Renata creció siendo "la hija recuperada" de una familia que solo la quería para pagar sus deudas. Cuando la constructora de los Beltrán se hunde, el trato es simple: una boda con los Vargas a cambio de un rescate millonario. La novia debía ser Camila, la consentida de la casa. Pero Camila huye… y empujan a Renata al altar de un hombre que ni siquiera puede decir "sí": Maximiliano Vargas, el empresario más temido de México, lleva meses en coma.
Renata acepta sin pelear. Tiene sus propias razones —y una herida que nadie conoce—. Lo que no imagina es que, bajo esa apariencia de hombre dormido, Max está despierto. La oye. La observa. Y por primera vez en su vida, alguien la ve de verdad.
Cuando Max abre los ojos, el imperio entero contiene la respiración esperando el divorcio. En cambio, el hombre al que llaman "témpano de hielo" la toma de la mano frente a todos y se niega a soltarla. Mientras tanto, Renata empieza a mostrar quién es en realidad: una cirujana brillante que esconde más de un nombre, más de un secreto y un pasado que la persigue desde un hotel, cinco años atrás.
Entre suegras venenosas, una falsa primera dama del corazón, traiciones de familia y dos niños que aparecen donde menos se espera, Renata tendrá que decidir si se atreve a creer en el único hombre que la eligió cuando nadie más lo hizo.
Porque algunos secretos no se entierran. Regresan. Y este tiene los ojos de Max.
¿Y si el hombre que la compró fuera también el que perdió con ella lo que más amaba?
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Capítulo 5
Capítulo 5: La mansión de los espejos apagados
La reja de la mansión Vargas se abrió sola, sin que nadie saliera a abrirla. Renata bajó del taxi con dos maletas. Dos. El chofer le había preguntado si no traía más equipaje y ella había dicho que no. Una vida entera cabía en dos maletas cuando uno había aprendido a no echar raíces.
El camino de entrada era de piedra blanca y subía entre jacarandas hasta una casa que no era una casa sino una declaración: tres niveles de cantera, un pórtico con columnas, ventanales que devolvían el cielo de la tarde. En lo alto de la escalinata, esperaba Doña Olivia con las manos cruzadas a la altura de la cintura y una expresión que dejaba claro que, si por ella fuera, esa reja no se habría abierto nunca.
—Llegó —dijo Olivia. No "bienvenida". No "pase". Solo la constatación de un hecho desagradable.
—Buenas tardes —respondió Renata, y subió.
Don Ernesto apareció en el umbral y le quitó una maleta de la mano antes de que ella protestara.
—Deje, deje. Bienvenida a su casa. —Lo dijo en serio, y a Renata le costó un segundo entender que alguien en esa familia lo decía en serio.
Una ráfaga bajó la escalera interior. Una muchacha de unos veinte años, tenis, sudadera de universidad, el pelo en una coleta deshecha, que cruzó el vestíbulo a la carrera y abrazó a Renata como si la conociera de toda la vida.
—¡Eres tú! Soy Vale, la hermana de Max. Bueno, la chica de la familia. Por fin alguien nuevo en esta casa de momias, no sabes el gusto que me da.
Renata se quedó con los brazos a medio levantar. No estaba lista para que alguien la abrazara. Hacía mucho que nadie la abrazaba sin querer algo a cambio. Le dio una palmada torpe en la espalda y Vale se rió de la torpeza sin malicia.
—Vale —dijo Olivia desde arriba, una sola palabra de reproche.
—Ya, mamá, ya. —Vale puso los ojos en blanco para que solo Renata la viera.
Fue Doña Esperanza quien la llevó a su cuarto. La anciana subió la escalera sin bastón esta vez, con una mano en el barandal, despacio pero sin permitir que nadie la ayudara. La recámara habilitada para Renata era amplia, luminosa, con baño propio y una salita. Bien pensada. Demasiado bien pensada. Renata recorrió las paredes con la mirada y notó lo que se suponía que no debía notar: los cuadros enmarcados no eran paisajes ni abstractos. Eran fotos. De Max. Max niño en un caballo. Max joven recibiendo un diploma. Max en una oficina, serio, guapo, vivo. Habían acondicionado el cuarto de la esposa con el rostro del marido inconsciente por todas partes, como para que no se le olvidara con quién se había casado.
Esperanza siguió la mirada de Renata y no se disculpó por las fotos.
—Toma. —Le puso en la mano un sobre de papel manila, sin ceremonia, como quien pasa la sal—. Para lo que necesites.
Renata lo abrió. Adentro había una sola tarjeta, negra, mate, sin nombre grabado a la vista.
