Todos obedecen a Sebastián Mendoza.
Todos menos su prometida.
Emilia Velasco nunca pidió formar parte del acuerdo que unió a dos de las familias más poderosas de México. Mucho menos vivir con Sebastián: el heredero frío, implacable y peligrosamente atractivo que parece capaz de descubrir cada una de sus mentiras con solo mirarla.
Él le impone tres reglas.
Emilia convierte romperlas en su pasatiempo favorito.
Pero desafiar a Sebastián tiene consecuencias. Sus advertencias pronto se transforman en castigos demasiado íntimos para olvidar y en una tensión que ninguno de los dos está dispuesto a reconocer.
Lo desconcertante no es su autoridad.
Es lo que ocurre después.
Porque el mismo hombre que la obliga a enfrentar las consecuencias de sus actos también se arrodilla para atarle los zapatos, cura cada una de sus heridas y pasa la noche despierto cuando ella tiene miedo.
Emilia cree que Sebastián solo desea controlarla, hasta que descubre su secreto: él es XL, el admirador anónimo que lleva años comprando sus obras y protegiendo su carrera desde las sombras.
Sebastián no aceptó el compromiso por obedecer a su familia.
Llevaba años esperándola.
Ahora, una conspiración relacionada con la muerte de la madre de Emilia amenaza con destruir todo lo que ambos intentan construir. Y el hombre al que todos temen está dispuesto a incendiar su propio imperio antes de permitir que vuelvan a lastimarla.
Emilia tendrá que decidir si quiere seguir desafiando al heredero…
o confiar en el único hombre que la eligió mucho antes de que ella pudiera elegirlo a él.
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Capítulo 16
Emilia se juró que no iba a desvelarse. Se lo prometió a sí misma mientras acomodaba la gubia número siete sobre la mesa del taller a las ocho de la noche: una hora de trabajo, dos como máximo, y a la cama antes de la una. La tercera regla. Fácil.
El fénix de cedro rojo no opinó lo mismo. La pieza llevaba tres semanas sobre la mesa del taller, creciendo pluma por pluma, y Emilia le hablaba mientras trabajaba — no en voz alta, solo en su cabeza, un murmullo constante de "un poco más a la derecha, ahí, así" que era su forma de negociar con la madera.
La cola del fénix tenía diecisiete plumas y cada una necesitaba una curvatura distinta — no simétrica, no repetida, cada una única como una huella digital. Emilia había pasado tres días peleando con la pluma número once, que se resistía a curvarse sin astillarse, y esta noche, finalmente, la gubia encontró el camino. La madera cedió con un suspiro, la viruta salió limpia y Emilia entró en ese trance que solo los artesanos conocen — el estado donde el tiempo deja de existir y lo único real es el diálogo entre la herramienta y el material.
A las dos y doce de la mañana, la luz del pasillo se encendió.
Emilia levantó la vista. Sebastián estaba en la puerta del taller. Pantalón de pijama, camiseta gris, el pelo desordenado de quien se ha despertado pero no por voluntad propia. En la mano derecha, la regla de madera.
El corazón de Emilia cayó al estómago.
—Son las dos —dijo Sebastián. No era una pregunta.
—Lo sé. Pero mira— —levantó la pieza—. La pluma once finalmente salió. Si la dejo ahora voy a perder la curva y mañana—
—¿Cuál era la tercera regla?
—Dormir antes de la una —dijo Emilia, bajando la pieza.
—¿Qué hora es?
—Las dos.
—Es la segunda vez esta semana.
Emilia miró la regla. La regla la miró de vuelta — o eso le pareció, porque los objetos no miran, pero esa regla de nogal tenía una presencia que ocupaba más espacio del que le correspondía.
—¡Solo fue UNA hora de más! —dijo, levantando un dedo—. Una hora. Eso no cuenta.
—¿No cuenta?
—No. Una hora no es una infracción seria. Es un… desliz temporal.
Sebastián la miró. La sombra de algo que podría haber sido diversión cruzó su expresión — tan breve que Emilia no estaba segura de haberla visto.
—Cada quince minutos de más son un golpe —dijo, con la misma calma con la que habría leído un contrato. Como si las matemáticas de la corrección fueran tan naturales como las del negocio—. Sesenta minutos divididos entre quince son cuatro.
Emilia abrió los ojos.
—¿¡Cuatro!? ¡Ni siquiera es un número redondo!
—Tienes razón. —La comisura de su boca se movió un milímetro—. Redondeemos. Cinco.
