Valentina Torres acaba de graduarse, tiene veintidós años y necesita encontrar dónde vivir antes de que termine el día. La última persona de quien espera recibir ayuda es Martín Herrera, su antiguo profesor de literatura… y el hombre del que lleva enamorada en secreto desde que entró a la universidad.
La solución parece sencilla: compartir temporalmente el departamento 302 y respetar cinco reglas pegadas en el refrigerador.
Nada de invadir el espacio del otro.
Nada de confundir la convivencia con algo más.
Y, sobre todo, nada de enamorarse.
El problema es que Martín recuerda cada uno de sus gustos, cocina para ella cuando está cansada y guarda silencios que dicen mucho más que sus palabras. Mientras Valentina intenta ocultar lo que siente, una caja de madera cerrada con llave demuestra que quizá ella no sea la única que lleva años esperando.
Entre rumores universitarios, cenas improvisadas, secretos familiares y sentimientos imposibles de contener, ambos descubrirán que compartir un hogar es fácil. Lo difícil será fingir que sus corazones no llegaron allí mucho antes que ellos.
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Capítulo 21
...Valentina...
Día uno sin él: descubrí que el silencio tiene texturas.
El silencio de antes —antes de Martín, antes del 302— era plano, gris, indiferente. El silencio de la residencia estudiantil donde viví cuatro años era solo ausencia de ruido. No significaba nada.
Pero el silencio de un departamento donde alguien debería estar cocinando a las siete de la mañana es otra cosa. Es un silencio con forma, con peso, con la silueta del que falta.
Abrí el refrigerador. Saqué el tupper del lunes. Seguí las instrucciones al pie de la letra: «Calentar 2 minutos. Sal al gusto. La ensalada está en el recipiente pequeño.»
Comí sola en la barra. Pero no me sentí sola, porque cada bocado era él.
A las ocho llegó su primer mensaje:
«Llegué bien. El hotel es aceptable. El café del lobby es terrible.»
Sonreí. Le envié una foto de mi desayuno con el tupper abierto.
«Se ve bien», respondió.
«Usted lo hizo.»
«Lo sé.»
Tres intercambios. Sin emojis. Sin stickers. Sin floreos. Y aun así, esas seis líneas de texto me calentaron el pecho para el resto del día.
Día dos: la rutina de mensajes empezó a tomar forma.
Él enviaba fotos de paisajes: la vista desde la ventana de la conferencia, un jardín botánico que visitó durante el receso, un mural en la pared de un edificio antiguo. Cada foto venía acompañada de una línea, siempre breve, siempre con esa economía de palabras que era su marca:
«Las buganvilias de aquí son más grandes que las del campus.»
«Encontré una librería de viejo. Tiene una primera edición de Rulfo.»
«El cielo aquí se pone naranja a las seis. Como los jacarandás.»
Yo le enviaba fotos de lo que cocinaba —o intentaba cocinar. Él respondía con críticas amables disfrazadas de sugerencias:
«¿Eso es arroz o avena?»
«Menos agua la próxima vez.»
«Las verduras se saltean a fuego alto, no se hierven.»
Era como tener un tutor de cocina a distancia. Un tutor que extrañaba con cada fibra de mi ser.
Día tres fue cuando descubrí el sistema.
Estaba buscando la salsa picante en el refrigerador cuando vi algo detrás de los tuppers. Un sobre de papel manila, pegado a la pared interior del refrigerador con cinta adhesiva, con una etiqueta que decía: «Instrucciones generales».
Lo abrí. Dentro había una hoja escrita a mano con la caligrafía de Martín:
«1. La basura se saca los martes y viernes.
La planta del balcón se riega cada tercer día. Poca agua.
Si el calentador falla, hay que golpear dos veces el costado izquierdo.
Los fusibles están en la caja gris del pasillo.
Si necesitas algo, llámame. A cualquier hora.»
Punto cinco. «Si necesitas algo, llámame. A cualquier hora.»
Ese hombre. Ese maldito hombre maravilloso que dejaba instrucciones de mantenimiento del departamento como si fuera un manual de usuario y luego, al final, deslizaba un «llámame a cualquier hora» como si no fuera la frase más tierna que alguien me había escrito jamás.
Pegué la hoja en la puerta del refrigerador, donde él ponía las notas adhesivas. Y cada vez que pasaba por la cocina, la miraba.
