Luna Salcedo murió traicionada por su prometido, su hermana y su propia familia. Antes de cerrar los ojos, entendió que el hombre al que más odiaba, Damian Alcázar, quizá había sido el único que nunca la abandonó.
Cuando despierta de nuevo en el pasado, Luna no piensa repetir la misma vida. Para vengarse, recuperar Grupo Rivas y desenmascarar a quienes la destruyeron, toma una decisión que sacude a todos: casarse con Damian, el hombre más temido del círculo empresarial.
Ella solo quería usar ese matrimonio como escudo. Él, en cambio, no piensa soltarla.
Entre celos, secretos familiares, viejas heridas y una pasión que ninguno de los dos sabe controlar, Luna descubrirá que su peor enemigo tal vez siempre fue su única salida.
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Capítulo 7
Capítulo 7
Don Ramiro sonrió con calma.
—El señor duerme en su propia habitación, por supuesto.
Luna sintió que la cara se le calentaba.
Claro.
Él acababa de decirle que esa habitación era para ella. ¿Por qué estaba pensando como si Damián fuera a meterse ahí a la fuerza?
Demasiada desconfianza.
—Gracias.
Cerró la puerta y miró alrededor.
La habitación tenía un estilo duro, limpio, casi frío. Sin adornos inútiles. Las paredes claras, los muebles oscuros, la cama vestida de blanco absoluto.
No parecía un cuarto vivido.
Parecía hotel.
Luna puso el seguro y fue al baño.
Cuando se vio en el espejo, se quedó quieta.
El antifaz.
Todavía lo traía puesto.
Se lo quitó despacio.
Un segundo después, el corazón le dio un brinco.
Si tenía el antifaz puesto, ¿Cómo la reconoció el chofer de Damián?
El chofer no pasó por casualidad. Fue a buscarla.
Entonces Damián sabía que ella había ido a La Hiedra.
Y si Damián sabía...
El hombre de la máscara.
Luna sintió frío en la espalda.
No.
No podía ser.
¿Cómo iba a ir Damián Alcázar a un bar a hacerse pasar por acompañante?
Y aunque fuera cierto, ¿qué iba a hacer ella? ¿Entrar a su estudio y preguntarle: "oye, tú eras el hombre del club que me besó"?
Si quería morir, había formas más rápidas.
—Calma.
Se lavó la cara, se quitó el maquillaje y se metió a la tina.
El agua caliente le soltó un poco el cuerpo.
Por primera vez en todo el día, pudo pensar.
Casarse con Damián fue un impulso.
También fue una estrategia.
Lo usó para golpear a Mateo frente a todos. Lo usó para recuperar Grupo Rivas. Lo usó como escudo, como arma y como prueba de que ya no era la Luna de antes.
No era justo para él.
Tal vez por eso estaba enojado.
Porque entendió que ella lo había usado.
Luna hundió los dedos en el agua.
—Luego me disculpo.
Damián era un hombre adulto.
No iba a pelearle por siempre... ¿verdad?
Pensó en la familia Salcedo.
Antes de morir, los había tratado como familia.
Respetó a su padre.
Cuidó a su madrastra.
Consintió a Renata.
Y todos estaban esperando el momento de venderla.
El préstamo de Grupo Salcedo a Grupo Rivas lo recordaba bien. En la vida anterior, después de la boda, Ernesto le dijo que ese dinero era para hacer obras de caridad en nombre de su madre.
Ella acababa de quedar destruida por lo ocurrido con Damián. No tenía cabeza para nada. Entregó la administración de Grupo Rivas a Mateo.
Mateo usó el grupo de su madre para salvar a Ernesto.
Esta vez no.
El problema era que Luna no sabía dirigir un grupo empresarial.
Había trabajado durante esos cinco años de matrimonio, sí. No era inútil. Pero una cosa era trabajar y otra sostener una empresa enorme con enemigos por todos lados.
Por eso quería aprender de Damián.
No fue una ocurrencia.
Damián era una leyenda viva en los negocios.
Si aprendía aunque fuera una mínima parte de él, tendría con qué defender Grupo Rivas.
Podía pedirle que manejara la empresa por ella.
Pero después de morir una vez por confiar en otros, Luna quería tener todo en sus propias manos.
Que le dieran pescado no servía.
Necesitaba aprender a pescar.
También tenía que investigar el accidente de su madre.
Una cosa a la vez.
Luna empezó a ordenar mentalmente su lista.
Entonces tocaron la puerta.
Toc, toc.
—Señora Alcázar, ¿ya está descansando?
Era don Ramiro.
Luna salió de la tina, se secó rápido y se puso la ropa de casa que estaba preparada. Al abrir la puerta, encontró al mayordomo con cara preocupada.
—¿Pasó algo?
