El perdió todo un día, excepto a mi
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capitulo 14
Ricardo despertó con una determinación que no sentía desde antes del accidente.
Mientras Mariana se duchaba, él decidió que era momento de demostrarle que podía ser el hombre que ella merecía. No el terapeuta de ojos de hielo. No cualquier otro. Él. Ricardo. El atleta. El que nunca se rendía.
El plan era simple, hacer algunos ejercicios solo, antes de que ella terminara de alistarse. Nada demasiado arriesgado. Unos estiramientos. Tal vez intentar sostenerse en la barra que habían instalado junto a la cama. Nada que no hubiera hecho ya con Federico.
El problema fue que Federico no estaba.
—Vamos
se dijo a sí mismo, mientras se transfería de la cama a la silla de ruedas con más ímpetu que prudencia.
—Si puedo hacerlo con él, puedo hacerlo solo.
Se colocó frente a la barra paralela que habían instalado en el pasillo. Era una estructura metálica fijada a la pared, diseñada para que pudiera intentar ponerse de pie con apoyo. Respiró hondo. Agarró las barras con ambas manos. Y comenzó a tirar.
Los brazos le temblaban. Las piernas, inertes, colgaban como trapos mojados. Pero él apretó la mandíbula y siguió tirando. Primero levantó el torso. Luego las caderas. Luego…
—¡Ah!
gritó, cuando el equilibrio lo traicionó.
La silla de ruedas rodó hacia atrás. Él quedó colgado de las barras, con las piernas arrastrándose por el suelo y los brazos a punto de desgarrarse. Intentó enderezarse, pero el peso de su cuerpo lo vencía.
—¡Mierda, mierda, mierda!
maldijo, mientras sus dedos resbalaban.
En ese momento, Mariana salió del baño envuelta en una toalla, con el cabello aún mojado.
Se quedó mirando la escena.
Ricardo colgando de las barras como un trapo viejo. La silla de ruedas al otro lado del pasillo. Sus piernas hechas un ocho en el suelo.
—¿Qué… qué estás haciendo?
preguntó ella, con una mezcla de horror y algo que se parecía peligrosamente a la risa contenida.
—¡Nada!
respondió él, con la cara roja por el esfuerzo y la vergüenza.
— ¡Estaba… estirando!
—¿Estirando, Colgado de las barras?
—¡Es una técnica nueva!
Mariana se mordió el labio para no reírse. Se acercó, lo agarró por la cintura y, con un esfuerzo que le hizo recordar por qué estudiaba medicina en lugar de halterofilia, lo ayudó a enderezarse y a sentarse de nuevo en la silla.
—¿Estás bien?
preguntó, una vez que él estuvo a salvo.
—Estoy perfectamente
dijo Ricardo, pero su voz chillona lo traicionaba.
— Todo estaba bajo control.
—Claro que sí, campeón.
—¡No te rías!
—No me estoy riendo.
Pero sus hombros se sacudían.
—¡Te estás riendo!
Mariana no pudo contenerlo más. Soltó una carcajada que resonó en todo el pasillo. Luego otra. Y otra. Terminó sentada en el suelo, con lágrimas en los ojos, riendo como no había reído en semanas.
—¡No es gracioso!
protestó Ricardo, aunque el borde de sus labios también comenzaba a curvarse.
— Podría haberme roto algo.
—Por eso
dijo ella, entre risas.
— Por eso se supone que hagas los ejercicios con el terapeuta. No solo. En calzoncillos.
Ricardo bajó la mirada. Efectivamente, estaba en calzoncillos. Y la toalla de Mariana, en medio de las carcajadas, se había aflojado un poco.
—¿Ves?
dijo él, señalando.
— Ahora tú también estás en ropa interior. Así que estamos iguales.
Mariana miró hacia abajo. La toalla se había deslizado, dejando al descubierto parte de su pecho. Se sonrojó, pero no se cubrió.
—Iguales pero no tanto
dijo, con una sonrisa pícara.
— Yo no estaba colgado de una barra.
—Eso es porque no tienes espíritu de aventura.
Se quedaron en silencio un momento, mirándose. La risa se fue apagando, reemplazada por algo más cálido. Más denso.
Llegaron a casa después de la terapia. La sesión había sido particularmente dura, y Ricardo venía agotado. Pero también venía con una necesidad. Una urgencia que no podía explicar con palabras.
En cuanto Mariana cerró la puerta, él la tomó de la muñeca y la atrajo hacia sí.
—¿Qué haces?
preguntó ella, con una sonrisa.
—Algo que debí hacer esta mañana
respondió él, besándola.
El beso fue profundo, hambriento. Sus manos subieron por su espalda, enredándose en su cabello. Mariana respondió al principio, pero algo en su cuerpo no estaba del todo. Estaba rígida. Contenida.
Ricardo lo notó. Pero siguió. Bajó las manos a su cintura, la apretó contra él. Quería sentirla. Quería fundirse con ella.
—Ricardo
dijo ella, separándose apenas.
—¿Qué?
preguntó él, con la voz ronca.
—No… no ahora.
Él se quedó paralizado. Sus manos cayeron a los lados.
—¿Por qué?
preguntó, y en su voz había un temblor que no logró ocultar.
— ¿Ya no quieres?
—Claro que quiero
dijo ella, pero no lo miró a los ojos.
—Entonces, ¿por qué?
Mariana suspiró. Se pasó una mano por el cabello, nerviosa.
—Es que… estoy… bueno, tengo…
—¿Tienes qué?
La impaciencia de Ricardo comenzaba a transformarse en algo más oscuro. Frustración. Inseguridad. Miedo.
— Si no quieres estar conmigo, dímelo. No me des vueltas.
—¡No es eso!
exclamó ella, alzando la voz.
— ¡Es que estoy en mi período!
El silencio fue monumental.
Ricardo parpadeó. Una vez. Dos veces. Tres.
—¿En tu…?
—En mi período
repitió ella, con las mejillas ardiendo.
— Sangre. Calambres. Hormonas. Todo eso. Por eso no quiero ahora. No porque no te desee. Porque me duele todo y me siento hinchada y…
—Mari
la interrumpió él.
—¿Qué?
—¿Crees que me importa?
Ella lo miró, confundida.
—¿Cómo?
—Que si estás en tu período
dijo Ricardo, tomándole la cara entre las manos.
—no me importa. No me importa la sangre, ni nada. Lo que me importa eres tú. Y si no quieres porque te duele, lo entiendo. Pero no me alejes pensando que voy a asustarme o que voy a rechazarte. Porque eso no va a pasar. Nunca.
Mariana sintió los ojos llenos de lágrimas.
—¿En serio?
preguntó, con la voz quebrada.
—En serio
respondió él, besándole la frente.
—Ahora ven aquí.
La abrazó. Un abrazo largo, apretado, sin intención sexual. Solo piel contra piel. Corazón contra corazón.
—Te amo
susurró ella contra su cuello.
—Yo también te amo
respondió él.
— Incluso cuando sangras.
—Eso fue muy romántico y muy asqueroso al mismo tiempo.
—Es mi especialidad.
Se rieron. Y esa noche, aunque no hicieron el amor, durmieron abrazados. Ricardo le preparó una bolsa de agua caliente para los calambres y le trajo chocolate caliente a la cama.
—Eres un enfermero de primera
dijo ella, sorbiendo el chocolate.
—Estudio a la mejor
respondió él, sonriendo.
Afuera, la noche caía. Adentro, el amor seguía creciendo.
Y Federico, por unas horas, fue solo un mal recuerdo.