Christine. No solo para darme un heredero. Sino para no perderme a mí mismo.
Las palabras cayeron entre ellos, suaves y pesadas a la vez. Christine entendió entonces que el hombre que tenía enfrente no era solo un jefe mafioso temido por todos. Era un hombre herido, solo, que había construido murallas tan altas que al final ni él mismo podía salir de ellas. Y ella, sin quererlo, era la llave que podía abrir la puerta.
Cenaron hablando de todo y de nada: de libros, de música, de los lugares que querían visitar, de los sueños que dejaron a medias. Por un momento, olvidaron dónde estaban, olvidaron que él la había encerrado, olvidaron el pasado que los había separado durante años. Fue la velada más extraña y más hermosa que Christine había vivido en mucho tiempo. Damon la escuchaba con una atención absoluta, como si cada palabra que ella decía fuera importante, como si nada más existiera en el mundo. Y ella, a su vez, empezó a escucharlo de verdad, no al monstruo que todos temían, sino al hombre que llevaba dentro.
Cuando terminaron, se quedaron junto a la chimenea, mirando las llamas que bailaban en la oscuridad, sin necesidad de hablar. Damon se acercó lentamente, respetando su espacio, dándole tiempo de alejarse si lo deseaba.
—Gracias por esta tregua —le dijo, con voz baja y suave—. No sabes cuánto significó para mí. Poder hablar contigo, sin rencor, sin miedo.
—Fue solo una tregua, Damon —respondió ella, aunque su voz no tuvo firmeza, aunque sus ojos no pudieron apartarse de los suyos—. Mañana… mañana seguimos con todo lo demás.
—Mañana será otro día —dijo él, con una media sonrisa que le llegó hasta los ojos—. Pero hoy, hoy tuvimos esto. Y eso es suficiente para empezar.
Se inclinó lentamente y rozó su frente con la suya, un roce suave, tierno, que no exigió nada, que solo dio. Christine cerró los ojos, sintiendo el calor de su piel, el aroma que ya empezaba a reconocer como hogar, y supo que la tregua era solo el comienzo. Que lo que empezaba a crecer entre ellos era mucho más grande que cualquier prisión, más fuerte que cualquier pasado. Y por primera vez en mucho tiempo, no tuvo miedo de admitirlo.
...La tregua no borró las cadenas… pero por primera vez, dejaron de pesar tanto....
......CONTINUARÁ ......
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