Don Ramiro dudó.
—¿Podría ir a ver al señor?
Luna se tensó.
—¿Qué le pasó?
—¿Podría llevarle algo de comer? Hace un momento lo vi con mala cara. Me preocupa que le haya vuelto el dolor de estómago.
Luna pensó un segundo.
Tal vez era una buena oportunidad para suavizar las cosas.
—¿Está en el estudio?
—Sí, señora.
—Está bien. Lo intento.
La cara de don Ramiro se iluminó como si le hubieran quitado una piedra del pecho.
Hizo una seña.
De inmediato, una empleada apareció con una charola: arroz caldoso, platos ligeros, camarones, verduras, todo servido con cuidado.
Luna tomó la charola con ambas manos.
No sabía por qué, pero también se puso nerviosa.
Mientras caminaba hacia el estudio, empezó a ensayar frases.
Primero disculpa.
Luego Grupo Rivas.
Luego pedirle que le enseñara.
No. Tal vez sonaba demasiado interesada.
Primero comida.
Después disculpa.
Después...
Al llegar frente a la puerta, miró atrás.
Don Ramiro y varias empleadas la observaban desde el pasillo con ojos de ánimo. Una incluso levantó el puño en señal de apoyo.
Luna parpadeó.
¿Tan aterrador era Damián que nadie se atrevía a llevarle cena?
Tocó la puerta.
—Damián ¿puedo entrar?
No hubo respuesta.
Luna miró a don Ramiro.
Él levantó la barbilla, animándola a intentar otra vez.
Tocó de nuevo.
—Entra.
La voz salió grave desde adentro.
Luna soltó el aire.
Abrió.
Don Ramiro, muy oportuno, cerró la puerta detrás de ella.
Del otro lado, él y las empleadas sonrieron entre sí.
El señor era demasiado frío. No sabía perseguir a una mujer.
Tocaba ayudarlo.
El estudio de Damián estaba medio oscuro.
Era la primera vez que Luna entraba ahí. Lo primero que la golpeó fueron los libros. Paredes completas llenas de estantes, de piso a techo. Libros de negocios, historia, finanzas, política, filosofía.
Una biblioteca pequeña.
Luna se sorprendió.
Pensaba que hombres como Damián solo tenían números y dinero en la cabeza.
Al parecer, no.
Damián estaba sentado frente al escritorio, con la computadora abierta y un audífono puesto. Revisaba algo en la pantalla. Su cara seguía igual de fría.
Luna se acercó y colocó la cena en un espacio libre del escritorio.
—Don Ramiro dijo que no cenaste. Prepararon algo. ¿Quieres comer un poco?
Su voz salió más suave de lo normal.
Miró de reojo a Damián, tratando de medir su humor.
Nada.
El mismo rostro serio. Los mismos ojos fríos sobre la pantalla.
¿Seguía enojado?
Seguro sí.
Luna lo observó un poco más.
Sin querer, empezó a compararlo con el hombre de La Hiedra.
La postura.
La calma.
Ese aire de no permitir que nadie se acercara demasiado.
Demasiado parecido.
—¿Hay algo más?
La voz de Damián sonó baja.
Sus ojos siguieron en la computadora.
Luna se enderezó.
Bien.
No estaba tan enojado como imaginaba.
Eso la animó.
Tomó una silla y se sentó frente a él. Se inclinó un poco hacia adelante, con una sonrisa amable de alguien que necesitaba un favor.
—Sí hay algo. Pero podemos hablar cuando termines de comer. El trabajo no es más importante que el cuerpo. La gente con gastritis se hace así por saltarse comidas.
Miró los platos.
Su estómago protestó de inmediato.
Desde que despertó, solo había bebido un poco en La Hiedra. No había comido nada.
—Mira estos camarones. Están ligeros, tienen proteína, se ven firmes. Son mis favoritos.
Se le hizo agua la boca.
—Bien.
Damián apenas la miró y volvió a la pantalla.
Luna apretó los labios.
Había hablado medio minuto y él contestó una palabra.
Muy Damián.
—Estás trabajando —dijo de pronto—. Te los pelo yo.
Era buena idea.
Si comía camarones pelados por ella, tal vez por cortesía le enseñaba algo de negocios.
Luna tomó el plato con entusiasmo.
Sus dedos blancos y delgados se movieron rápido. Uno por uno, los camarones quedaron limpios, acomodados en una fila perfecta.
—Listo. Ya puedes comer.
Damián la miró.
La miró bastante.
Luego bajó los ojos a los camarones pelados y frunció apenas el ceño.
Después soltó un suspiro.
Se quitó el audífono.
—Lo de África se lo encargas al cuarto. Que no vuelva en un mes.
Luna se congeló.
Damián siguió:
—Cierro aquí.
Apagó la computadora.
