Luego de descubrir una cruel traición y caer en un profundo coma en su mundo, transmigró al cuerpo de una sirvienta en el reino del Rey Lycan.
Ella sólo quiere entender como ha llegado a ese lugar, y él no está dispuesto a dejarla ir.
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Capítulo 20
—¡Están todos locos aquí! —protestaba Alana en un susurro furioso, restregándose con saña un trapo mojado en la piel de sus rodillas, raspadas y cubiertas de polvo seco tras arrojarse a la arena—. ¿Qué clase de burla es esta? No me pudieron llevar a París, no... tenía que ser a este mundo de locos y raros.
Se encontraba sola en una pequeña cámara de piedra adyacente a los baños inferiores, intentando limpiarse la suciedad de la arena y la sangre seca antes de que la obligaran a volver a cumplir sus funciones. La adrenalina de la pelea ya se había evaporado, dejando en su lugar una mezcla de agotamiento físico y una rabia profunda contra Azrael, contra los lobos y contra todo ese reino salvaje.
—¿Quién eres realmente tú? —dijo una voz femenina, fría y afilada, que resonó a sus espaldas.
Alana se levantó de golpe, dando media vuelta con el trapo aún entre las manos.
La Princesa Sara estaba de pie en el umbral de la puerta de piedra. Su presencia llenaba la pequeña estancia con una aura de superioridad sofocante. Llevaba el vestido de seda blanca impecable, pero sus ojos verdes rasgados ardeían con un odio puro y calculador. Detrás de ella, flanqueándola como dos sombras amenazantes, se encontraban dos de sus sirvientes de la Manada del Este, hombres altos y musculosos de miradas oscuras.
—Se supone que las visitas distinguidas no entran a los cuartos del servicio sin tocar —respondió Alana, erguida y manteniendo la compostura a pesar de estar acorralada—. ¿Se le perdió algo, princesa?
Sara dio dos pasos hacia el interior, ignorando la insolencia de la respuesta. Sus guardias se posicionaron a los lados de la puerta, bloqueando la única salida hacia el pasillo.
—Un humano común habría sido despedazado en menos de tres segundos por los lobos del Norte —dijo Sara, ladeando la cabeza mientras examinaba a Alana con minuciosa desconfianza—. No tienes aroma a manada, no tienes marca, y aun así, dos fieras de sangre pura se inclinaron ante ti como si fueras su reina. Ninguna mujer sin linaje posee esa clase de autoridad sobre nuestra especie.
Sara se acercó un paso más, reduciendo la distancia hasta que Alana pudo oler el perfume dulzón y helado que emanaba de la realeza del Este.
—Azrael cree que eres un simple capricho, una curiosidad para entretenerse durante la cumbre —siseó la princesa, bajando la voz a un susurro venenoso—. Pero yo sé reconocer una amenaza cuando la veo. Habla, humana. ¿Qué clase de magia usaste? ¿Qué le hiciste a los lobos en esa arena... y qué estás intentando hacerle a Azrael?
—No he usado ninguna magia —dijo Alana, sosteniéndole la mirada con frialdad—. Si así fuera, no estaría aquí limpiándome el polvo de las rodillas; el mismo Rey hubiese acabado conmigo en el instante en que puse un pie en su castillo.
Sara se quedó en silencio por un segundo. Sus ojos verdes se entrecerraron con una rabia fría y calculadora, procesando las palabras de la humana antes de que una sonrisa retorcida se dibujara lentamente en sus labios.
Ladeó la cabeza y le hizo una leve seña a los dos hombres a sus espaldas.
Antes de que Alana pudiera reaccionar, los dos fornidos sirvientes se abalanzaron sobre ella. Uno le sujetó los brazos por detrás con un agarre de hierro, mientras el otro la empujó contra la pared de piedra, dejándola completamente inmovilizada.
—¡¿Qué hacen?! ¡Déjenme ir! —gritó Alana, forcejeando con todas sus fuerzas, dando patadas en el aire mientras intentaba zafarse de los puños de acero que la sujetaban.
Sara no respondió. En su lugar, dio dos pasos hacia atrás y, con un movimiento brutal y teatral, hincó las uñas en su propio escote, rasgando la fina seda blanca de su vestido de hombro a hombro. Luego, alzó las manos y se clavó las uñas en las mejillas, jalando hacia abajo hasta abrirse profundos arañazos que comenzaron a sangrar de inmediato.