—¡No! —Emilia se paró de la silla—. ¡Me quedo con cuatro! ¡Cuatro está perfecto! ¡Cuatro es un número hermoso! ¡Cuatro es mi número favorito!
Sebastián la miró un momento. Emilia vio cómo la severidad luchaba contra algo más suave detrás de sus ojos — una batalla que ella no debería estar ganando pero que, de alguna manera, ganaba.
Bajó la regla. La apoyó contra la pared con un suspiro que no era exactamente de derrota — era de algo más complejo, como si la ternura que sentía por ella le impidiera ser tan severo como creía que debía ser.
—Esta vez, uno.
—¿Uno?
—Como advertencia. Dame la mano.
Emilia extendió la mano derecha. Los dedos le temblaban, pero no de miedo — de algo que no sabía nombrar. Sebastián le tomó la muñeca con la mano izquierda y con la derecha levantó la regla.
El golpe cayó en la palma abierta. Seco, breve, firme. El escozor le subió por los dedos y se instaló en el centro de la mano como una estrella de calor.
Emilia retiró la mano, se la apretó contra el pecho y exageró una mueca de dolor que era un setenta por ciento actuación y un treinta por ciento real.
—¡Ay! —dijo, sacudiendo la mano en el aire—. ¡Bruto! ¡Me rompiste la mano! ¡Ya no puedo tallar! ¡Mi carrera se acabó! ¡Le voy a decir a Patricia!
—Patricia me dará la razón.
—¡Le voy a decir a Doña Rosa!
—Doña Rosa me ayudó a elegir la regla.
Emilia se quedó con la boca abierta. Luego la cerró. Luego la abrió de nuevo.
—¿Doña Rosa SABE de la regla?
—Doña Rosa sabe de todo lo que pasa en esta casa. Según ella, su abuela usaba una igual con su abuelo. "Y mire qué bien le fue," fueron sus palabras exactas.
Emilia se quedó un momento procesando la imagen de Doña Rosa y Sebastián en la tienda eligiendo una regla de madera como quien elige un utensilio de cocina. La normalidad con la que las personas alrededor de Sebastián aceptaban su forma de querer era algo que todavía no lograba asimilar.
—Ahora ve a dormir.
—¿Y si no quiero?
Sebastián levantó una ceja. Solo una. Miró la regla apoyada contra la pared. Miró a Emilia.
—Me voy —dijo Emilia, levantando las manos—. Me voy, me voy, me voy.
Recogió sus herramientas a la velocidad de alguien que quiere salir de una habitación antes de que la oferta expire. Guardó las gubias en el estuche, cubrió el fénix con el paño de lino y apagó la lámpara de trabajo. Pasó junto a Sebastián en la puerta del taller. Se detuvo.
Le llegó su olor — cedro, siempre cedro, mezclado con el jabón de la noche y algo tibio debajo que era solo él. A esta distancia, con la luz del pasillo recortándole la silueta, Sebastián se veía diferente de como se veía de día. Menos CEO, menos hielo. Más hombre. Más real.
—Buenas noches —dijo, con una dignidad que no era del todo convincente.
—Buenas noches —respondió él, y la sombra de la sonrisa que había contenido toda la noche finalmente le llegó a los ojos. No a la boca — a los ojos. Era suficiente.
Emilia se fue a su cuarto. Se lavó los dientes, se cambió, se metió a la cama. La palma de la mano todavía le cosquilleaba donde la regla la había tocado. Se la miró en la oscuridad — la piel ligeramente rosada, la línea del escozor ya desvaneciéndose.
Y entonces lo notó.
Su corazón latía rápido. No de miedo. No de dolor. No de indignación.
Latía rápido de la misma forma en que latía cuando Sebastián le acomodaba el pelo detrás de la oreja, cuando sus dedos le rozaban la espalda, cuando la miraba con esos ojos que parecían conocerla mejor que ella misma.
Se tapó hasta la barbilla y cerró los ojos con fuerza. La pregunta de Daniela le volvió a la cabeza con la claridad de una campana al amanecer: "¿Te excitan o te dan miedo?"
La palma le cosquilleaba. La piel recordaba el impacto — no como dolor, sino como presencia. Como la mano de Sebastián que seguía ahí después de irse, como su voz que seguía sonando después de callarse, como su olor a cedro que permanecía en las habitaciones horas después de que él las hubiera dejado.
Emilia apretó la palma contra la almohada y no respondió. Ni a Daniela, que no estaba ahí. Ni a sí misma, que sí.