Hay lugares que nunca se olvidan. Para Rubi, aquel pequeño pueblo siempre había sido el lugar al que regresaba cada verano. El rancho de sus abuelos, los mismos caminos de tierra, los caballos, las tardes interminables y una familia que prácticamente había crecido junto a la suya. Y luego estaba él. Wyatt Carter. Durante años fue simplemente el hermano mayor de su mejor amigo. El cowboy que siempre parecía estar cubierto de polvo, que sabía montar cualquier caballo y que tenía la extraña costumbre de aparecer justo cuando ella estaba a punto de meterse en problemas. Pero han pasado años desde el último verano. Y algunas cosas cambiaron. Ella no esperaba volver a encontrar el pueblo exactamente como lo había dejado. Mucho menos esperaba que Wyatt tampoco fuera el mismo. Porque quizás regresar al lugar donde comenzó todo no sea tan sencillo como recordar viejos veranos. Y quizás este verano tenga algo que ninguno de los dos estaba preparado para enfrentar.
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Un desayuno
Rubí despertó con el sonido de un gallo.
Abrió los ojos lentamente y durante unos segundos no supo dónde estaba.
El techo de madera.
Las cortinas blancas moviéndose con la brisa.
Las fotografías pegadas en la pared.
Su vieja habitación.
Entonces recordó.
Había vuelto.
Se quedó unos instantes mirando el techo, sonriendo.
A diferencia de la noche anterior, ahora podía apreciar realmente cuánto había cambiado el lugar.
Se levantó de la cama y abrió las cortinas.
El sol apenas comenzaba a iluminar los campos. Frente a la casa de sus abuelos, la propiedad Carter ya estaba despierta.
Había movimiento alrededor de los establos.
Rubí se apoyó contra el marco de la ventana.
Un hombre caminaba entre los caballos.
Incluso desde aquella distancia lo reconoció.
Wyatt.
Llevaba una camisa clara con las mangas dobladas, jeans y botas. Su sombrero estaba ligeramente inclinado mientras revisaba algo en una de las cercas.
Rubí apartó la mirada.
No sabía por qué llevaba varios segundos observándolo.
Se alejó de la ventana y tomó una camiseta del armario.
—Definitivamente necesito dejar de hacer eso —murmuró.
Bajó a la cocina unos minutos después.
Su abuela ya estaba preparando el desayuno.
—Buenos días, dormilona.
—Buenos días.
—¿Dormiste bien?
—Como nunca.
Su abuelo estaba sentado junto a la ventana leyendo el periódico.
—Eso es porque aquí no hay ruido de ciudad.
Rubí tomó una taza de café.
—Lo extrañaba.
—¿El café?
—El silencio.
Su abuelo sonrió.
—Sabía que terminarías volviendo.
Rubí se sentó a la mesa.
—Todavía no sé cuánto tiempo me quedaré.
—El suficiente.
Ella sonrió.
Su abuela dejó un plato frente a ella.
—Come.
—Abuela, no tengo tanta hambre.
—Eso dicen todos antes de probar mis panqueques.
Rubí tomó uno.
—Siguen siendo los mejores.
—Lo sé.
La puerta trasera se abrió.
Rubí escuchó unos pasos.
—Buenos días.
Levantó la mirada.
Wyatt.
Esta vez estaba mucho más cerca.
Se había quitado el sombrero y llevaba el cabello ligeramente despeinado. Tenía una pequeña mancha de tierra en la mejilla.
—Buenos días —respondió Rubí.
Su abuelo levantó la mirada.
—Wyatt, siéntate. Hay desayuno suficiente.
—Gracias, pero solo venía a buscar unas cosas.
—Puedes comer mientras las buscas —bromeó su abuela.
Wyatt soltó una pequeña risa.
—Está bien.
Se sentó en una de las sillas.
Rubí intentó concentrarse en su desayuno.
Intentó.
—¿Ya viste el pueblo? —preguntó Wyatt.
Ella negó con la cabeza.
—Todavía no.
—Entonces Logan seguramente te llevará.
—Ese es el plan.
Wyatt asintió.
—Sigue igual.
—¿El pueblo?
—Logan.
Rubí rio.
—Eso sí me lo creo.
Por primera vez, Wyatt sonrió directamente hacia ella.
Fue apenas un instante.
Pero Rubí lo notó.
—¿Y tú? —preguntó ella—. ¿Siempre te levantas tan temprano?
—Trabajo en el rancho.
—Eso no responde mi pregunta.
—Sí.
—¿A qué hora?
—Cinco.
Rubí abrió los ojos.
—¿Cinco de la mañana?
—A veces antes.
—Eso debería ser ilegal.
Wyatt soltó una risa.
—Te acostumbrarás.
—No pienso acostumbrarme.
—Ya veremos.
La conversación fue interrumpida por un ruido en la puerta principal.
—¡Rubí!
Logan apareció en la cocina.
—Buenos días.
—¿Por qué gritas?
—Porque llevo diez minutos llamándote desde afuera.
—Podrías haber tocado.
—Toqué.
Su abuela negó con la cabeza.
—Este chico…
Logan miró la mesa.
—¿Hay desayuno?
—Siéntate —respondió su abuela.
Logan obedeció inmediatamente.
Rubí lo miró divertida.
—Eres muy fácil de convencer.
—Hay comida de por medio.
Wyatt se levantó.
—Yo me voy.
Logan levantó la mirada.
—¿Ya?
—Tengo trabajo.
Antes de salir, Wyatt miró a Rubí.
—Nos vemos.
—Nos vemos.
La puerta se cerró.
Logan esperó unos segundos.
Luego miró a Rubí.
Ella ya conocía esa expresión.
—No.
—¿Qué?
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—La que estás poniendo.
Logan sonrió.
—No dije nada.
—Pero estás pensando algo.
—Solo estaba pensando que mi hermano parece haberse acordado bastante rápido de ti.
Rubí frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
—Nada.
—Logan.
Él se levantó y tomó otro panqueque.
—Vamos al pueblo.
—No cambies de tema.
—Ya lo hice.
Rubí lo siguió con la mirada mientras salía de la cocina.
Y aunque intentó convencerse de que las palabras de Logan no significaban nada…
No pudo evitar pensar en la sonrisa que Wyatt le había dedicado antes de salir.
Quizás regresar al rancho no iba a ser tan sencillo como había imaginado.