Cinco años atrás, ella destrozó su corazón. Hoy, él regresa convertido en el poderoso heredero de un imperio, listo para ver caer a quienes lo despreciaron.
Cuando la familia de ella cae en la ruina, su padre la obliga a comprometerse con el magnate que puede salvarlos, sin imaginar que es el mismo hombre al que ella humilló en el pasado. Él acepta la unión solo para cobrarse cada lágrima y pisotear su orgullo.
Sin embargo, una noche de irresistible pasión arrastra a su corazón a una tregua, aunque al despertar vuelve a tratarla con crueldad. Todo cambia cuando ella se desmaya por una amenaza de aborto y sale a la luz su embarazo.
¿Seguirá buscando venganza o protegerá la vida que los une?
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Capitulo 14
Damián cargó a Camil en brazos por los pasillos de emergencias, ignorando la sangre que manchaba la tela de su propia camisa y las voces del personal médico que corría tras ellos. La depositaron de inmediato sobre una camilla y la ingresaron a la sala de trauma, dejándolo afuera, solo, con las manos temblorosas y la mente nublada por el alcohol y el pánico.
Minutos después, el médico de guardia salió de la sala con rostro grave, ajustándose los guantes antes de hablar.
—Se trata de un principio de aborto, señor Rothschild —anunció el doctor con voz pausada—. Es un embarazo de muy alto riesgo. La paciente ha sufrido un sangrado severo producto del estrés extremo y la debilidad física.
Damián sintió que el suelo se hundía bajo sus pies. Se quedó inmóvil, mirando al médico sin poder articular palabra.
¿Un hijo? ¿Un embarazo? No podía ser verdad. Su mente luchaba por procesar la noticia mientras la culpa lo devoraba vivo. Él solo quería vengarse, solo quería hacerla pagar por el pasado y obligarla a sentir una fracción del dolor que él cargó durante años.
Un hijo no entraba en sus planes de destrucción.
Un hijo lo cambiaba todo.
Damián caminó a pasos rápidos hacia un pasillo lateral y apartado de la clínica. Apoyó la espalda contra la pared y se dejó caer hasta quedar en cuclillas, cubriéndose el rostro con las manos. Las lágrimas, calientes y amargas, brotaron sin contención. Lloró con una rabia descontrolada: rabia por seguir amándola con la misma locura de siempre, rabia por haber caído en la tentación de tocarla esa noche en la suite, rabia por la ilusión traicionera que le florecía en el pecho al imaginarse padre de un hijo de ella... y rabia por saber que jamás podría confiar en Camil para formar la familia que siempre soñó.
Dentro de la habitación, Camil abrió los ojos lentamente. La luz blanca del techo la cegó por un segundo. A su lado, el especialista revisaba el suero que caía por la vía de su brazo.
—Tranquila, no se mueva —le dijo el médico con suavidad—. Ha sufrido una amenaza de aborto. Está embarazada, señora Rothschild, pero su estado es delicado y el embarazo es de alto riesgo. Necesita reposo absoluto.
Camil se quedó petrificada. Las lágrimas comenzaron a deslizarse en silencio por sus sienes, mojando la almohada. No podía creerlo. La memoria la llevó de vuelta a las palabras frías que Damián le había dicho semanas atrás, cuando le dejó en claro que jamás tendría descendencia con una Fontán.
—Eso no importa, doctor... —musitó Camil con la voz quebrada por el dolor y la desesperación—. De todas formas, mi esposo no quiere hijos conmigo. Por favor... prepare todo para interrumpir el embarazo.
El médico se congeló al escucharla. La miró con evidente estupefacción antes de hablar.
—¿Está completamente segura de lo que está pidiendo? —preguntó el doctor con seriedad.
—Sí —respondió ella, cerrando los ojos con fuerza para contener el llanto—. Prepárelo todo.
El especialista intervino de inmediato, negando con la cabeza.
—No es posible realizar un procedimiento de ese tipo en su condición actual, señora. Perdió una cantidad de sangre considerable y su cuerpo está sumamente débil. Debe esperar a recuperarse por completo. Además, esto es algo que debe hablar con su esposo antes de tomar cualquier decisión.
En ese momento, la puerta de la habitación se abrió de golpe. Damián ingresó a la estancia con el rostro lívido, los ojos enrojecidos y la mandíbula tensa, intentando mantener una fachada de frialdad.
—Nos vamos a casa —dijo Damián sin mirarla directamente, dirigiéndose al médico—. Autorice el alta.
El médico frunció el entrecejo y miró alternadamente a la pareja.
—Señor Rothschild, su esposa acaba de mencionarme su intención de abortar. En su estado de salud, yo no puedo recomendar...
Damián se detuvo en seco. La palabra resonó en sus oídos como una detonación. Volteó a ver al médico con los ojos desorbitados y el pulso desbocado.
—¿De qué demonios está hablando? —preguntó Damián con un hilo de voz, sintiendo cómo el corazón se le rompía en mil pedazos dentro del pecho.
—La paciente me solicitó interrumpir el embarazo debido a la situación entre ustedes —explicó el médico con sobriedad.
El silencio que siguió fue denso, asfixiante. Damián dio dos pasos lentos hacia la camilla, fijando su mirada llena de dolor y desprecio en Camil, quien mantenía la vista baja, incapaz de sostenerle el contacto visual.
—¿Tú... tú quieres abortar? —preguntó Damián en un murmullo roto, apenas audible.
Camil apretó las sábanas con sus manos temblorosas.
—Tú dijiste que jamás tendrías hijos conmigo —respondió ella en un hilo de voz, intentando protegerse—. Dijiste que no querías nada que te uniera a mi familia.
Damián apretó los puños a los costados de su cuerpo. La amargura de años se concentró en sus ojos al escucharla evasiva.
—¡No te estoy preguntando por lo que yo dije o quiero! —estalló Damián, inclinándose sobre la cama para quedar a centímetros de su cara—. ¡Te estoy preguntando a ti! ¿Tú quieres deshacerte de este bebé porque no quieres nada que te amarre a mí? ¿Es eso? ¿Tanto me detestas que prefieres destruirlo antes que llevar en tu vientre un hijo mío?
Camil guardó silencio. El dolor físico, el cansancio y el peso de las humillaciones la dejaron paraliada; apretó los labios y dejó que las lágrimas fluyeran sin emitir una sola palabra de defensa.
Para Damián, ese silencio no fue una muestra de debilidad, sino la confirmación más cruel de sus peores miedos. En su mente dañada por el rencor, el silencio de Camil equivalía a una confesión: ella jamás lo había amado, no lo amaba ahora y estaba dispuesta a exterminar la vida que llevaban juntos antes de quedar atada a él para siempre. El pasado no había sido una equivocación, era exactamente la misma mujer fría que lo había rechazado años atrás.
Esa certeza terminó de pulverizar los últimos restos de su corazón.
—Esto se acabó.
Mirándola con una mezcla desgarradora de odio y desolación, Damián dio media vuelta y salió violentamente de la habitación, azotando la puerta de madera detrás de sí con un golpe sordo que retumbó por todo el pasillo.
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