Clara es una joven valiente que, tras la muerte de su padre y frente a las dificultades económicas de su familia, ve en un trabajo como niñera la oportunidad de cambiar la vida de todos. Es contratada para cuidar de Pedro, un niño pequeño y frágil, en la lujosa e imponente mansión de Enrico, un hombre rico, autoritario y enigmático.
Al principio, Enrico impresiona a Clara con su mirada intensa, sus reglas estrictas y su actitud distante, transmitiendo poder y control en cada gesto. Pero, a medida que Clara se acerca a Pedro, ganándose su confianza y demostrando dedicación y cariño, surge una tensión silenciosa entre ella y Enrico. Entre enfrentamientos y momentos de vulnerabilidad, nace la semilla de un sentimiento inesperado, delicado y peligroso, pues Enrico es tan intenso como misterioso.
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Capítulo 22
Estamos en la puerta de la habitación. Tan pronto como la puerta de la suite se abre, simplemente me detengo.
El aire frío del aire acondicionado me envuelve y el perfume del lugar parece cosa de otro planeta.
La habitación es… absurda.
No sé si mirar primero al techo, al suelo o al horizonte allá afuera.
Hay una pared entera de vidrio, revelando el gran río corriendo allá abajo, y la vista parece una pintura viva. El sol, la ciudad reflejando en tonos dorados.
Las cortinas blancas danzan con el viento que entra, y el suelo de madera clara brilla como si acabara de ser pulido.
En el centro, una cama gigante, mayor que mi habitación entera en la mansión. Las sábanas son tan blancas que hasta da miedo tocar. Tiene pétalos esparcidos y almohadas apiladas como nubes. Al lado la cama individual de cortesía que parece ser de miniatura.
Pedro corre adelante, tropezando de emoción.
- ¡Clalaaa! ¡Mira! Grita, con la carita pegada al vidrio.
Y yo río, medio sin aliento.
- ¡Cuidado, mi amor, no te acerques mucho!
Miro hacia atrás y Enrico sonríe satisfecho. Al notar que está siendo observado, se pone serio.
Hay una sala al lado, con sofás bajos, una mesita de frutas tropicales, y una tablet acoplada en la pared que controla todo, cortinas, temperatura, luces. Nunca he visto nada así.
En el baño, el choque es aún mayor: bañera de mármol, toallas enrolladas como flores, una ventana enorme de frente al río. Hasta el inodoro parece carísimo.
Abro el balcón y el aire caliente entra junto con el sonido suave del agua.
Pedro tira de mi mano.
- Clala, hay piscina.
Yo sonrío.
- Creo que sí.
El funcionario deja las maletas, Enrico agradece con aquel tono elegante de quien está acostumbrado a este tipo de lujo y se gira hacia mí.
- Arréglense. Vamos a bajar a la piscina en veinte minutos.
Trago saliva. Me pongo seria.
- ¿Qué pasa, Clara?
- Señor… yo… no tengo traje de baño.
Él levanta una ceja, respira hondo y pone los ojos en blanco, del modo que solo él sabe hacer.
- Claro que no tienes.
Y sale caminando hacia el baño como si fuera a resolver el problema del mundo.
En pocos minutos, él reaparece, ya cambiado, usando unas bermudas oscuras y una camisa blanca abierta en el pecho. El reloj caro brilla, el cabello perfectamente despeinado.
Pedro también ya está listo, con un short colorido y flotador en el brazo, pareciendo el niño más feliz del planeta.
- Vamos. Enrico dice apenas.
Entramos en el ascensor y, en vez de seguir hacia el área de la piscina, estamos yendo en dirección al área de compras del resort. Al menos es lo que las placas dicen.
Entramos en una tienda lujosa, el suelo de mármol negro refleja las luces doradas, y los maniquíes exhiben ropa de playa y de verano que cuestan el equivalente a meses de mi salario.
- Puedes comprar lo que quieras. Él dice, seco, como si fuera la cosa más simple del mundo.
- Sr. yo...yo no puedo pagar. Aún más en una tienda de estas. Yo susurro.
- Yo voy a pagar, no te preocupes. Él susurra de vuelta.
Yo abro los ojos como platos.
- No, señor. Yo NO PUEDO ACEPTAR. Yo grito sin querer.
Él cruza los brazos, impaciente.