Día tres también fue cuando su madre llamó.
Yo estaba en el sofá, viendo una serie que no me interesaba, cuando mi teléfono sonó. Un número desconocido.
—¿Hola?
—¿Hola? ¿Eres la compañera de departamento de Martín? —Una voz femenina, cálida, con un acento suave y una energía que se parecía sospechosamente a la de Mariana cuando descubría un chisme.
—Sí, soy Valentina. ¿Con quién…?
—¡Soy Isabel! La mamá de Martín. ¡Ay, por fin te encuentro! Martín nunca me da números de nadie, tuve que pedírselo a su colega Allen.
Me senté tan recta que casi me caí del sofá.
—Señora Isabel, mucho gusto…
—Ay, dime Isa, por favor. «Señora» me hace sentir vieja. Bueno, soy vieja, pero no me gusta que me lo recuerden. —Se rio con una risa musical que me recordó vagamente a la cuasi-sonrisa de Martín, pero en versión sonora y desinhibida—. Mira, te llamo porque necesito confirmar algo muy importante.
—¿Sí?
—¿Eres mujer?
Silencio.
—Sí —dije, sin entender.
—¡Gracias a Dios! —El alivio en su voz era tan intenso que podría haber llenado un estadio—. Mira, no es que tenga nada en contra de nada, ¿eh?, pero es que este hijo mío nunca trajo a nadie a casa, nunca mencionó a ninguna chica, nunca mostró interés en absolutamente nadie, y Fernando —mi esposo— ya estaba convencido de que era… bueno, ya sabes. ¡Y no hay problema con eso, somos muy abiertos! Pero resulta que no. Tiene una compañera de departamento. ¡Una chica! ¡Viva! ¡Con voz bonita!
No sabía si reírme o llorar de la vergüenza.
—Señora… Isa —me corregí—, Martín y yo solo somos…
—¿Compañeros de departamento? Sí, eso me dijo él. Pero mira, mi hijo dice «compañera de departamento» con un tono de voz que nunca le había escuchado. Y Martín no cambia el tono de voz por nada. ¡Ni cuando se graduó con honores! ¡Ni cuando le publicaron el libro! Pero cuando dice «Valentina», su voz hace algo. No sé qué. Pero algo.
Se me llenaron los ojos de lágrimas.
—Isa, yo…
—No tienes que decirme nada, cariño. Solo quería escuchar tu voz. Y ahora que la escuché, estoy tranquila. Suenas a buena chica. —Bajó la voz—. ¿Él come bien? Porque de chico era flaquísimo y solo comía si yo le ponía el plato enfrente.
—Él cocina para los dos —dije, con la voz temblando—. Todos los días.
Silencio al otro lado de la línea.
—¿Él cocina para ti? —La voz de Isa se volvió suave, casi un susurro—. ¿Mi Martín? ¿El que a los veinte años no sabía freír un huevo?
—Sí. Y cocina… muy bien.
Otro silencio. Más largo.
—Valentina —dijo, con una dulzura que me traspasó—. Cuida a mi hijo. Porque si aprendió a cocinar para alguien, ese alguien es muy importante.
Colgamos después de quince minutos de conversación que incluyó la receta del pastel favorito de Martín de cuando era niño, tres anécdotas de su infancia que él probablemente no quería que yo supiera, y la promesa de Isa de que vendría a visitarnos «pronto, prontito, en cuanto Fernando termine su proyecto».
Me quedé sentada en el sofá, con el teléfono en el regazo y los ojos húmedos.
Martín aprendió a cocinar. Por mí. Él no cocinaba antes. Y ahora hacía desayunos con notas adhesivas y tuppers etiquetados por día de la semana y almuerzo con el pollo cortado en tiras del mismo grosor.
Le escribí un mensaje:
«Tu mamá me llamó.»
Su respuesta fue instantánea:
«¿Qué te dijo?»
«Que de chico no sabías freír un huevo.»
Pausa larga.
«Voy a hablar con Allen.»
Sonreí. Y pensé: día tres de cinco. Puedo hacerlo. Solo dos días más.
Solo dos días más para que vuelva a llenar este departamento con el olor a ajo y cilantro, con el sonido de sus pasos en el pasillo, con las notas adhesivas que guardo como si fueran cartas de amor.
Porque lo son. Aunque ninguno de los dos lo haya dicho todavía.
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