Samuel lo dio todo por un matrimonio que nunca fue suyo. Durante cinco años suplicó, cedió y aguantó las humillaciones de Samantha, una mujer fría que convirtió cada amenaza de divorcio en un juego para tenerlo de rodillas. Hasta que una noche, entre las llamas de un incendio, entiende la verdad más amarga: ella jamás lo eligió. Y muere sabiéndolo.
Pero abre los ojos… meses atrás, en la audiencia de su vigésimo divorcio. Con el recuerdo intacto de su propia muerte, esta vez Samuel no ruega. Firma. Y se marcha sin mirar atrás.
Lo que Samantha no imagina es que el hombre al que despreció está a punto de convertirse en el nombre que todos susurran: el "Mago de Wall Street". Una herencia oculta, una fortuna que crece de la nada, una niña sin hogar que le devuelve las ganas de vivir y una empresaria tan poderosa como imposible de descifrar… Samuel construye, pieza por pieza, la vida que siempre soñó.
Y mientras él se eleva, quienes lo abandonaron empiezan a caer.
Pero el pasado no arde tan fácil: el hombre por el que Samantha lo dejó morir sigue moviendo los hilos en las sombras, y el fuego podría no ser solo un recuerdo.
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Capítulo 9
EN EL CENTRO DE LA CIUDAD
El último piso del edificio estaba en silencio; no el silencio común de las oficinas vacías, sino un silencio controlado, calculado, como todo lo que rodeaba aquel lugar. Amplios cristales cerraban la sala y dejaban ver la ciudad entera allá abajo, como si estuviera a los pies de quien trabajaba ahí.
Y, de cierta forma, lo estaba. Sentada tras un escritorio impecablemente ordenado, Gabriela Marçal analizaba un informe.
Leía cada página con atención quirúrgica. Ningún detalle le pasaba desapercibido, ningún número era solo un número: para ella todo era estrategia, todo era poder.
Llevaba el cabello rubio recogido con precisión, la mirada firme siguiendo cada línea como si desmontara el mundo en ecuaciones simples. Elegante, controlada, intocable.
La puerta se abrió con discreción.
ASISTENTE — Señora Marçal…
La asistente entró con pasos ligeros, cargando una carpeta. Gabriela no levantó la mirada de inmediato.
GABRIELA — Déjela ahí.
La carpeta quedó sobre el escritorio. La asistente vaciló un segundo, como si evaluara si debía o no decir algo.
Gabriela lo notó; siempre lo notaba.
GABRIELA — Habla.
La voz salió tranquila, pero sin margen para la retirada.
—Son informes sobre movimientos recientes en el mercado… —empezó la asistente—. Hay un nombre que aparece con frecuencia.
Ahora sí, Gabriela alzó la mirada.
GABRIELA — ¿Un nombre?
—No exactamente un nombre. Un apodo.
GABRIELA — "El Mago de Wall Street", supongo. —El leve arqueo de una ceja fue la única señal de reacción—. ¿Y por qué me entero de esto apenas ahora? —preguntó, apoyando el mentón en la mano.
La asistente tragó saliva.
—Porque… él no se muestra. No se expone. Pero… los números están llamando la atención.
Gabriela extendió la mano.
GABRIELA — Muéstrame.
La carpeta se abrió: gráficos, líneas ascendentes, entradas precisas, salidas perfectas, un patrón casi imposible.
Sus ojos recorrieron los datos con rapidez y, por primera vez en todo el día, se detuvo. No por duda, sino por interés.
GABRIELA — ¿Quién es?
La asistente titubeó.
—Nadie lo sabe con certeza.
GABRIELA — ¿Cómo que… nadie lo sabe?
—No tiene un historial relevante antes de esto. No aparece en eventos, no da entrevistas… surge, hace las inversiones… y desaparece.
Gabriela cerró la carpeta despacio; los dedos tamborilearon levemente sobre el escritorio, pensando.
GABRIELA — ¿Y todavía no tenemos ninguna alianza con él? —preguntó, con un tono ya más frío.
—No.
GABRIELA — ¿Ningún contacto?
—No.
El silencio volvió, pero esta vez más pesado, más peligroso. Gabriela se recostó en la silla; sus ojos regresaron a la ciudad, aunque no la veían: estaban calculando.
