Lila se cansó de ser un eco en la vida de Abad, su esposo. Durante años, ocupó el segundo, el tercero, incluso el cuarto lugar en su mundo, siempre a la sombra de sus prioridades. Fue una situación límite, una gota que rebasó el vaso, lo que encendió en ella la chispa definitiva para desaparecer. Y se fue. Tan silenciosamente que todos la dieron por muerta. Todos, menos Abad. Él se negó a creer en su ausencia eterna, aferrado a una certeza que solo él entendía.
Cuando Lila regresó, no lo hizo sola. Traía consigo un niño, un secreto que Abad no había previsto, pero que no le importó en lo más mínimo. Sin dudarlo un segundo, Abad se lanzó a la reconquista. No solo para recuperarla a ella, sino para ganarse también al pequeño, dispuesto a aceptarlo como suyo, sin importar si la sangre lo unía o no. Porque esta vez, Abad sabía que no podía permitirse ser el último en la vida de nadie.
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Capítulo 3: El eco de un adiós
La puerta de la suite se cerró con un chasquido suave, casi delicado, que contrastaba brutalmente con el terremoto que acababa de sacudir la vida de Abad Mansur.
Se quedó inmóvil, con la mirada perdida en la madera barnizada, como si esperara que Lila regresara, que abriera la puerta y le dijera que era una broma, una prueba, cualquier cosa que no fuera la verdad absoluta que acababa de estallar en su rostro.
Pero Lila no regresó.
El silencio en la habitación era tan denso que podía cortarse con un cuchillo. Abad sintió que el suelo se movía bajo sus pies, aunque sabía que era solo su mente tratando de procesar lo inprocesable. Su esposa. Su Lila. La mujer que había conocido como una flor silvestre, tímida y dulce, la que se sonrojaba con una mirada y cocinaba sus platos favoritos con una devoción casi religiosa.
Esa misma mujer, la que ahora veía en su memoria con una claridad dolorosa, había estado sangrando en una camilla de hospital mientras él…
Mientras él estaba aquí. Con Sahina. Atendiendo una crisis que, de repente, le pareció ridículamente pequeña en comparación con la tragedia que Lila había vivido sola.
—Señor Mansur —la voz de Sahina llegó como un susurro frágil desde la cama—. ¿Está bien?
Abad parpadeó, como si despertara de un sueño. Se volvió hacia la joven, pero su mirada no se enfocaba en ella. Veía a través de ella, hacia el vacío que Lila había dejado a su paso.
—¿Que si estoy bien? —repitió, su voz ronca, extraña incluso para sí mismo—. Mi esposa acaba de decirme que perdió a nuestro hijo. Nuestro hijo, Sahina. Y yo no sabía nada. No estaba allí. —Se pasó ambas manos por el rostro, frotándose los ojos como si pudiera borrar la imagen de Lila, pálida y temblorosa, sosteniendo aquel sobre maldito—. ¿Cómo pude no saberlo?
Sahina se incorporó lentamente, sosteniéndose en el cabecero. Su rostro, aún pálido, mostraba una expresión de culpa genuina. Pero debajo de esa máscara de inocencia, algo se retorcía. Un miedo antiguo. Una verdad que llevaba seis meses silenciada.
—Señor Mansur, esto es mi culpa. Se lo juro, esto no es lo que piensa —dijo, y su voz temblaba—. Si yo no me hubiera descompensado, si no le hubiera pedido que viniera…
—No —la interrumpió Abad, alzando una mano—. No empieces con eso. Fui yo quien decidió quedarme. Fui yo quien apagó el teléfono.
—Pero yo le advertí —insistió Sahina, y sus ojos se humedecieron—. Le dije que contestara a su esposa, que ella lo llamaba porque lo necesitaba. Yo no sabía que era algo tan grave, pero sabía que la estaba descuidando. Y no hice nada para detenerlo.
