no estaba buscando amor cuando descargó una app de citas.
Solo quería escapar de la vida asfixiante que tenía en Londres.
Sin trabajo y desesperada por irse de casa de sus padres, acepta la extraña propuesta de , un hombre frío, reservado y marcado por un divorcio escandaloso.
Él le ofrece ayudarla.
A cambio, solo debe acompañarlo a Emiratos Árabes Unidos.
Sin sentimientos.
Sin preguntas.
Sin involucrarse demasiado.
Pero entre el lujo, los silencios y la distancia que Nael impone entre ambos, Liora descubre que algunas personas esconden más dolor del que dejan ver.
Y que enamorarse de alguien como Nael Al-Hadid nunca fue parte del plan.
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Capitulo 22
Liora
Teníamos que regresar a Londres.
Y aunque una parte de mí extrañaba la ciudad, otra quería quedarse para siempre en los Emiratos Árabes Unidos.
Porque allí, por primera vez en mucho tiempo, me había sentido tranquila.
Nael me había ofrecido comprarme un apartamento y todavía no sabía cómo reaccionar ante eso.
Ya me había dado quinientas mil libras.
No podía aceptar más.
No era correcto.
Ese día Samira había organizado una comida familiar para despedirnos antes de volver a Inglaterra.
La reunión se realizó en una villa elegante junto al mar. Había largas mesas decoradas con flores blancas, comida tradicional Emirati y música suave de fondo.
Y algo dentro de mí dolía de una manera extraña.
Porque la familia de Nael me hacía sentir parte de ellos.
Me preguntaban si había dormido bien. Si me gustaba la comida. Si necesitaba algo.
Pequeños detalles normales para muchas personas.
Pero no para mí.
Mi familia jamás había sido así conmigo.
Nunca.
Hablaba con Samira cerca del jardín cuando Evelyn apareció.
Elegante como siempre.
Sonriente.
Peligrosa.
—Qué gusto verlas —dijo con amabilidad impecable.
Samira sonrió apenas por cortesía.
—Evelyn.
Ella me abrazó suavemente como si fuéramos amigas de toda la vida.
Aquello me incomodó muchísimo.
—Liora, espero que hayas disfrutado Dubái.
—Sí, mucho. Gracias.
Evelyn acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja.
—Mohamed y yo también debemos volver a Londres. Hay algunos asuntos de negocios que atender.
Luego me miró directamente.
—Y ten cuidado con la prensa. En Inglaterra les encanta invadir la privacidad de las personas.
Sentí un pequeño nudo en el estómago.
—Lo sé.
Ella sonrió con aparente compasión.
—Solo quiero que estés preparada.
Samira prácticamente intervino antes de que Evelyn siguiera hablando.
—Bueno, esperamos verlos pronto.
Evelyn asintió con elegancia y se alejó lentamente.
Cuando estuvo lo suficientemente lejos, Samira soltó aire por la nariz.
—Esa mujer no me puede caer bien.
No pude evitar reír un poco.
Ella negó con dramatismo.
—Que Allah me dé paciencia porque esa mujer pone a prueba mi alma.
Sonreí.
—Pero lo que dijo de la prensa sí me preocupa.
Samira suspiró.
—A mí también. En Londres son crueles. Allá no respetan límites.
Miré hacia el mar unos segundos.
—Y si Evelyn también va a viajar… puede ser peor.
Samira tomó mi mano suavemente.
—Ten cuidado, ¿sí? Y recuerda que tienes mi número. Karim y yo iremos a Londres en un mes.
Asentí agradecida.
—Gracias.
Pasamos una tarde hermosa.
Comimos. Reímos. Escuchamos historias familiares.
Y por unas horas olvidé completamente lo rota que estaba mi vida fuera de aquel lugar.
Cuando regresamos a casa encontré a Nael hablando por teléfono en una de las salas.
Se veía agotado.
Llevaba la corbata ligeramente floja y una mano dentro del bolsillo del pantalón mientras caminaba lentamente de un lado a otro.
Cuando me acerqué levantó la mirada.
Y automáticamente su expresión se suavizó.
Me puse de puntillas y le di un beso rápido en los labios.
Él tomó mi muñeca antes de que me alejara.
Entrelazó nuestros dedos. Besó suavemente mi cabeza. Y luego me soltó.
Mi corazón se derritió un poco más.
Nael se pasó la mano por el rostro y apretó el puente de su nariz mientras terminaba la llamada.
—¿Está todo bien?
Suspiró.
—Más o menos.
Me acerqué más.
—¿Qué pasó?
