El día de su boda, Alegra Valdés descubre que Sebastián Girón, el hombre por quien renunció a su apellido y a su fortuna, lleva meses engañándola.
Pero Alegra no piensa llorar frente al altar.
Delante de todos los invitados, revela la traición, cancela la boda y recupera la identidad que había ocultado: no es una mujer sin recursos, sino la verdadera heredera de una de las familias más poderosas de Santa Aurelia y una brillante investigadora farmacéutica.
Mientras Sebastián pierde su prestigio, su empresa y todo aquello que creyó tener asegurado, Alegra vuelve a empezar. Entonces aparece Damián Montero, su frío e insoportable director, con una propuesta inesperada: un matrimonio por conveniencia.
Lo que ella no sabe es que Damián lleva diez años protegiéndola en silencio.
Entre secretos familiares, conspiraciones científicas, enemigos dispuestos a destruirlos y un contrato que empieza a parecerse demasiado al amor, Alegra tendrá que decidir si está preparada para confiar de nuevo… esta vez en el hombre que nunca dejó de elegirla.
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Capítulo 12
Cap 12: Estrategia silenciosa
El martes contraté un investigador privado.
No fue una decisión impulsiva, llevaba tres días pensando en los billetes de avión, en la cara de mamá cuando dije «Celina Déniz», en el silencio de Rodrigo. Tres días armando el rompecabezas con las piezas que tenía y descubriendo que me faltaba la mitad.
Necesitaba datos. Y los datos no se consiguen con preguntas que nadie quiere responder.
El investigador se llamaba Bravo, o así se presentó, sin nombre de pila, como si fuera un nombre de código. Era un hombre bajo, de barba recortada y ojos que parecían registrar todo sin detenerse en nada. Me lo recomendó un conocido de Nicolás, de esos contactos que mi hermano acumula en su red interminable de «gente que conoce gente».
—Necesito que siga a mi padre esta semana. Especialmente el miércoles, cuando viaja a Puerto Belmonte. Fotos, horarios, contactos. Todo.
Bravo no pestañeó.
—¿Algo en particular que deba buscar?
—Una mujer. Celina Déniz. Y cualquier persona que viva con ella.
—Entendido. ¿Discreción absoluta?
—Si mi padre se entera, considere el contrato terminado.
—No se va a enterar. —Se levantó—. Primer informe en setenta y dos horas.
En el instituto, me concentré en el trabajo como si mi vida dependiera de ello. Y en cierta forma, así era, el trabajo era lo único que no me estaba mintiendo.
Montero y yo entramos en la fase de formulación final del inhibidor. Los ensayos preclínicos estaban arrojando resultados prometedores: el compuesto con el ajuste de pH a 6,8 mostraba una selectividad del 94 por ciento y una toxicidad hepática reducida en un 73 por ciento respecto a la formulación anterior. Números que cualquier laboratorio farmacéutico del país mataría por tener.
—Si los ensayos clínicos confirman estos datos —dijo Montero durante una reunión de equipo el miércoles—, estamos ante el primer inhibidor selectivo de COX-2 con perfil de seguridad apto para uso crónico en pacientes geriátricos.
Julia levantó la mano.
—Director, ¿cuándo presentamos los resultados al comité de ética para la fase clínica?
—Cuando Valdés termine de verificar la estabilidad a largo plazo. —Me miró—. ¿Cuánto necesitas?
—Dos semanas para los datos de estabilidad acelerada. Cuatro si quieres los de tiempo real.
—Quiero los dos. Empezamos los acelerados mañana.
—Ya los empecé ayer.
Montero me miró con esa expresión suya, la que estaba a medio camino entre la irritación de que alguien se le adelantara y la satisfacción de que ese alguien fuera yo.
—Bien.
Tres letras. Pero viniendo de Damián Montero, eran un discurso de graduación.
El jueves por la noche fui a ver a Rodrigo.
Esta vez no le pregunté quién era Celina Déniz. Ya lo sabía, o al menos, ya tenía la hipótesis. Lo que necesitaba de mi hermano era otra cosa.
—Rod, quiero que me digas la verdad sobre una cosa. ¿Desde cuándo sabes que papá tiene otra familia?
Rodrigo estaba sentado en su estudio con un vaso de whisky que no había tocado. Cuando dije «otra familia», el vaso se movió un milímetro sobre la mesa, el temblor involuntario de un dedo.
—Cinco años —dijo finalmente—. Lo descubrí por accidente. Una transferencia bancaria que no debería haber visto. Todos los meses, la misma cantidad, a una cuenta en Puerto Belmonte. La rastreé. Llegué a Celina Déniz. Y a la niña.
—¿La niña?
