A sus veintiocho años, Valeria Montero tiene todo bajo control: una de las empresas más poderosas de Puerto Reyes, una reputación impecable y una vida en la que no hay espacio para cometer errores.
Santiago del Río es la única excepción.
Llegó a la casa de los Montero cuando era niño, bajo la tutela legal de Doña Carmen. Valeria lo protegió, lo acompañó durante sus peores años y se convirtió en la persona más importante de su vida.
Pero Santiago creció.
La noche en que cumple dieciocho años, la besa y le confiesa una verdad que Valeria no está preparada para escuchar: nunca la ha visto como una hermana y no piensa seguir fingiendo.
Él es diez años menor. Ella es la directora de un imperio empresarial. Una relación entre ambos podría destruir su reputación y convertirlos en el centro de un escándalo. Valeria intenta alejarse, pero Santiago está decidido a demostrarle que ya no es el niño que llegó herido a su casa.
Justo cuando ella comienza a aceptar lo que siente, Héctor Navarro aparece y revela que Santiago es su nieto y el heredero perdido de la familia Navarro. También le cuenta algo peor: una antigua maldición corre por la sangre de los hombres de su familia, y Héctor puede utilizarla para acabar con la vida de Santiago.
Para salvarlo, Valeria deberá conseguir que se marche con él.
Así que le dice la mentira más cruel que puede inventar: que lo cambió por un terreno.
Tres años después, Santiago regresa convertido en el nuevo heredero del imperio Navarro. Es frío, poderoso y está dispuesto a castigar a la mujer que destrozó su vida.
Lo que todavía no sabe es que Valeria nunca dejó de amarlo.
Mientras él planeaba su venganza, ella pasó tres años buscando una forma de romper la maldición y traerlo de vuelta.
Ahora Santiago tendrá que decidir qué es más fuerte: el odio que lo mantuvo vivo o la obsesión que nunca consiguió olvidar.
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Capítulo 23
# Capítulo 23: Fuego
Valeria
Pasó un sábado por la noche.
La nana se había ido a visitar a su hermana en el campo. La casa estaba vacía. Solo nosotros dos. Y un silencio denso, cargado, que vibraba como una cuerda a punto de romperse.
Santiago había cocinado otra vez. Algo ligero: ensalada, salmón, arroz. Comimos en el balcón con las luces de la ciudad abajo y una botella de vino que yo abrí y él no tocó. Nunca toma. Dice que no le gusta perder el control.
Irónico. Porque lo que pasó esa noche fue exactamente eso: perder el control. Los dos. Al mismo tiempo. Y yo dejé que pasara. No por el vino. No por la soledad. Porque llevaba semanas mirándolo y sabiendo que esto iba a suceder y ya estaba cansada de fingir que no lo quería.
Empezó con un beso. Como siempre. En el sofá, después de la cena, con las copas vacías en la mesa y la televisión apagada. Me besó suave al principio, como me besaba desde el balcón, con esa paciencia que tiene, como si cada beso fuera el primero.
Pero algo era diferente. Tal vez el vino. Tal vez el silencio. Tal vez que llevábamos semanas acercándonos milímetro a milímetro y ya no quedaban milímetros.
Sus manos me recorrieron la espalda. Despacio. Subiendo por la columna, cada vértebra un punto de calor que me arrancaba la respiración. Llegó a mi nuca. Enredó los dedos en mi pelo. Tiró. Suave. Lo suficiente para inclinarme la cabeza hacia atrás, exponerme el cuello.
Y me besó ahí.
Labios calientes en mi garganta. Lengua. Un roce de dientes que me hizo apretar los puños en su camiseta.
—Santi —dije. No como advertencia. Como rendición.
—¿Paro? —susurró contra mi piel.
—No.
Esa palabra lo cambió todo.
Me levantó del sofá. Así, sin esfuerzo, como si yo no pesara nada. Me cargó escaleras arriba, a mi cuarto, y me puso en la cama con un cuidado absurdo para alguien que tenía las pupilas completamente dilatadas y la respiración rota.
Se quedó de pie junto a la cama. Mirándome. Con la camiseta arrugada donde yo la había agarrado y el pelo revuelto y los labios hinchados de besarme.
—¿Estás segura? —preguntó.
—¿Tú estás seguro?
—Llevo seguro toda mi vida, Vale.
Me senté en la cama. Le tomé la mano. La puse en mi mejilla. Él cerró los ojos. Los dedos le temblaban otra vez, como en el balcón, como siempre que me toca por primera vez en un lugar nuevo.
—Ven —dije.
Se quitó la camiseta. Los hombros anchos, el abdomen marcado, la piel dorada con esa cicatriz en la costilla izquierda. Lo he visto mil veces sin camisa. Pero esta vez era diferente. Esta vez era para mí. Y sentí un tirón caliente en el bajo vientre que me apretó las piernas.
Se acostó a mi lado. Me tomó la cara entre las manos. Me besó largo, profundo, su lengua contra la mía, lento, húmedo, hasta que me faltó el aire.
Sus manos bajaron a mi blusa. El primer botón. El segundo. El tercero. Cuando la tela se abrió y el aire me tocó la piel, me erizé entera. Él me miró los pechos con una expresión que no era ternura. Era hambre.
—Vale —dijo. Con esa voz. Grave, ronca, quebrada—. Eres...
—No digas nada —susurré—. Solo tócame.
Me pasó el pulgar por encima del pezón. Despacio. Lo sentí endurecerse bajo su dedo y solté un jadeo corto que me avergonzó. Él lo hizo otra vez. Más fuerte. Apretándolo entre el pulgar y el índice hasta que me arqueé contra su mano.
