Ella tiene una vida difícil. Hasta que reencarna en un nuevo mundo, ahora solo busca ayudar a otros, para agradecer por esa oportunidad de vivir.
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Equipo 2
Así fueron pasando los días.
Y, casi sin darse cuenta, Lucille y Jack habían creado una rutina, como un equipo.
Cada mañana salían juntos de la mansión Harrington.
Lucille llevaba su cuaderno.
Jack llevaba algunos frascos con pociones y, por supuesto, esa sonrisa que parecía no desaparecer nunca.
Durante el trayecto, Lucille trabajaba.
Revisaba las listas.
Organizaba las atenciones.
Anotaba qué pacientes debían volver.
Y Jack... Jack hablaba.
—¿Siempre trabajas tanto?
—Sí.
—¿Nunca descansas?
—Sí descanso.
—¿Cuándo?
Lucille levantó la mirada del cuaderno.
—Cuando duermo.
Jack se quedó pensativo.
—Eso no cuenta.
—Para mí sí.
—Entonces tendré que enseñarte a descansar.
—No necesito que me enseñe a descansar.
—Claro que sí.
—No.
—Sí.
—Jack...
Él sonrió.
—Me gusta cuando dices mi nombre así.
Lucille volvió inmediatamente a su cuaderno.
[Es imposible.]
Después llegaban a la casa de cuidados.
Atendían pacientes durante horas.
Jack utilizaba su magia.
Lucille organizaba.
Los médicos colaboraban.
Los registros aumentaban.
Y los problemas que al principio parecían enormes comenzaron poco a poco a tener soluciones.
También desayunaban juntos.
Almorzaban juntos.
Y algunas veces, cuando la jornada se alargaba demasiado, incluso terminaban cenando juntos antes de regresar.
Después volvían a la mansión en el mismo carruaje.
Y allí continuaban hablando.
O trabajando.
O discutiendo sobre algún paciente.
O, en el caso de Jack, buscando cualquier excusa posible para hacerla sonrojar.
Con el paso de los días, su coquetería aumentó.
—Ese vestido te queda muy bien.
—Gracias.
—Pero prefiero el verde.
Lucille bajó la mirada hacia su vestido.
—¿Por qué?
—Porque hace que tus ojos parezcan más verdes.
—Y combina con tu cabello.
—Jack.
—¿Sí?
—¿Puedes dejar de analizar mi ropa?
—No.
Lucille suspiraba.
A veces incluso se sentía un poco incómoda con tanta atención.
No porque Jack hiciera algo malo.
Simplemente no estaba acostumbrada.
En su primera vida tampoco había recibido demasiados cumplidos.
Durante años había ocurrido exactamente lo contrario.
Había aprendido a desconfiar de las miradas.
A esconderse.
A no llamar demasiado la atención.
A pensar que quizá era mejor pasar desapercibida.
Por eso, ahora que alguien constantemente le decía que era hermosa, su mente no sabía muy bien cómo reaccionar.
Ella ya sabía que era bonita.
Era imposible no darse cuenta.
Después de todo, el rostro que veía en el espejo era realmente hermoso.
Pero una cosa era saberlo racionalmente...
y otra muy diferente era sentirse segura de ello.
Una tarde, mientras se preparaba para bajar a cenar, Lucille se quedó frente al espejo.
Llevaba uno de sus vestidos verdes.
Su cabello rojo caía sobre sus hombros.
Sus ojos verdes resaltaban con el color del vestido.
Se quedó observándose.
Y entonces recordó algo que Jack había dicho aquella mañana.
Una de sus bromas absurdas sobre su cabello.
Sin darse cuenta, sonrió.
Después inclinó ligeramente la cabeza.
Se miró nuevamente.
Y de pronto pensó..
[¿Por qué me estoy acordando de eso?]
Se rio suavemente.
—Qué tonto...
Volvió a mirarse.
[Realmente tengo el cabello muy rojo.]
Entonces recordó una comparación que había hecho mentalmente.
[Con este vestido...]
Se quedó seria unos segundos.
[...parezco la princesa Fiona de Shrek.]
Y comenzó a reír.
—¡No puede ser!
Se tapó la boca para no reír demasiado fuerte.
[¡Ese hombre me está contagiando el sentido del humor!]
Sacudió la cabeza.
Jamás se lo diría.
Nunca.
Porque Jack ya tenía un ego bastante grande.
No necesitaba descubrir que también había conseguido cambiar su sentido del humor.
[Con lo mucho que se admira a sí mismo...]
Sonrió nuevamente.
Pero entonces su sonrisa comenzó a desaparecer.
