Ella es una policía que trabaja en una cárcel. Después de morir, ella reencarna en una joven maga quien en sueños ve como muere, así que despierta decidida a cambiar su destino y a cobrar venganza.
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Templo 1
Cuando la reunión terminó, Adrian acompañó a Circe hasta la salida.
—Espero volver a verla.
Circe sonrió.
—Entonces esperaré que venga a buscarme.
Adrian levantó una ceja.
—¿No piensa ir sola?
—No.
—Podría secuestrarla del templo.
Circe lo miró con una sonrisa coqueta.
—Para eso tendría que atraparme primero.
Adrian se quedó mirándola.
Aquella respuesta lo tomó completamente por sorpresa.
Después sonrió.
La expresión de fascinación en sus ojos era imposible de ocultar.
Circe se despidió y fue a buscar a Roun y a los demás magos.
Mientras caminaba, sin embargo, pensaba en el duque.
[El moreno es guapo.]
[Es coqueto.]
[Y sabe conversar.]
[Además, parece bastante inteligente.]
Sonrió.
[Pero no voy a esperarlo eternamente.]
No pensaba convertir su nueva vida en una historia donde simplemente esperaba que un hombre poderoso resolviera sus problemas.
Ella había sido policía.
Había aprendido a depender de sí misma.
Y ahora tenía magia.
Una segunda oportunidad.
Y un objetivo.
[Tengo que hacerme más fuerte.]
[La venganza contra los Root es mía.]
Y no era únicamente porque conociera el futuro.
Había algo mucho más importante.
Ese cuerpo tenía su propia historia.
Ese hombre ya había abandonado a Circe cuando era apenas una niña.
Había permitido que su hija creciera sin familia.
Sin protección.
En las calles.
[Así que no necesito esperar a que ocurra el futuro para tener motivos.]
Circe apretó ligeramente los puños.
[Ese viejo Root ya le hizo daño a esta Circe.]
[La abandonó.]
[Así que esto ya no es la venganza de una mujer que recuerda otra vida.]
[Es mi venganza.]
Una sonrisa apareció en su rostro.
[Y pienso cobrarla.]
Cuando regresaron al templo, Circe volvió directamente a entrenar.
Al día siguiente recordó al duque.
Esperó.
No apareció.
Circe sonrió.
[Está bien.]
Y continuó entrenando.
Pasó un día.
Después otro.
Adrian tampoco apareció.
Circe siguió con su rutina.
Durante toda aquella semana perfeccionó hechizos.
Mejoró su control del maná.
Bebió las pociones fortalecedoras que Megara continuaba enviándole.
Entrenó su resistencia.
Y practicó constantemente con la daga que White le había regalado.
Cada vez la sacaba más rápido.
Cada vez la guardaba con mayor precisión.
Cada movimiento comenzaba a ser automático.
Y aquello le producía una satisfacción enorme.
[Estoy mejorando.]
Cada vez que terminaba un entrenamiento, sonreía.
No necesitaba a Adrian para hacerse fuerte.
Si aparecía, bien.
Si no...
Ella continuaría igualmente.
Días después, Circe se encontraba nuevamente en el patio de entrenamiento.
Frente a ella estaba uno de los magos más antiguos del templo.
Era un hombre mayor, de cabello completamente canoso, que sostenía una espada de entrenamiento.
Circe llevaba una daga de madera.
La pelea había comenzado hacía varios minutos.
El anciano tenía algo que ella todavía no podía igualar.
Experiencia.
Cada movimiento suyo parecía calculado.
No desperdiciaba energía.
No hacía movimientos innecesarios.
Circe, en cambio, compensaba su falta de experiencia con velocidad.
Se movía rápidamente.
Atacaba.
Retrocedía.
Cambiaba de dirección.
Buscaba constantemente un punto débil.
El anciano sonrió.
—Vamos, niña.
Circe esquivó un golpe.
—Muéstrame qué tan veloz eres.
Ella soltó una carcajada.
—Con gusto.
Volvió a lanzarse contra él.
La pelea continuó.
Los espectadores comenzaron a prestar atención.
Circe estaba mejorando.
Muchísimo.
Consiguió acercarse.
Giró.
Esquivó.
Atacó.
Por un instante creyó que había encontrado la oportunidad perfecta.
[¡Ahora!]
Se lanzó.
Pero el anciano ya lo había previsto.
Esperó.
Giró su cuerpo.
Y utilizó la experiencia para cambiar completamente el ritmo del combate.
Circe perdió el equilibrio.
—¡Ah!
Terminó en el suelo.
Hubo aplausos alrededor.
Circe quedó tendida unos segundos.
Su cabello, que había comenzado el entrenamiento recogido en un moño alto, ahora estaba completamente desordenado.
La ropa de entrenamiento estaba cubierta de polvo.
Y, en lugar de molestarse...
Comenzó a reír.
—Jajaja... La próxima vez gano.
—Eso espero.
Entonces algo bloqueó la luz del sol.
Circe levantó la mirada.
Una sombra se proyectaba sobre ella.
Tardó un segundo en comprender quién estaba frente a ella.
Adrian Vanderbilt.
El duque le extendía la mano.
Circe lo miró sorprendida.
[¿Qué hace aquí?]
Aceptó su mano.
Adrian la ayudó a levantarse.
Y durante unos segundos simplemente la observó.
Había una expresión extraña en sus ojos.
Fascinación.
—Permítame decirle, Lady Circe...
Hizo una pequeña pausa.
—Que esta pelea ha quedado grabada en mi memoria.
Circe sonrió.
—Espero que eso sea algo bueno.
Adrian sonrió.
—Lo es.
La observó de arriba abajo.
No con descaro.
Sino con genuina admiración.
—No solo es hermosa y una maga destacada.
Su mirada se detuvo en la daga de madera.
—Además, pelea.
Circe sonrió coquetamente.
—¿Y qué hace aquí?
—He venido a buscarla.
Circe levantó ligeramente las cejas.
[Así que finalmente cumplió su promesa.]
—Antes debe hablar con la maga Roun.
Adrian asintió.
—Por supuesto.
Aquello a él no le molestó.
De hecho, parecía estar dispuesto a esperar.
Circe sonrió.
Desde el regreso de la boda de Megara, Roun había dejado bastante claro que debía cuidar de sus otras niñas.
Y Circe quería que Roun conociera personalmente al duque.
Primero...
[Quiero que el duque sepa que no estoy sola.]
Segundo...
Le gustaba escuchar cómo Roun hablaba de ella.
[La maga Roun es protectora con nosotras, eso me gusta]
Y tercero...
[Quiero que él sepa que no será tan fácil llevarme.]
Quería que Adrian entendiera que no estaba frente a una muchacha indefensa.
Era una maga.
Entrenaba usando hechizos.
Manejaba una daga.
Y estaba construyendo su propia fuerza.
[Que me valore.]
Circe sonrió.
—Entonces iré a cambiarme.
Adrian asintió.
—La esperaré.
Ella dio unos pasos.
Después se giró hacia él.
—Mientras tanto, vaya a buscar a la maga Roun.
Le dedicó una sonrisa coqueta.
—Será mejor que hable con ella primero.
Adrian sonrió.
—Como desee, Lady Circe.
Circe se alejó.
Y mientras caminaba hacia el templo, una sonrisa satisfecha apareció en su rostro.
[El duque vino por mí.]
[Perfecto.]
Pero inmediatamente recordó su propio propósito.
[De todos modos, no voy a depender de él.]
Miró su mano.
La misma que sostenía la daga de madera.
[Primero me haré fuerte.]
Y sonrió.
[Después veremos qué puede ofrecerme ese duque.]