Elisa Ramos, una brillante graduada en literatura, ve sus sueños destrozados una fatídica noche tras sufrir una brutal agresión en los suburbios que la deja atrapada en un mutismo selectivo severo. Justo cuando su humilde familia se enfrenta a la ruina y a una tragedia irreparable, en su vida irrumpe Liam Vance, un implacable y hermético CEO de la construcción. Lo que comienza como un frío acuerdo corporativo se transforma en un refugio inquebrantable cuando Liam la traslada a su mansión y se convierte en su "sombra pacífica". Mientras Elisa intenta recuperar su voz a través de las páginas de una libreta, Liam utiliza su inmenso poder para tejer una red de ingeniería legal y atrapar al culpable: Hugo Santoro, un heredero arrogante e intocable de la zona alta. Una historia magistral donde la sed de justicia y el amor más puro se unen para demostrar que los cimientos del corazón son indestructibles.
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CAPITULO 7. EL PESO DE UNA LIBRETA
La demolición de la vieja manzana de la periferia estaba programada para el lunes por la mañana. Liam revisaba los permisos en su despacho cuando recordó que la casa de los Ramos sería derribada por completo. Algo dentro de él se removió. Pensó en las pertenencias de Elisa, en los recuerdos de una vida que se esfumaría bajo las excavadoras si nadie hacía nada.
Esa misma tarde, Liam condujo hasta la vivienda vacía. Con una caja de cartón en las manos, entró en la habitación de la muchacha. El ambiente olía a humedad, pero sobre el escritorio gastado todavía descansaban tres cuadernos manuscritos, un bolígrafo de tinta de gel y una taza con dibujos de flores. Liam recogió las libretas con sumo cuidado, metió también algunas fotos familiares que colgaban de las paredes y regresó a la mansión de la colina.
Al subir a la habitación de invitados, encontró a Elisa sentada junto a la ventana. El sol de la tarde iluminaba su rostro pálido.
Liam dejó la caja sobre la mesa auxiliar, manteniendo la distancia habitual.
—Fui a tu antigua casa —dijo con voz tranquila, cruzándose de brazos—. Iban a desalojar todo para las obras, así que pensé que querrías conservar esto.
Elisa no se movió, pero sus ojos claros se clavaron de inmediato en la caja de cartón. Liam dio tres pasos hacia atrás, dándole espacio. Con movimientos lentos y temblorosos, la joven alargó una mano delgada y tocó el borde de la caja. Al mirar el interior, sus dedos rozaron la cubierta de cuero sintético de uno de sus cuadernos de notas.
Una descarga eléctrica pareció recorrer su columna. Elisa sacó la libreta contra su pecho, abrazándola con una fuerza desesperada, mientras escondía el rostro entre sus páginas, respirando el aroma a papel viejo que tanto la reconfortaba. Liam la observó en silencio, tragándose el nudo que se le formó en la garganta al verla aferrarse a lo único que le quedaba de su pasado.
A la mañana siguiente, la doctora Adler llegó para su visita de rutina. Liam la recibió en la biblioteca del primer piso. El semblante del CEO reflejaba una frustración creciente.
—La policía ha estado llamando a mi oficina, Sarah —explicó Liam, sirviendo dos tazas de café—. El inspector a cargo del caso de la cafetería dice que la investigación está completamente estancada. No tienen huellas dactilares útiles del callejón por culpa de la lluvia de esa noche, y las cámaras de seguridad del local solo muestran a un grupo de jóvenes borrachos saliendo de espaldas. Necesitan la declaración de Elisa para ponerles rostro. Si ella no habla, ese salvaje seguirá libre por las calles.
La doctora Adler suspiró, revolviendo el café con lentitud.
—Lo sé, Liam. Pero no puedes presionarla. El mutismo de Elisa no es terquedad; es un mecanismo de defensa biológico. Obligarla a recordar los rasgos de su agresor ahora mismo podría provocarle un brote psicótico o un retroceso irreversible en su estado físico. Su cerebro ha bloqueado el trauma para que no se muera de dolor.
—¿Entonces qué hacemos? —Liam apoyó los puños en la mesa, visiblemente impotente—. Mientras ella viva en el silencio, ese monstruo gana.
—Tenemos que buscar caminos alternativos —respondió la psiquiatra con firmeza—. Elisa es escritora. Su mente se comunica a través de las letras. Ayer me dijiste que se aferró a sus libretas, ¿verdad? Deja que escriba. No le pidas que narre el asalto. Pídele que escriba lo que siente hoy, lo que ve desde la ventana, cualquier cosa. Si logramos que su mano vuelva a conectar con el papel, tarde o temprano su voz regresará, ya sea escrita o cantada.
Esa misma tarde, Liam entró al cuarto con una mesa de apoyo y el bolígrafo de gel que había rescatado de su escritorio. Colocó el cuaderno abierto en una página en blanco frente a ella.
—Sé que te gusta escribir historias, Elisa —dijo Liam, mirándola fijamente a los ojos—. No tienes que hablar conmigo si no quieres. Pero si necesitas decir algo... el papel siempre escucha.
Liam se dio la vuelta y caminó hacia la puerta para dejarla sola. Justo cuando su mano tocaba el pomo metálico, un sonido casi imperceptible lo detuvo en seco.
Ras... ras... ras.
Era el roce rítmico y característico de la punta del bolígrafo deslizándose sobre la superficie del papel. Liam contuvo el aliento, con el corazón dándole un vuelco en el pecho. No se giró para no romper el hechizo. Salió de la habitación con el pulso acelerado, sabiendo que Elisa acababa de dar su primer paso hacia la libertad, aunque el camino para descubrir la identidad de Hugo aún estuviera rodeado de sombras.