Estaba desesperada. A punto de perder mi carrera por no poder pagar la matrícula, acepté ser la asistente personal del imponente Nicolas Donovan. Él es todo lo que intimida: cuarenta y tres años, poder absoluto y una mirada tan oscura que me desnuda el alma. La tensión entre nosotros es un fuego a punto de estallar cada vez que nos encerramos en su oficina. Pero el infierno se desató cuando vi ese portarretratos en su escritorio. Nicolas es el padre de Vanessa, mi peor enemiga. Entregarme a él significa arriesgarlo todo. ¿Pero... cómo me resisto al hombre que ya logró dominarme?
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CAPÍTULO 14: LA ESCULTURA DE MI DESEO
Nicolas Donovan
Observarla en medio de aquel palacio de la alta costura era una tortura deliciosa. Chloe Bennett, mi eficiente, seria y recatada asistente, se movía entre los estantes de seda y encaje como un animal atrapado en un museo.
Sus dedos apenas rozaban las telas, sus ojos verdes recorrían las etiquetas con esa mezcla de fascinación y terror al ver los precios de cuatro cifras. Era tan ridículamente tímida, tan ajena a lo que su propio cuerpo podía proyectar si tan solo se le quitaban las capas de mediocridad con las que se escondía del mundo.
—¿Esto te gusta, señorita Bennett? —pregunté, acercándome por detrás. Pude ver cómo se tensaba, cómo su espalda se erguía ante mi presencia.
—Es... es demasiado, señor —respondió ella, sin atreverse a mirarme a los ojos—. No necesito nada de esto. Solo necesito algo decente para la cumbre.
Apreté la mandíbula. Su falta de ambición estética me irritaba, pero su vulnerabilidad me encendía la sangre de una forma que no podía controlar. Me giré hacia la vendedora principal, una mujer suiza de porte impecable que nos observaba con una sonrisa profesional.
—No escuché a la señorita —dije, con mi voz resonando profunda y autoritaria en el local—. Ella no sabe lo que necesita. Yo sí. Quiero que la vista. Elija cortes que se ajusten a su cintura, telas que caigan sobre su piel como si fueran una segunda capa. Nada de colores apagados. Quiero profundidad, quiero riesgo. Empiece con ese vestido de cóctel de terciopelo esmeralda, siga con el conjunto de seda color marfil y busque algo en un rojo vibrante que llame la atención de cualquiera que entre a una sala.
Chloe me miró con los ojos muy abiertos, suplicante.
—Señor, por favor...
—Es una orden, Chloe. Vamos a convertirla en la mujer que necesita estar a mi lado en Ginebra —sentencié, zanjando cualquier discusión.
La siguiente hora fue un espectáculo de poder y deseo. La vendedora llevó a Chloe al vestidor y, cada vez que ella salía, el mundo parecía detenerse. Primero el verde esmeralda, que se ajustaba a sus curvas con una precisión que me hizo apretar los puños en los bolsillos. Luego un traje de sastrería negro, entallado, que la hacía lucir imponente y terriblemente provocativa. Ella salía, se miraba al espejo con timidez y luego me buscaba a mí, buscando mi aprobación, su pecho subiendo y bajando con agitación.
—¿Qué opina? —preguntó ella, dando una vuelta con un vestido de satén azul medianoche.
—Opino que es una obra de arte, Bennett —dije, acercándome a ella hasta que el aroma de su piel, mezclado con el perfume de la tienda, me nubló el juicio—. Opino que si usa eso en la cumbre, tendré que matar a varios hombres solo para que dejen de mirarla.
Compramos quince conjuntos. Quince piezas de tela que, en su mayoría, le quedaban como si hubieran sido cosidas sobre su cuerpo. Luego pasamos a la sección de zapatos. Stilettos de aguja de diseñador, pieles italianas, colores que hacían juego con la ropa. La vi caminar con esos tacones, obligándola a arquear la espalda y a mover las caderas de una forma que ella no sabía que era letal. Cada paso que daba era un golpe directo a mi cordura.
Pero el verdadero juego comenzó en la zona de lencería.
Chloe, abrumada por la cantidad de cajas que el personal de la tienda acumulaba, se mantuvo al margen, mirando hacia otro lado con las mejillas encendidas. Me acerqué a la vendedora, bajando la voz a un susurro que solo ella pudo escuchar, un tono cargado de una intención que no dejaba lugar a dudas.
—Quiero lo más fino que tengan. EnEncajerancés, sedas que no pesen nada. Algo... transgresor. Algo que ella no se atrevería a comprar, pero que yo quiero ver puesto. Busque conjuntos de liguero, tops que apenas cubran lo necesario. Y asegúrese de que sea de su talla exacta. Sé perfectamente cuáles son sus medidas.
La vendedora me lanzó una mirada cómplice, entendiendo el tipo de juego que yo estaba jugando. Chloe seguía distraída con unos exhibidores de pañuelos, ajena al hecho de que acababa de comprarle una segunda piel diseñada exclusivamente para mi deleite.
