Ella renace en un nuevo mundo, en el cual tendrá que enfrentar dificultades por los problemas de su familia. Pero, no se quedará a sufrir, porque ella es una luchadora, siempre lo fue y siempre lo será..
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Meses 1
Así fueron pasando los meses.
La Posada de Gemma comenzó a hacerse cada vez más conocida en el pueblo.
Al principio, la mayoría de sus clientes seguían siendo personas mayores.
Y Gemma estaba encantada.
Había aprendido perfectamente qué les gustaba, qué comidas preferían y hasta cuánto podían comer antes de comenzar a decir que estaban demasiado llenos.
La sopa de pollo se convirtió en uno de sus platos más famosos.
También preparaba guisos suaves, verduras, panes recién hechos y diferentes comidas caseras que cambiaba según los ingredientes que conseguía.
Poco a poco, comenzaron a llegar personas que habían escuchado hablar de ella.
—Dicen que en esa posada se come muy bien.
—La dueña cocina personalmente.
—Y no es caro.
—Mi hermana fue y dice que la sopa es maravillosa.
La clientela comenzó a crecer.
Ya no eran solamente los ancianos del pueblo.
Llegaban viajeros.
Comerciantes.
Familias.
Personas que estaban de paso.
Y, de vez en cuando, algún noble que había escuchado hablar de aquel pequeño establecimiento donde una joven antigua miembro de una familia noble había decidido ganarse la vida cocinando.
Gemma trabajaba muchísimo.
Pero estaba feliz.
Y durante aquellos meses, su cuerpo también comenzó a cambiar.
No había seguido una dieta extrema.
No había dejado de comer.
No había pasado hambre.
Simplemente había aprendido a alimentarse mejor.
Comía de forma más ordenada.
Consumía más frutas y verduras.
Cocinaba con ingredientes sencillos.
Y, sobre todo, se mantenía activa.
Caminaba.
Cargaba cosas.
Limpiaba.
Cocinaba durante horas.
Atendía a los huéspedes.
Subía y bajaba las escaleras.
Su vida era completamente diferente a la que había llevado la antigua Gemma.
Aquella muchacha podía pasar prácticamente todo el día sentada.
La nueva Gemma apenas tenía tiempo para hacerlo.
Los cambios no ocurrieron de un día para otro.
Pero después de varios meses eran evidentes.
Había perdido bastante peso.
Su rostro se veía diferente.
Sus movimientos eran más ágiles.
Tenía más energía.
Y, sobre todo, parecía mucho más cómoda consigo misma.
Una mañana, mientras Gemma cargaba una caja de provisiones, Marta la observó.
—Mi lady...
Gemma se detuvo.
—¿Sí?
Marta sonrió.
—Está muy diferente.
Gemma miró la caja.
—¿Porque ahora puedo cargar esto sin pedir ayuda?
Marta se rio.
—No solamente por eso.
La anciana la miró con cariño.
—Está más saludable.
Gemma sonrió.
—Me siento mejor.
Marta asintió.
Y entonces ocurrió algo que al principio le pareció extraño.
Los clientes comenzaron a llamarla de una manera diferente.
Ya no decían solamente..
La dueña de la posada.
O..
La joven noble.
Ahora comenzaron a decir..
—La hermosa dueña de la posada.
Cada vez que Marta escuchaba aquello, sonreía.
Porque conocía a Gemma desde el principio.
Había visto cómo llegó a aquella casa.
Había visto su desesperación.
Había visto cómo comenzó a trabajar.
Había visto cómo cambió sus hábitos.
Había visto cómo poco a poco recuperó su alegría.
Y ahora veía cómo otras personas la miraban.
No por su apellido.
No por la fortuna de su familia.
No por una mansión que ya no existía.
La llamaban hermosa por quien era.
No por lo que había heredado.
Gemma, por supuesto, seguía siendo Gemma.
Si alguien le decía..
—¡La hermosa dueña!
Ella respondía..
—¡La misma!
Y continuaba trabajando.
Pero no todos estaban contentos con su nueva vida.
De vez en cuando aparecían algunas mujeres nobles.
Eran personas que habían conocido a la antigua Gemma.
Entraban a la posada con vestidos elegantes y expresiones de superioridad.
Algunas fingían tener curiosidad.
Otras ni siquiera intentaban disimular.
Una tarde, tres jóvenes nobles entraron.
Miraron alrededor.
Una de ellas reconoció inmediatamente a Gemma.
