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Bajo contrato con el magnate

Bajo contrato con el magnate

Status: Terminada
Genre:CEO / Arrogante / Maltrato Emocional / Venderse para pagar una deuda / Amante arrepentido / Romance oscuro / Completas
Popularitas:141
Nilai: 5
nombre de autor: lulu

Para pagar el tratamiento de su abuela, Valentina Cabrera acepta convertirse en la amante de Damián Mondragón, un magnate acostumbrado a decidir cuándo empieza una relación y cuándo termina.
El acuerdo es claro: acudir cuando él la llame, guardar el secreto y no confundir la cama con el amor.
Valentina tiene su propio plan. Anotar cada peso que recibe, seguir bailando y devolverle todo para poder marcharse. Lo difícil será cumplirlo cuando Damián empiece a romper sus reglas y ella a esperar algo más que dinero cada vez que él la busca.
Pero mientras sus besos la hacen creer que es especial, sus decisiones empiezan a cerrarle las puertas que necesita para construir una vida propia.
Cuando Valentina decide irse, él le recuerda el precio de romper el contrato: seis millones de pesos.
Ella acepta la deuda.
Damián estaba preparado para sus reclamos, sus lágrimas, incluso para que le pidiera más. No para verla elegir una vida sin él.
Ahora tendrá que descubrir cómo recuperarla cuando su dinero ya no basta para hacerla volver.

NovelToon tiene autorización de lulu para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 15

Capítulo 15 — ¿Así está bien esta disculpa?

El asistente que iba a acompañar a Valentina a la salida retrocedió hasta la puerta. Ella recogió la mochila y volvió junto a Meli. No sabía si ya podía sentarse.

Damián seguía junto al jurado. Toño buscó algo entre sus papeles mientras el productor le acercaba una silla.

—Hagan las pruebas completas y puntúen antes de deliberar —dijo Damián—. Sin recomendados. Incluida ella. —Señaló a Valentina y después miró a Toño—. ¿Estamos de acuerdo?

El director se acomodó frente al micrófono.

—Por supuesto. Retomamos la lista desde el principio.

—Qué bueno que coincidimos.

Los jurados abrieron sus carpetas. Una de las aspirantes que habían llegado acompañadas recogió su bolsa y se fue. Cristina Ríos permaneció en su lugar, mirando al escenario.

Detrás de Valentina, alguien susurró:

—Es la de Mondragón.

—Por eso lo pudo parar.

Valentina hizo como si no oyera. No había pedido que viniera. Tampoco podía negar el alivio que sintió cuando el asistente dejó de avanzar hacia ella.

La primera aspirante subió y bailó el solo completo. Los jurados anotaron antes de llamar a la siguiente. Valentina esperó su turno marcando con los dedos la entrada de su música; el pie había empezado a enfriarse y aprovechó un cambio entre candidatas para volver a moverlo.

Cuando la llamaron, dejó la mochila con Meli y subió. Buscó el punto del escenario donde iba a empezar. La luz de frente le impedía distinguir bien las caras del jurado; agradeció no tener que ver a Damián.

El primer giro le salió tenso. Se estaba adelantando a la música, como la noche anterior. Corrigió el apoyo y siguió. Al bajar al suelo notó el roce del apósito, acomodó el pie sin detenerse y pudo concentrarse en la transición. Esta vez dejó bajar el hombro antes de impulsarse.

Terminó con los pies en cuarta posición y sostuvo el cierre hasta que se apagó la música. Le faltaba aire. Había un fallo al principio que podía costarle puntos, pero había recuperado el ritmo y completado el giro final. Eso lo sabía ella, sin que nadie tuviera que decírselo.

Buscó alguna reacción en la mesa. Un jurado escribía; otro miró primero a Damián antes de devolverle la atención. Valentina no pudo saber qué significaba ese gesto. Le bastó para recordar que tampoco iba a poder saberlo cuando anunciaran el resultado.

—Gracias, señorita Cabrera —dijo Toño—. Excelente audición. Nos comunicamos en cuanto tengamos el resultado.

Valentina inclinó la cabeza, bajó del escenario y recuperó la mochila. Le dijo a Meli que necesitaba un momento y caminó hacia bambalinas.

* * *

Damián esperó a que Valentina lo mirara al bajar. Ella se fue por el otro lado.

Había venido para observar la prueba y saber qué hacía Belmonte. No pensaba quedarse al frente ni presentar sus credenciales a una sala de estudiantes. Pero cuando mandaron sacar a Valentina, se levantó sin decidir todavía qué iba a decir.

Creyó que exigir puntuaciones y decir que tampoco la recomendaran a ella resolvería el asunto. Había bailado. Nadie la interrumpió. Desde su silla, eso parecía exactamente lo que Valentina había pedido.

Ahora la veía alejarse sin buscarlo y empezaba a sospechar que ella no lo había vivido de la misma manera.