—Señorita Bennett —la llamé, y ella se giró—. Hay un conjunto más que debe probarse. La vendedora la llevará al vestidor privado. Hágalo. Es obligatorio.
Ella me miró, dudando, pero ante mi mirada gélida y dominante, simplemente asintió y siguió a la mujer. Me quedé fuera, apoyado contra el marco de una pared, cruzado de brazos, sintiendo cómo la anticipación me recorría el cuerpo. La tensión en el aire era tan espesa que casi podía saborearla. Estaba ansioso, impaciente por verla, por marcarla de alguna forma.
Pasaron cinco minutos. Diez. Empecé a preocuparme, y no por una cuestión de tiempo, sino por esa posesividad asfixiante que me dictaba que nadie más debía estar cerca de ella mientras se desnudaba.
De repente, un ruido sordo rompió el silencio. Un golpe seco, seguido de un gemido ahogado de dolor.
—¡Chloe! —rugí, sin pensar, sin protocolos.
Ignoré las protestas de la vendedora y empujé la puerta del vestidor privado con tal fuerza que los goznes crujieron. Lo que vi dentro hizo que mi sangre se congelara y, al mismo tiempo, que el deseo me golpeara como un martillo.
Chloe estaba en el suelo. Se había resbalado. Tenía una rodilla apoyada y la otra pierna estirada, y el vestido que intentaba probarse estaba a medio quitar. Pero lo que me dejó sin aliento fue el estado de su ropa interior. El conjunto de encaje negro que acababa de comprarle: un top de tiras finas que se le clavaba en la piel y unas bragas de encaje que apenas cubrían su intimidad. Tenía un pequeño raspón en la rodilla, pero estaba tan sonrojada de vergüenza y dolor que no se había dado cuenta de lo expuesta que estaba.
—¡Señor! ¡Salga, por favor! —exclamó ella, intentando cubrirse con las manos, pero el movimiento solo resaltó la curva de sus senos y la firmeza de sus muslos—. ¡Me caí!
No salí. Entré más. Cerré la puerta tras de mí, dejándonos en la penumbra del cubículo, encerrados en un espacio tan pequeño que el calor de nuestros cuerpos se unió instantáneamente.
—Déjeme ver —dije, con la voz ronca, acercándome a ella de rodillas en la alfombra.
No revisé su rodilla. Mis ojos, oscuros, recorrieron su cuerpo semidesnudo, cada centímetro de su piel blanca y suave, el encaje negro que le quedaba tan jodidamente bien. Chloe respiraba con dificultad, sus ojos verdes buscaban los míos, una mezcla de pánico y un deseo tan crudo que me hizo perder los estribos.
—Estás hermosa —susurré, acortando la distancia.
—Nicolas... —jadeó ella, pronunciando mi nombre por primera vez, no como un título, sino como una entrega.
Fue suficiente. Agarré su nuca con una mano, obligándola a levantar el rostro hacia mí, y antes de que pudiera protestar, mis labios se estrellaron contra los suyos. No fue un beso suave. Fue una posesión, una reclamación. Sabía a miedo, a sorpresa y a una necesidad que ella ya no podía ocultar.
La besé con toda la frustración de las últimas semanas, con el hambre que me había estado consumiendo desde el momento en que la vi llorar bajo la lluvia. Mi mano libre bajó por su costado, rozando la seda del encaje, sintiendo el calor de su piel, el latido frenético de su corazón bajo mis dedos. Ella soltó un gemido, pero no fue de dolor por el raspón, sino de entrega. Sus manos, pequeñas y temblorosas, se aferraron a mis hombros, atrayéndome más hacia ella, eliminando cualquier espacio que pudiera quedar entre nosotros.
En ese cubículo, rodeado de bolsas de lujo y el aroma de la seducción, me sentí el hombre más poderoso del mundo. Tenía a Chloe Bennett a mis pies, y cada fibra de mi ser me gritaba que esto no era suficiente. Quería más. Quería poseerla hasta que no pudiera recordar su nombre, hasta que solo fuera mía.
—¿Te duele? —pregunté contra sus labios, deteniéndome solo por una fracción de segundo para recuperar el aliento, mi frente apoyada contra la suya—. ¿Te duele que te desee tanto que apenas puedo contener las ganas de follarte aquí mismo?
Chloe me miró, con el labio inferior hinchado por mi beso, los ojos vidriosos y perdidos en la tormenta de mis ojos.
—No me duele —susurró, y su voz fue un eco que resonó en mis entrañas—. Nicolas, por favor... no te detengas.
El suelo del vestidor, la ropa de lujo, la vendedora esperando afuera... todo dejó de existir. Solo éramos nosotros, la tensión que finalmente había estallado y el peligro inminente de que, al cruzar esta línea, no habría vuelta atrás para ninguno de los dos. Y, Dios me ayude, no tenía la menor intención de retroceder.