Ella renace en un nuevo mundo, destinada a ser una madrastra malvada, pero decidida a cambiar su futuro.
*Está novela pertenece a un mundo mágico*
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Primeros pasos
Así continuó la rutina.
Un día tras otro.
Una semana.
Luego otra.
Y otra más.
Sin que ninguno de los dos lo notara...
Ya se habían acostumbrado a verse todos los días.
Era extraño.
Nunca desayunaban juntos.
Nunca paseaban solos.
Nunca hablaban de cosas personales.
Pero siempre coincidían cuando se trataba de Ellie y Eric.
Y, poco a poco...
Aquellos pequeños momentos se convirtieron en parte de la vida diaria de la mansión.
Aquella mañana...
Edward terminó antes de lo habitual unos documentos.
[Pensando bien...]
[A esta hora suelen estar jugando.]
Cerró la carpeta.
Y caminó hacia el jardín.
Sin embargo...
Al llegar encontró una escena diferente.
Los pequeños estaban allí.
Mary también.
Las niñeras jugaban con ellos.
Pero...
Harriet no estaba.
Edward miró discretamente alrededor.
[¿Dónde está?]
Intentó convencerse de que solo era curiosidad.
Nada más.
Se acercó al mayordomo.
Con el tono más casual que pudo.
—¿La duquesa no está con los niños?
El anciano sonrió apenas.
—No, Su Excelencia. Esta mañana tiene trabajo en la oficina.
Edward levantó una ceja.
—¿Trabajo?
—Sí.
—Lady Harriet ayuda varias veces al día con los pequeños.
—Pero nunca descuida sus responsabilidades como duquesa.
Edward permaneció unos segundos en silencio.
[No lo había pensado.]
Era cierto.
Siempre que él llegaba...
Ella ya estaba allí.
Y siempre parecía tener tiempo para los niños.
Pero... Además administraba la mansión.
Revisaba cuentas.
Organizaba al servicio.
Recibía informes.
Y atendía las responsabilidades propias de su cargo.
Simplemente... Nunca se había detenido a pensar cuánto hacía durante un solo día.
Asintió lentamente.
—Entiendo.
El mayordomo hizo una pequeña reverencia y se retiró.
Edward se sentó junto a los pequeños.
—Buenos días.
Eric levantó la cabeza.
Ellie sonrió.
El duque comenzó a jugar con los bloques de madera.
Los niños respondían.
Sonreían.
Jugaban.
Todo estaba bien.
Y, sin embargo...
Había algo diferente.
[Está demasiado silencioso.]
No había voces exageradas haciendo personajes.
Nadie fingía que un conejo perseguía a un caballo.
Nadie inventaba historias absurdas.
No había carcajadas contagiosas.
Solo...
Un ambiente tranquilo.
Edward miró a Eric.
El pequeño giraba constantemente la cabeza.
Como si buscara algo.
O...
A alguien.
Cada pocos segundos, volvía a mirar hacia la puerta del jardín.
Edward frunció ligeramente el ceño.
[¿A quién busca?]
En ese momento...
Harriet apareció caminando por el sendero.
Llevaba varios documentos entre los brazos.
Parecía dirigirse a otra parte.
Al verlos sonrió.
—Solo vine a saludarlos un momento.
Mary sonrió.
—Los pequeños la han estado buscando.
Harriet se acercó.
Se agachó.
—Hola... ¿Cómo están mis dos niños?
Eric levantó inmediatamente la cabeza.
Sus enormes ojos azules brillaron.
—¡Aa!
Estiró ambas manitos hacia Harriet.
Ella sonrió con ternura.
—¿Qué pasó? ¿Me extrañaste?
Entonces ocurrió.
Eric apoyó ambas manos sobre el suelo.
Se impulsó.
Y...
Se puso de pie.
Todos quedaron inmóviles.
Harriet abrió mucho los ojos.
—Eric...
El pequeño dio un paso inseguro.
Luego otro.
Sus pequeñas piernas temblaban.
Edward dejó de respirar.
Eric solo tenía una meta.
Llegar hasta Harriet.
Tercer paso.
Cuarto.
Antes de perder el equilibrio...
Harriet se arrodilló rápidamente y lo recibió entre sus brazos.
—¡Lo lograste!
Su voz se quebró por la emoción.
—¡Lo lograste, pequeño!
Lo abrazó con muchísimo cuidado.
Sus ojos comenzaron a humedecerse.
[Crecen tan rápido...]
[No puedo creerlo...]
[Cambiaremos tu destino pequeño…]
Sentía un enorme nudo en la garganta.
Había visto muchos niños actuar en películas.
Pero aquello...
Era completamente distinto.
Era real.
Y estaba presenciando uno de los momentos más importantes de la vida de Eric.
Edward seguía completamente inmóvil.
Había visto cada paso.
Cada intento.
Y ahora...
Su hijo sonreía orgulloso.
Pero no lo miraba a él.
Miraba a Harriet.
La abrazaba con fuerza.
Buscaba refugio en ella.
Como si...
Como si fuera su madre.
Edward sintió algo extraño en el pecho.
Un calor suave.
Difícil de explicar.
No era tristeza.
No era alegría.
Era una mezcla de ambas.
[Pensando...]
[Ella...]
Miró a Harriet abrazando al pequeño.
[Lo quiere de verdad.]
No fingía.
No actuaba.
No buscaba impresionar a nadie.
Porque ni siquiera sabía que él estaría allí.
Simplemente...
Había construido un vínculo con Eric.
Uno tan fuerte...
Que el pequeño había elegido caminar por primera vez para llegar hasta ella.
Edward bajó lentamente la mirada.
Sintió una pequeña punzada de culpa.
[Si no hubiera empezado a pasar tiempo con ellos...]
[Quizá...]
[Ni siquiera habría visto esto.]
Levantó nuevamente la vista.
Harriet seguía riendo entre lágrimas.
—¡Mary!
—¡Lo viste!
Mary también tenía los ojos brillantes.
—Sí, mi lady. El joven amo dio sus primeros pasos.
Ellie comenzó a aplaudir sin entender demasiado lo que ocurría.
Su hermano reía.
Así que ella también reía.
Edward observó aquella escena durante largo rato.
Y comprendió algo que jamás habría aprendido leyendo un informe.
Los primeros pasos.
Las primeras palabras.
Las primeras risas.
No eran acontecimientos que pudieran repetirse.
O recuperarse más tarde.
Solo ocurrían una vez.
Y si un padre no estaba allí para verlos...
No había ducado.
Ni riqueza.
Ni trabajo.
Capaces de devolverle ese momento perdido.