—Señor —murmuró Lino, apareciendo a su lado—. El coche está listo cuando usted diga.

—Adelántate. Voy por ella.

* * *

Valentina se detuvo en un recodo del pasillo de atrás. Dejó la mochila en el suelo y se apoyó en la pared para quitarse la zapatilla. El apósito se había arrugado debajo del dedo; lo acomodó antes de volver a calzarse.

Ya había terminado su prueba. Podía irse. Aun así, se quedó allí, oyendo la música de la siguiente aspirante.

Oyó pasos y alzó la vista. Damián dobló la esquina.

—Aquí estás.

—Aquí estoy. —Bajó la mirada a la mochila—. ¿Vino a que le diera las gracias?

—Vine a llevarte a casa.

—Puedo tomar el Metro. —Se apartó de la pared y por fin lo encaró—. Como llegué.

Damián se detuvo al verla recoger la mochila.

—Estás enojada.

—Sí estoy enojada. Y también sé que, sin usted, me habrían sacado. —Buscó cómo explicarlo sin que una cosa borrara la otra—. Quería subir y ser Valentina Cabrera. A secas. ¿Vio cómo lo miraban antes de hablarme? Ahora, si me dan el papel, voy a preguntarme si fue por miedo a quedar mal con usted.

Damián no dijo nada un momento largo. Se le marcó el músculo de la mandíbula, ese que ella ya sabía leer.

—Iban a bajarte —dijo al fin—. Ya estaba decidido antes de que subieras. Belmonte tenía a otra apalabrada. Si yo no me paro, te sacan y se acabó la prueba. —Dio un paso—. No te di el papel, Vale. Te di el escenario. Lo que hagas en él es tuyo.

Valentina bajó la mirada a la mochila. Había conseguido completar el solo; recordaba el giro limpio. No quería perder también eso en la discusión.

—Igual me expuso. —Volvió a mirarlo—. En público todos pueden dar por hecho que soy suya. Pero yo le pregunto qué somos y no me contesta. No sé qué decir cuando alguien me pregunta por usted. ¿Sabe lo que se siente?

—No —dijo él, después de un momento—. Dime.

—Se siente como si yo tuviera que cuidar un secreto que usted puede enseñar cuando quiera.

Al otro lado de la pared cambió la música. Valentina reconoció la pieza de otra compañera. Había pasado tanto tiempo preparándose para aquel día que no sabía qué hacer ahora con las ganas de llorar. Quería que él entendiera por qué no podía limitarse a darle las gracias.

Damián miró hacia el escenario. Cuando volvió a ella había dejado de apretar la mandíbula.

—Ven acá —dijo, ronco.

—No. —Retrocedió medio paso, hasta la pared—. Ya sé cómo termina eso. Me besa el cuello, me pone la mano en la cintura y se me olvida la pregunta. No, señor Mondragón. Hoy no.

—No te voy a besar el cuello.

Él le tomó la cara con las dos manos y la besó en la boca.

Valentina no reaccionó enseguida.

Era el primero. Había dormido con él, conocía el peso de sus manos y el roce de su boca en el cuello, pero nunca un beso así. Damián lo había excluido del contrato y de cada noche que pasaban juntos. Ahora la besaba despacio, en un pasillo, después de escucharla reclamarle.

Recordó la cláusula impresa: nada de besos en la boca. Recordó también su explicación, que aquello era para las personas que se querían. Quiso aferrarse a esa frase y, al mismo tiempo, tuvo miedo de estar dándole al gesto un significado que él no pensaba darle.

Valentina puso las manos en su pecho para empujarlo. Se quedaron ahí, agarradas de la camisa, sin empujar.

Cuando él por fin se separó, apenas, siguió sosteniéndole la cara. Le apoyó la frente en la frente. Respiraba distinto.

—¿Así está bien esta disculpa? —murmuró, contra su boca.

—¿Qué? —Valentina apenas tenía voz.

—Dijiste que te expuse. —Damián abrió los ojos—. No pensé en lo que iban a decirte después.

A Valentina le dieron ganas de preguntarle por qué había elegido precisamente aquello para disculparse. La pregunta estaba ahí, distinta de las otras: no sobre el papel ni sobre el dinero, sino sobre lo que acababa de pasar entre los dos.

No se atrevió a hacerla todavía. Mientras él no contestara, podía seguir esperando que significara lo que ella quería. Esa esperanza le dio más miedo que el beso.

Se había refugiado tantas veces en la idea de pagar e irse. Ahora no estaba pensando en cuánto le debía, sino en si él volvería a besarla al día siguiente, cuando ya no tuviera nada por lo que pedir perdón.

Apartó un poco la cara.

—Esto no cambia nada —dijo.

Le salió más bajo de lo que pretendía.

Damián no la contradijo. Esperó un momento antes de responder:

—Ya lo sé.

Valentina seguía con las manos en su camisa. No las retiró.

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