—¿Así? —preguntó.
—Sí... así...
Bajó la boca. Labios calientes cerrándose sobre mi pecho. Lengua. El roce húmedo y firme de su lengua contra la punta, y después succionó, y el calor me bajó directo entre las piernas. Apreté los muslos. Me agarré de su pelo. Tiré.
Él gruñó contra mi piel. Un sonido grave, gutural, que me vibró en el cuerpo entero.
Le recorrí la espalda con las uñas. Sentí los músculos tensarse bajo mi tacto. Le clavé las uñas cuando su boca bajó por mi vientre y él hizo otro sonido —más grave, más animal— que me mojó.
—¿Te hago daño? —pregunté.
—No. Más.
Me quitó los pantalones. La ropa interior. Me abrió las piernas con las manos y se quedó mirándome un segundo con los ojos oscuros, la boca hinchada, la respiración pesada. Sentí su aliento caliente contra mi piel y apreté las sábanas.
—Vale... —La voz arrastrada, ronca—. Estás mojada.
No contesté. No podía. Porque en ese momento su boca me tocó ahí y todo mi cuerpo se contrajo de golpe. Su lengua, caliente, húmeda, lenta, recorriéndome entera. Arriba. Abajo. Arriba. Deteniéndose justo en el punto que me hacía temblar las piernas.
—Santi... ahí... no pares...
No paró. Me agarró de los muslos con las dos manos, abriéndome más, y su lengua se movió más rápido, más firme, y yo sentía cada roce como una descarga que me subía por la columna y me apretaba el vientre. Le jalé el pelo. Levanté las caderas contra su boca. Gemí su nombre —Santi, Santi, Santi— cada vez más fuerte, cada vez más roto, hasta que todo se tensó dentro de mí como una cuerda a punto de romperse y se rompió. El orgasmo me golpeó de golpe, violento, con un gemido largo que salió de un lugar que no conocía. Las piernas temblándome. Los dedos aferrados a las sábanas. Su boca todavía en mí, suave ahora, lenta, llevándome hasta el final.
Me quedé jadeando. Con los ojos cerrados. El corazón en la garganta.
Él subió. Su cuerpo encima del mío, caliente, pesado. Lo sentí duro contra mi muslo y algo se apretó otra vez dentro de mí. Todavía palpitando del orgasmo y ya lo quería adentro.
Lo besé. Me saboreé en su boca y no me importó. Le desabroché el pantalón. Lo bajé. Lo tomé en la mano y él cerró los ojos y soltó un gemido grave contra mi cuello. Estaba duro. Caliente. Palpitando en mi mano.
—Vale... —jadeó.
Lo guié. Enredé las piernas en su cintura y lo jalé hacia mí. Sentí la presión. Caliente. Lento. Entrando centímetro a centímetro. Me aferré a sus hombros y solté el aire en un gemido largo cuando lo sentí adentro, completamente, llenándome entera.
—Vale —susurró—. Mírame.
Abrí los ojos.
—Te quiero —dijo. Moviéndose despacio. Saliendo casi por completo y volviendo a entrar, profundo, con un golpe que me sacó otro gemido—. Te quiero tanto que me duele.
—Lo sé —dije. Le acaricié la cara. Le aparté el pelo de los ojos—. Yo también, Santi. Yo también te quiero.
Se movió más rápido. Las embestidas más profundas, más firmes. El sonido húmedo de nuestros cuerpos llenando la habitación. Su respiración entrecortada contra mi oído. Mis uñas clavándose en su espalda. La cama golpeando la pared con cada movimiento.
—Más fuerte —le dije al oído.
Me agarró de la cadera con una mano. Cambió el ángulo. Embistió con fuerza y me arrancó un grito corto que rebotó en las paredes. Ahí. Justo ahí. Un punto dentro de mí que me hizo ver blanco.
—Ahí... Santi... ahí...
Me embistió otra vez. Y otra. Y otra. Cada golpe en el mismo punto, cada uno más fuerte, y yo gemía sin control, con la cara hundida en su cuello y las piernas apretándolo contra mí. Sentí el segundo orgasmo subir —más profundo que el primero, más intenso, desde el fondo del vientre— y cuando me golpeó grité su nombre con la voz rota y todo mi cuerpo se apretó alrededor de él.
Él se vino conmigo. Un gemido grave, largo, animal, con la cara enterrada en mi pelo y las manos apretándome la cintura. Lo sentí palpitar adentro, caliente, y sus caderas empujando dos, tres veces más antes de quedarse quieto, temblando, con todo su peso sobre mí.
Después. El silencio.
Su cabeza en mi pecho. Mi mano en su pelo. Nuestras respiraciones volviendo despacio a la normalidad. Todavía lo sentía adentro. Todavía me palpitaba todo el cuerpo.
—¿Estás bien? —pregunté.
—Estoy perfecto —dijo. Y su voz sonaba rota, frágil—. Vale, estoy perfecto.
Lo apreté contra mí. Le acaricié la espalda. Sentí su corazón latir contra mi pecho, rápido, fuerte, desbocado.
Y pensé: ya no hay vuelta atrás. Esto que acaba de pasar no se puede deshacer. No se puede meter en una caja y cerrar con llave. No se puede llamar "experimento" ni "prueba" ni "intentemos."
Esto tiene un nombre. Y yo sé cuál es. Aunque me cueste decirlo en voz alta.
El fuego se encendió 🔥 Y ya nadie puede apagarlo. Nos leemos mañana ❤️