Valeria Grien y Maximiliano Starling no tienen absolutamente nada en común. Ella es una mujer de curvas generosas, caótica, expresiva y con una seguridad en sí misma que resulta magnética. Él es un hombre de negocios metódico, frío y un obsesivo del control que parece haber nacido con el traje puesto. Sin embargo, el destino —y el testamento de una abuela muy metiche— los obliga a tomar una decisión drástica: casarse y convivir bajo el mismo techo durante un año para no perder su herencia.
Dispuestos a sobrevivir al encierro sin matarse en el intento, firman un pacto inquebrantable con una regla de oro estricta: camas separadas y cero contacto físico. Todo marcha según el plan, entre discusiones domésticas y una tensión que echa chispas... hasta que una mañana Valeria se despierta con náuseas y una prueba con dos rayitas rosas en la mano.
¿El gran problema? Ella no sabe cómo pasó, y él, con su legendario autocontrol, muchísimo menos.
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Capitulo 1: prólogo
El sonido de la arcada fue un eco metálico y miserable que rebotó en los azulejos fríos del baño. Valeria Grien estaba arrodillada ante la taza del inodoro, con la frente apoyada en la porcelana helada, sintiendo cómo su desayuno de panqueques de arándanos (deliciosos, pero ahora una pesadilla) la traicionaba de la peor manera. Sus largos rizos caían como una cortina sobre su rostro pálido. Todo su cuerpo de curvas generosas, que solía llevar con orgullo, se sentía como una trampa dolorosa y temblorosa.
—¿Valeria? —La voz de Maximiliano Starling atravesó la puerta de madera maciza, acompañada por un toque rítmico e insistente, como una cuenta atrás—. ¿Sigues ahí dentro? Me voy a la oficina en tres minutos y tengo algo importante para ti antes de salir.
Un gemido ahogado fue todo lo que pudo responder. La ironía era tan espesa que casi podía morderla: Maximiliano, el hombre que solo la tocaba para firmar contratos o mover su desorden, preocupado por "algo importante" mientras ella sentía que se estaba muriendo por dentro.
La puerta volvió a vibrar.
—Tengo un regalo para ti. Es un libro que mi tía me recomendó...
Valeria, con un esfuerzo heroico, se levantó. Su camisa de patrones coloridos estaba ligeramente arrugada. Se frotó la boca con el reverso de la mano y miró fijamente el objeto que había estado escondido tras el dispensador de jabón: el pequeño rectángulo de plástico blanco con dos líneas rosas que habían aparecido hacía apenas diez minutos. Sus ojos se abrieron de par en par, una oleada de incredulidad y pánico puro barriendo su angustia física.
—¿Un libro? —susurró, pero la palabra salió quebrada.
Con movimientos mecánicos, se lavó la cara con agua fría, sin atreverse a mirarse en el espejo, y abrió la puerta.
Maximiliano estaba allí, impecable en su traje de tres piezas, sosteniendo una caja de regalo con un lazo plateado. Pero su expresión ya no era la habitual rigidez empresarial; había una mezcla de impaciencia y una extraña, casi imperceptible, duda en sus ojos. Al verla, se detuvo. Ella parecía una aparición: pálida, con los ojos vidriosos, pero con un brillo de determinación desesperada.
Antes de que él pudiera abrir la boca para ofrecer el regalo, ella extendió el brazo y le puso el test de embarazo, con las dos líneas rosas hacia arriba, directamente en la mano.
Maximiliano bajó la vista hacia el objeto como si fuera una granada a punto de estallar. Sus dedos, que solían manejar documentos de millones de dólares con total confianza, se crisparon. El silencio que siguió fue más fuerte que cualquier grito.
—Tiene que ser una broma —dijo Valeria, su voz temblando.
Él levantó la vista lentamente, sus ojos grises encontrándose con los de ella, fijos y fríos. La duda había desaparecido, reemplazada por una certidumbre dura y casi profesional.
—No lo es. He estado observándote durante días, Valeria. Estás sensible. Cambios de humor repentinos. Todo te irrita, incluso más que de costumbre.
Ella parpadeó, confundida. ¿Sensible? ¿Ella? Bueno, quizás un poco... ¿Pero quién no lo estaría viviendo con él?
—Y no lo digo yo —continuó él, su voz un eco de la autoridad empresaria—. Según mi abuela, tu comportamiento no es normal. Tu tía me lo confirmó. Todo encaja perfectamente.
Las palabras de Maximiliano cayeron como piedras en un pozo profundo. Valeria se quedó helada. ¿Estaba sugiriendo que... que él lo sabía antes que ella? ¿Que su abuela y su tía estaban de acuerdo con esto? No entendía nada. Su mente, ya nublada por el malestar, se negaba a procesar esta nueva realidad.
—¿De qué estás hablando, Starling? ¿De qué estás hablando?
Él no respondió directamente. Se limitó a mirar el test de embarazo una última vez, con una extraña mezcla de triunfo y temor, y luego la miró a ella.
—Felicidades, Valeria. Parece que la abuela tenía razón después de todo.
Y antes de que ella pudiera decir nada más, él se dio la vuelta y salió del baño, dejándola sola con su pánico, su incredulidad y la certeza de que su vida acababa de cambiar para siempre, de una manera que ni siquiera en sus pesadillas más salvajes habría podido imaginar.