Sin dudarlo un segundo, la princesa se propinó un fuerte puñetazo en el pómulo, haciendo que su cara se girara por el impacto mientras soltaba un alarido de dolor desgarrador que retumbó por todo el pasillo de piedra.
—¡Socorro! ¡Ayuda! —comenzó a gritar Sara con voz desgarrada y entrecortada, simulando un ataque desesperado mientras las lágrimas se mezclaban con la sangre de su rostro.
Alana la miraba con los ojos abiertos de par en par, helada por la locura de la escena.
—¡Estás demente! —alcanzó a exclamar Alana.
Los dos hombres de la princesa obligaron a Alana a avanzar a la fuerza. Le sujetaron la mano derecha con violencia, abriéndole los dedos a golpes, y la estamparon directamente contra la cara ensangrentada de Sara. La princesa se dejó caer al suelo de rodillas, arrastrando a Alana con ella para que sus manos quedaran manchadas con su propia sangre, justo en el preciso instante en que el sonido de pesadas pisadas y el choque de armaduras comenzaba a retumbar apresuradamente por el pasillo exterior.
—¡No, déjame! —bramó Alana, intentando retirar desesperadamente sus manos del rostro ensangrentado de la princesa, pero los sirvientes del Este presionaban sus dedos contra la herida para fijar la escena.
Las pesadas puertas de madera se estrellaron contra la pared con el ímpetu de una tempestad.
—¡¿Qué demonios ocurre aquí?! —la voz de Azrael resonó con la fuerza de un trueno, haciendo vibrar la piedra misma del suelo.
Detrás del Rey Alfa, una docena de guardias de la Luna Sangrienta irrumpió en la cámara con las espadas desenvainadas, seguidos de cerca por los nobles que acudían atraídos por los gritos desgarradores.
Sara se acurrucó en el suelo como una víctima aterrorizada, sollozando con una angustia calculada. La sangre goteaba de sus mejillas rasgadas sobre la seda destrozada de su vestido, manchando las manos de Alana que aún estaban atrapadas por los guardias del Este.
—¡Azrael! —chilló Sara, con la voz entrecruzada por las lágrimas y temblando de dolor—. ¡Detén a esta loca! Intentó matarme... Dijo que no permitiría que nadie amenazara su lugar a tu lado. ¡Me atacó en la penumbra como una bestia salvaje!
Los sirvientes del Este soltaron a Alana de golpe y retrocedieron con la cabeza gacha, fingiendo sumisión y terror. Alana quedó de rodillas en el centro de la estancia, con las manos temblorosas cubiertas de la sangre de Sara y la respiración agitada por la rabia y la impotencia.
—¡Es mentira! —gritó Alana, poniéndose de pie de un salto y encarando a Azrael sin miedo alguno—. ¡Ella sola se rasgó la ropa! ¡Ella misma se abrió la cara con sus uñas y sus hombres me sostuvieron para mancharme las manos! ¡Está completamente demente!
El silencio cayó sobre la habitación como una guillotina. Los nobles en el pasillo comenzaron a cuchichear entre dientes, condenando a la humana con la mirada.
Azrael avanzó a pasos lentos y pesados. Su silueta llenaba por completo el umbral de la cámara. La luz de las antorchas se reflejaba en la frialdad metálica de sus ojos azules, que pasaron de la cara ensangrentada de Sara a las manos manchadas de Alana.
—Una sirvienta atacando a una Princesa Luna en mis propios aposentos... —murmuró Azrael en un tono bajo, helado y desprovisto de cualquier emoción—. Las leyes de la cumbre demandan ejecución inmediata por alta traición.
Sara sonrió levemente desde el suelo, ocultando el gesto detrás de sus manos ensangrentadas.
Azrael se detuvo a un palmo de Alana. La miró desde su imponente altura, con los ojos brillando en un dorado tan denso y peligroso que cortaba el aire.
—Mírame, humana —ordenó el Alfa, con una voz rasposa que rozó la oreja de Alana—. Dime directo a los ojos qué ocurrió realmente... y no te atrevas a mentirme.