- Clara, en este viaje tú no eres la niñera. Eres la invitada de honor de Pedro. Y vas a aprovechar, ¿entendido?
Antes de que yo consiga responder, una dependienta se acerca. Joven, rubia, maquillaje perfecto.
- Buenos días, Señor. ¿Puedo ayudarlo? Ella sonríe demasiado para Enrico, y para Pedro y me ignora.
Él asiente brevemente, pero mantiene la mirada en mí.
Yo decido mirar entre los percheros, completamente desubicada, intentando fingir que no estoy sudando de nervios. Cojo un bañador negro simple y pregunto:
- ¿Ustedes tienen este, talla mediana?
La dependienta me mira de pies a cabeza, la mirada deteniéndose en el uniforme de la mansión que yo estoy vistiendo.
La sonrisa de ella cambia. Se vuelve torcida.
- Lo siento, señora, pero creo que no tenemos nada en su perfil.
- ¿En mi perfil? ¿No entiendo? Repito, sin entender, o en la esperanza de no ser lo que yo entendí.
- Vendemos ropa exclusiva, apenas para nuestros huéspedes. Ella dice en tono dulce, pero venenoso.
Enrico se gira despacio, con el ceño fruncido.
- ¿Cómo es eso? Él pregunta con firmeza, la dependienta traga saliva.
- Yo solo dije que...
- Tú dijiste que no le vendes a ella. La voz de él se engruesa.
- ¿Sabes lo que tú no entiendes? Esta mujer tiene más clase en un gesto de lo que tú en toda tu pose barata. Y ella está conmigo.
El rostro de ella palidece. Él coge la cartera, saca la tarjeta black y la coloca en mi mano.
- Querida, compra lo que desees. Esta tarjeta no tiene límite. Puedes comprar hasta esta maldita tienda, si quieres.
El ambiente se congela.
Una mujer aparece a las prisas, intentando contornar la situación.
- Señor, por favor… nos disculpe. Yo soy la gerente de...
Enrico ni da espacio:
- Incluso, si quieres, Clara, compra la dimisión de esta chica arrogante.
- ¡Enrico! Digo rápido, casi en súplica. Él sonríe orgulloso.
- Disculpe el inconveniente. ¿Cómo puedo ayudarla, querida? Pregunta la gerente.
- Por favor. Yo solo quiero comprar el bañador en paz.
La gerente, claramente avergonzada, despide a la funcionaria para el almacén y me atiende personalmente.
- Claro. Tenemos diversos modelos lindos. Voy a ayudarla.
- ¿Acepta un champán? ¿Una agua saborizada?
- ¡No! Gracias.
Pedro coge la mano del padre y cuchichea:
- ¿Papá enfadado?
Enrico suspira, pasando la mano por el rostro.
- No, hijo. Solo sin paciencia para gente estúpida.
Mientras ellos se sientan en el sofá, yo sigo para el probador.
La gerente me trae algunos modelos, coloridos, estampados, uno más bonito que el otro.
Siento el rostro quemar solo de pensar en salir de allí con cualquiera de ellos. Elijo un bañador azul marino trenzado y el negro básico.
Ella me trae algunos vestidos. Me pruebo el primer vestido, un tono azul claro, ligero, con tirantes finos.
Miro mi reflejo en el espejo y por un momento, casi no me reconozco.
Cuando salgo, Enrico y Pedro levantan los ojos.
- ¿Y entonces? Pregunto, medio sin gracia.
Él demora un segundo demasiado para responder.
Después sonríe de lado.
- Sí.
- ¿Sí, qué?
- Sí, me gustó. Estás linda... él dice, con aquella voz calma que me deja sin piso.
Pedro ríe, dando palmadas.
Y yo río también, medio tonta, medio sin gracia.
Al final, salimos de allí con más que un bañador.
Un vestido, una salida de playa, una sandalia nueva y los dos bañadores. Todo pagado por él, sin discusión.
Cuando volvemos al ascensor, Enrico mira para mí y dice con un tono casi ligero.
Volvemos a la suite.
- Clara, cámbiate, para ir a la piscina.
- Ahora sí. Lista para conocer el resort de verdad.
Y yo pienso, mientras miro el reflejo en el espejo de metal pulido.
Cuando salgo y Enrico me ve, se queda boquiabierto. Cuando se da cuenta, cambia la postura y dice:
- Perfecto. Ahora vamos a aprovechar.