—Tiene diecisiete años. Se llama... no importa cómo se llama. Alegra, lo que importa es que papá ha mantenido esto en secreto durante veinte años. Veinte años. Antes de que tú nacieras. Antes de que Nicolás naciera. Es probable que incluso antes de que se casara con mamá.
Me quedé callada. Veinte años. No era un desliz. No era una aventura de oficina. Era una vida entera construida en paralelo.
—¿Por qué no dijiste nada?
Rodrigo se pasó la mano por la cara.
—¿Qué iba a decir? ¿«Mamá, papá tiene otra mujer y otra hija»? ¿Sabes lo que eso le haría? Elegí protegerla.
—Protegerla o proteger a papá.
—Proteger a esta familia, Alegra. —Su voz se endureció—. Pero si tú quieres investigar, no te voy a detener. Solo te pido una cosa: cuando tengas todo, ven a hablar conmigo antes de actuar. No quiero que mamá se entere por un impulso.
—No soy impulsiva, Rod.
—Lo sé. Por eso te lo pido a ti y no a Nicolás.
A pesar de todo, sonreí. Rodrigo tenía razón, si Nico se enteraba de esto, la mitad de Santa Aurelia se enteraría en las siguientes veinticuatro horas.
—Hecho.
Me levanté para irme. En la puerta, me detuve.
—Rod. ¿Mamá sabe?
Silencio largo. El más largo que mi hermano me había regalado.
—Creo que sí. Creo que siempre supo.
El viernes por la noche, Bravo me envió el primer informe.
Las fotos eran claras, profesionales, tomadas con teleobjetivo desde una distancia prudente. Ricardo Valdés bajando de un auto en una calle residencial de Puerto Belmonte. Ricardo Valdés caminando hacia una casa de dos pisos con jardín delantero. Ricardo Valdés en la puerta, donde una mujer lo recibía con un abrazo, Celina Déniz, pelo oscuro recogido, vestido sencillo, sonrisa de alguien que lleva veinte años esperando al mismo hombre.
Y la última foto: una chica adolescente con uniforme escolar saliendo de la casa, corriendo por el jardín, lanzándose a los brazos de Ricardo Valdés.
La chica era delgada, con el pelo largo y los ojos grandes. Tenía la nariz recta de mamá, no, la nariz recta de los Valdés, y un hoyuelo en la mejilla izquierda que era una copia exacta del de Nicolás.
Mi padre la abrazaba con esa sonrisa que yo conocía tan bien. La sonrisa que nos daba a nosotros cuando éramos niños. La sonrisa de un hombre que quiere a sus hijos.
A todos sus hijos.
Cerré las fotos. Cerré la laptop. Me quedé sentada en la oscuridad de mi departamento, escuchando el ruido de la ciudad a través de las ventanas.
Tenía una hermana. Una media hermana de diecisiete años que vivía a cuatrocientos kilómetros de distancia, que iba a la escuela con uniforme, que corría por el jardín para abrazar a un padre que aparecía de vez en cuando y después desaparecía.
Una niña que probablemente no sabía que existíamos.
Igual que nosotros no sabíamos que existía ella.
Bravo incluyó una nota al final del informe: «La menor está registrada como hija de Celina Déniz. El padre en el acta de nacimiento es Ricardo Valdés».
No era una aventura. Era una confesión grabada en un documento legal.
Me serví un americano. Lo tomé de pie, mirando por la ventana, con la laptop abierta sobre la mesa y las fotos de mi padre abrazando a otra familia brillando en la pantalla.
Tres meses atrás, descubrí que mi novio me engañaba. Me destrocé por dentro y después me reconstruí pieza por pieza, como un compuesto químico que se descompone y se vuelve a sintetizar en una forma más resistente.
Ahora descubría que mi padre llevaba veinte años haciendo lo mismo. No con un novio de tres años, sino con la mujer que le dio cuatro hijos, que dirigió su hogar durante dos décadas, que renunció a su carrera para convertirse en la señora de Valdés.
Con mamá.
La diferencia entre Sebastián y Ricardo Valdés era simple: Sebastián era un mentiroso torpe que dejó su teléfono en el lugar equivocado. Mi padre era un mentiroso profesional que construyó una doble vida entera durante veinte años sin que nadie, o casi nadie, lo supiera.
Cerré la laptop. No iba a tomar decisiones esta noche. Las decisiones que se toman a medianoche, con café frío y el corazón caliente, suelen ser las peores.
Mañana hablaría con Rodrigo. Después, con tiempo y con datos, decidiríamos qué hacer.
Pero una cosa ya estaba clara: esta vez, mamá no iba a pelear sola.
Continuará...