La criaron en la mansión Blackwood, entre los cinco herederos destinados a protegerla. Ayla lo dio todo por esa manada: su lealtad, su don de sangre curativa, su corazón. Hasta que una desconocida llegó con una sonrisa dulce y una mentira perfecta, y uno a uno, los cinco le dieron la espalda.
Acusada, humillada y desechada como si nunca hubiera importado, Ayla no suplica. No llora frente a ellos. Se pone de pie ante toda la manada y pronuncia las únicas palabras que pueden romperlos: los rechaza. A los cinco. En voz alta.
Pero el destino tenía otros planes para la huérfana de ojos plateados. Porque hay un Alfa Supremo que la reconoció desde el primer instante. Porque en su sangre duerme un linaje que creían extinto. Y porque la joven a la que despreciaron no era una omega cualquiera: era la heredera que podía cambiarlo todo.
Cuando la verdad sobre su origen salga a la luz, los que la abandonaron descubrirán, demasiado tarde, a quién dejaron ir.
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Capítulo 14 — El Despertar
Treinta y dos días.
Ese era el tiempo que Ayla había permanecido inconsciente.
Treinta y dos días en que Magnus prácticamente había convertido el hospital en su segunda casa.
Treinta y dos días en que Xavier aparecía a diario.
Treinta y dos días en que los cinco herederos cargaban el peso de sus elecciones.
Y treinta y dos días en que Ayla caminaba por la floresta plateada al lado de Luna.
Pero algo estaba cambiando.
La floresta ya no parecía tan silenciosa.
Las voces del mundo real se estaban volviendo más fuertes.
Más cercanas.
Más difíciles de ignorar.
—Es hora.
Ayla se volvió hacia Luna.
—¿Hora de qué?
La loba plateada la observó largamente.
—De volver.
Ayla bajó los ojos.
—¿Y si no quiero?
—Quieres.
—No estoy tan segura.
Luna caminó hasta ella.
—No confundas el cansancio con la rendición.
Las palabras golpearon a Ayla como una flecha.
Porque eran verdaderas.
Estaba cansada.
Lastimada.
Traicionada.
¿Pero rendirse?
No.
Aún existía algo dentro de ella.
Una llama pequeña.
Casi apagada.
Pero viva.
—Magnus está esperando.
—Lo sé.
—Y hay alguien más.
Ayla levantó la mirada.
—¿Xavier?
Luna sonrió.
—Ya sabes la respuesta.
Ayla permaneció en silencio.
Porque, aun sin haberlo conocido nunca en persona, sentía aquella presencia.
Sentía aquella fuerza.
Como si algo invisible la jalara de vuelta.
Como si un hilo estuviera uniendo a los dos.
—Todavía tengo preguntas.
—Entonces vuelve y encuentra las respuestas.
La floresta empezó a desaparecer.
Los árboles se disolvieron en luz.
El suelo desapareció.
La luna se volvió cada vez más brillante.
Hasta que todo quedó blanco.
En el hospital, Xavier estaba sentado junto a la cama.
Era de madrugada.
Magnus había ido a descansar tras mucha insistencia de los curanderos.
La habitación estaba en silencio.
Solo el sonido de los aparatos llenaba el ambiente.
Xavier observaba a Ayla.
Las quemaduras habían desaparecido casi por completo.
Su rostro había recuperado parte del color.
Pero los ojos permanecían cerrados.
—Ya basta.
Su voz rompió el silencio.
—Luchaste lo suficiente.
Sus dedos tocaron levemente la mano de ella.
—Vuelve.
El monitor cardíaco osciló.
Xavier frunció el ceño.
Pensando que lo había imaginado.
Entonces pasó de nuevo.
Un pequeño movimiento.
Casi imperceptible.
Los dedos de Ayla se movieron.
El Alfa se levantó de inmediato.
Los ojos dorados quedaron fijos en ella.
—Ayla.
Los párpados de ella temblaron.
Una vez.
Dos veces.
Y entonces lentamente se abrieron.
La luz de la habitación la obligó a parpadear varias veces.
Todo estaba borroso.
Confuso.
Distante.
—¡Curandero! —llamó Xavier.
La voz resonó por el pasillo.
Pasos apresurados se acercaron.