Porque mientras observaba su reflejo, una pregunta apareció en su mente.
[¿Realmente soy bonita?]
La pregunta era absurda.
Pero estaba ahí.
Y esa era precisamente la contradicción que todavía no conseguía resolver.
Podía recibir diez cumplidos.
Veinte.
Cien.
Podía escuchar a Jack decirle todos los días que era hermosa.
Podía escuchar a sus padres decirle que estaban orgullosos de ella.
Podía ver con sus propios ojos que había cambiado la vida de muchas personas.
Podía mirar la Casa Harrington de Ayuda y saber que aquella institución existía gracias a su iniciativa.
Y aun así... una pequeña parte de ella seguía sintiéndose insuficiente.
[¿Realmente estoy haciendo suficiente?]
Miró su cuaderno.
Habían ayudado a muchísimas personas.
Habían atendido ancianos.
Habían proporcionado medicamentos.
Habían pagado tratamientos.
Habían ayudado a personas que habían llegado desde lugares lejanos.
Habían organizado registros.
Habían conseguido médicos y magos.
La casa funcionaba cada vez mejor.
Y, aun así...
[Quizás podría hacer más.]
Ese pensamiento aparecía constantemente.
No era ambición.
Era inseguridad.
Una inseguridad que venía de mucho antes.
Porque las heridas del acoso no desaparecen simplemente cuando la persona que las causó deja de estar presente.
A veces permanecen.
Se esconden.
Se transforman en pensamientos.
"No eres suficientemente buena."
"Seguro que se están riendo de ti."
"No llames demasiado la atención."
"No seas demasiado sensible."
"Quizás estás exagerando."
Una persona puede crecer.
Puede cambiar de lugar.
Puede comenzar una nueva vida.
Puede incluso recibir amor.
Y aun así, esas voces pueden permanecer durante mucho tiempo.
Eso era lo que le ocurría a Lucille.
Su cuerpo era diferente.
Su familia era diferente.
Su mundo era diferente.
Pero algunas heridas habían viajado con ella.
No como una enfermedad.
No como una maldición.
Sino como recuerdos profundamente grabados en su forma de verse a sí misma.
Y por eso recibir apoyo era tan importante.
El acoso no es simplemente una etapa desagradable que una persona debe "superar".
Puede afectar profundamente la autoestima, la confianza, la manera de relacionarse con otros y la forma en que una persona interpreta incluso las cosas buenas que recibe.
Una persona que ha sido humillada durante años puede necesitar tiempo para creer un cumplido.
Puede necesitar tiempo para aceptar que alguien realmente la quiere.
Puede necesitar apoyo para entender que lo que otros dijeron sobre ella no define quién es.
Y, sobre todo, necesita que alguien le recuerde que no fue culpa suya.
Lucille no había sido demasiado sensible.
No había merecido las burlas.
No había sido responsable de que otros decidieran hacerle daño.
Había sido una niña que necesitaba protección y apoyo.
Y aunque ahora estuviera viviendo una nueva vida, aquella niña seguía existiendo en algún rincón de su corazón.
Por eso algunas veces, cuando Jack la miraba y le decía que era hermosa, Lucille sonreía... pero no terminaba de creerlo.
No completamente.
Todavía estaba aprendiendo.
Aprendiendo a mirarse sin buscar defectos.
Aprendiendo a aceptar un cumplido sin pensar que escondía una burla.
Aprendiendo a sentirse merecedora de cariño.
Aprendiendo a confiar.
Y quizás aquella era otra parte de su propósito.
No solamente ayudar a otros.
También aprender a ayudarse a sí misma.
Lucille respiró profundamente.
Volvió a mirar su reflejo.
Esta vez no intentó encontrar ningún defecto.
Simplemente se observó.
Su cabello rojo.
Sus ojos verdes.
Su vestido.
Su sonrisa.
Y susurró:
—Estoy haciendo lo mejor que puedo.
Era una frase sencilla.
Pero para ella significaba muchísimo.
Porque por primera vez no estaba exigiéndose hacer más.
No estaba pensando en cuánto podía mejorar.
No estaba preguntándose si era suficiente para los demás.
Simplemente estaba reconociendo su propio esfuerzo.
Entonces sonrió.
—Y eso está bien.
Se acomodó el cabello y salió de la habitación.
Sin saber que, mientras ella caminaba hacia el comedor, había alguien esperándola.
Jack.
Y que, como siempre, probablemente encontraría alguna manera de hacerla reír.
Porque quizá Lucille todavía no podía verse con los ojos con los que él la veía.
Pero poco a poco... estaba empezando a aprender.