Durante diecisiete años, Ana vivió como la hija perfecta de la poderosa familia Reyes. Pero bastó una prueba de sangre para que perdiera su apellido, su hogar y todo lo que creía suyo.
Todos esperaban verla suplicar.
En cambio, Ana regresó con los Duarte, la humilde familia que la recibió sin condiciones, y decidió no volver a ocultarse. Porque la joven que la élite despreciaba no era una impostora indefensa: había construido en secreto un imperio empresarial, poseía talentos capaces de sacudir toda Ciudad Dorada y conocía secretos que podían destruir a quienes la traicionaron.
Mientras las máscaras comienzan a caer, Diego Rivas —el único hombre que siempre supo quién era ella en realidad— permanece a su lado, dispuesto a enfrentarse al mundo entero por la mujer que ama.
La familia Reyes creyó que había expulsado a una falsa heredera.
Todavía no sabía que acababa de provocar a la mujer que pondría de rodillas a toda la élite.
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Capítulo 6
La heredera que no pudo esconderse
Capítulo 6
Naty llegó al colegio en tacones de diez centímetros, gafas de sol que le cubrían media cara y un café helado en cada mano.
—Uno para ti, uno para mí, y si alguien te mira feo hoy, le tiro el mío en la camisa —dijo, tendiéndome el vaso como si fuera un arma cargada.
Renata Salas. Naty para los amigos, que éramos exactamente tres personas en el mundo. Mi mejor amiga desde los trece años, cuando nos sentaron juntas en clase de biología y ella se negó a diseccionar una rana con el argumento de que "si yo no le hice nada a la rana, la rana no me ha hecho nada a mí". Hija de una familia acomodada pero no ostentosa, prometida desde la cuna con Emiliano Duque —un compromiso que ella llevaba con la misma naturalidad con la que llevaba sus tacones imposibles: sin quejarse, sin tambalearse, sin pedir permiso.
—¿Cómo estás? —preguntó, bajándose las gafas para mirarme por encima del borde con esos ojos que detectaban mentiras a la velocidad de la luz.
—Bien.
—Mentira. Pero no importa, porque hoy te voy a hacer reír aunque tenga que incendiar la cafetería. —Se enganchó de mi brazo—. Vamos.
El colegio San Andrés no había cambiado en las dos semanas que llevaba fuera. Los mismos pasillos de mosaico, los mismos trofeos en las vitrinas, los mismos grupitos de siempre murmurando detrás de sus carpetas. Lo que sí había cambiado era la forma en que me miraban: antes era "Alejandra Reyes, la hija menor del Grupo Reyes", y la mirada venía acompañada de una sonrisa interesada. Ahora era "Ana Duarte, la que resultó no ser hija de nadie importante", y la mirada venía acompañada de un silencio incómodo.
Me daba igual. Llevaba diecisiete años perfeccionando el arte de que me diera igual.
—¿Ya te enteraste? —susurró Naty mientras caminábamos hacia el aula.
—¿De qué?
—Vale. Se transfirió. Está en nuestra clase a partir de hoy.
Me detuve.
—¿En serio?
—Aparentemente, Silvana "sugirió" al director que su hija merece estudiar en el mejor colegio de Ciudad Dorada. Y como el apellido Reyes todavía pesa más que la ética académica en este país...
No terminó la frase. No hacía falta.
Valentina Reyes entró al salón como si entrara a una pasarela.
Pelo perfectamente liso, uniforme impecable —pero modificado con detalles que rozaban lo reglamentariamente aceptable: la falda dos centímetros más corta, la blusa desabotonada justo lo suficiente, unos aretes de diamante que ningún estudiante normal podría costearse—, y una sonrisa que parecía ensayada frente al espejo.
—Buenos días —dijo, con la voz de alguien que espera aplausos—. Soy Valentina Reyes. La verdadera heredera del Grupo Reyes.
Silencio.