Pero Ayla no estaba prestando atención.
Su mirada permaneció fija en la figura frente a ella.
Alta.
Imponente.
Vestida de negro.
Los ojos dorados más intensos que jamás había visto.
—Eres real...
La frase salió como un susurro.
Xavier casi sonrió.
Casi.
—Sí.
Ayla trató de hablar de nuevo.
Pero estaba débil.
Muy débil.
—Tardaste.
Los ojos dorados se suavizaron.
—Tú también.
La puerta se abrió.
Los curanderos invadieron la habitación.
Magnus apareció justo detrás de ellos.
Y se congeló.
—¿Ayla?
Las lágrimas surgieron de inmediato.
Sin aviso.
Sin control.
El Alfa atravesó la habitación en pocos segundos.
—Ayla.
La joven giró el rostro.
Y al verlo, sintió que algo se quebraba dentro de su pecho.
Todo el dolor.
Todo el sufrimiento.
Toda la soledad.
Vinieron de golpe.
—Magnus...
El hombre le tomó la mano.
Con cuidado.
Como si tuviera miedo de que ella desapareciera de nuevo.
—Volviste.
Ayla trató de sonreír.
Pero terminó llorando.
Y Magnus lloró junto a ella.
La noticia se esparció por el hospital en cuestión de minutos.
Después por toda la manada.
Ayla había despertado.
Los cinco herederos recibieron la noticia mientras organizaban medicamentos en el ala de los pacientes.
Finn dejó caer una caja.
Darius se levantó tan rápido que tumbó una silla.
Lucien palideció.
—¿Despertó?
El curandero asintió.
—Hace pocos minutos.
Nadie necesitó decir nada más.
Los cinco corrieron.
Pero al llegar al pasillo de la habitación, encontraron a Xavier parado frente a la puerta.
Inmóvil.
Como una muralla.
Kael fue el primero en hablar.
—Queremos verla.
—No.
La respuesta fue inmediata.
Finn apretó los puños.
—Ella es nuestra familia.
—Extraño.
La voz de Xavier era calma.
Peligrosamente calma.
—Porque no fue eso lo que demostraron.
El silencio cayó.
Ninguno de ellos respondió.
Porque él tenía razón.
Y todos lo sabían.
—Acaba de despertar.
Necesita descansar.
—Solo queremos hablar —dijo Lucien.
—No.
Una vez más.
No.
Kael encaró al Alfa Supremo.
—No puedes impedírnoslo.
Los ojos dorados encontraron los suyos.
—Puedo.
Y voy a hacerlo.
La tensión aumentó de inmediato.
Pero antes de que pasara cualquier cosa, la puerta de la habitación se abrió.
Magnus apareció.
—Basta.
Los seis hombres lo miraron.
—Ayla no quiere visitas.
Las palabras golpearon a los herederos como un puñetazo.
—¿Ella dijo eso? —preguntó Rowan.
Magnus asintió.
—Lo dijo.
El pasillo se hundió en silencio.
Porque aquello era nuevo.
Durante toda la vida, Ayla siempre había querido verlos.
Siempre corrió tras ellos.
Siempre intentó arreglar las cosas.
Ahora no.
Ahora estaba eligiendo mantener la distancia.
Y aquello dolió mucho más que cualquier castigo.
Mientras los cinco permanecían inmóviles en el pasillo, dentro de la habitación Ayla observaba la luna a través de la ventana.
Por primera vez desde que había despertado, estaba sola.
O casi.
Porque Luna seguía ahí.
Silenciosa.
Atenta.
—¿Estás lista?
Ayla soltó una respiración larga.
—No.
—Perfecto.
Ayla frunció el ceño.
—¿Perfecto?
—Los cambios más importantes empiezan justamente cuando no estamos listos.
La joven volvió a mirar la luna.
Y una certeza nació dentro de ella.
Había vuelto.
Pero ya no era la misma chica que entró en aquel hospital.
Y en algún lugar de la manada, sin que ella lo supiera, Selena acababa de recibir la noticia de que Ayla había despertado.
Y, desde que había iniciado sus planes, el miedo empezó a dominarla.
Porque una víctima silenciosa era fácil de destruir.
Una sobreviviente era mucho más peligrosa.