Blanca lo dio todo por el hombre que amaba y por la amiga que consideraba una hermana. Su recompensa fue una cama de hospital, una traición susurrada al oído y una muerte que ellos mismos apuraron para quedarse con todo.
Pero el destino le devuelve algo que casi nadie recibe: una segunda oportunidad.
Blanca despierta diez años en el pasado, joven, sana y con un arma que sus enemigos jamás sospecharán: sabe exactamente cómo termina cada historia. Sabe quién miente, quién engaña y quién caerá primero. Esta vez no será la esposa ingenua ni la amiga bondadosa. Esta vez, ella mueve las piezas.
Con una sonrisa dulce y un plan letal, empieza a tejer la caída de quienes la destruyeron… y en el camino se cruza con Vittorio Moretti, el poderoso dueño de la empresa, un hombre acostumbrado a mandar que, por primera vez, encuentra a alguien capaz de ponerlo de rodillas.
Venganza servida en bandeja, secretos que estallan como bombas y una pasión que arde tan fuerte como el odio. Blanca aprendió por las malas que el amor ciego mata. Ahora va a demostrar que una mujer con el corazón roto y la mente afilada es lo más peligroso que existe.
Porque quien siembra vientos… recoge tempestades. Y esta vez, la tormenta lleva su nombre.
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Capítulo 14: La Hora de Cambiar
El sol ya estaba alto en el cielo del domingo cuando Blanca despertó. La cabeza aún le latía un poco por la bebida de la noche anterior, pero el corazón lo tenía ligero. Tomó el celular y vio el mensaje que había llegado hacía poco.
Era de Lucia:
«¡Amigaaa! ¡Hoy hay fiesta de la empresa allá en la sede! ¡No lo olvides! Ya mandé a alguien a llevarte un vestido precioso para que te lo pongas, ¡vas a quedar perfecta! Besitos 😘»
Blanca lo leyó y sonrió con amargura. Qué querida... siempre pensando en mí, pensó, sabiendo exactamente lo que se venía.
No pasaron ni cinco minutos y sonó el timbre. Era el repartidor, sosteniendo una bolsa de papel con el logo de una tienda famosa. Blanca le dio las gracias, cerró la puerta y abrió el empaque con calma.
Al sacar la prenda, soltó una risa seca.
—Vaya... de verdad se superó —murmuró, sosteniendo la tela fina y de mala calidad delante del cuerpo.
El vestido era de un color chillón, un rosa neón que dolía a los ojos, el corte estaba mal hecho, ancho donde debía ser ceñido y apretado donde molestaba. Y lo peor: era una obvia falsificación de marca, con el logotipo cosido chueco y la tela pareciendo papel. Era exactamente el tipo de ropa que haría que cualquiera pareciera corriente y pasara vergüenza delante de todos.
Lucia quería verla mal arreglada, quería que pareciera la "amiga pobre y simplona" para destacar aún más su propia belleza y su supuesto "buen gusto".
Blanca tiró el vestido sobre la cama y caminó hasta el gran espejo del armario. Se miró a sí misma. Ahí, reflejada, estaba la mujer que siempre fue: el pelo recogido de cualquier manera, ropa ancha, zapatos bajos, siempre intentando no llamar la atención, siempre intentando ser discreta para no ofender a nadie.
Se miró hondo a sus propios ojos.
—Basta —dijo en voz alta, firme—. Basta de ser la buenita. Basta de pasar vergüenza. Basta de ser la segunda opción.
Se tocó el propio rostro. Tenía rasgos bonitos, piel clara, ojos expresivos. Solo se había dejado apagar.
—Es hora de cambiar —decidió—. Si ellos quieren juego, voy a jugar para ganar. Y para ganar, necesito estar impecable.
Tomó el celular de inmediato y marcó el número de Mariana, una compañera de trabajo que sabía que tenía estilo y conocía los mejores lugares.
—¿Mari? Hola, soy yo, Bran. ¿Todo bien? —dijo cuando la otra atendió—. Mira, necesito un favor enorme. Hoy quiero transformarme. ¿Me llevas a los mejores lugares? Necesito ropa, zapatos, salón, ¡todo! ¡Estoy dispuesta a gastar!
Mariana se sorprendió, pero se puso súper animada.
—¿En serio, Bran? ¡Uy, por fin! ¡Claro que sí! ¡Voy a buscarte ahora mismo!
Dos horas después, Blanca vivía una nueva realidad.
Primero fueron de compras a una tienda que vendía prendas de calidad, con cortes que realzaban el cuerpo sin ser vulgares. Blanca no quiso más ropa que la escondiera. Eligió un vestido tipo envolvente, en color vino profundo, de tela noble que le marcaba la silueta con clase. El modelo era simple, pero extremadamente elegante, con un escote que realzaba el pecho sin ser vulgar.
Compraron también unos zapatos de tacón fino, negros, que le alargaban las piernas, y un bolso pequeño y discreto.
Después, directo al salón de belleza.
—Quiero algo que me dé poder —le dijo Blanca a la peluquera—. Quítenle peso al cabello, denle movimiento. ¿Y el maquillaje? Quiero resaltar los ojos, nada exagerado, pero que muestre que estoy aquí, que estoy viva.
Las manos profesionales trabajaron. El cabello ganó reflejos suaves y un corte moderno que le caía perfectamente sobre los hombros. El maquillaje usó tonos terrosos, un delineado que le dejaba la mirada marcada y un labial rojo oscuro, poderoso, que le daba color al rostro.
Cuando por fin se levantó de la silla y se miró en el espejo grande, Blanca se llevó la mano a la boca, impresionada.
—Dios mío... ¿soy yo misma? —susurró.
La mujer que la miraba ya no era la empleada tímida y modesta. Era una mujer segura, elegante, sexy de una forma con clase e inalcanzable. El vestido vino le abrazaba el cuerpo a la perfección, el tacón le daba una postura de reina, el cabello y el maquillaje le transformaron por completo el rostro.
Estaba... divina.
—¡Uy, Bran, estás irreconocible! —gritó Mariana, sacándole una foto con el celular—. ¡A Frank le va a dar un ataque cuando te vea! ¡Y Lucia entonces... se va a poner verde de envidia!
Blanca le sonrió al reflejo, sintiendo una confianza nueva latirle en las venas.
—Que se pongan como quieran —dijo, pasándose el labial una vez más—. Hoy ya no se trata de ellos. Hoy se trata de mí. Hoy voy a llegar allá, y todo el mundo va a ver quién es Blanca Mendes de verdad.
Estaba lista. El disfraz de la "niña dulce" había quedado en el pasado. Ahora era un ave fénix renacida, y brillaría más fuerte que todos.