Samanta Ruiz es la fría CEO de un imperio de papelería Kawaii. Conduce un Lamborghini y tiene todo bajo control, excepto su amor. Por su cumpleaños, sus amigas le regalan un viaje VIP al Caribe, pero un error de reserva la obliga a compartir apartamento con Samuel Vargas, un imponente y jovial magnate de la logística internacional. Tras quince días de piques y tensión, la última noche estalla en una pasión inolvidable. Se despiden en el aeropuerto como adultos realistas: la distancia hace imposible su amor.
Pero un virus estomacal anula la píldora de Samanta. El diagnóstico es brutal: embarazada de mellizos. Orgullosa, decide criarlos sola y en secreto.
Tres años después, Samuel irrumpe en su sala de juntas para negociar una alianza millonaria. Él no la ha olvidado, pero ignora que tiene una parejita de herederos. Con la ayuda de Carlos, su metódico hermano y abogado, Samanta intentará blindar su nido. Pero Samuel es un tiburón implacable que no parará hasta recuperar a su mujer.
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CAPITULO 20. CODIGO DE EMERGENCIA
A los ocho meses y medio de embarazo, Samanta ya sentía el peso real de los mellizos. Moverse por la nueva casa se había convertido en una tarea lenta y pausada. Fieles a su red de apoyo familiar, sus padres y hermanos habían organizado un cuadrante estricto para no dejarla sola ni un solo día de la semana en previsión de cualquier adelanto. Aquel martes de lluvia le tocaba el turno a su hermano mayor, Carlos, que se había instalado en el salón con su ordenador portátil para teletrabajar mientras vigilaba de reojo a su hermana pequeña.
Samanta estaba en la cocina, apoyada en la encimera mientras se preparaba una infusión de manzanilla. De repente, sintió una presión extraña en la pelvis, seguida de una calidez repentina que le empapó las piernas. Un charco de líquido claro se formó a sus pies sobre las baldosas.
Se quedó estática, parpadeando con sorpresa, asimilando la inequívoca señal que su cuerpo le estaba enviando, los niños ya querían salir a ver el mundo.
—Carlos... —llamó con voz firme pero un poco contenida—. Creo que vas a tener que cerrar el ordenador. He roto aguas.
A diferencia de lo que haría cualquier otro hombre en su situación, que se pondría nervioso, torpe y empezaría a correr de un lado a otro tirando cosas, Carlos reaccionó con la mente fría de un militar. Cerró la tapa del portátil de un golpe seco, se levantó con paso seguro y miró a su hermana con absoluta tranquilidad, transmitiéndole de inmediato la calma que ella necesitaba.
—Perfecto, Sam. Que no cunda el pánico. Todo está bajo control —dijo Carlos con una voz pausada pero decidida—. Siéntate en la silla del comedor un momento. Voy a por la maleta de los niños al vestidor.
En menos de dos minutos, Carlos regresó al salón con el bolso de maternidad perfectamente organizado que Samanta había dejado listo semanas atrás. Ayudó a su hermana a ponerse un abrigo cómodo, la tomó del brazo con suavidad pero con firmeza y la guió hacia el garaje. La acomodó en el asiento del copiloto del majestuoso Lamborghini Urus lila satinado, asegurándose de ajustar el cinturón por debajo de su barriga.
Carlos se sentó al volante, arrancó el potente motor V8 que rugió en la penumbra del garaje y salió a la carretera principal con una conducción impecable: rápida pero extremadamente segura, esquivando el tráfico de la tarde con una pericia asombrosa.
Nada más salir de la urbanización, Carlos pulsó el botón del volante y activó el sistema de manos libres del coche. Con voz metódica y organizada, marcó el primer número de su agenda.
—Buenas tardes, servicio de obstetricia del Hospital Clínico —habló Carlos con claridad, sin perder un ápice de compostura—. Llevo a bordo a la paciente Samanta Ruiz. Embarazo gemelar de riesgo de treinta y seis semanas. Ha roto aguas hace exactamente diez minutos, el líquido es claro y no presenta contracciones dolorosas todavía. Estaremos en la puerta de urgencias en doce minutos. Tengan listo el equipo, por favor.
—Entendido, señor. Avisamos al equipo de guardia. Los esperamos en la entrada de ambulancias —respondió la enfermera al otro lado de la línea.
Carlos cortó la llamada y, sin perder un segundo, marcó el segundo número de la lista: la casa de sus padres. Su madre descolgó al primer tono.
—Mamá, activa el protocolo —ordenó Carlos con un tono cariñoso pero autoritario—. Sam ha roto aguas. Vamos de camino al hospital. Yo ya he avisado a los médicos y la tengo bajo control en el coche. Ella está tranquila y perfecta. Avisa tú a Sofía, a Rosa y a Vanesa. Nos vemos todos en la sala de espera de la tercera planta. No corráis con el coche, que yo ya voy abriendo camino.
—¡Ay, Dios mío! ¡Voy volando! Gracias, hijo —exclamó su madre antes de colgar.
Samanta miró de reojo a su hermano mayor mientras el Lamborghini Urus devoraba los kilómetros bajo la lluvia. Sintió una oleada de gratitud inmensa recorrerle el cuerpo. En mitad del momento más vulnerable y trascendental de su vida, su familia había demostrado ser el escudo perfecto que ella misma había diseñado en su mente. No había caos, ni gritos, ni descontrol.
—Lo estás haciendo muy bien, hermanita —le dijo Carlos, dedicándole una sonrisa rápida y cálida mientras ponía el intermitente para entrar en el recinto hospitalario—. En un rato vas a tener a Samuel y a Sofía en tus brazos. Y aquí vamos a estar todos para protegeros.
El gran SUV deportivo se detuvo con suavidad justo en la puerta de urgencias médicas, donde dos celadores con una silla de ruedas ya esperaban bajo la marquesina. Carlos apagó el motor, bajó del coche de un salto y ayudó a su hermana a incorporarse, sellando con un fuerte apretón de manos el inicio de la operación más importante de sus vidas. El plan de la CEO entraba en su fase definitiva: sus hijos estaban a punto de nacer en un entorno seguro, rodeados de amor y blindados por el silencio absoluto de su entorno. Samuel Vargas seguía con sus negocios a cientos de kilómetros, completamente ajeno a que el manos libres del Lamborghini familiar acababa de activar el nacimiento de sus dos herederos.
te felicito autora, está hermosa,no tardes tanto en actualizar por fis👏