—¿Tú eres Gemma Green?
Gemma estaba llevando una bandeja.
—La misma.
La mujer miró el lugar.
Después la miró a ella.
—Nunca imaginé encontrarte aquí.
Gemma sonrió.
—Yo tampoco.
Las mujeres intercambiaron miradas.
Una de ellas soltó una risita.
—Así que ahora tienes una posada.
—Sí.
—Qué... interesante.
Gemma levantó una ceja.
[Esa palabra nunca significa nada bueno.]
Otra mujer intervino..
—¿No te da vergüenza?
Gemma parpadeó.
—¿Vergüenza de qué?
—De haber terminado así.
Gemma miró alrededor.
Había huéspedes.
Personas comiendo.
Marta atendiendo una mesa.
Pedro organizando provisiones.
La cocina funcionando.
La caja registradora llena de monedas.
Volvió a mirar a la mujer.
Y sonrió.
—No.
Las tres quedaron en silencio.
Gemma dejó la bandeja sobre una mesa.
—Estoy trabajando.
La mujer soltó una pequeña carcajada.
—Pero tú eras una noble.
Gemma asintió.
—Asi es.
—Y ahora sirves comida.
—Sí.
—¿No te parece humillante?
Gemma se quedó pensando unos segundos.
Después sonrió.
—¿Sabe qué sería humillante?
La mujer levantó una ceja.
—¿Qué?
Gemma señaló la cocina.
—No poder alimentar a mis clientes porque me da vergüenza trabajar.
Las tres mujeres se quedaron calladas.
Gemma sonrió.
—Pero por suerte no tengo ese problema.
Marta tuvo que darse vuelta para ocultar una sonrisa.
Pedro directamente soltó una carcajada.
Las nobles terminaron marchándose sin conseguir lo que habían ido a buscar.
Porque esperaban encontrar a una Gemma derrotada.
Una mujer avergonzada.
Alguien que se sintiera inferior.
Pero no encontraron nada de eso.
Encontraron a una mujer que estaba orgullosa de su trabajo.
Y aquello les resultaba mucho más difícil de soportar.
Hubo otras ocasiones.
Algunas personas se burlaban.
Otras hablaban a sus espaldas.
Algunas decían que había desperdiciado su apellido.
Que una mujer noble no debería trabajar en una posada.
Que debería sentirse avergonzada.
Gemma escuchaba algunas de esas cosas.
Y simplemente se reía.
No porque no comprendiera lo que decían.
Sino porque ya no le importaba.
Ella sabía quién era.
Sabía de dónde había venido.
Sabía cuánto había trabajado.
Y sabía exactamente lo que estaba construyendo.
Una noche, después de cerrar la posada, Gemma estaba sentada junto a Marta y Pedro contando las monedas del día.
Pedro terminó de sumar.
—Hoy fue un buen día.
Gemma sonrió.
—Sí.
Marta la observó.
—¿No le molesta lo que dicen esas mujeres?
Gemma levantó la mirada.
—¿Ellas?
—Sí.
Gemma pensó un momento.
Luego se encogió de hombros.
—No.
Tomó una moneda.
—Ellas conocieron a la antigua Gemma.
Miró la moneda entre sus dedos.
—Pero yo sé quién soy ahora.
Sonrió.
—Y también sé lo que estoy construyendo.
Marta sonrió.
Pedro asintió.
Gemma miró alrededor.
La pequeña posada que había comenzado prácticamente vacía.
Las mesas ocupadas.
La cocina funcionando.
Las habitaciones utilizadas.
Los clientes regresando.
El dinero ganado con su propio trabajo.
Todo aquello había nacido de una situación que parecía imposible.
Había comenzado con dos monedas.
Ahora tenía un negocio que crecía cada mes.
No era una gran mansión.
No era una fortuna.
Pero era suyo.
Completamente suyo.
Gemma se levantó.
—Bueno.
Marta preguntó..
—¿Qué hará ahora?
Gemma miró hacia la cocina.
—Preparar las cosas para mañana.
Pedro suspiró.
—¿Otra vez?
Gemma sonrió.
—Otra vez.
Y mientras caminaba hacia la cocina, pensó..
[En mi primera vida trabajé para sobrevivir.]
[En esta vida trabajo porque quiero construir algo.]
[Y hay una gran diferencia.]
Abrió la puerta de la cocina.
El olor de la comida todavía permanecía en el aire.
Gemma sonrió.
[Quizás finalmente estoy donde debo estar.]