No fue el silencio respetuoso que ella esperaba. Fue el silencio incómodo de treinta personas que ya habían leído las noticias y no sabían si dar la bienvenida o fingir que no la habían visto.
El profesor, un hombre de sesenta años que llevaba el mismo saco desde que yo tenía memoria, se ajustó los lentes y señaló un asiento vacío al fondo.
—Siéntese, señorita. Estábamos en la página cuarenta y dos.
Vale parpadeó. Esperaba una presentación, un aplauso cortés, al menos una pregunta. Lo que obtuvo fue la página cuarenta y dos.
Se sentó. Me buscó con la mirada. La encontré sin esfuerzo: yo estaba en la tercera fila, con los ojos fijos en mi cuaderno, tomando apuntes como si su existencia fuera un dato irrelevante del universo.
Eso la enfureció más que cualquier confrontación directa. Lo supe porque la escuché abrir y cerrar su estuche de maquillaje tres veces en cinco minutos, que es el equivalente emocional de apretar un botón de pánico.
A la mitad de la clase, se levantó y caminó hasta mi pupitre con la gracia estudiada de alguien que ha visto demasiadas telenovelas.
—Oye, ¿me prestas tus apuntes? Es que como soy nueva, no tengo los temas anteriores. —Sonrisa inocente. Voz dulce. Ojos calculadores.
Levanté la vista.
—Los temas anteriores están en el portal del colegio. Sección de alumnos, pestaña de recursos, carpeta del semestre. La contraseña es tu número de matrícula. —Volví a bajar la mirada—. De nada.
Naty, a mi lado, se tapó la boca con la mano para no reírse.
Vale se quedó parada un segundo, procesando el hecho de que su primer intento de manipulación había durado exactamente ocho segundos. Luego regresó a su asiento con las mejillas coloradas y la mandíbula apretada.
La clase de equitación fue peor. Para ella.
El Colegio San Andrés tenía un programa ecuestre que era orgullo de la institución. Caballos entrenados, instructores certificados, un protocolo de seguridad que incluía empezar con los animales más dóciles y avanzar gradualmente.
Vale, por supuesto, ignoró todo eso.
—Yo quiero montar ese —dijo, señalando a Relámpago, un semental negro que solo los alumnos avanzados de tercer año montaban, y ni siquiera todos.
El instructor negó con la cabeza.
—Ese caballo no es para principiantes, señorita Reyes.
—No soy principiante. Tomé clases en la finca de mi familia.
No las tomó. Lo supe porque la forma en que sostenía las riendas —con los nudillos blancos y los codos demasiado altos— era la de alguien que ha visto montar a caballo en películas pero jamás ha sentido el peso de un animal vivo debajo de sus piernas.
Subió. Relámpago resopló con la indignación contenida de un profesional obligado a trabajar con un aficionado. Vale le dio un tirón a las riendas —error número uno, dos y tres simultáneamente— y el caballo decidió que ya había sido suficientemente paciente.
Lo que siguió fue rápido, ruidoso y, para ser honesta, un poco cinematográfico.
Relámpago salió al trote, Vale gritó, el instructor corrió, y tres segundos después la verdadera heredera del Grupo Reyes estaba sentada en un charco de lodo con paja en el pelo, la falda rasgada y una expresión que oscilaba entre la humillación y la furia homicida.
Treinta pares de ojos la miraban. Nadie se rio en voz alta —los alumnos de San Andrés son demasiado bien educados para eso—, pero el silencio tenía la textura inequívoca de la risa contenida.
Le tendí la mano para ayudarla a levantarse.
La rechazó de un manotazo.
—No me toques.
Retiré la mano con la misma calma con la que la había ofrecido.
—Como quieras.
La última jugada de Vale ese día fue la más estúpida. Y la más reveladora.
A la salida de clases, me interceptó en el pasillo del ala norte. Sola. Sin testigos, o eso creyó ella.