—Hay problemas en Londres que requieren mi presencia. Espero solucionarlos rápido.
Su tono estaba cansado.
—¿Es grave?
Nael soltó una pequeña risa sin humor.
—Evelyn volvió a demandar por el acuerdo de divorcio. Ahora quiere parte de mi empresa.
Lo miré sorprendida.
—Pensé que eso ya estaba cerrado.
—Yo también.
Se dejó caer en el sofá y aflojó más la corbata.
—Pero supongo que el caos todavía no termina.
Me senté a su lado.
—Lo siento.
Él me observó unos segundos.
Y luego sonrió apenas.
—¿Cómo te fue con Samira?
Sonreí.
—Bien. Me dijo que dentro de un mes irá a Londres.
Nael asintió.
—Sí. Karim quiere comprarle un apartamento en Kensington.
Luego me miró directamente.
—Y hablando de apartamentos… ¿dónde quieres el tuyo?
Abrí los ojos inmediatamente.
—Nael…
Él arqueó apenas una ceja.
—¿Qué?
Respiré profundo.
—Me parece demasiado.
Su expresión cambió completamente.
—No es demasiado.
—Sí lo es.
Negué rápidamente.
—Ya me diste quinientas mil libras.
Nael se inclinó apenas hacia mí.
—Liora, eso no es un gasto.
—Pero yo me siento mal.
Él soltó una pequeña risa.
—Con ese dinero podrías comprar otro apartamento y ponerlo en arriendo. Londres es absurdamente caro. Podrías vivir tranquila muchos años.
Bajé la mirada avergonzada.
—Me da vergüenza.
Nael tomó suavemente mi mentón obligándome a verlo.
—No quiero que vuelvas a depender de personas que te destruyen emocionalmente.
Mi garganta ardió un poco.
Porque nadie jamás había intentado protegerme así.
Él acarició lentamente mi mejilla.
—Piénsalo, ¿sí?
Asentí despacio.
—Está bien.
El sábado volvimos a Londres.
Durante gran parte del vuelo Nael trabajó desde su computadora respondiendo correos y llamadas mientras yo observaba las nubes intentando prepararme mentalmente para regresar.
Cuando aterrizamos ya era de noche.
Nos esperaba un automóvil directamente en la pista privada.
Había medios de comunicación cerca del aeropuerto, pero por suerte no lograron seguirnos.
Aun así, sentía ansiedad.
Demasiada.
Cuando llegamos al edificio donde vivían mis padres, Nael bajó primero.
Tomó mi mano discretamente antes de despedirse.
—Llámame si pasa algo.
Asentí.
—Lo haré.
Y durante unos segundos me miró como si realmente no quisiera dejarme allí.
Aquello me rompió un poco el corazón.
Subí lentamente al apartamento.
Y apenas entré…
todo volvió a sentirse gris.
Mi madre me miró de arriba abajo.
—Ay, pero si llegó la internacional. La viajera de la familia.
Mi padre soltó un bufido desde el sofá.
—Ahora sí apareces.
Respiré profundo intentando mantener la calma.
—Les traje unos regalos.
Dejé varias bolsas sobre la encimera de la cocina.
Mi padre ni siquiera las miró.
—¿Ahora eres proveedora?
Su tono destilaba desprecio.
—Tu novio árabe debería mantenerte. De esa gente no se puede confiar.
Sentí la sangre hervirme.
Pero esta vez no me quedé callada.
—De la gente cercana tampoco.
El silencio fue inmediato.
Mi madre abrió los ojos indignada.
—¿Cómo te atreves a hablarnos así?
Tomé aire intentando no llorar.
—Estoy cansada.
Mi padre se puso de pie.
—¿Cansada de qué? ¿De viajar gratis? ¿De jugar a ser rica?
Apreté las manos con fuerza.
—Estoy cansada de ustedes.
Mi madre soltó una risa cruel.
—Claro. Ahora que tienes dinero ya no necesitas a tu familia.
Eso dolió más de lo que quería admitir.
Porque incluso después de todo… una parte de mí seguía queriendo que me quisieran.
Sin responder más, caminé rápidamente hacia mi habitación.
Y antes de cerrar la puerta escuché la voz de mi padre.
—No durará mucho. Los hombres como ese solo usan mujeres.
Las lágrimas ardieron inmediatamente.
Cerré la puerta con fuerza.
Y atravesé el mueble pesado contra ella para evitar que entraran.
Me dejé caer lentamente sobre la cama.
Agotada.
Vacía.
Pero esta vez había algo diferente.
Porque aunque mi familia seguía intentando destruirme…
ahora existía alguien que me hacía sentir segura.