—Doña Esperanza, no creo que…
—Sin límite es sin límite —la cortó la anciana—. No es un regalo, mija. Es una herramienta. Las mujeres de esta casa que no tienen con qué moverse terminan dependiendo de los hombres de esta casa. Tú no. —La miró—. Úsala.
Renata guardó la tarjeta en el sobre y el sobre en el bolso. No dio las gracias con palabras; Esperanza no parecía esperarlas.
—¿Por qué a mí? —preguntó en cambio—. No me conoce. Pudo recibirme como su nuera lo hizo allá abajo.
La anciana se apoyó en el respaldo de un sillón y la observó un largo rato, como quien decide cuánto decir.
—Porque llevo ochenta años viendo entrar mujeres a esta familia —dijo—. Las que vienen muertas de miedo, esas se las come la casa en un año. Las que vienen muertas de ambición, esas se quedan, pero se vuelven como Olivia. —Hizo una pausa—. Y de vez en cuando entra una que no le tiene miedo a nada y tampoco quiere nada de lo que aquí se reparte. Esas son las peligrosas. Esas son las que sirven. —Señaló la puerta con la barbilla—. Tú no viniste a quedarte con la casa, mija. Viniste por otra cosa. No sé cuál. Pero la traes en la cara.
Renata no confirmó ni negó. Pero por dentro, por primera vez desde que cruzó la reja, sintió el filo de una advertencia: en esa mansión había alguien que sabía mirar tan bien como ella.
Después la llevó al ala médica.
El cuarto de Max estaba al final de un pasillo, detrás de una puerta más ancha que las demás. Adentro, el aire era distinto: más fresco, con ese olor limpio y metálico de los hospitales que Renata conocía mejor que el de su propia casa. Monitores. Un gotero. Una cama articulada. Y un enfermero de turno —un muchacho llamado Beto— que se puso de pie al verlas entrar.
Y en la cama, Max.
Renata se acercó. Lo había visto en las fotos del expediente, pero las fotos no preparan para un cuerpo. Era un hombre alto, de facciones duras incluso dormido, la mandíbula marcada, una barba de días que alguien le recortaba con cuidado. Tenía una cánula y dos vías. El pecho subía y bajaba con la regularidad obediente de los que respiran sin saber que respiran.
Pero Renata no le miró la cara más de un segundo. Le miró los monitores.
Y algo en su expresión cambió.
Frecuencia cardíaca estable, sí. Saturación buena. Pero el trazo de actividad cerebral en la pantalla pequeña de la esquina no era el trazo plano y apagado de un coma profundo de seis meses. Había microactivaciones. Pequeñas, irregulares, fáciles de ignorar para un ojo que no supiera leerlas. Renata sabía leerlas.
Sin que nadie se lo pidiera, le tomó la muñeca a Max y le buscó el pulso con dos dedos, contando contra su propio reloj. La piel del hombre estaba tibia. El pulso, firme. Demasiado firme, demasiado regular para un cuerpo que llevaba medio año sin levantarse.
—¿Cuánto tiempo lleva en este cuarto? —le preguntó al enfermero, sin apartar la vista de la pantalla.
Beto se enderezó.
—Tres meses aquí, doctora. Antes estuvo en la clínica. Lo trajeron a la casa cuando los médicos dijeron que ya no había nada que hacer, solo mantenerlo.
—¿Quién lleva su medicación?
—El doctor de la familia pasa una vez por semana. Don Gonzalo es el que autoriza los cambios. —Beto bajó un poco la voz—. Él es el que más viene a verlo, de hecho. Más que la señora.
Renata archivó eso también. Don Gonzalo. El que autorizaba los cambios. Lo guardó junto a la lista de cosas que en esa casa no terminaban de cuadrar.
—Aquí no hace falta que haga nada —dijo Olivia desde la puerta; había subido a vigilar—. Solo que esté presente. Para eso la trajimos.
Renata no respondió. Siguió mirando los monitores un rato más, hasta memorizar el trazo, y luego soltó la muñeca de Max con cuidado, como se suelta algo que uno piensa volver a tomar.
—————
Esa noche, antes de salir, Renata apagó la luz del cuarto de Max. La habitación quedó en penumbra, solo el resplandor verde y azul de las máquinas.
En la oscuridad, sobre la sábana blanca, el dedo índice de la mano derecha de Max se movió. Dos milímetros. Despacio. Una vez.
Nadie lo vio.
La puerta ya se había cerrado.
Ojalá siga así .
últimamente los libros repiten las historias ,solo cambian los nombres de los personajes.
Este es distinto.Excelente trabajo del autor .