Todo comienza con un joven que vive y trabaja en el campo junto a sus padres y hermanos. Acostumbrado a los animales, la naturaleza y las largas jornadas de trabajo, nunca imaginó que su vida cambiaría al conocer a una hermosa mujer de la ciudad. Ella está acostumbrada a las comodidades, la tecnología y una vida completamente diferente. Sin embargo, el destino los une y, poco a poco, nace entre ellos un amor inesperado. Para estar a su lado, ella tendrá que aprender los difíciles labores del campo, enfrentarse a nuevos desafíos y descubrir que el verdadero amor puede encontrarse donde menos lo imagina.
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Capítulo 12 — La muchacha de la finca
Después de hablar con Lisseth quedé con la cabeza llena de pensamientos. Ella seguía dudando de mí y eso me tenía bastante aburrido.
Yo quería explicarle que no había nada entre aquella muchacha y yo, pero sentía que por más que hablara, Lisseth seguía teniendo miedo de perderme.
Me fui a sentar cerca de la entrada de la finca. Desde ahí podía ver el camino por donde pasaban algunas personas del pueblo.
Tenía una botella de aguardiente que había quedado de una reunión familiar.
—Voy a tomarme un poquito para despejar la cabeza —dije.
Pero ese poquito terminó siendo más de la cuenta.
Mientras estaba sentado, vi pasar a una muchacha conocida.
Era Rosmira, una joven del pueblo que algunas veces había ayudado a mi familia con actividades de la finca.
Ella me vio y se acercó.
—Hola, Elkin.
—Qué más, Rosmira.
—¿Estás solo?
—Sí, pues. Estoy pensando unas cosas.
Rosmira se sentó cerca de mí.
—¿Por la novia?
La miré.
—¿Usted cómo sabe?
—La muchacha de Medellín.
Me quedé serio.
—No hable de ella.
Rosmira sonrió.
—¿Por qué? ¿Tan importante es?
—Sí. Es mi novia.
Ella se quedó mirándome.
—Yo también podría estar con usted.
—Rosmira, no empiece.
—Usted sabe que yo siempre lo he querido.
Negué con la cabeza.
—Yo no le he dado motivos para pensar eso.
Ella se acercó un poco y yo me hice hacia atrás.
—No haga eso.
—¿Qué?
—Acercarse así.
Rosmira insistió:
—Esa muchacha está lejos. Yo estoy aquí, cerca de usted.
—Eso no cambia nada.
Mi cabeza ya estaba bastante mareada por el aguardiente y tenía poca paciencia.
—Entonces ¿por qué me escribió a mi novia?
Rosmira se quedó callada.
—Porque quería que supiera que yo existo.
—Pues ya sabe que existe. Ahora déjela tranquila.
—Yo quiero estar con usted, Elkin.
—Yo no quiero estar con usted.
—Pero...
—No, Rosmira. Tengo novia.
Ella se molestó.
—Esa muchacha está por allá y usted ni siquiera puede verla todos los días.
—¿Y eso qué tiene que ver?
—Yo estoy aquí.
Me levanté, aunque tuve que apoyarme un momento porque todo me daba vueltas.
—Vea, pues. Yo puedo tener a mi novia lejos, pero eso no significa que voy a faltarle al respeto.
Rosmira me miró sorprendida.
—Usted está tomado.
—Sí, estoy tomado. Y por eso mismo no quiero seguir hablando con usted.
Ella intentó detenerme.
—Elkin...
—Déjeme quieto, pues.
Caminé hacia la casa.
Ya estaba bastante borracho y había contestado de mala manera, pero tenía claro algo: no quería que Rosmira volviera a meterse en mi relación.
Cuando entré, mi cuñado Efraín me vio.
—¿Usted por qué viene caminando así?
—Estoy tomado.
—Eso ya lo veo.
Me senté y cerré los ojos.
—Rosmira pasó por la finca.
Efraín frunció el ceño.
—¿Y qué quería?
—Problemas.
—¿Qué pasó?
—Quería que dejara a Lisseth para estar con ella.
Efraín negó con la cabeza.
—Mijo, usted tiene que dejar de tomar y arreglar las cosas con su novia.
—Sí, hermano.
Tomé agua y dejé el celular sobre la mesa.
Tenía un mensaje de Lisseth.
Lisseth: ¿Dónde estás?
La miré durante unos segundos.
Esta vez no quería responder borracho.
Mañana, cuando estuviera completamente sobrio, iba a contarle todo.
No quería esconderle nada.
Y tampoco quería que una muchacha que simplemente pasaba cerca de la finca terminara destruyendo lo que Lisseth y yo habíamos construido durante aquellos meses.