—Escúchame bien, Ana, o Alejandra, o como te llames ahora. —Su voz temblaba, pero no de miedo. De rabia—. Este colegio, esta ciudad, esta vida que crees que puedes tener sin el apellido Reyes... todo eso me pertenece a mí. Yo soy la hija legítima. Tú eres la que sobra.
No respondí. No porque no tuviera respuesta, sino porque quería ver hasta dónde llegaba.
Llegó hasta mi carpeta.
La arrancó de mis manos, la abrió y sacó las quince páginas de mi ensayo final de literatura comparada —tres semanas de trabajo, anotaciones al margen, bibliografía completa— y las rompió por la mitad.
—Escribe otro —dijo, con una sonrisa que pretendía ser triunfante.
La miré. Miré los pedazos de papel en el suelo. Volví a mirarla.
—Ese ensayo estaba guardado en la nube desde la semana pasada. Lo que acabas de romper es la copia impresa que iba a entregar mañana. —Saqué mi teléfono y, delante de sus ojos, reenvié el archivo al correo del profesor—. Listo. Entregado. Digitalmente.
Vale se quedó inmóvil, con los pedazos de papel todavía cayendo al suelo como confeti de su propia derrota.
Pero no había terminado.
—Lo que sí me preocupa —continué, guardando el teléfono con deliberada lentitud— es que destruiste propiedad escolar. La carpeta era del colegio. El reglamento es bastante claro al respecto. Artículo 23, sección B: destrucción de materiales académicos, suspensión temporal y notificación a los tutores legales.
Su expresión cambió.
—No te atreverías.
—No necesito atreverme. La cámara de seguridad del pasillo lo hizo por mí. —Señalé con la barbilla hacia la esquina superior izquierda, donde un pequeño punto rojo parpadeaba discretamente—. Tercer jueves del mes, Vale. Las cámaras de esta ala se revisan cada tercer jueves. Hoy es jueves.
No era tercer jueves. Era segundo. Pero ella no lo sabía. Y el pánico que le cruzó el rostro me confirmó lo que ya sospechaba: Valentina Reyes no era estúpida, pero sí impulsiva. Y la impulsividad, en este juego, era un lujo que yo nunca me permitía.
Me agaché, recogí uno de los pedazos del ensayo —por cortesía, no por necesidad— y me alejé por el pasillo.
A mis espaldas, escuché su voz, baja, temblorosa, hablándose a sí misma:
—Espera y verás. Este colegio, esta ciudad... pronto no habrá nadie que se atreva a hablarme así.
Doblé la esquina y casi choco con alguien.
Un chico que no había visto antes. Alto, delgado, con el uniforme perfectamente planchado y unos ojos que parecían estar analizando la composición molecular del aire. Me miró con una intensidad incómoda, como si me reconociera de algún lugar que yo no podía identificar.
—Tú eres Ana Duarte —dijo. No era una pregunta.
—¿Y tú eres?
—Emilio. Emilio Salcedo. Me transfirieron esta semana. —Ladeó la cabeza—. Acabo de ver todo lo que pasó con esa chica. Valentina, ¿no?
—Ajá.
—Interesante. Ella no se parece a los Reyes.
Me detuve. Lo miré con más atención. Había algo en la forma en que dijo "Reyes" —como si la palabra le quemara— que no encajaba con un simple comentario de pasillo.
—¿Y tú cómo sabes a qué se parecen los Reyes?
No respondió. Solo me sostuvo la mirada durante dos segundos más de lo socialmente aceptable, esbozó algo que no llegaba a ser sonrisa, y se alejó caminando en dirección contraria.
Lo vi desaparecer al final del pasillo. Alto, erguido, con un paso que parecía medir cada baldosa.
No supe por qué, pero se me erizó la piel de los brazos.
En este colegio, la gente no te mira así a menos que sepa algo que tú no sabes. Y los ojos de Emilio Salcedo decían, con una claridad perturbadora, que sabía mucho más de lo que estaba dispuesto a compartir.