Luna miró el audífono.
Miró la computadora.
Miró a Damián.
Entendió.
No estaba hablando con ella.
Estaba en una videollamada.
Todo lo que dijo de los camarones, de la gastritis, de pelárselos...
Todo.
Lo dijo frente a quién sabe cuántas personas.
La cara se le incendió.
Ojalá la tierra se abriera.
En la vida anterior, Mateo hacía reuniones por video a veces. Pero siempre le prohibía entrar al estudio. Luna nunca tuvo oportunidad de interrumpirlo.
Ahora acababa de protagonizar una vergüenza internacional frente a Damián Alcázar.
Abrió la boca.
No salió nada.
Damián la miró.
Sus ojos brillantes, la cara roja, esa torpeza que intentaba esconder... por un instante le recordó las lágrimas de La Hiedra.
Ese sabor salado.
El pecho se le apretó.
—Cubiertos.
Luna reaccionó y le pasó los cubiertos como niña regañada.
Damián los tomó.
Dudó apenas.
Luego eligió uno de los camarones que ella peló y se lo llevó a la boca.
Masticó con calma.
Luna vio cómo se comía el camarón completo y por fin relajó los hombros.
Eso contaba como buena señal.
Tomó sus propios cubiertos.
Tenía hambre.
Y esos camarones eran sus favoritos.
Pero apenas fue a tomar uno, el tenedor de Damián choco contra el suyo.
—¿No dijiste que eran para mí?
Luna lo miró.
La posesividad le pareció absurda.
Y un poco... tierna.
Tuvo que apretar los labios para no sonreír.
—Tú come. Si tanto te gustan, no te los voy a quitar.
Damián tomó otro camarón.
—Quieres hablar de Grupo Rivas.
Luna parpadeó.
Qué rápido.
Cada vez le impresionaba más lo preciso que era.
Comió un poco de verdura y una cucharada del arroz caldoso antes de responder.
—Sí. Seguro viste que Grupo Rivas es un pedazo de carne y todos quieren morderlo. ¿Tienes algún consejo?
Tomó un trozo de carne y lo mordió con fuerza, como si fuera Ernesto, Renata o Mateo.
Damián dejó su tenedor.
—¿Cuál es mi pago?
Luna se detuvo.
—¿Pago?
—Te gustan mucho los tratos, ¿no?
La ironía le cayó directo.
Luna bajó la mirada.
Sí.
Lo había usado como parte de un trato no dicho.
Matrimonio por ayuda.
Nombre Alcázar por venganza.
Presencia de Damián por Grupo Rivas.
Y la noche anterior, al final, también fue víctima de la trampa de Renata.
Si alguien tenía derecho a sentirse usado, era él.
Luna dejó su propio cubierto.
—Entonces... ¿qué quieres como pago?
Damián se recargó en la silla.
Sus ojos se hundieron en ella.
La calma de un depredador.
—Lo que quiero, deberías saberlo.
La garganta de Luna se secó.
—Yo... yo...
No podía pagar clases de negocios con ella misma.
¿O sí?
No.
Ni pensarlo.
Cuando ya estaba lista para retroceder, Damián habló de nuevo.
—Desde mañana, cuando te llame, vienes. Obedeces. Si te portas bien, puedo enseñarte algunas cosas.
Cedió.
Porque si la empujaba demasiado, esa mujer sin corazón iba a esconderse otra vez.
Pero al ver el alivio en la cara de Luna, Damián se arrepintió.
Maldita sea.
Otra vez fue blando con ella.
Luna pinchó con el tenedor las cáscaras de camarón que quedaban en el plato.
"Obedecer".
¿Qué incluía exactamente eso?
Antes de que pudiera negociar, Damián se puso de pie.
—Ni lo pienses. No hay negociación. Recuerda algo: me toma un minuto convertir Grupo Rivas en historia.
Si otro hombre decía eso, Luna se habría reído.
Pero Damián podía hacerlo.
Ese era su peso.
Ese era el poder que lo volvía una leyenda.
Y también podía enseñarle lo suficiente para sostenerse dentro de Grupo Rivas.
Luna respiró hondo.
—Está bien. Acepto.
Mientras Damián se levantaba, ella aprovechó.
Con una velocidad descarada, tomó un camarón pelado y se lo metió a la boca.
Masticó, levantando la barbilla con orgullo.
Si no podía negociar, al menos podía recuperar un poco de dignidad robándole comida.
El camarón estaba delicioso.
Más delicioso porque se lo arrebató a Damián.
Luna se sintió victoriosa.
No vio la chispa encenderse en los ojos del hombre.
Damián miró sus labios rojos moverse.
El fuego subió lento.
Luego no tan lento.
Comparada con los camarones...
Ella parecía mucho más deliciosa.