GABRIELA — Interesante… —murmuró. La asistente permaneció inmóvil—. Usa todo lo que tenemos. —Volvió el rostro de nuevo—. Influencia, contactos, información… no me importa: quiero saber quién es.
La asistente asintió rápidamente.
—Sí, señora.
GABRIELA — Porque, si alguien logra ese nivel de precisión… —continuó, con los ojos brillando apenas—, entonces no es solo un inversionista más. —Cerró la carpeta por completo—. Es una oportunidad o un problema.
La asistente salió y el silencio volvió a dominar la sala, pero ahora Gabriela ya no estaba interesada en los informes.
Estaba pensando en él: en el hombre que nadie veía, en el jugador que nadie entendía. Y, por primera vez en mucho tiempo, algo en aquel mundo previsible llamaba su atención.
El reloj marcaba poco después de las seis cuando el auto negro se detuvo frente a la mansión. El portón se abrió automáticamente y Gabriela bajó.
El ambiente ahí era distinto, más calmo y reservado, un contraste directo con el caos controlado de la empresa.
Caminó hacia la entrada, quitándose el blazer con un movimiento elegante, pero, antes de entrar, algo la hizo detenerse: movimiento.
Del otro lado de la calle, en la mansión de enfrente, camiones de tiendas de muebles, empleados, cajas que se cargaban. Una mudanza.
Gabriela observó unos segundos, sin emoción, apenas registrando.
TALITA — ¿Viste? —la voz de su madre llegó desde la puerta.
Gabriela giró levemente el rostro.
GABRIELA — ¿Qué?
TALITA — La casa de enfrente —respondió, animada—. Por fin la vendieron.
Su padre apareció justo detrás, con una sonrisa discreta.
MAURO — Y parece que el comprador no perdió el tiempo.
Gabriela volvió la mirada al movimiento.
GABRIELA — ¿Quién es?
MAURO — Todavía no lo sabemos —respondió su padre—, pero oí decir que es joven.
Su madre cruzó los brazos, satisfecha.
TALITA — Y guapo.
Gabriela soltó un pequeño suspiro.
GABRIELA — Claro que oíste eso.
TALITA — Lo vi —corrigió su madre, con una sonrisa maliciosa—. Pasó más temprano. Alto, elegante… de esos que llaman la atención.
Gabriela no respondió, pero sus ojos siguieron fijos en la casa, analizando.
TALITA — Perfecto para ti.
GABRIELA — No.
TALITA — Nunca te interesas por nadie.
GABRIELA — No es cuestión de interés —dijo, desviando por fin la mirada y entrando en la casa—. Es cuestión de prioridad.
Cruzó la sala sin detenerse y subió las escaleras.
TALITA — El trabajo no lo es todo —insistió su madre, al fondo.
Pero Gabriela ya no escuchaba, o fingía no escuchar. En la habitación, el silencio era cómodo. Se soltó el cabello, aflojó la postura rígida.
Pero solo lo justo, nunca del todo. Caminó hasta la ventana y, sin darse cuenta, volvió a mirar la mansión de enfrente: el movimiento seguía, luces encendidas, sombras desplazándose.
Alguien empezaba una vida nueva. Gabriela cruzó los brazos, pensativa, pero no era eso lo que ocupaba su mente, no del todo.
GABRIELA — "El Mago de Wall Street"… —murmuró—. Es guapísimo.
Los ojos se le entrecerraron levemente. El patrón, la precisión, la audacia: aquello no era común, no era suerte.
Era alguien que sabía exactamente lo que hacía, y eso era raro, valioso y peligroso.
Se dio la vuelta, alejándose de la ventana, pero, por un segundo, la imagen volvió: el hombre de la discoteca, la presencia, el control, la mirada.
Gabriela se detuvo; algo empezaba a conectarse, todavía incompleto, pero cerca. Caminó hasta el escritorio y tomó el celular.
GABRIELA — Averígüenlo todo —dijo, al enviar un mensaje corto a su equipo.
Sin rodeos ni explicaciones, porque, para ella, era simple: si algo llamaba su atención, lo descubría. Y esta vez no sería distinto.
Aunque el hombre en cuestión hiciera de todo por permanecer en las sombras.