Abad la miró, y por un momento, vio en ella un reflejo de su propia culpabilidad. Pero no era suficiente. Nada sería suficiente.
—¿Por qué no me dijiste quién eres? —preguntó, su voz cargada de una frustración que no sabía hacia dónde dirigir—. Si la gente nos ve juntos y lo malinterpreta, ¿por qué no le dijiste la verdad a Lila? Ella merecía saberlo.
Sahina bajó la mirada, jugando con el borde de la sábana. —Usted sabe por qué, señor Mansur. Se lo prometí a su padre. Él pidió discreción. Dijo que era mejor que nadie supiera, que el escándalo podría arruinar todo lo que había construido. —Alzó los ojos, y por un instante, la fragilidad dio paso a una determinación fría—. Y además, ¿de verdad cree que Lila habría entendido? Mire cómo reaccionó hoy. Me llamó «anoréxica de mierda» y «puta». ¿Cree que habría aceptado la verdad con los brazos abiertos?
Abad apretó la mandíbula. Sabía que Sahina tenía razón en parte. Lila siempre había sido celosa, aunque lo ocultaba bajo una capa de sumisión. Pero esto no era celos. Esto era dolor. Dolor puro y desgarrador.
—No importa —dijo finalmente, y su voz sonó más firme—. Ahora tengo que arreglar esto. Tengo que hablar con ella.
—Vaya, entonces —dijo Sahina, soltando un suspiro—. Vaya a casa y aclare las cosas. Ella está dolida, y con razón. Pero todavía la ama. Eso se veía en sus ojos.
Abad asintió, aunque en el fondo sabía que lo que Sahina decía era solo un deseo piadoso. Los ojos de Lila no habían mostrado amor. Habían mostrado odio. Y algo peor: indiferencia.
—Cuídate —dijo él, tomando su laptop y su saco—. Volveré pronto para ver cómo estás.
Sahina sonrió, una sonrisa débil que no llegaba a sus ojos. —No se preocupe por mí. Preocúpese por su esposa.
Abad salió de la suite con pasos rápidos, pero su mente iba más lenta que su cuerpo. Cada pensamiento era una daga: Lila en el hospital. Lila sangrando. Lila llamando a su madre, a esa mujer que siempre la había despreciado, porque no tenía a nadie más. ¿Dónde estaban sus amigos? ¿Dónde estaba su familia? Lila no tenía a nadie. Solo a él. Y él no había estado.
El ascensor descendió en un silencio sepulcral. Cuando las puertas se abrieron en el vestíbulo, Abad caminó como un autómata entre las miradas curiosas de los empleados y huéspedes. Nadie se atrevió a saludarlo. Nadie quería meterse con el hombre que acababa de ser humillado en su propio terreno.
En el estacionamiento subterráneo, el motor de su Mercedes purraba suavemente cuando Manuel, su asistente, apareció corriendo con una bolsa de farmacia en la mano. Su rostro estaba pálido, y sus ojos se movían nerviosamente.
—Jefe —dijo Manuel, jadeando ligeramente—. Me encontré a la señora Lila saliendo del hotel. Iba… iba como una furia. La vi desde lejos, y cuando pasó a mi lado, vio la bolsa con las medicinas. —Tragó saliva—. Sonrió, jefe. Pero no era una sonrisa feliz. Era como si lo supiera todo.
Abad cerró los ojos por un momento. —¿Sabías que ella estuvo hospitalizada? —preguntó, y su voz tenía un filo peligroso.
Manuel negó con la cabeza vehementemente. —No, jefe. Se lo juro. Nadie me dijo nada. Si lo hubiera sabido, se lo habría dicho de inmediato.
—Claro que no —murmuró Abad, más para sí mismo que para su asistente—. Nadie me dijo nada. Ni mi madre. Ni mis empleados. Ni siquiera ella. —Apretó el volante hasta que sus nudillos se volvieron blancos—. Sube. Vamos a casa.
ella es excelente escritora